Miguel Amorós (Vida y obra)

Miguel Amorós (también Miquel Amorós), nacido en 1949, es un historiador, teórico y militante anarquista valenciano, desconozco la fecha exacta de su nacimiento .

Nieto de anarquistas, Miguel Amorós se hace anarquista en 1968. En la década de 1970 participó en la fundación de varios grupos anarquistas, entre los cuales figuran Bandera Negra, Tierra Libre, Barricada, Los Incontrolados y Trabajadores por la Autonomía Obrera y la Revolución social.1 Pasa algún tiempo en las cárceles franquistas antes de exiliarse a Francia.

El anarquismo preconizado por Miguel Amorós se inspira en la autogestión, la subversión de la vida cotidiana, la historia de los consejos obreros, así como en las movilizaciones que denuncian al sindicalismo como forma de lucha desfasada y la moral obrera como reaccionaria. Sus ideas son cercanas a las del movimiento situacionista y a las corrientes anti-industriales. Miguel Amorós mantuvo relación con Guy Debord a principios de la década de 1980. Participó en la difusión de los Comunicados de la prisión de Segovia (ediciones Muturreko burutazioak) en 1980, cuyo autor de uno de los textos (A los libertarios) era precisamente Guy Debord. Durante la «Transición» mantuvo posiciones asambleístas en pro de la autonomía obrera.

Entre 1984 y 1992, Miguel Amorós fue parte del equipo redactor de la revista francesa postsituacionista Encyclopédie des Nuisances junto a su principal animador Jaime Semprún.

Miguel Amorós ha escrito numerosos artículos en la prensa libertaria como Los amigos de Ludd. También ha pronunciado varias conferencias sobre cuestiones sociales, en particular sobre la ideología del progreso y los perjuicios que ocasiona. Sus principales libros son La Revolución traicionada. La verdadera historia de Balius y Los Amigos de Durruti (2003) y Durruti en el laberinto (2006).

En 2009 publica una biografía del anarquista valenciano José Pellicer, fundador de la Columna de Hierro durante la Guerra civil española, que sirve de hilo conductor al estudio del anarquismo en la región levantina. En 2011, analiza el anarquismo andaluz a través de una biografía de Francisco Maroto (Maroto, el héroe). También en 2011, funda junto a Michel Gomez, Marie-Christine Le-Borgne y Bernard Pecheur, la editorial francesa Éditions de la Roue.2

En junio de 2012, Miguel Amorós publica Salida de emergencia, libro sobre la situación social actual y los problemas energéticos. En febrero de 2014, Amorós publica una nueva edición del Manuscrito encontrado en Vitoria, texto clásico del movimiento obrero autónomo español escrito originalmente en 1976 por el propio Amorós y Jaime Semprún, bajo el nombre de Los Incontrolados, reivindicando así el sambenito infamante que la coalición entre la burguesía republicana y la burocracia política y sindical de 1936 colgó a los revolucionarios que no obedecieron a nadie más que a sí mismos mientras combatían a sus enemigos externos e internos.

En 2014, Amorós publica 1968. El año sublime de la acracia, que analiza las revueltas estudiantiles en el Madrid de la década de 1960 y en particular la actuación del grupo Los Ácratas.

En abril de 2015, Miguel Amorós publica Los incontrolados de 1937, un libro sobre la vida de nueve miembros de la agrupación revolucionaria Los Amigos de Durruti. Partiendo de la determinación revolucionaria y de la calidad humana de esos luchadores proletarios, Amorós reconstituye la materia de la última revolución obrera, la que va de 19 de julio de 1936 al 8 de mayo de 1937.3

Miguel Amorós es co-editor de la revista antidesarrollista y libertaria Argelaga.

Durruti en el laberinto.

En su libro Durruti en el laberinto publicado en 2006, Miguel Amorós cuenta con precisión el papel de Buenaventura Durruti en el desarrollo de la Revolución española de 1936. Amorós muestra de que manera Durruti y sus compañeros de la Columna Durruti fueron traicionados por las diversas burocracias del bando republicano (Gobierno central, Generalidad de Cataluña, Partido comunista), incluyendo la burocracia de la CNT al mando de la cual estaban los ministros colaboracionistas Juan García Oliver, Federica Montseny y Diego Abad de Santillan que puso trabas a los propósitos revolucionarios de Durruti hasta atraerle en la trampa donde perdería la vida.

Durruti en el laberinto es reeditado en 2014 por Virus editorial aportando nuevos testimonios que abundan en la tesis de la responsabilidad de agentes estalinistas en la muerte de Durruti con la complicidad de la burocracia cenetista en el Gobierno.

Bibliografía.

Obras.

  • Filosofía en el tocador, Virus editorial, 2016. ISBN 978-84-608-5532-3
  • Los incontrolados de 1937. Biografías militantes de los Amigos de Durruti, Aldarull, 2015.
  • La mirada hacia atrás. Trayectoria revolucionaria de Joaquín Pérez Navarro, Ediciones Octubre del 36, 2015
  • 1968. El año sublime de la acracia, Muturreko Burutazioak, Bilbao, 2014.
  • Rock para principiantes, El Salmón/Argelaga, 2014.
  • Los Incontrolados, Manuscrito encontrado en Vitoria, 1977, reeditado por Pepitas de calabaza en 2014 con un prólogo inédito, La revolución ahora y siempre.
  • Comité Irradié, Fisuras en el consenso. Antología de escritos del Comité Irradiés de tous les pays, unissons-nous! 1987-1994, Muturreko burutazioak, Bilbao, 2013.
  • Francisco Carreño y los arduos caminos de la anarquía, Asociación Isaac Puente, 2013.
  • Salida de emergencia, Pepitas de Calabaza, Logroño, 2012. ISBN 978-84-939437-9-0
  • Maroto, el héroe, una biografía del anarquismo andaluz, Virus editorial, 2011. ISBN 978-84-92559312
  • Perspectivas antidesarrollistas, editorial Germinal, 2011.
  • José Pellicer. El anarquista íntegro, vida y obra del fundador de la heroica Columna de Hierro, Virus editorial, Barcelona, 2009. ISBN 978-84-92559-02-2
  • A carne viva. Exabruptos anticapitalistas, ed. Corsárias, 2009.
  • Los Situacionistas y la anarquía, Muturreko burutazioak, Bilbao, 2008. ISBN 978-84-88455-98-7
  • Desde abajo y desde afuera, ediciones Brulot, 2007.
  • Registro de catástrofes, ediciones Anagal, 2007.
  • Durruti en el laberinto, Muturreko burutazioak, Bilbao, 2006. Nueva edición aumentada por Virus Editorial, Barcelona, 2014. ISBN 84-96044-81-4
  • José Peidro de la CNT : retazos del movimiento obrero y la guerra civil en Alcoi y Vila-Real (en colaboración con Andreu Amorós), Likiniano Elkartea, Bilbao, 2005. Biografía del abuelo de Miguel Amorós escrita en colaboración con su hermano Andreu.
  • Golpes y contragolpes, ediciones Pepitas de Calabaza, Logroño, 2005. ISBN 84-96044-63-7
  • Las Armas de la crítica, Muturreko burutazioak, Bilbao, 2004. ISBN 84-96044-45-9
  • La Revolución traicionada. La verdadera historia de Balius y los Amigos de Durruti, Virus editorial, Barcelone, 2003. ISBN 84-96044-15-7
  • Las cartas en francés de Guy Debord a Miguel Amorós figuran en Guy Debord, Correspondance, volume 6, Fayard, París, 2007.

Prólogos.

  • Internazionale situazionista, prólogo a los textos completos de la sección italiana de la Internacional Situacionista (1969-1972), Pepitas de calabaza, Logroño, 2010. ISBN 978-84-937205-8-2
  • Elías Manzanera, Documento histórico de la Columna de Hierro, Ediciones Octubre del 36, 2012.
  • Los Incontrolados, Manuscrito encontrado en Vitoria, reeditado por Pepitas de calabaza en 2014 con un prólogo inédito, La revolución ahora y siempre.
  • José A. Miranda, Sobre la distancia y las implicaciones sociales, materiales e ideológicas de la compresión acelerada del mundo, introducción de Miguel Amorós, La Neurosis o las Barricadas Ed., 2016.
  • Jaime Semprun, El abismo se repuebla, Pepitas de calabaza, 2016. ISBN 978-84-15862-70-3
  • Karl Marx y Friedrich Engels, Manifiesto del partido comunista, prefacio de Miquel Amorós, epílogo de Rudolf Rocker (“Marx y el anarquismo”), Corazones Blindados, 2017.

En francés.

  • Obra colectiva, La lampe hors de l’horloge. Éléments de critique anti-industrielle, Éditions de la Roue, 2014.
  • Obra colectiva, Le gouvernement par la peur au temps des catastrophes. Réflexions anti-industrielles sur les possibilités de résistance, Éditions de la Roue, 2013.

Traducciones.

  • Jaime Semprun, El abismo se repuebla, traducido del francés por Miguel Amorós y Tomás González López, Pepitas de calabaza, 2016. ISBN 978-84-15862-70-3
  • Jaime Semprún, La nuclearización del mundo, traducido del francés por Miguel Amorós, Pepitas de calabaza, 2007.
  • Encyclopédie des Nuisances, Contra el despotismo de la velocidad, traducido del francés por Miquel Amorós, Virus editorial.
  • Diversos autores, Un terrorismo en busca de dos autores, selección, traducción, prólogo y notas de Miguel Amorós, Muturreko Burutazioak, 1999.

Véase también.

Enlaces externos.

Referencias.

  1. Miquel Amorós, José Pellicer, el anarquista íntegro, Editorial Virus, Barcelona, 2009.
  2. Presentación en inglés de Éditions de la Roue, notbored.org
  3. Presentación de Los incontrolados de 1937, aldarull.org

 

MIGUEL AMORÓS PEIDRO

 Miquel Amorós es historiador, teórico crítico y militante anarquista. En 1968 se dio a conocer en la agitación universitaria valenciana, lo que le valió un juicio en el Tribunal de Orden Público y pasar algún tiempo en las cárceles franquistas, para luego exiliarse a Francia. En la década de los 70 participó en la fundación de varios colectivos: Bandera Negra, Tierra Libre, Barricada, Los Incontrolados y Trabajadores por la Autonomía Obrera y la Revolución social. En los primeros años 80 colaboró con la revista L’Assommoir (denuncia de la nuclearización del mundo y apoyo a los obreros polacos) y con Guy Debord en una campaña por la liberación de los presos autónomos y libertarios. Entre 1984 y 1992 formó parte del equipo redactor de la revista «anti-industrial» Encyclopédie des Nuisances junto a Jaime Semprún y Pierre Lepetit. Después, mantuvo una relación directa con las ediciones de la EdN hasta 2008. Ha pronunciado multitud de conferencias sobre cuestiones sociales, principalmente en la perspectiva antidesarrollista, en la crítica del ciudadanismo y en la defensa del territorio, la mayor parte reproducidas en la prensa libertaria o compiladas en forma de libro. Muchos escritos suyos han sido traducidos en varios idiomas y publicados en distintos países. Ha prestado su apoyo a las luchas contra el Tren de Alta Velocidad y los tendidos de Muy Alta Tensión. También tiene publicadas varias obras sobre la guerra civil revolucionaria española y otras sobre los anarquistas y el movimiento obrero asambleario durante los años 60 y 70. En 2012 fundó con otros compañeros la editorial Les Amis de la Roue. Desde el 2013 es coeditor de Argelaga, revista antidesarrollista y libertaria.

Encuentro con Miguel Amorós: cómo desmantelar la industria

Miguel Amorós es un joven crítico que acaba de jubilarse. Joven porque su crítica anti desarrollista crece y crece en las jubiladas ciudades. Este historiador, teórico y militante coetáneo de Guy Debord, partícipe en las luchas autónomas de los 70, ha impregnado a su obra un carácter continuo de denuncia de la vida administrada, la búsqueda de espacios de autonomía colectiva y un cuestionamiento del progreso alienante y depredador. Jóvenes generaciones han recuperado su testimonio crítico. No son en esencia los males que en nuestra post industrial urbe vivimos diferentes de los que otras generaciones enfrentaron cuatro décadas atrás. Charlamos con Amorós en la urbe –antaño pueblo –  de Castro, Cantabria,  donde ha dado conferencias aquí – organizada por la combativa asociación cultural Roberto El Pirata – y en Santander sobre el desarrollismo urbano.

REVISTA HINCAPIE: Miguel, tu charla en Castro versaba sobre qué es hoy el discurso anti desarrollista. ¿Qué es hoy el discurso anti desarrollista?

MIGUEL AMOROS: Las ciudades se han convertido en conurbaciones. Las urbes cortan el territorio, lo fragmentan. Santander, por ejemplo, se ha expandido hasta otros pueblos, Castro está condicionada en su estética por la impersonalidad urbanística de Bilbao que está a pocos kilómetros. En las conurbaciones, las ciudades se disuelven, perdiendo su identidad. Se orientan principalmente al turismo, esto es, la actividad característica de la sociedad de masas. Hoy se está dando un cambio hacia la gestión optimizada de la conurbación. Santander era una ciudad burguesa que ahora está orientada al turismo asistido por las nuevas tecnologías. La conurbación se gestiona como una empresa. La crítica antidesarrollista hace de puente entre tendencias del pasado: coge de Marx, de Bakunin, de Adorno, de Bataille, de Mumford… Integra críticas, salva las lagunas que separadas tenían esas tendencias. Sin olvidar el precedente de Lemoiz, se puede decir que la primera crítica práctica antidesarrollista se da en los años 90 en Euskalherria, durante la lucha contra la construcción de la autopista de Leizaran. Entonces se vivía como se trabajaba: de manera industrial. En el círculo formado alrededor de la revista EdN hablábamos de luchar contra la nocividad que suponía convertir el territorio en capital. El territorio comenzaba a ser explotado como fuente de energía,  con la instalación de centrales nucleares, renovables, fotovoltaicas, – estas últimas son una tapadera para justificar la primera -, y agredido por urbanizaciones incontroladas. En los debates actuales tratamos de revisitar el pasado agrario y las revueltas campesinas, recordando el momento de la desconexión del campo con las ciudades. El campo no ha sido el mundo de paletos que la burguesía ha pretendido ofrecer, sino un mundo autónomo, rico en saberes, en relaciones sociales  que no tenemos en la actualidad. Fue el jardín y la despensa de la ciudad. Si se arruinara el capitalismo del que dependemos tanto, no seríamos capaces de empezar de cero, porque ignoramos lo básico para sobrevivir.

R.H: Hay un discurso bien pensante de cierta izquierda que habla de decrecimiento.

M.A: El decrecimiento, que nació de la universidad, es una fusión arbitraria de análisis diversos y adolece de enfoque histórico. De tales teorías no se desprende una práctica coherente. Los decrecentistas piensan en el Estado. Serge Latouche, que es su máximo representante, no quiere traumas; tiene pánico a las revueltas. El suyo es el miedo de la clase media asalariada que sustituyó al  proletariado. Por eso su alternativa se basa en recetas. Yo defiendo algo más antagonista, más combativo y realista.

R.H: ¿Es preciso seguir ahondando en la búsqueda de autonomía, al margen de organizaciones partidistas, sindicales o estatales?

M.A: Es preciso. Lo que me parece claro es que el discurso antidesarrollista tiene que pasar a plantearse metas más ambiciosas. Dar cabida a soluciones prácticas que acompañen a los procesos de lucha. La gente se lo está demandando ya espontáneamente. La crisis no ha hecho más que empezar y las alternativas que se plantean al orden parten del mismo orden. Yo apostaría por resultados en el medio plazo.

R.H: ¿Se están abriendo nuevos caminos en las luchas respecto a los que se daban en los 70?

M.A: Son diferentes luchas. Digamos que hay una nueva historia de luchas: contra el fracking, por ejemplo, contra la red de alta tensión, contra el TAV… Todas estas luchas reivindican un nuevo modo de vida. Esta contradicción no la supo ver el movimiento de protesta clásico, anclado en el obrerismo. Fijémonos: esta sociedad no se puede socializar, los medios de producción de nuestra sociedad no son aprovechables. ¿Para qué sirven todos los grandes bloques construidos, las fábricas de coches, o de armas, o de refrescos, la agricultura industrial, las autopistas, etc.?. Lo que plantea la crítica antidesarrollista no es cómo gestionar esto sino cómo desmantelarlo.

R.H: ¿Crees que asistimos al colapso del capitalismo?

M.A: Asistimos a una especie de refuerzo del Estado. El Mercado financiero falló y al final ha sido el Estado quien ha salvado a los mercados. Servirá para frenar también los estallidos sociales, como esta pasando en El Magreb, en Egipto, Turquía, o pasó en los suburbios franceses o americanos.

H.P: Los gestores de la vida administrada: políticos, burócratas, sindicalistas parecen pasar por sus horas más bajas

M.A: Son iguales de corruptos que hace 20 años. Es su modo de vida;  la capacidad de manejar unilateral y opacamente dinero y tomar decisiones que favorecen intereses privados  permite un enriquecimiento rápido. La existencia de una clase mayoritaria conformista favoreció esto. No consideró algo importante la corrupción: lo veía como un sobresueldo de la clase política en la que abdicaba los asuntos públicos. Mientras nada le pasaba a la masa resignada e inmersa en su vida privada, nada pasó. Al verse afectada por la crisis, no acuerda cambiar de modo de vida y tomar en mano sus asuntos, sino que sigue deseando que sean otros los que le saquen de su mala situación. Los movimientos ciudadanistas reclaman esto: el cambio de unos políticos por otros, no un cambio de sistema. Bildu, Podemos, Guayem recogen, de ese empuje, esa misma reivindicación.

H.P: ¿Qué papel juega la cultura en el cambio social?

M.A: Una contestación en pos de una nueva sociedad genera unos valores que son un cambio, aunque ya se hayan dado anteriormente en otras épocas históricas. Por ejemplo, la solidaridad el apoyo mutuo, valores que provienen del anarquismo, que a su vez encontramos en la época gremial.

R.H: No crees que la irrupción de editoriales como Pepitas de calabaza, errata, Melusina, Capitán Swing u otras significa que hay un renacimiento?

M.A: Yo no incluiría a Melusina en la lista, una editorial que explota el filón moderno, sin saber muy bien lo que hace. Y yo añadiría a Virus, un ejemplo de proyecto que lleva más de 20 años de existencia; Ediciones El Salmón, La Felguera, Hoja de lata, Brulot, que es la que edita la revista Raíces, Muturreko… Sí, es cierto que hay un alto nivel editorial, al menos bastante más alto del que hay en Europa.

R.H. Compartes que Debord y Vaneigem son  polos opuestos dentro del situacionismo?

M.A: En absoluto. Los situacionistas pudieron aportar una síntesis de todo lo anterior a ellos, cosa que no hicieron los surrealistas, y así estimularon la intervención política. El 68 fue su éxito y a la vez su canto de cisne. Siempre he estado más por Debord que por Vaneigem. La diferencia entre ellos es que Debord era un artista y Vaneigem un escritor. Debord adivinó luego la revolución portuguesa y la inflexión terrorista del capitalismo en Italia. Su vida se parecía a una partida de ajedrez contra el capitalismo; para el propio Debord, las personas eran sus propios peones en esa guerra, que usaba y tiraba a su antojo. Por contra Veneigem era más nietzcheniano, poco dado a la acción, muy buena persona, fraseador y retórico. Debord dijo malévolamente que escribió el prólogo de una vida que no vivió. Desde su gran Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones, se ha repetido una y otra vez. No ha dejado nunca de escribir el mismo libro.

R.H: Qué proyectos tienes en la actualidad?

M.A: Acabamos de publicar el nº 5 de la revista Argelaga, que comienza a considerarse un referente en el pensamiento antidesarrollista. Estoy también en la edición de un libro sobre el grupo ácrata de Madrid en la universidad madrileña de mediados de los 60, lo que podríamos llamar el 68 español. De aquí a poco deberían salir la biografía de otros nueve  miembros de Los Amigos de Durruti y una ampliación de Durruti en el laberinto.

R.H: Háblanos de ese grupo ácrata del que estás escribiendo. Te refieres a Agustín García Calvo?

M.A: Sí, el grupo se inspiró en él, aunque no participó en sus acciones. Los ácratas reventaron el proceso de renovación de las elites que pretendía acometer el franquismo desde la universidad, creando estructuras seudodemocráticas. El PCE pretendía algo parecido mediante la alianza con los “sectores progresistas” de la Dictadura. Si no hubo un mayo del 68 en la universidad es porque los católicos y comunistas lo evitaron con su control. Sin embargo hubo mucho movimiento no controlado. El primer estado de excepción franquista es a causa de revueltas en la universidad. El grupo ácrata en Madrid practicó y perfeccionó el enfrentamiento con la policía en el campus y llegó a hacer juicios públicos a fascistas parapoliciales. Tuvo una gran actividad, truncada por sucesivas detenciones. Sus miembros siguieron dando guerra en los motines carcelarios y en las protestas parisinas post mayo.

R.H: ¿El último libro que hayas leído?

 M.A: Pues uno sobre los Rolling Stones, de Stanley Booth.

R.H: Qué autores crees que aúnn no han sido editados en castellano?

 M.A: Diría que Mumford, a pesar de que se están publicando algunas cosas de él, hay para mucho más. Gunther Anders, Jacques Ellul, Clausewitz, Dwight Mac Donald, Siegfried Krakauer

“La política y la seguridad no se llevan bien”

Entrevista a Miguel Amorós, historiador anarquista y crítico anti-desarrollista, acerca del accidente de tren en Angrois.

D. Font | Periódico CNT

Pregunta.- ¿Qué te parece el escarnio al conductor del tren mientras que dirigentes y Gobierno niegan cualquier responsabilidad? 

Rrespuesta.- La magnificación del “factor humano” como causa principal del accidente tiene como objeto disimular el papel del “factor político”. El AVE en Galicia era un compromiso electoral y una decisión política llevada adelante por el gobierno “socialista” y por el actual gobierno “popular”, con el consentimiento y apoyo de los demás partidos, sobre todo a nivel regional. La prisa de las autoridades por ejecutar las obras de un tramo con muchos túneles y puentes salvando complejas y costosas expropiaciones, que siempre generan oposición, fue la causa de que el trazado Ourense-Santiago tuviese una curva impensable en un trazado de alta velocidad, de que un solo maquinista condujese el tren, de que el ancho de la vía no fuese el europeo, y de que se aplicase el sistema de señalización convencional ASFA, que no detiene el tren hasta sobrepasar los 200 km/h. Política y seguridad no se llevan bien. Si bien la Alta Velocidad exige unos sistemas sofisticados de seguridad que han dado lugar a una potente industria, su ejecución está en relación inversa con la Alta Velocidad política. A mayor urgencia política, menor seguridad.

P.- Algunos maquinistas reconocen que el sistema de seguridad da fallos. ¿Quién lo eligió?  

R.- El responsable final es el ministro. Cierto es que la cadena de mando pasa por la dirección del ente administrador Adif y del operador Renfe hasta llegar a los ingenieros y técnicos, sin contar las comisiones de los gobiernos autonómicos, también con sus expertos y técnicos. Éstos informan sobre el trazado y la seguridad, pero es el momento político quien influye en las decisiones. Así pues, la decisión es política; luego, los expertos se encargan de la parte técnica, y es ahí donde surgen problemas, de “encaje”, de “homologación” o de lo que sea, que en este caso llevaron a aparcar el sistema recomendado en Europa, el ERTMS, supuestamente mas eficaz. El director de Adif es quien asumiría la mayor responsabilidad en ese campo.

P.- Tú hablas de ‘progreso’ en un sentido peyorativo al referirte al TAV, por las consecuencias que genera. En el caso de Galicia, ¿cuales serían?

R.- Es común en la clase dirigente española, tanto política como empresarial, identificar infraestructuras, tecnología punta y promoción inmobiliaria con desarrollo y progreso. El TAV seria la guinda de ese pastel desarrollista. Y a pesar de la crisis económica, sigue siéndolo. Como es una ruina económica, los efectos sobre autonomías periféricas como Galicia, serían por ahora menos un aumento de la centralización y de la urbanización, que un aumento de los recortes presupuestarios en lo que concierne a las redes ferroviarias, tanto de largo recorrido como de cercanías. La descapitalización del transporte público obliga al uso intensivo y extensivo del vehículo privado. 

P.- En Galicia se construyen vías de alta velocidad sobre las existentes. Además de suprimir la red de cercanías, ¿puede traer problemas de seguridad?

R.- Los problemas de seguridad se exportan a cercanías y largo recorrido, apenas disimulados tras el mal funcionamiento de los trenes, la saturación de líneas, la falta de planes de evacuación, el mal estado de algunos vagones, el peligro de los pasos a nivel, retrasos, averías, etc. 

Miquel Amorós,  “Las utopías forman parte del combate”

[Miquel Amorós] "Las utopías forman parte del combate"

Miquel Amorós es historiador, teórico crítico y militante anarquista. Preso en diferentes cárceles durante el franquismo, desde los años 70 a la actualidad ha colaborado en diferentes colectivos -como Bandera Negra, Tierra Libre, Barricada, Los Incontrolados, entre otros- y revistas -Enclyclopédie des Nuisances o Argelaga (ésta última activa desde 2013), defendiendo siempre el antidesarrollismo y el territorio desde planteamientos libertarios en sus charlas. Su crítica al ciudadanismo y su estudio sobre la guerra civil revolucionaria y el anarquismo son hoy día importantes elementos para comprender nuestro presente.

Anarquismo

P.- Como historiador, ¿por qué es importante para ti la Historia? ¿Qué crees que puede decirnos?

Miquel Amorós.- La Historia es el escenario de la guerra social, el lugar de la resistencia a la opresión, donde se configura un sujeto revolucionario. Es pues el hogar de la verdad, que, ante todo, es tanto el resultado del proceso de luchas como el proceso mismo. El conocimiento histórico no solamente trae al presente la verdad contenida en las revueltas pasadas, su parte no vencida, sino que es imprescindible para elaborar una estrategia eficaz en las revueltas presentes y futuras.

P.- ¿Cómo ves el orden de las cosas, política y vitalmente hablando, en la actualidad?

M. A.- Padecemos las consecuencias de la explosión de burbujas financieras generadas por una rápida mundialización capitalista. La traducción geopolítica del proceso mundializador se concreta en una pugna por el control de las fuentes de energía principales, gas y petróleo, pero también minerales, agua y tierra, responsable último de las guerras actuales. El capitalismo ha entrado en una fase extractivista que se apoya en desarrollismos emergentes, pretendiendo mediante la explotación intensiva del territorio superar la contradicción entre una capacidad productiva enorme y un mercado mundial todavía limitado. Dicha contradicción desemboca en una tendencia acelerada a la caída de beneficios. Las clases dirigentes confían en un crecimiento económico como salida para que el vacío personal de una vida sometida al consumo mercantil, las catástrofes ambientales, las enormes desigualdades y las grandes injusticias sociales no generen conflictos radicales.

P.- ¿Y la teoría y la praxis revolucionarias de hoy? Parece ser que el pensamiento débil es la norma. Pero, ¿qué ocurre con el pensamiento fuerte que nunca termina de explotar? ¿Se hace querer?

M. A.- La praxis revolucionaria existe y podemos traer a colación ejemplos como la autoorganización de barrios en Grecia, la conducta de los kurdos sirios en la guerra contra diversas autoridades, las luchas de los indígenas y pobladores mexicanos, el movimiento Pase Libre en Brasil, la revuelta mapuche en Chile… En cambio, no podemos afirmar con igual rotundidad que la teoría revolucionaria existe, pero en fín, si bien no hay una teoría unitaria presente que sirva para la comprensión de la época actual y la explique con contundencia, tampoco su campo es un desierto, pues hay indicios de sobra de la existencia de un pensamiento libre, manifestándose en revistas, libros, radios libres, charlas, etc. Por suerte, el pensamiento débil todavía no es la norma, aunque haya colonizado el imaginario de un sector juvenil determinado, mayoritariamente de origen estudiantil, cuya mentalidad es fuertemente deudora de la ideología burguesa.

P.- Herederos de una serie de derrotas, el derrotismo sigue con fuerza entre nosotros. Si bien es cierto que han llegado caras nuevas con la esperanza por bandera. ¿Qué opinas acerca de la «nueva política» o la «mesocracia»?

M. A.- Olvidar las derrotas pasadas obliga a partir de cero, es decir, a hacer borrón y cuenta nueva de la experiencia histórica, de la memoria en suma. Esa amnesia es interesada puesto que permite que la vieja política se presente con caras nuevas, o más bien, con nuevo maquillaje. En el estado español estamos contemplando esa clase de renovación, cuya credibilidad reposa en el bombardeo mediático, la mistificación de la política y la ignorancia completa de las enseñanzas de las luchas pasadas, o lo que viene a ser lo mismo, en el espectáculo (entendido como relación social mediatizada por imágenes). Tal reteatralización de la actividad pública es obra de los representantes políticos de la nueva clase media asalariada –empleados, funcionarios, licenciados precarios y estudiantes-, aquella a la que los situacionistas denominaba “cuadros”, eslabón intermedios en el proceso de racionalización capitalista. Los nuevos partidos y coaliciones ciudadanistas defienden los intereses de dicha clase, bastante afectados por la crisis, a menudo recurriendo a una retórica radical que ha demostrado un innegable poder de desmovilización.

P.- Con respecto a tu cercanía con los situacionistas. En Nuda Vida creemos que la construcción de situaciones es importante, pero ¿cómo construir una situación en un espacio-tiempo tan sometido al control policial del Estado y a los polis vestidos de civil?

M. A.- Los situacionistas, en su primera etapa, aquella en la que creían que la creación artística podía contribuir a la revolución sin abandonar su propio medio, aquella pues en la que el capitalismo no se había apoderado de dicha creación, elaboraron una estrategia de intervención en la cultura que llamaron “construcción de situaciones”. Se trataba de construir nuevos ambientes, en el ámbito cultural y artístico, susceptibles de despertar comportamientos disolventes. Es lo que en su forma más integrada al mercado recibió los nombres de happenings y performances. En las condiciones culturales post modernas, que son las de hoy, es absurdo ir por ese camino, a no ser que se quiera reivindicar una sospechosa etiqueta de “artista” o “creador”. Ya era absurdo en 1960, en los comienzos del mercado del arte de vanguardia, y los situacionistas lo comprendieron así puesto que abandonaron esa estrategia para dedicarse a la crítica revolucionaria y a su comunicación escandalosa. En efecto,¿cómo usar medios artísticos que resulten prácticos si el sistema, o bien los ha integrado, o bien los mantiene separados de las luchas reales gracias al control institucional?

P.- Si hay algo por lo que se distinguen los tiempos que corren, donde la unidimensionalidad propagada por el Espectáculo está en todas partes, es por la espera, la espera de esa utopía intransigente, todavía por transformar. Como decía la canción chilena, ¿hasta cuándo?

M. A.- Se hace camino al andar, decía Machado. Al luchar, diría yo. Las utopías forman parte del combate. Nacen, adquieren consistencia y se manifiestan en su desarrollo. No es algo fijo de antemano que espera su momento para darse a conocer.
revueltas

P.- ¿Cuál es tu opinión acerca del Viejo Mundo?

M. A.- Antes había que correr para dejarlo atrás (“cours, camarade, le vieux monde est derrière toi”, decían en Mayo); ahora en cambio, lo tenemos delante. Más que correr, habría que pararse. Ha desarrollado tal extraordinaria capacidad de cambio destructivo que no se puede sabotear más que con la conservación de todo aquello que aún podría servir para la causa de la libertad. Los revolucionarios de hoy son conservadores, o mejor antiprogresistas, pues saben que cualquier futuro, con los actuales dirigentes y en las condiciones que sin cesar van renovando, será peor.

P.- Tenemos en Latinoamérica una gran fuente de recursos para la descolonización de Europa. ¿Qué acciones o actitudes de allí echas en falta aquí? Sabemos que estamos hablando de múltiples realidades muy diferentes entre sí, pero los nodos están ahí y se pueden potenciar. ¿Cómo hacer?

M. A.- En Latinoamérica existe una clase campesina numerosa y consciente, con su propia cultura, no capitalista, sus propios valores y sus propios métodos de lucha, capaz de enfrentarse a la nueva casta desarrollista que se adueñó del Estado, motivo de inspiración del ciudadanismo ibérico, la nueva socialdemocracia. Los comuneros campesinos vertebran la resistencia al capitalismo extractivista, dando sentido y abriendo horizontes a las luchas urbanas, más centradas en la oposición a los grandes eventos espectaculares, los grandes proyectos inútiles, las subidas tarifarias del transporte y la corrupción generalizada. En Europa, después de Mayo del 68, y después de las derrotas proletarias de los setenta y del hundimiento del bloque estalinista, no ha emergido ninguna clase capaz de constituirse en sujeto portador de valores universales representando al conjunto de los oprimidos, o sea, en sujeto revolucionario.

P.- ¿Nos podrías hablar un poco acerca del antidesarrollismo? Hablando con varios amigos sobre el antidesarrollismo y el decrecimiento, no queda del todo claro cómo diferenciarlos. ¿Qué tienes que decirnos al respecto?

M. A.- El antidesarrollismo es un pensamiento crítico que saca balance del periodo histórico anterior, y es a la vez una práctica antagonista que afronta una época caracterizada por la fusión del Capital y el Estado, del territorio y la metrópolis, y como colofón, de la industria y la vida. Sus análisis -especialmente su teoría de la crisis y su crítica de la idea de Progreso-, beben en manantiales semejantes a los decrecentistas, por lo que no es de extrañar que se den coincidencias a ese nivel. Sin embargo, las similitudes acaban ahí. Los antidesarrollistas critican las ambigüedades de las ocho erres del decrecimiento, su indiferencia ante los conflictos cotidianos, su conformismo político y su reformismo. Los decrecentistas dan la espalda a la cuestión social, que es un tema de clase a resolver mediante un largo proceso de luchas, porque apuestan por una frugalidad sin peligro. Por nada del mundo se implicarían en asuntos con posibilidad de derivas violentas. Ellos se limitan a fórmulas económicas, principalmente cooperativistas, que apoyadas por el Estado, por instituciones de menor rango o simplemente por socios altruistas, conducirán a una transformación social pacífica dentro del capitalismo. Naturalmente, el Estado puede favorecer una cohabitación con el Capital si se atreve a promover los sectores alternativos en detrimento de los mercados globales. Los antidesarrollistas no comulgan con tales recetas voluntaristas. Para ellos, el Estado y el Capital son la misma cosa, por lo que resulta ingenuo pensar que ambos hayan de actuar en contra de sus intereses. No se puede usar uno contra el otro, ni tampoco podemos acabar con uno si al mismo tiempo no acabamos con el otro. Para la desglobalización y desindustrialización no valen fórmulas por magistrales que sea, sino revoluciones.

Cartagena, Crónica de la conferencia de Miquel Amorós en las II Jornadas de Cultura Libertaria.

El viernes 13 de Mayo tuvimos la ocasión de escuchar por primera vez en la Región de Murcia al compañero Miquel Amorós, presentando su último libro “Perspectivas Antidesarrollistas”. Ésta conferencia estbaa enmarcada en las II Jornadas de Cultura Libertaria que está desarrollando la CNT de Cartagena en las instalaciones de la UNED.

Miquel Amorós, hijo y nieto de anarquistas, toma contacto con el anarquismo en 1968. En los años 70 participó en la fundación de varios grupos Autónomos Libertarios entre los cuales figuran Bandera Negra, Tierra Libre, Barricada, Los Incontrolados y Trabajadores por la Autonomía Obrera y la Revolución social. Pasa algún tiempo en las cárceles franquistas antes de exiliarse a Francia.

Sus ideas son cercanas a las del movimiento situacionista y a las corrientes anti-industriales. Miguel Amorós estuvo en relación con Guy Debord a principios de los años 80.

Entre 1984 y 1992, Miguel Amorós hizo parte del equipo redactor de la revista francesa postsituacionista Encyclopédie des Nuisances junto a Jaime Semprún.

Miguel Amorós ha escrito numerosos artículos en la prensa libertaria. También ha pronunciado varias conferencias sobre cuestiones sociales, en particular sobre la ideología del progreso y los perjuicios que ocasiona. Sus principales libros son La Revolución traicionada. La verdadera historia de Balius y Los Amigos de Durruti (2003) y Durruti en el laberinto (2006).

En 2009 publicó una biografía del anarquista valenciano José Pellicer, fundador de la Columna de Hierro durante la Guerra civil española, que sirve de hilo conductor al estudio del anarquismo en la región levantina.

 

AUTONOMÍA OBRERA, ANARCOSINDICALISMO,  ANARQUISMO

Texto inédito de Miquel Amorós en el que se tratan temas antaño muy comunes como los Sindicatos Únicos, los Consejos de Fábrica y los Consejos Obreros. Para la charla en el Ateneo Popular de Alcorcón (Madrid), 28 de febrero de 2015.

La cuestión de la autonomía ha estado ligada a las primeras manifestaciones históricas de la clase obrera. Por autonomía se entendía la independencia del movimiento obrero respecto de otras clases, especialmente de las facciones radicales de la burguesía que intentaban servirse de él como fuerza de choque para alcanzar sus objetivos particulares. Significaba pues, auto-actividad, autoorganización, auto-orientación política y económica. La Asociación Internacional de Trabajadores fue la primera organización que plasmó la autonomía obrera en su divisa: “la emancipación de los trabajadores será obra de ellos mismos.” Sin embargo, la manera con que concretar dicha autonomía dividió a la Internacional en dos bandos: los “marxistas”, partidarios de la lucha parlamentaria y la autoridad central, y “bakuninistas”, enemigos de la política y de cualquier autoridad, rechazando colaborar con ningún movimiento político “que no tuviera por fin inmediato y directo la emancipación total de los trabajadores”. La derrota de La Comuna de París acentuó estas diferencias, determinando una separación entre acción política y lucha económica; para los socialdemócratas marxistas era prioritaria la primera, y para los anarquistas bakuninianos, los preparativos revolucionarios catapultándose en la segunda.

La preponderancia socialdemócrata, p. e. en Alemania, se tradujo en la formación de partidos obreros a cuyas tácticas electorales debían supeditarse las uniones o sindicatos, mientras que allá donde se impuso la influencia anarquista, p. e. en España, las asociaciones obreras empleaban tácticas antipolíticas. Por un lado, el voto en busca de reformas graduales y la mediación política de los conflictos; por el otro, el federalismo, la acción directa y la huelga insurreccional apuntando hacia metas revolucionarias. La socialdemocracia se consideraba la vanguardia dirigente del proletariado y en su mayoría aspiraba a la conquista del Estado burgués de forma escalonada, por etapas, gracias a un movimiento fuertemente organizado, centralizado y disciplinado. Al final, un capitalismo burocrático de Estado enmascarado como socialismo. En el extremo opuesto, los anarquistas no podían imaginar una liberación dentro del Estado y gracias a él: “Estado significa dominación, y cualquier dominación supone sujeción de las masas y, por consiguiente, explotación en provecho de una minoría gobernante cualquiera” (Bakunin). El anarquismo societario se orientaba en cambio hacia un movimiento sin estados mayores y con un alto grado de espontaneidad, aspirando a implantar directamente, sin transiciones ni intermediarios, un régimen social igualitario no estatal basado en la federación libre de sociedades de productores. Un comunismo libertario. El concepto de Productor u obrero libre emergía en aquellos tiempos frente al de Asalariado o esclavo del capital.

El sindicalismo revolucionario fue una corriente doctrinal que reivindicaba la independencia de los sindicatos en relación con los partidos, y propugnaba la lucha sindical como la única específicamente obrera. Nació en Francia con la creación de la Federación de las Bolsas de Trabajo en 1892 y de la CGT en 1895, siendo una reacción contra la desunión que provocaban los partidos y contra la subordinación de la lucha social a la contienda parlamentaria. Fue pues un intento de conseguir la unidad de la clase por encima de cualquier ideología recurriendo a los sindicatos, órganos que no solamente habían de consagrarse a la lucha económica y al control obrero, sino que se habían de convertir en instrumentos de formación social y de gestión de la producción en el periodo posrevolucionario. El sindicalismo revolucionario no negaba la acción política, sino que se separaba de ella; sus tácticas eran la acción directa contra la clase patronal, el boicot, el sabotaje y la huelga general, gracias a la cual debutaría el proceso revolucionario. Los sindicatos, hasta entonces simples organismos de defensa, ya no eran contemplados solamente como bastiones contra la explotación, sino como motores de la revolución y constructores de la nueva sociedad. Sin embargo, la marea nacionalista de 1914 sumergiría a los sindicatos, que no se opondrían a la movilización militar ni a la guerra. Eso comportaría el fin del sindicalismo revolucionario como tendencia mayoritaria en Francia, pero en España dio un paso hacia adelante: la CNT mantendría una actitud antimilitarista y adoptaría una estructura sindical descentralizada apoyada en federaciones locales y sindicatos únicos, a la manera de la IWW americana, que abarcaban todos los oficios de una industria determinada. En el Congreso de La Comedia de 1921 tomaría el comunismo libertario como finalidad. En posteriores reuniones acordaría no adherirse a la Internacional Sindical Roja promovida por los bolcheviques y prohibir el desempeño de cargos a militantes afiliados a partidos. Quedaba constituido lo que más tarde recibiría el nombre de anarcosindicalismo. Los intentos de cambio en el Congreso reorganizador de El Conservatorio, en 1931, encontraron una fuerte oposición por parte de los sectores anarquistas. La moción de intervención política y la conversión de los sindicatos en federaciones de industria a escala estatal despertaron una fuerte oposición interna, llevando la CNT a la escisión, que no fue superada hasta el Congreso de Zaragoza, mayo de 1936, a costa de mutuas concesiones de las partes enfrentadas. La guerra civil revolucionaria confirmaría el carácter constructivo y administrativo de los sindicatos, verdaderos organismos unitarios de la clase obrera tras las alianzas UGT-CNT, pero desmentiría su antimilitarismo y su apoliticismo: la burocracia sindical, secundada por la burocracia ideológica anarquista,  actuaría como un auténtico partido patriótico, llevando la clase obrera al desastre.

Si bien la necesidad de organizarse eficaz y libremente no encontraba trabas insalvables en los países democráticos, en los países absolutistas como Rusia las sociedades obreras estaban condenadas a la clandestinidad, desde donde no podían ejercer demasiada influencia. Los sindicatos no resultaban prácticos, puesto que la mayoría de los trabajadores quedaban al margen. Durante el movimiento insurreccional de 1905, la clase obrera creó espontáneamente en San Petersburgo un organismo nuevo, unitario, donde confluían todas las corrientes proletarias, dándose la tarea de transformar las masas de huelguistas en tropas de combate: el Consejo de Delegados Obreros o Soviet. El soviet era la organización que respondía a necesidades ofensivas; significaba que los obreros, la mayoría sin organizar, habían pasado al ataque. Era “la forma natural y espontánea de toda gran acción revolucionaria del proletariado”, resultado de una huelga de masas, en palabras de Rosa Luxembourg (hoy diríamos huelga salvaje). La huelga de masas se diferenciaba de la huelga general de los sindicalistas revolucionarios por su espontaneidad, pues no nacía de una convocatoria, y el papel fundamental era desempeñado por los obreros no organizados, no por los sindicalistas. Los partidos y los sindicatos más bien eran arrastrados por el impulso revolucionario, muy a su pesar. Al constituirse el Consejo y dedicarse éste a organizar la vida social en todos sus ámbitos, se pasaba de la economía a la política y, a poco que la huelga salvaje adquiriese visos de batalla en regla, se pasaba de la política a la revolución. Así pues, los Consejos representaban intereses colectivos que iban mucho más allá de los económicos. Eran organismos autónomos del proletariado, pero no representaban a los obreros en función de un oficio, una profesión o un trabajo determinado, sino como miembros de una clase. Eran órganos democráticos revolucionarios de clase, la plasmación de la autonomía obrera en el momento ofensivo, cuando el proletariado se aprestaba a vencer a sus enemigos y se preparaba para dirigir la producción y administrar la sociedad prescindiendo de los patronos y de los representantes del Estado.

En 1917, la situación revolucionaria rusa puso de nuevo en escena a los Consejos Obreros, a los que se añadían Consejos de Campesinos, de Marineros y de Soldados. Evidentemente no surgían para modificar el mercado laboral elevando el precio de la fuerza de trabajo, sino para ocupar el lugar de los ayuntamientos, de los parlamentos y del resto del aparato estatal. Encarnan la forma de la revolución, a la que ningún partido ni ningún sindicato podían representar. Son su expresión de masas inmediata. En la medida en que la victoria no era segura, su posición resultaba inestable y, tal como sucedió en 1918 en Alemania y Hungría, donde el peso de la socialdemocracia era considerable, los Consejos viraron hacia posturas conservadoras que les auto-limitaron y al final provocaron su disolución. En tanto que instrumentos de la destrucción del capitalismo se alineaban contra los sindicatos, quienes con afán de supervivencia se aferraban a los esquemas de negociación burgueses.

Los sindicatos habían sido creados en una época de expansión capitalista y formaban parte del orden institucional, donde abrevaba una burocracia sindical con intereses semejantes a los de la burguesía. Al entrar en crisis el capitalismo, su papel defensivo y regulador dejó de cumplimentarse, puesto que para el proletariado no se trataba de reforzarse dentro del capitalismo, sino de acabar con él. Entonces, ante la dimisión general de los sindicatos, junto con las huelgas salvajes y las ocupaciones aparecieron otras maneras de organizarse como las asambleas de huelguistas, los comités de fábrica y las coordinadoras.

Pronto dichas formas desbordaron el marco económico y actuaron políticamente, con la consiguiente oposición de la burocracia sindical y partidista. En una fase organizativa superior, tales estructuras dieron lugar a los Consejos Obreros. No obstante, toda revolución que permite subsistir formas anteriores de poder estatal o que deja constituirse formas nuevas, cava su propia tumba. En Alemania, la socialdemocracia supo paralizar la dinámica consejista para después apartarse, posibilitando la supresión de los consejos por medios policiales y militares. En Rusia, los bolcheviques pusieron en pie un aparato policial y un ejército que marcando distancias, facilitó el desarrollo de una burocracia político-estatal destinada a domesticar y convertir en elemento decorativo a todo el sistema consejista, no sin ahogar en sangre los consejos que se resistieron, como los de Kronstadt y los del Sur de Ucrania (makhnovistas).

En España, en 1936, los sindicatos únicos desempeñaron el mismo papel que los Consejos en lo relativo a la defensa de la revolución, la producción y administración. La consigna “Todo el poder a los sindicatos” era la traducción del lema ruso “Todo el poder a los soviets.” A pesar de todo, la revolución española no desmanteló el Estado burgués sino que trató de utilizarlo para consolidarse, viéndose forzada a una renuncia tras otra, con la agravante de alimentar una burocracia obrera que se convirtió en uno de los factores principales de su derrota. Cuando se desencadena la contrarrevolución, o sea, cuando el Estado recobra fuerzas, tanto el terreno de los Consejos como el de los sindicatos revolucionarios se contrae, puesto que no han podido o sabido forjar una fuerza capaz de contenerlo y anularlo. Tras un corto periodo decadente, donde se trasforman en organismos técnicos de mediación y cogestión, unos y otros desaparecen.

A menudo se ha confundido Consejo Obrero con Consejo de Fábrica, dos realidades completamente diferentes. El Consejo de Fábrica surgió durante el movimiento de ocupaciones de marzo de 1921, en Turín, en tanto que organismo encuadrando a los obreros en su lugar de trabajo por encima de los sindicatos.

Existía el precedente similar de los Shop stewards ingleses de 1915-1920, y el de los Comités de Fábrica rusos. El Consejo de Fábrica era un órgano representativo de base con funciones económicas relacionadas con el “control obrero” de la producción. Carecía pues de las funciones político-administrativas del Consejo Obrero, que obedecía a una fase superior de la lucha de clases. En gran parte ejercía tareas que habían correspondido a los sindicatos, como la representación directa de los trabajadores o la gestión de la producción frente al capitalismo. No era la fórmula definitiva de la autonomía de clase en el periodo prerrevolucionario, sino sólo su primer peldaño. Los Consejos de Fábrica formaron parte de los Soviets en Rusia y terminaron confundiéndose con ellos en Alemania, antes de ser definitivamente aplastados. La derrota del fascismo no planteó de nuevo la necesidad de Consejos en el bloque capitalista occidental, pero sí en el bloque estalinista. El sistema de Consejos reapareció en Hungría en 1956 como respuesta popular al terrorismo policial y a la dictadura de partido, planteando al mismo tiempo la reorganización de la economía sobre bases verdaderamente socialistas y no sobre los pies de barro de un capitalismo estatalista. Así pues se daba la dualidad entre Consejos Revolucionarios (que abarcaban a los artistas, escritores, soldados, estudiantes y funcionarios) con funciones claramente de gestión política, y los Consejos de Trabajadores (o de Fábrica), que sustituían a los venales sindicatos del régimen en tanto que representación genuina de los intereses económicos de los obreros. El sistema de Consejos se reveló como la única alternativa democrática no sólo a la dictadura, sino al sistema parlamentario. La democracia directa de las asambleas es lo más opuesto que cabe a la seudodemocracia de partidos, porque solamente en ella es posible la realización de los principios políticos de igualdad y libertad. La república consejista de Hungría duró doce días, siendo aniquilada por los tanques rusos. Es remarcable el hecho de que el régimen no tuvo problemas en hacer concesiones económicas, sabedor de que en esa esfera las crisis no llegan a cuestionarlo. Sin embargo, la represión intelectual fue implacable. La verdadera libertad no nace del trabajo y el consumo, sino del pensamiento. Un pueblo sumiso es el que no piensa, bien porque no le dejan, bien porque ha perdido la facultad de pensar. Ese principio es la gran aportación del totalitarismo a la dominación. La reconstrucción que siguió a la guerra mundial dio lugar a un largo periodo expansivo propicio a los pactos sociales desarrollistas. Durante los momentos de crisis posteriores –Mayo del 68 en Francia, Revolución de los Claveles en Portugal, Movimiento Asambleario de 1975-77 en España, Movimiento por la Autonomía en Italia, Solidarnosc en Polonia, caída del Muro de Berlín- los consejos de fábrica hicieron acto de presencia con denominaciones diferentes, pero tuvieron una existencia efímera.

La clase obrera no llegó a disponer de un nivel de coherencia y cohesión suficiente para imponerlos e impulsarse hacia adelante, en la dirección revolucionaria. No fueron más que destellos anticapitalistas condenados a una extinción rápida, pues la economía de mercado, integrando al capitalismo burocrático de Estado, pudo superar con relativa facilidad las contradicciones que los originaron.

Oponer consejismo y anarcosindicalismo sería estéril y absurdo, pues ambas formas de autonomía se dieron en condiciones locales particulares, con tradiciones diferentes y grados distintos de organización, y en ellas colaboraron militantes obreros de diversas ideologías. Ahora, trascurrida la etapa globalizadora y cerrado el último ciclo desarrollista del capital, el problema principal más bien sería otro, a saber, el de la bajísima combatividad de la masa asalariada, su escasa disposición a organizarse y aún menos a abrirse perspectivas liberadoras. No sólo la masa muestra nulo interés por cuestionar la sociedad en la que sobrevive, sino que con su conducta resignada y autolimitada contribuye a su estabilización. Ninguna reivindicación contempla la abolición del capitalismo; ningún contenido lo trasciende. La pregunta de por qué la clase obrera dejó de manifestarse como tal hace más de treinta años no tiene fácil respuesta, pero cualquier actividad subversiva ha de empezar respondiéndola de modo convincente. Ninguna teoría de la revolución proletaria ha podido sobrevivir incólume a tal desaparición y a tanto conformismo, y el anarquismo no es ninguna excepción. Esto es así porque el ocaso de los revolucionarios acarreó el de sus teorías, hoy pálidos reflejos doctrinarios de un pasado idílico y mistificado. Bajo la etiqueta anarquista subyace organizaciones, ideologías y actitudes muy dispares, cuyo común denominador es la confusión, el guetismo y la presencia insuficiente o nula en los raros conflictos actuales. Sin embargo, del anarquismo queda una parte no vencida, el rechazo de la autoridad, de la política y del Estado, que ningún planteamiento con vocación subversiva puede soslayar. Del consejismo y anarcosindicalismo resiste el ejemplo de unidad, democracia directa y autonomía. Los grupos que comparten esas mínimas exigencias libertarias y consejistas –los grupos autónomos- han de aportar luz a la condición obrera actual que sirva de catalizador de un movimiento realmente social, antipatriarcal, anticapitalista y antiautoritario, al que el oportunismo no desvíe por cauces institucionales, y esa tarea es principal (aunque no exclusivamente) teórica. El pensamiento precede la acción, pero sólo como el relámpago al trueno. La cuestión social ha de invadir la esfera del pensamiento para convertirse verdaderamente en fuerza práctica. En cualquier caso, los grupos no han de colocar el activismo militante en el sitio que correspondería al debate y a la lucha social por llegar de los agraviados y oprimidos. No han de caminar por la senda vanguardista y aventurera, ni dentro ni fuera de las instituciones. La función de un grupo autónomo sería la de contribuir a una mayor conciencia de ese agravio y esa opresión, que tendría que materializarse en la creación de organizaciones más o menos formales de convivencia, autogestión y autodefensa. En fin, suscitar una autoorganización de la disidencia social verdaderamente comunitaria en el curso de las luchas que no dejan de producirse. Ellas son su medio y solamente en él han de mostrarse ejemplares. Solamente partiendo de ellas podrá desencadenarse un movimiento de segregación económica, política y social que dé al traste con el capitalismo y el Estado, dos palabras pero una misma cosa.

Miguel Amorós

 

Crítica de Miguel Amorós al decrecimiento

La producción cooperativa y el intercambio sin beneficios no podrán nacer del consenso con el poder sino de la imposición por parte de los oprimidos de unas condiciones sociales que proscriban la producción industrial y el comercio lucrativo. La lucha contra la opresión –que como diría Anders, ocurre entre víctimas y culpables– es la única que puede sentar las bases de una “democracia ecológica local” y una autonomía social, en los alrededores de Kinshasa y en todas partes.

 La ideología del decrecimiento es la última mutación del ciudadanismo tras el miserable fracaso del movimiento contracumbres; una ilusión renovable, como dirían Los Amigos de Ludd. Como trivialización de la protesta y supresión del conflicto, es un arma auxiliar de la dominación. En los días que corren, el capital ha salido vencedor, como ya saliera de la lucha de clases de los sesenta y setenta. Sin nada ni nadie que le detenga prosigue su carrera de destrucción creciendo sin parar, esta vez gracias a las aportaciones ecologistas y ciudadanistas. Una sociedad libre no puede concebirse sin su abolición, que para el partido del decrecimiento acarrearía el caos social y el terrorismo, algo que de sobra está presente y que configura paulatinamente un régimen ecofascista. Dada la magnitud de la catástrofe ecológica, luchar por una vida libre no es diferente a luchar por salvar la vida. Pero la lucha por la supervivencia –por las redes de intercambio regionales, por el transporte público o por las tecnologías limpias– no significa nada separada del combate anticapitalista; es más su fuerza radica en la intensidad de dicho combate. Se trata de un movimiento de secesión pero también de subversión, cuyo empuje depende más de la profundidad de la crisis social que de la propia crisis ecológica. Dicho de otra manera, de la conversión de la crisis ecológica en crisis social, y por lo tanto, de su transformación en lucha de clases de nuevo tipo. Si ésta alcanza un nivel suficiente, las fuerzas de los oprimidos podrán desplazar al capitalismo y abolirlo. Entonces la humanidad podrá reconciliarse con la naturaleza y reparar los daños a la libertad, a la dignidad y al deseo provocados por los intentos de dominarla.

CRECIMIENTO Y DECRECIMIENTO

 Hablar de crecimiento y decrecimiento es lo mismo que hablar de capitalismo y anticapitalismo, pues el capitalismo es la única formación económica que no se basa únicamente en la obtención de beneficios, sino en la obtención creciente de los mismos. Los frutos de la explotación capitalista no se emplean principalmente en dispendios sino que se convierten en capital y se reinvierten. De este modo el capital crece, se acumula sin cesar. El crecimiento es la condición necesaria del capitalismo; sin crecimiento el sistema se desmoronaría. Es el indicador del funcionamiento normal de la sociedad; es por tanto un objetivo de clase. Desde que la burguesía es consciente de los fundamentos de su poder, la expansión es su bandera; no obstante, hasta 1949 el crecimiento no se define como política general de Estado, en el famoso discurso de Truman. El capitalismo ya se había vuelto más técnico, más dependiente de la tecnología, más americano. La ideología basada en el crecimiento económico como panacea, el desarrollismo, se convertirá en el eje de todas las políticas nacionales, tanto de derechas como de izquierdas, tanto parlamentaristas como dictatoriales. La primacía del crecimiento económico sobre el objetivo político caracterizó durante los años cincuenta y sesenta los discursos de los representantes de la dominación. La libertad fue asimilada a la posibilidad de un mayor consumo, del acceso a un mayor número de mercancías, gracias al crecimiento. Y quedó garantizada por los pactos sociales de posguerra entre las administraciones, los partidos y los sindicatos, al permitir el pleno empleo y la mejora del poder adquisitivo de los trabajadores asociada a la productividad.

 La vacuidad de una vida entregada al consumo y manipulada por la industria cultural fue puesta de manifiesto por la revuelta juvenil de los sesenta, que afectó las capitales de los países llamados “desarrollados”: los jóvenes insatisfechos no querían una vida donde el no morir de hambre se cambiaba por la certeza de morir de hastío. Los disturbios del gueto negro americano añadieron nuevo combustible al fuego de la rebeldía. Los excluidos de la abundancia demostraban su rechazo mediante el saqueo y la destrucción de mercancías. Esa revuelta nihilista encontró su teoría en Mayo del 68. Pero eso no fue todo. El propio sistema empezó a ser cuestionado desde dentro por especialistas disidentes, concretamente desde el campo de la teoría económica y desde el ambientalismo. Rachel Carson fue la primera en advertir de la amenza que para la vida en la Tierra significaba la producción industrial. Los economistas N. Georgescu-Roegen, H. Daly o E. J. Mishan (el primero en escribir de “Los costes del desarrollo” en 1969), daban un enfoque “fisico” y holístico a su disciplina, considerando el mundo como un sistema cerrado, una “nave espacial Tierra” donde todo está relacionado con todo y todo tiene un coste. Según un artículo histórico de Kenneth Boulding escrito en 1966, en la economía del “cowboy” la medida del éxito la proporcionan la producción y el consumo, mientras que en la economía del “astronauta” el éxito corresponde a la conservación del medio. Sin embargo, el crecimiento inherente a la primera se alimenta con su degradación, bien visible a partir del punto en que la destrucción domina sobre lo demás (cuando la capacidad del planeta en soportar desperdicios queda superada). Contaminación, aditivos químicos, lluvia ácida, residuos, explosión demográfica, urbanismo depredador, motorización, turismo, etc., problemas que revelaban el desequilibrio biológico del planeta, fueron planteados y debatidos muy tempranamente. Por entonces, Barry Commoner, en “El círculo se cierra”, y Edward Goldsmith, desde la revista “The Ecologist”, criticaron el desarrollo tecnológico unilateral, la dilapidación irreparable del “capital natural” y el impacto negativo creciente de la industria moderna sobre los ecosistemas, la salud y las relaciones sociales. Científicos como J. Lovelock y S. Margulis formularon la “hipótesis Gaia” sobre el planeta como sistema autorregulado, y revelaron por primera vez el aumento del efecto invernadero debido a los vertidos gaseosos a la atmósfera de la industria y la circulación motorizada. Otro experto, Donella Meadows, del MIT, a instancias del Club de Roma redactó un informe titulado “Los límites del crecimiento” para la Conferencia de Estocolmo (1972), que planteaba la contradicción irresoluble entre un desarrollo infinito y unos recursos naturales finitos. La expansión económica desorganizaba la sociedad y obligaba a multiplicar las jerarquías y los controles. Se efectuaba en detrimento de la ecosfera y de mantenerse iba a terminar agotando los recursos. Cualquier política económica había de contar con el medio ambiente si de verdad quería saber los costes reales. Además, el aumento exponencial de la población acabaría provocando una crisis alimentaria (como decía Malthus) y en un siglo se llegaría al colapso social y a la desaparición de la vida. La solución residiría en un “crecimiento cero”. Recordando la recomendación de Stuart Mill, una economía estacionaria restablecería el equilibrio entre la sociedad industrial y la naturaleza. Finalmente, Goldsmith y un grupo de colaboradores publicaron en 1972 un “Manifiesto para la supervivencia” que retomaba y sistematizaba las críticas anteriores. Su mensaje: economía y ecología debían reconciliarse, para dar lugar a formas sociales estables, autárquicas, descentralizadas.

 Las críticas que resaltaban el papel menospreciado de la naturaleza en la historia social, fueron ignoradas por casi todos los contestatarios con la salvedad honrosa del anarquista Murray Bookchin, porque primeramente cuestionaban el dogma del desarrollo de las fuerzas productivas, la base sagrada del socialismo. Y en segundo lugar, porque lejos de pretender un cambio revolucionario tratando de agrupar a una mayoría tras un programa antidesarrollista radical, no aspiraban sino a convencer a los gobernantes, empresarios y políticos del mundo de la necesidad de hacer frente a los hechos denunciados, con medidas que no iban más allá de los impuestos, las multas y las subvenciones. Los científicos y demás expertos eran víctimas de su posición de clase subalterna y auxiliar del capitalismo, que no cuestionaban en absoluto, por lo que cerraban los ojos ante las consecuencias para la acción de sus objeciones al crecimiento y negaban su anticapitalismo esencial. Limitándose a ejercer su función de consejeros, cometían el error de confiar en los dirigentes, o sea, en los responsables del deterioro planetario que ellos mismos habían denunciado. El movimiento ecologista arrastrará siempre ese pecado de origen y en los ochenta los proyectos “verdes” confluirán con las innovaciones capitalistas. La huida neoliberal hacia delante en el crecimiento y la degradación –encarecimiento del petróleo, Bhopal, Chernobil, las dioxinas, el agujero de la capa de ozono, la polución, etc.— confirmó la pertinencia de las críticas. El fracaso del desarrollismo sin trabas había convertido al ecologismo la mayoría dirigente. El concepto de “desarrollo sostenible” del informe Bruntland (1987), presentado por la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, y sobre todo, por la Conferencia de Río (1992) marcaría la fusión de la ideología ecologista con el capitalismo, aceptada en primer lugar por los partidarios de la regulación estatal de crecimiento, la vieja “izquierda”. En realidad, se trataba de preservar el desarrollo, no la sostenibilidad. De administrar la nocividad, no de suprimirla. Para ello se buscaba la armonización del medio ambiente con la economía de mercado. La capa de ozono y el modo de vida consumista podían ser compatibles merced a una nueva contabilidad que incluyera el coste ambiental. El mercado beneficiaría la producción “limpia” y castigaría la contaminante. El reciclaje sería premiado y la basura, penalizada. No obstante, la Conferencia de Kyoto sobre el cambio climático (1997) puso de manifiesto las dificultades insalvables que presentaba el proceso de reconversión ecologista de la producción y el consumo. A pesar de la aparición de un negocio ambiental cada vez más importante y del ahorro que significaba el desguace de los servicios sociales del Estado, el mercado no podía hacerse cargo de dicha transformación por ser onerosa para las industrias. Medidas elementales como los topes a la emisión de gases ponían en peligro el crecimiento puro y duro, pilar central del sistema capitalista actual. La solución encontrada, la globalización de los intercambios, y su consecuencia primera, la deslocalización de las industrias y el incremento exponencial del transporte, caminaba en la dirección contraria. Exigía que la agricultura intensiva siguiese alimentando al mundo, esta vez con ayuda de la ingeniería genética, que la industria química determinara el metabolismo humano, que los niños asiáticos trabajasen en fábricas y que el TAV acuchillase Europa, ese tren que para el poder “no es sólo un modo de comunicación rápido, solidario y eficiente [sino] el más compatible con las exigencias medioambientales”. Otro tanto se diría de la energía nuclear o de los OGM. Si el crecimiento destructivo necesitaba la cobertura ecológica, la destrucción había de presentarse como el acto ecológico por excelencia.

En diciembre de 1912, seis años antes de ser asesinada por la soldadesca de un gobierno socialdemócrata, Rosa Luxemburg publicaba un controvertido libro, “La Acumulación del capital”, donde afirmaba que la reproducción ampliada de capital, o sea, el “crecimiento”, no podía asegurarse sin que entrasen en la órbita mercantil los sectores atrasados de los países modernos y la población del resto del mundo que se desenvolvía en economías precapitalistas o de capitalismo incipiente. Para el mundo capitalista era vital la existencia de un mundo exterior, fuente de consumidores, materias primas y mano de obra baratas. Las dificultades que el proceso podía tener se solucionaban a la fuerza: “En los países de ultramar, su primer gesto, el acto histórico con que nace el capital y que desde entonces no deja de acompañar ni un solo momento a la acumulación, es el sojuzgamiento y la aniquilación de la comunidad tradicional. Con la ruina de aquellas condiciones primitivas, de economía natural, campesina y patriarcal, el capitalismo europeo abre la puerta al intercambio de la producción de mercancías, convierte a sus habitantes en clientes obligados de las mercancías capitalistas y acelera, al mismo tiempo, en proporciones gigantescas, el proceso de acumulación, desfalcando de un modo directo y descarado los tesoros naturales y las riquezas atesoradas por los pueblos sometidos a su yugo.”

 Quizás por contradecir a Marx el libro fue olvidado, pero su punto de vista fue repetido en los setenta por determinados críticos, que tenían en común el haber sido altos funcionarios –Ivan Ilich, de la Iglesia; François Partant, de las finanzas francesas; Fritz Schumacher, de la industria inglesa— implicados en programas de desarrollo del “Tercer Mundo”, y el hecho de postular, a diferencia de los ecologistas, el abandono del capitalismo. En efecto, libros como “La convivencialidad” (Illich), “el Final del desarrollo” (Partant), “Lo pequeño es hermoso” (Schumacher) o “El manual completo de la autosuficiencia” (John Seymour), denunciaban la ausencia de relación entre prosperidad económica y bienestar social, rechazaban el productivismo, las nuevas tecnologías, los sistemas burocráticos y autoritarios, el consumo de masas, los monocultivos, los pesticidas y fertilizantes químicos, el urbanismo desbocado, etc., y propugnaban la economía vernácula basada en lazos comunitarios, la descentralización, la tecnología tradicional, la diversidad de cultivos y los abonos naturales, el autoabastecimiento, la reducción del tamaño de las ciudades… Eso comportaba en teoría la ruptura con al menos dos aspectos esenciales del marxismo (y del sindicalismo revolucionario): la sociedad plenamente industrializada como alternativa emancipadora, o sea, el despliegue ilimitado de las fuerzas productivas socializadas como condición elemental de una sociedad libre, y el papel de la clase obrera fabril en la liberación de las servidumbres capitalistas, es decir, la función el proletariado industrial –con su ética del trabajo y su docilidad sindical– como agente histórico y sujeto revolucionario. Puesto que la libertad dependía de la estabilidad de los ecosistemas dentro de los cuales se insertaba, no podía nacer ésta de un desarrollismo socializado universal sino de un retorno a la colectividad autosuficiente y a la producción local; surgiría no de la toma de los medios de producción capitalistas, sino de su desmantelamiento. No debían asegurarse un mayor consumo y por lo tanto una producción mayor, sino su subsistencia material. Sus necesidades habían de definirse en función de los recursos, no en función del poder adquisitivo. Para eso no tenían que organizar de otra manera la misma sociedad, sino transformarla de abajo arriba, abolir todas las dependencias, destruir la maquinaria que obligaba a la jerarquía, a la especialización y al salario. En la sociedad convivencial ninguna actividad impondría a quien no participara en ella un trabajo, un consumo o un aprendizaje. La sociedad organizada de modo autónomo y horizontal debería dominar las condiciones de su propia reproducción sin alterarse. Los intercambios no podían comprometer su existencia. Una sociedad así había de ser una sociedad donde el tejido social sustituyera al Estado, controlando su tecnología y prescindiendo del mercado. Siguiendo el hilo del discurso, a fin de alcanzar una sociedad de ese tipo –añadimos nosotros– los obreros habrían de luchar no para colocarse mejor o simplemente mantenerse en el mercado del trabajo, sino para salirse de la economía. Tenían que destruir las fábricas y las máquinas, no autogestionarlas. Y, puesto que en el capitalismo contemporáneo el consumo prevalece sobre la producción, el terreno del conflicto residiría menos en los lugares de trabajo que en el área de la vida cotidiana. Este combate requeriría la voluntad de vivir de otra manera, por lo que no podía ser asumido por asalariados satisfechos y consumistas. Los destinados a hacerlo serían los trabajadores precarios, los inmigrantes, los parados, los presos o los automarginados –los excluidos en general– actuando no en el marco de la producción capitalista, sino al margen, es decir, con un pie fuera del sistema, y por consiguiente, más proclives a colocarse, mediante la autoorganización y el autoconsumo, en una perspectiva de debilitamiento de la economía y del Estado. En los países “desarrollados” el grado de exclusión es mínimo, aunque crece, pero en los países que los dirigentes llaman “subdesarrollados”, los excluídos son legión.

La destrucción del medio obrero en los ochenta es responsable de que esta crítica permaneciese anclada en los medios que le dieron origen y de que quince años más tarde fuera recuperada por los ideólogos del decrecimiento. En el campo de la radicalidad, apenas podemos citar reflexiones en ese sentido: Bookchin, Fredy Perlman, Theodore Kaczinski, “Encyclopédie des Nuisances”, “Fifth Estate”… Lo menos que puede decirse de aquellos medios es que no eran los más apropiados para expurgar dicha crítica de contradicciones y difundirla. De acuerdo con ella, la reproducción ampliada de capital y de la fuerza de trabajo estaba asegurada por el crecimiento, pero no así la reproducción del medio que proveía de recursos, ni tampoco de la sociedad en su conjunto. Entonces, cabía preguntarse si los conflictos que forzosamente han de derivar del deterioro ambiental, las catástrofes y la descomposición social, favorecerían una transformación del sistema, o en otras palabras, si permitirían la emergencia de una alternativa creíble. La ideología del decrecimiento pretende ser esa alternativa.

El nombre es una simple etiqueta tomada de Georgescu-Roegen. En principio consiste en un conjunto aparentemente coherente de ideas como las que hemos expuesto que podemos encontrar en Illich, Partant, Mumford o en “The Ecologist”, elaborado por expertos desde instancias de cooperación para el desarrollo, universidades, ONGs y “Foros sociales”, el mismo medio que alumbró la ideología ciudadanista de la “alterglobalización”. No obstante, existen diferencias importantes entre ambas: la del decrecimiento es antidesarrollista y condena claramente el ecocapitalismo y el papel de las nuevas tecnologías. Desaprueba tanto el desarrollo sostenible como el crecimiento cero. Defiende pues una salida del mercado, no un mercado mundial controlado; es más, desconfía del Estado como sistema de poder centralizado y jerárquico, injustificable ante una sociedad sin mercado, prefiriendo en su lugar el ideal gandhiano de una federación de aldeas autosuficientes. En teoría estaríamos ante concepción libertaria semejante a la del naturismo, o a la más próxima del comunalismo, pero en la práctica no hay otra cosa que ciudadanismo. El apoyo de ATTAC, Ecologistas en Acción o “Le Monde Diplomatique” vendrían a corroborarlo si necesidad hubiere. Los objetivos podrán variar, pero lo de menos son los objetivos, pues el “decrecimiento convivencial” aspira a reducir pacíficamente la producción y el consumo de masas “mediante el control democrático de la economía por la política”. Los ecologistas de Can Masdeu precisan que se trataría de formar “gobiernos de transición, de ética inquebrantable y monitorizados desde abajo”. ¿Cómo conseguirlo? Mediante la acción “convivencial”, que nos conducirá, a través de la inanidad de actos simbólicos y festivos “para concienciar la sociedad”, a la política oficial, a las asociaciones de consumidores, a las candidaturas municipales y al sindicalismo. Y es que la transición a la economía autónoma ha de discurrir sin problemas, porque los desencuentros con el poder ponen en peligro “la democracia”. Los partidarios del decrecimiento, en tanto que lumpenburguesía ilustrada, tienen pánico al “desorden” y prefieren de lejos el orden establecido a las algaradas populares. Las ideas habrán cambiado, pero los métodos son ciudadanistas. Hay que “ejercer la ciudadanía” y avanzar en “la democracia” nos dice el ideólogo Serge Latouche. El partido del decrecimiento a fin de conjurar la crisis social pretende sustituir el aparato económico del capitalismo conservando su aparato político. Como al fin y al cabo la proclamada salida del mercado no es rupturista sino suavemente transaccional, quiere separarse de la economía sin separarse de la política, acepta todas las mistificaciones que ha rechazado en teoría. No olvidemos que escapar al crecimiento no significa para Latouche renunciar a los mercados, la moneda o el salario, puesto que no busca amotinar a los oprimidos sino convencer a los dirigentes. Su discurso es el del tecnócrata experto, no el del agitador. Mostrando el cambio climático, el estallido de las burbujas financieras, el aumento del paro, el endeudamiento de los países empobrecidos, las sequías y demás catástrofes, pretende animar a la clase dirigente a que se olvide del crecimiento. Se supone que los dirigentes, ante la imposibilidad de controlar las crisis y bajo la amenaza de conflictos imprevisibles, preferirán la paz social y la “deconstrucción” mercantil. Eso explica que dicho partido no contemple un cambio social revolucionario a realizar por las víctimas del crecimiento, y que en la práctica proponga un conjunto de reformas, impuestos, desgravaciones, moratorias, leyes, etc., o sea, un “programa reformista de transición” a aplicar desde las instituciones políticas actuales. Ni que decir tiene que es lo mismo que proponen las plataformas cívicas, los ecologistas, los antiglobalizadores de pega e incluso la “izquierda” integrada. Excusamos decir que el fomento de una economía marginal sin autonomía real ni posibilidad de convertirse en una verdadera alternativa es sólo una coartada. Agricultura campesina, reducción del consumo y de la movilidad, prioridad de las relaciones, alimentación sana, redes locales de trueque, no competir, no acumular, etc., son ideas antidesarrollistas que pierden todo el sentido cuando no se quiere la fractura social que sus intentos de realización efectiva han de provocar cuando su generalización altere seriamente las condiciones de producción e intercambio poniendo en peligro la existencia del mercado, de las instituciones y de las clases sociales privilegiadas. Presionada por la necesidad de apaciguamiento, cualquier medida alternativa sigue la dirección del capitalismo. Así las economías marginales de cierta envergadura no son más que zonas de reserva de mano de obra industrial autosostenidas; las energías renovables desembocan en grandes parques eólicos o solares según el modelo industrial; el reciclaje y la reutilización nos llevan al gran negocio de la exportación de basura digital; la crisis del petróleo inaugura la época de las grandes plantaciones de agrocombustibles. El interés del decrecimiento convivencial por las ONGs, los sindicatos, los parlamentos o las Naciones Unidas como instancias reguladoras y “monitorizadoras” ilustra a contrario su desinterés por las asambleas comunales y, en general, por la reconstrucción de una esfera pública autónoma. No quiere liquidar a los dirigentes, por lo que ha de conservar primorosamente la maquinaria política que los hace necesarios, aunque para ello tenga que impedir en su back yard cualquier experiencia real de democracia asociativa, pues estas cosas está bien que ocurran en Mali, Bolivia o la selva lacandona, pero no en las metrópolis occidentales.

La producción cooperativa y el intercambio sin beneficios no podrán nacer del consenso con el poder sino de la imposición por parte de los oprimidos de unas condiciones sociales que proscriban la producción industrial y el comercio lucrativo. La lucha contra la opresión –que como diría Anders, ocurre entre víctimas y culpables– es la única que puede sentar las bases de una “democracia ecológica local” y una autonomía social, en los alrededores de Kinshasa y en todas partes.

La ideología del decrecimiento es la última mutación del ciudadanismo tras el miserable fracaso del movimiento contracumbres; una ilusión renovable, como dirían Los Amigos de Ludd. Como trivialización de la protesta y supresión del conflicto, es un arma auxiliar de la dominación. En los días que corren, el capital ha salido vencedor, como ya saliera de la lucha de clases de los sesenta y setenta. Sin nada ni nadie que le detenga prosigue su carrera de destrucción creciendo sin parar, esta vez gracias a las aportaciones ecologistas y ciudadanistas. Una sociedad libre no puede concebirse sin su abolición, que para el partido del decrecimiento acarrearía el caos social y el terrorismo, algo que de sobra está presente y que configura paulatinamente un régimen ecofascista. Dada la magnitud de la catástrofe ecológica, luchar por una vida libre no es diferente a luchar por salvar la vida. Pero la lucha por la supervivencia –por las redes de intercambio regionales, por el transporte público o por las tecnologías limpias– no significa nada separada del combate anticapitalista; es más su fuerza radica en la intensidad de dicho combate. Se trata de un movimiento de secesión pero también de subversión, cuyo empuje depende más de la profundidad de la crisis social que de la propia crisis ecológica. Dicho de otra manera, de la conversión de la crisis ecológica en crisis social, y por lo tanto, de su transformación en lucha de clases de nuevo tipo. Si ésta alcanza un nivel suficiente, las fuerzas de los oprimidos podrán desplazar al capitalismo y abolirlo. Entonces la humanidad podrá reconciliarse con la naturaleza y reparar los daños a la libertad, a la dignidad y al deseo provocados por los intentos de dominarla.

 

Miquel Amorós.

Pd

 Es una lucha antidesarrollista y anticonsumista. La lucha de los afectados por el TAV es una lucha contra la clase dirigente, por lo que ha de saber reconocerse como lucha de clases. Ha de poner en marcha mecanismos organizativos autónomos capaces de elaborar puntos de vista críticos de manera colectiva, así como formas de lucha directa alejadas de la política y el sindicalismo. De ellas ha de nacer un sujeto histórico, una comunidad de oprimidos capaz de enfrentarse como clase a las fuerzas de la dominación y cambiar el mundo según sus deseos.

 Evidentemente una lucha de tal envergadura no es cosa de meses ni de guerras civiles para mañana. Es cuestión de saber fijarse objetivos a medio y corto plazo, por ejemplo, la detención de las obras. Su simple parálisis daría un respiro al territorio y sus pobladores, ralentizando la degradación. Sabotear la política de tierra quemada que emplean los dirigentes, obligándoles a retroceder mediante movilizaciones lo más numerosas posible, como en Valsusa. Cuando es la causa de la libertad la que está en juego, primero hay que ir poco a poco; después, cuando pinten la ocasión, ya se procederá de golpe.

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