Carlos Soriano Águila (Vida y obra)

CARLOS SORIANO AGUILA - FERROVIARIO ANARQUISTA

CARLOS SORIANO AGUILA – FERROVIARIO ANARQUISTA

Carlos Soriano Águila (1905 – 1980)nacido el 2 de abril de 1905 en Palenciana (Córdoba, Andalucía, España) y murió el 14 de mayo de 1980 en Granada (Andalucía, España) el anarquista y anarcosindicalista Carlos Soriano Águila. Hijo de un comerciante socialista de clase media, cuando tenía 12 años dejó el pueblo y se fue a vivir con su tío Miguel, ferroviario y jefe de la estación de Las Mellizas (Álora, Málaga, Andalucía, España), viudo y sin hijos.

En Alora conoció la que luego sería su primera esposa en 1930.

Entre diciembre de 1921 y 1923 estudió en la Academia de Factores Ferroviarios y entre 1923 y 1925 trabajó como factor provisional en la Compañía de Ferrocarriles Andaluces en Écija (Sevilla, Andalucía, España), donde entró en contacto con el movimiento anarquista.

Los servicios en Écija le sirvieron para hacer el servicio militar.

A partir de 1925 pasó a trabajar en la estación de Bobadilla (Antequera, Málaga, Andalucía, España) y 1928 se afilió al Sindicato Autónomo de Factores (SAF), bastante influido por la Confederación Nacional del Trabajo (CNT). En 1928 el SAF ingresó en la CNT.

Destacó en las huelgas ferroviarias de entonces y se le ascendió de categoría para así poderlo enviar, y que no molestara, a una estación secundaria cerca de Utrera (Sevilla, Andalucía, España), donde sólo había cuatro trabajadores . Lejos de las grandes luchas obreras, apoyó las reivindicaciones campesinas, especialmente la llamada «Huelga de las Bombas”.

En estos años colaboró ​​en La Tierra y entre 1932 y 1936 presidió el Ateneo Libertario «Luz y Armonía» de Antequera.

En julio de 1936, cuando era miembro del Comité Regional Ferroviario de Andalucía, luchó contra el levantamiento militar en Antequera, donde, con el apoyo del guardia civil anarcosindicalista Bernabé López Calle detuvo el fascismo, organizó trenes con agricultores para defender Málaga, impulsó el comunismo libertario entre los campesinos de Antequera y formó el Comité Revolucionario. También encabezó el Comité de Guerra que tomó Loja (Granada, Andalucía, España) y combatió en la provincia de Sevilla en una columna de milicianos. Después se incorporó al ferrocarril en Málaga y fue enviado a Jaén como miembro de los Comités Regionales Ferroviarios de la CNT.

Durante algunos meses representó la Federación Anarquista Ibérica (FAI) en el Frente Popular. Cuando cayó Málaga en manos fascistas, dejó todos los cargos y se enroló en la columna confederal comandada por Antonio Raya González («Columna de Raya»), combatiendo en Pozoblanco (Córdoba, Andalucía, España).

Herido en el brazo derecho, pasó un tiempo convaleciente a la colectividad agrícola de Torredelcampo (Jaén, Andalucía, España). Después en Lorca (Murcia, España), donde conoció Carmen Parra, sano segunda compañera y madre de sus hijos Pedro y Carmen, ocupó cargos en el sector ferroviario, como miembro del Comité Regional Ferroviario. Más tarde pasó a Valencia (Valencia) donde fue nombrado secretario político de la Sección Social del Consejo Nacional de Ferrocarriles, hasta el final de la guerra.

Detenido por las tropas franquistas, fue internado en el campo de concentración alicantino de Albatera. De allí consiguió salir, pero al llegar a Antequera fue denunciado por dos vecinos y detenido el 5 de agosto de 1939. Llevado en la prisión de Málaga instruyó procedimiento judicial por «adhesión a la rebelión militar» y el 12 de junio de 1940 fue condenado a la pena de muerte, que fue conmutada por la de cadena perpetua. Después de un tiempo en la cárcel de Sevilla, fue trasladado al penal del Puerto de Santa María (Cádiz, Andalucía, España) y durante el invierno de 1941 asistió a la celda 67 al Pleno Regional clandestino que se celebró.

El 19 de noviembre de 1944 se le concedió la libertad provisional “con destierro», obligándole a fijar su residencia en Sevilla y durante dos años tuvo que trabajar en la colonia penitenciaria del Canal de los Presos en el Bajo Guadalquivir.

En 1946 reinició su vida en Sevilla con Carmen Parra y ese mismo año era secretario provincial de la CNT clandestina de esta ciudad. Durante los años cincuenta le tocó el gordo de la lotería y, como no podía salir al extranjero, se dedicó a viajar por la Península, representando la CNT ortodoxa en Andalucía.

Después regresó a Sevilla y montó una tienda de tejidos, que no tuvo éxito; también montó una fábrica de capazos de esparto para la industria aceitera en Jódar (Jaén, Andalucía, España), que tampoco tuvo éxito.

De Sevilla, tras una corta estancia en Antequera, se instaló en Granada, ciudad donde se estableció definitivamente.

En  1959 asistió al Pleno de Vierzon (Centro, Francia) como delegado andaluz.

En 1963 estuvo presente en una reunión en Toulouse (Languedoc, Occitania) que recogió todas las tendencias del Movimiento Libertario Español (MLE) y, en este año también, formó parte del Comité Regional clandestino de Andalucía.

En 1968 participó en el Congreso Mundial Anarquista de Carrara (Toscana, Italia), donde intervino informando sobre la situación que vivía España.

De vuelta en Granada se le diagnosticó una enfermedad del corazón.

Tras la muerte del dictador Francisco Franco, participó en la reconstitución de la CNT y militó junto a José Luis García Rúa en Granada.

En mayo de 1977 sufrió un infarto de miocardio gravísimo y tuvo que permanecer hospitalizado cinco meses.

En 1978 publicó el libro Anarquía, comunismo libertario. Carlos Soriano Águila murió el 14 de mayo de 1980 en un hospital de Granada (Andalucía, España) y fue enterrado en el cementerio del Campo del Príncipe de esta ciudad.

Carlos Soriano Águila, ferroviario anarquista.

Carlos Soriano Águila Nace en Palenciana (Córdoba) el 2 de abril de 1905 en el seno de una familia de nivel medio cuyo padre era comerciante y socialista. Su niñez transcurre en este pueblo, «pequeño y agrícola» como él mismo lo describe, entre las tareas escolares y el aprendizaje de las tareas de campo de la mano de un tío suyo que labraba las tierras del padre de Carlos.

A los doce años lo apadrina otro tío suyo, ferroviario, viudo y sin hijos, que lo orienta hacia su misma profesión. Con su tío Miguel pasa unos años en la estación de Las Mellizas (Álora) en la que este era jefe de estación. En Álora conocería a la que luego fue su primera esposa en 1930. A los dieciséis años, en diciembre de 1921, ingresa como alumno en la Escuela de Factores y en ella permanece hasta que pasa a ser factor provisional en la Compañía de Ferrocarriles Andaluces dos años después. Destinado en la estación de Écija entre 1923 y 1925, cumple en ese tiempo el servicio militar. Fue allí donde tuvo los primeros contactos con el anarquismo, gracias a las conversaciones que mantuvo con compañeros de trabajo que le introducen en las ideas libertarias.

Militancia

Ya como factor de plantilla es destinado a la estación de Bobadilla, el nudo ferroviario más importante de Andalucía, donde permanece entre 1925 y 1928. Es en este último año cuando ingresa en la CNT y participa en las huelgas ferroviarias de aquellos años.

En represalia por su participación destacada en una huelga que tiene lugar en Bobadilla, fue «ascendido» de categoría para trasladarlo a una pequeña estación, cerca de Utrera, donde solo había cuatro trabajadores. Este destino que le alejaba de las grandes concentraciones de trabajadores ferroviarios le dio, sin embargo, la oportunidad de entrar en contacto con los campesinos de la comarca que constituían un sindicato fuerte y bien organizado con el que Carlos estuvo colaborando, participando en sus luchas. Allí fue repetidamente objeto de amenazas e interrogatorios por parte de la Guardia Civil para que desistiera de su apoyo a las revueltas campesinas.

Probablemente por indicación de las autoridades, de nuevo es trasladado por la Compañía de Ferrocarriles Andaluces, esta vez a la estación de Antequera, donde se involucra activamente en las luchas de los ferroviarios y los campesinos, lo que le hizo muy popular en la comarca.

El 16 de octubre de 1931 dio comienzo una huelga ferroviaria, como tantas otras que se sucedieron en los primeros meses del régimen republicano para demandar la recuperación de los derechos y salarios perdidos y disminuidos en los años precedentes, los de la dictadura primorriverista. En un artículo suyo que se publica en La Tierra (27.10.31) muestra su apoyo a esta huelga y critica a las nuevas autoridades republicano-socialistas por su falta de sensibilidad ante las reivindicaciones de los ferroviarios y singularmente al diputado socialista Trifón Gómez, también ferroviario. En el trasfondo está el empeño gubernamental de intentar neutralizar a la CNT y apoyar a su sostén obrero, la UGT.

En 16 de agosto de 1933 está fechada el acta de constitución del Ateneo Libertario «Luz y Armonía» de Antequera, aunque según el testimonio de Soriano ya venía funcionando desde 1932. En dicho acta aparece Carlos Soriano Aguilar como presidente, cargo en el permaneció hasta el golpe de estado de 1936, salvo el periodo en que el Ateneo estuvo clausurado por las autoridades (según él mismo declara en su posterior procesamiento). No he podido determinar en qué fecha fue clausurado el Ateneo Libertario pero sí consta que se levantó la clausura el 30 de enero de 1936, a pocos días de las elecciones generales de febrero.

Este Ateneo, cuya sede estaba en la calle Santa Clara 11 tiene como finalidad, expresa en su reglamento, «la difusión de la cultura» y «la elevación moral y física de la humana especie, en un sentido amplio y libertario». Entre sus principales objetivos están: abrir una biblioteca, organizar clases elementales para adultos, conferencias, lecturas comentadas… y procurar «lo más rápido posible una escuela Racionalista». A las clases del Ateneo asistían campesinos de la comarca al terminar su jornada y su biblioteca les proporcionó las primeras lecturas.

En la comarca de Antequera, en mayo de 1936 se declara una huelga en el campo por las bases de trabajo para la siega. Llevaban un mes en huelga y la situación estaba estancada, los campesinos no lograban que el jurado mixto les firmara las bases que estipulaban las condiciones mínimas de trabajo y salario.

Asistió Carlos Soriano a una asamblea de campesinos y allí les ofreció la solidaridad de los ferroviarios con una sola condición: «los ferroviarios iremos a la huelga y pararemos la circulación de trenes en Andalucía pero no volveremos al trabajo hasta que vuestras bases en discusión estén firmadas, nosotros no podemos ir a una huelga para seguir discutiendo en los jurados mixtos, nosotros vamos hacia la acción directa». La asamblea de campesinos, en su mayor parte vinculados a la Federación de Trabajadores de la Tierra de la UGT, aceptó el ofrecimiento de solidaridad y los ferroviarios convocados por la CNT fueron a la huelga. A la estación de Bobadilla van llegando trenes que quedaban parados, entre cuatro y cinco mil viajeros quedaron en mitad del campo sin poder continuar viaje ni retornar. Interviene entonces el gobernador civil de Málaga, primero con amenazas de represalias contra los ferroviarios y, más tarde, forzando a los negociadores a firmar las bases. Solo cuando el documento con las bases de trabajo firmadas llegó a su destino los ferroviarios volvieron al trabajo. Según cuenta Carlos Soriano, «aquella huelga nunca la hubieran podido ganar por si solos los campesinos antequeranos porque el hambre los tenía agotados. Se ganó por la acción directa, por la solidaridad que la CNT prestó a unos sindicatos que no pertenecían a ella pero que eran trabajadores».

Golpe militar

El golpe militar conservador de 17 de julio de 1936 sorprende a Carlos en Antequera. Rápidamente le llegan noticias por vía de sus compañeros ferroviarios; su propio hermano Cristóbal era radiotelegrafista en la estación de Bobadilla.

Lo primero que hace Soriano –según su propio relato– es desbaratar el intento insurreccional de un grupo de falangistas que pretendían vestirse de guardias civiles y dar cobertura al golpe en la localidad. Después se dirige al ayuntamiento y con el alcalde socialista se dirige al cuartel de la Guardia Civil, donde fuerza al comandante del puesto a pronunciarse de qué lado está, aceptando este ponerse del lado de la República. Al salir del cuartel se topa con un guardia civil «de más de un metro noventa» con el que ya se había cruzado en otras ocasiones y cada vez que lo hacía le llamaba «compañero», cosa que a Soriano no le hacía mucha gracia. Pero en esta ocasión el guardia civil le pregunta si conoce a Pedro López, de Ronda. «¡Claro que lo conozco! –contesta– Es un compañero de mi absoluta confianza». «Pues créame usted ya de una vez –dijo el guardia– es mi hermano y yo no puedo luchar contra él. Cuento con un grupo fiel de dieciocho guardias civiles, de los doscientos que hay en el cuartel, y hemos encerrado a los guardias y oficiales que se han destacado en la lucha contra los trabajadores. Los demás guardias civiles dicen que si usted ofrece garantías de que a ellos y a sus familiares no les va a ocurrir nada, nosotros estaremos al mando directo de usted, solamente de usted».

Soriano se volvió al teniente y le dijo: «Este guardia civil me merece la máxima confianza porque es hermano de un hermano mío. Y me parece que es quien debería recibir en el cuartel directamente sus órdenes y que sea quien únicamente pueda darlas al resto de la Guardia Civil». Y así se hizo.

El guardia civil en cuestión era Bernabé López Calle, guardia civil, anarquista, jefe de milicias y comandante de la Agrupación Guerrillera Fermín Galán que se mantuvo en la resistencia durante el régimen franquista hasta que fue abatido por la Guardia Civil el 31 de diciembre de 1949. Su hermano, Pedro López Calle, fue un destacado anarquista que llegó a ser alcalde de Montejaque durante la República.

Guerra y revolución

Para Carlos Soriano, como para muchos anarquistas, la etapa que ahora se abría tenía que ir más allá del enfrentamiento entre República y fascismo. Aquella era la gran oportunidad que se presentaba a los trabajadores y al pueblo para llevar a cabo la ansiada Revolución Social. De regreso al ayuntamiento muchos jóvenes empezaron a concentrarse frente al mismo y a ellos se dirigió Carlos Soriano desde el balcón, junto con los jefes de los partidos socialista y comunista de la localidad. Les habló de la Revolución Social «que ansiamos desde hace siglos los trabajadores» y les pidió que fueran a buscar a los jornaleros que estaban trabajando en los cortijos y fincas lejanas para que se incorporaran a la lucha, que fueran directamente a la estación de ferrocarril, con sus herramientas de trabajo, donde les esperaría un tren con destino a Málaga.

Efectivamente, aquella misma noche empezaron a llegar los jornaleros de las fincas más cercanas y a la madrugada se llenaron los vagones con más de tres mil obreros del campo dispuestos a prestar ayuda a Málaga frente al tercio de la Legión que se esperaba iba a desembarcar en el puerto de la capital. A su llegada a Málaga, sin más armas que sus aperos de labranza y gasolina, se adentraron por las calles del centro y al llegar a la alameda principal fueron recibidos con disparos de fusilería desde varios edificios que ellos solo pudieron repeler incendiando, con la gasolina que portaban, los edificios de los que procedían los disparos. Un día y una noche más permanecieron en Málaga, hasta que los militares sublevados depusieron las armas ante el gobernador civil.

De regreso a Antequera se constituye un Comité de Guerra en el que Carlos Soriano representa a la CNT. En la primera sesión de este órgano plantea que se suspendan las actividades del Ayuntamiento y que sus funciones pasen a ser ejercidas por el comité, en el que estaban representadas todas las organizaciones políticas del Frente Popular más los sindicatos UGT y CNT. Cuando se plantea colectivizar las tierras, la postura de los partidos republicanos y marxistas es reducirla a las que sean propiedad de quienes hubieran participado en la sublevación. Soriano se opone a esto aduciendo que no se trata de qué capitalista es bueno y qué capitalista es malo, sino que el capitalismo en sí es malo. Propone, por tanto, que todas las tierras sean incautadas, no para repartirlas a nadie sino para que los sindicatos de trabajadores del campo las pongan en explotación colectiva y las administren para asegurar el abastecimiento del pueblo. «Esto mismo –dice– ha de hacerse con los talleres, con las industrias y con todo el comercio» […] «la banca se ha de suprimir y el dinero debe desaparecer» […] «a cada cual según sus necesidades y de cada cual exigiremos que trabaje o luche en los frentes. Pero todos tratados con iguales obligaciones, todos con iguales derechos».

Según el relato de Soriano, aquella proposición suya fue aprobada y desde aquel momento y hasta la entrada de las fuerzas nacionalistas en Antequera «se vivió el comunismo libertario sin proclamarse unas reglas. Pero de hecho». El acta de constitución de la Comisión del Frente Popular y de las Organizaciones Obreras de agosto de 1936, que aparece en el proceso militar contra él, parece refrendar la versión de los hechos que da Soriano. En ella se acuerda el nombramiento del Comité Permanente entre cuyos miembros figura Carlos Soriano Águila. En dicho acta se acuerda la incautación de las tierras a los propietarios por no dar cumplimiento al bando del Comité de Enlace en el que se les obligaba a dar trabajo al elemento obrero. Se dictan también normas varias que parecen orientadas a controlar los desmanes y arbitrariedades que se debieron producir en los primeros días tras el golpe.

De esta experiencia colectivizadora no tenemos más noticias, pero es muy probable que fuera como nos cuenta Carlos Soriano, pues en el libro de actas capitulares del Ayuntamiento de Antequera figura una del día 17 de julio de 1936 y la siguiente es del 17 de agosto de ese mismo año, lo que indica que la actividad municipal tras el golpe no existió o se diluyó en el Comité de Guerra. En cualquier caso la experiencia duró realmente poco, pues el 12 de agosto hicieron su entrada en Antequera las tropas nacionalistas, iniciando una durísima represión que superó las seiscientas víctimas mortales, según ha podido documentar hasta la fecha el historiador Miguel Ángel Melero.

Miliciano en la guerra

A Carlos Soriano no le alcanza esta primera oleada represiva porque en esos momentos está combatiendo en el frente. Al regreso de Málaga, asegurada de momento frente a los sublevados, la columna de cenetistas que organiza Soriano con gente de los pueblos de la comarca se dirige el 20 de julio hacia los pueblos limítrofes de las provincias de Córdoba y Granada en los que había triunfado el golpe militar. Llegaron a Loja y recuperaron esta población para la República. Cuando deciden marchar hacia Granada las autoridades gubernamentales de Málaga envían una columna militar con armamento pesado que suple a la columna de Soriano.

El 25 de julio parten de Antequera dos columnas de milicianos en dirección a Córdoba. La que comanda el alcalde de Antequera va en tren y se detiene en Bobadilla; la que comanda Soriano va campo a través y llega a Benamejí, donde le reventó el fusil (suceso común dada la calidad de las armas que manejaban) hiriéndole levemente. Más tarde participa en las operaciones para intentar recuperar La Roda, en manos de los nacionalistas, donde resulta herido en un brazo y es evacuado a Jódar (Jaén). Allí recibe la noticia de la caída de Málaga y decide incorporarse al frente de Córdoba, en Pozoblanco. Afectado de una pulmonía se retira a Torredelcampo y ya repuesto de la enfermedad viaja a Lorca para asumir el cargo de delegado del Comité Regional de los Ferrocarriles Andaluces. En Lorca conoce a Carmen Parra, que fue su segunda mujer y madre de sus hijos Pedro y Carmen.

De Lorca se traslada Carlos a Valencia, donde ocupa el cargo de delegado del Consejo Nacional de Ferrocarriles, Sección Social, y allí permanece hasta la caída de la ciudad a principios de 1939, siendo detenido e internado en el campo de concentración de Albatera, en Alicante.

La represión

Del campo de concentración logra salir, pero al llegar a Antequera es delatado por dos vecinos sobre su actuación durante lo que llamaban la «dominación marxista» en esta población, siendo detenido nuevamente el 5 de agosto de 1939.

Uno de los delatores dice que Soriano participó en el incendio de la iglesia de Palenciana, su pueblo natal. Sin embargo en el pueblo recuerdan –como cuenta su sobrino nieto Fernando Hidalgo– que Carlos simuló un incendio en la Iglesia del pueblo para evitar que efectivamente se llevara a cabo, además de poner a salvo al párroco y los archivos parroquiales para evitar su destrucción. También recuerdan que salvó la vida de muchas personas pudientes tanto en Palenciana como en Antequera, tarea esta para la que contó con la colaboración de su hermano Cristóbal y de otros compañeros anarquistas de su confianza. Carlos Soriano, enemigo del capitalismo y del Estado que lo sustentaba con el apoyo de la Iglesia y el Ejército, «no podía soportar el asesinato de personas por el mero hecho de pertenecer a otra clase social». A pesar de la leyenda negra que ha pesado sobre los anarquistas, esta actitud estuvo bastante extendida, sobre todo entre las personas más significadas del movimiento libertario.

Otro delator declara que en los primeros días del «dominio rojo» Carlos Soriano organizó un tren que, con personal de Antequera, marchó a Málaga tomando parte en el asalto a varias armerías y «siendo de rumor público» que los componentes de dicha expedición participaron en la quema de edificios principales de Málaga. Rumor cierto, como confirma el propio Soriano. Otro declara que Carlos Soriano fue director de ferrocarriles en la «zona roja». También cierto.

Otro vecino de Antequera, interrogado, dice que según le contó un tal Remigio, guardia civil conocido suyo, que a la vez le contó a este otro individuo que Soriano era uno de los principales elementos directivos de la FAI en Jaén y que un día en la capital dio muerte a dos individuos de la FAI por acosar a un farmacéutico que también era de la FAI. Esta declaración es desmentida por el citado guardia civil Remigio.

Conducido a la cárcel de Málaga se inicia contra él un procedimiento judicial por «adhesión a la rebelión militar». El informe previo de la Guardia Civil de Antequera califica a Carlos de «individuo peligroso para la sociedad», organizador del tren con destino a Málaga y jefe de las milicias que atacaron Loja, Benamejí y La Roda. El del Cuerpo de Investigación y Vigilancia de Antequera lo califica de «peligroso por sus ideas extremistas» aunque «observó buena conducta antes del Glorioso Movimiento Nacional» fue «jefe de los milicianos que en la noche del 18 de julio marchó a Málaga en un tren especial».

Otro informe, este de la Guardia Civil de Jaén, lo califica de «elemento destacadísimo de la CNT y miembro de la Comisión Pro Presos; que en este caso su actuación no fue mala pues impidió en algunos casos que se detuviera a elementos «de orden». Otro más, el de la Guardia Civil de Lorca indica que «no se conoce [que] haya cometido hechos delictivos» y confirma que era un «destacado elemento de la CNT».

Hay también un testimonio voluntario con acusaciones de oídas y atribuyéndole responsabilidades «morales» en los desmanes y crímenes cometidos. Por su parte, el propietario de la casa que Soriano habitó en Jaén desmiente la acusación que se le hace de haber participado en el saqueo de la misma. Lo mismo corrobora el portero de la finca que lo califica como persona de orden que pertenecía a la CNT, como todos los demás que se refugiaron en dicha casa.

Valga como anécdota que según las filiaciones de las distintas instituciones policiales y judiciales Carlos Soriano podía ser de segundo apellido Águila o Aguilar, tener 31 o 34 años en la misma fecha, ser natural de Antequera o de Palenciana, ser sus padres Genaro y Valvanera o Pedro y Rosario, estar domiciliado en Santa Clara 74, en el 24 o en San Pedro 85. Interesante es la descripción de la indagatoria judicial: de estatura alto, pelo castaño, barba cerrada, color moreno, ojos azules y con una herida en el brazo derecho.

En su declaración ante la policía Carlos Soriano no niega los hechos ciertos que se le imputan (no así las acusaciones falsas) y ante el juez ratifica esta declaración añadiendo algunos matices que revelan una actitud serena y firme. Dice estar de acuerdo con el manifiesto de la Comisión del Frente Popular y de las Organizaciones Obreras pero, sobre todo, hace hincapié en lo siguiente:

Que ni directa ni indirectamente trató de perjudicar a nadie, y que a cuantas personas le requirieron para ser avaladas y custodiadas y en todo caso protegidas por sentirse amenazadas, les atendió sin tener en cuenta de quién se trataba. Que dentro del Comité de Enlace de Antequera del que formaba parte, se dedicó exclusivamente a las operaciones militares y nunca participó en las tareas de orden público. Nada tuvo que ver, por tanto, con los asesinatos que se cometieron en Antequera. Es por esta razón por la que considera que no le es necesario citar testigos que depongan en su descargo, aunque los tiene.

 Pues con todo esto el juez Fulgencio Jiménez Ruiz-Matas ordena su procesamiento el 25 de noviembre de 1939. El fiscal, cuyo nombre se oculta, propone la pena de muerte. Con esta espada de Damocles pasa casi cuatro meses hacinado en la cárcel de Málaga, junto a 8.000 presos más, hasta que se celebra la vista, y tres meses más hasta que el 12 de junio de 1940 se dicta sentencia condenatoria.

En la sentencia se dan por probados los siguientes hechos:

Que Carlos Soriano, de buena conducta, era de exaltada ideología anarquista, militante activo de la CNT de Antequera y miembro de un Ateneo Libertario. Que preparó y organizó un tren militar con el que acudió a Málaga para prestar ayuda militar al sedicente Gobernador Civil de la provincia. Que repartió buen número de fusiles entre las milicias rojas de Antequera y pueblos comarcanos. Que en atención y méritos a su exaltada ideología extremista fue nombrado vocal del titulado Comité de Guerra de Antequera. Que subvirtió totalmente el orden jurídico en dicha plaza durante el dominio rojo, sin que conste que el procesado tuviese intervención en las deliberaciones y decisiones de aquel organismo revolucionario distintas de las puramente militares. Que participó en las operaciones desencadenadas contra Loja, Benamejí y La Roda. Y que desempeñó el cargo de Delegado del Consejo Nacional de Ferrocarriles. Sección Social.

Con todo esto, le imponen la pena de muerte, aunque finalmente esta le es conmutada por la de cadena perpetua.

Carlos Soriano logró sobrevivir a la represión por los testimonios a su favor de varias personas consideradas entonces «de orden» por el régimen franquista; ello a pesar de que ni él los pidió ni los aceptó como descargo, ya que manifestó que siempre actuó acorde con su conciencia y no por conseguir el favor de nadie. Decisiva debió ser la intervención de algunas amistades con poder en el entorno del régimen franquista cuya intervención pidió reiteradamente su compañera Carmen, que pertenecía a una familia de la élite franquista que la había repudiado por unir su vida a la de un anarquista.

No tuvo la misma fortuna Cristóbal Soriano, su hermano menor, que tenía 26 años y un proyecto de vida a compartir con su novia que quedó truncado; era ferroviario como su hermano y simpatizante anarquista, aunque menos comprometido que él. Sobre su desaparición hay dos versiones contradictorias: una versión sostiene que fue detenido junto a otros tres compañeros ferroviarios cuando estaba trabajando y trasladado a la cárcel de Antequera, de la que desapareció sin más explicaciones; otra versión indica que logró huir y marchar al exilio, pero esta es poco probable porque durante años su hermano Carlos trató de buscarlo, sin éxito, a través de los múltiples contactos que tenía en el exterior. Sea como fuere, lo cierto es que Cristóbal es uno de tantos «desaparecidos» que todavía hoy ni siquiera constan en el registro civil como fallecidos.

Pasó Carlos de la cárcel de Málaga a la de Sevilla. Durante ese tiempo tuvo noticia de la muerte de sus padres. El 19 de noviembre de 1944 se le concede la libertad provisional «con destierro» obligándole a fijar su residencia en Sevilla. Los dos primeros años de esta residencia forzada es muy probable que los pasara en la colonia penitenciaria militarizada del Canal de los Presos en el Bajo Guadalquivir, pues figura entre sus integrantes.

De la clandestinidad a la transición

En 1946 reinicia en Sevilla una nueva vida al lado de su segunda mujer, Carmen Parra, con la que tuvo dos hijos, Carmen y Pedro. En los años cincuenta a Carlos le toca el gordo de la lotería y, pues le estaba vedada la salida al extranjero, él y Carmen se dedican a viajar por España. A su regreso se trasladan a vivir al centro histórico de la ciudad y allí montan una tienda de tejidos, pero Carlos fiaba más que vendía y eso hizo que el negocio fuera a la ruina. También montó en Jódar una fábrica de capazos de esparto para la industria aceitera, pero tampoco tuvo éxito este negocio. Está claro que Carlos no tenía madera de empresario. De Sevilla marchan a Granada, tras una corta estancia en Antequera, y en esa ciudad permaneció hasta el fin de sus días.

En Sevilla, Carlos retoma su actividad sindical en la clandestinidad, llegando a asumir el cargo de Secretario del Comité Provincial y a partir de 1958 participa en la organización del Comité Nacional de la CNT. Participa también en los intentos de reconstrucción de la CNT en la década de los sesenta. En los primeros años de esta década forma parte del Comité Regional de Andalucía de la CNT.

En 1968 participa en el Congreso Mundial anarquista que tuvo lugar en Carrara (Italia), en el que intervino informando sobre la situación que se vivía en España. A su regreso a Granada le sobrevino una enfermedad de corazón.

Seriamente afectado por su enfermedad coronaria, y tras participar en las primeras asambleas que dieron pie a la reconstrucción de la CNT, Carlos Soriano se ve obligado a recluirse en casa, pero no por ello deja de recibir a viejos y jóvenes compañeros, alentando el espíritu inquieto de estos y prestando libros que les ayuden a formar su propio criterio.

En mayo de 1977 un infarto de miocardio le mantiene hospitalizado en estado crítico. A los cinco meses es dado de alta y regresa a su domicilio, pero ya está muy enfermo y esto le mantiene apartado de la actividad que ha constituido el eje de su vida. «[…] he quedado inválido para mis actividades sociales porque no puedo andar, no puedo salir a la calle, ni tampoco debo agitarme gran cosa. Si tuviera que acudir a una asamblea […] no podría sobrevivirla […] este es el mayor dolor que hay hoy en mi, verme impotente para seguir en la lucha tal como mi espíritu quisiera».

El 30 de mayo de 1978 es entrevistado en su modesta casa de calle Elvira en Granada por Alfonso Salazar y Javier Benítez, quienes lo describen así: «Tiene 73 años recién cumplidos y mide casi metro ochenta. Resulta imponente cuando se pone de pie a pesar de la huella de la enfermedad. Mantiene la voz grave del mitin y el acento de las gentes sencillas del centro de Andalucía».

En aquellos años, Emilio García Wiedman, hijo de su compañero y amigo José Luis García Rúa, conoció a Carlos Soriano y esta es la imagen de su recuerdo: «Figura quijotesca, enhiesto, enjuto, firme, con voz templada y tono altamente pedagógico. Tenía un discurso largo, mostraba una resignada paciencia ante la bisoñez de alguna pregunta ingenua y destilaba una confianza enorme en la juventud que contrastaba grandemente con la posición que adoptaban otros mayores confederales frente al empuje de los jóvenes».

Muere el 14 de mayo de 1980 en el hospital. De acuerdo con su compañera y su hija y siguiendo los deseos por él manifestado a estas y a José Luis García Rúa, los compañeros de la CNT procuraron el traslado de su cadáver a la sede de la calle Molinos y allí lo velaron toda la noche, cubierto el ataúd con la bandera roja y negra. A la mañana siguiente, a hombros de sus compañeros, fue llevado al cementerio del Campo del Príncipe.

Carlos Soriano tuvo un sueño, un sueño del que habla cantando su hijo Pedro, cantautor. Su sueño era el comunismo libertario, «el comunismo que tiene que ser libertad absoluta, no ya para los hombres del anarquismo, sino libertad para todos». Y coherente con ese sueño vivió y soñando el mismo sueño, murió.

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