Sébastien Faure (Vida y obra)

Sébastien Faure (1858 – 1942) nacio en (Saint-Étienne, Loira (Francia) el  6 de enero de 1858 y murio el 14 de julio de 1942 en Royan (Poitou-Charentes, Francia) escritor y filósofo anarquista francés, hizo estudios como seminarista para ser religioso católico, pero fueron interrumpidos por cuestiones familiares. Se inició en política de la mano del Partido Socialista francés, pero lo abandonó en 1888, pasándose al anarquismo.

En 1894, fue juzgado en el llamado Juicio de los treinta. Durante el Caso Dreyfus, fue uno de los abanderados de la defensa de Alfred Dreyfus.

En 1904, creó cerca de Rambouillet una escuela libertaria llamada «La Ruche» (La colmena). En 1916, editó el periódico Ce qu’il faut dire (Es necesario decirlo).

En 1918, fue encarcelado por organizar un mitin ilegal. Viajó a España en 1936 invitado por la organización anarcosindicalista CNT. Fue también el iniciador de la Encyclopédie anarchiste y uno de los promotores de la denominada síntesis anarquista.

Bibliografía parcial.

  • La douleur universelle (1895)
  • Doce pruebas de la inexistencia de Dios (1920)
  • Mon communisme (1921)
  • L’imposture religieuse (1923)
  • Propos subversifs
  • La ficción democrática. Albert Libertad. Sébastien Faure. Ricardo Mella. Prólogo: Rafael Cid. La Linterna Sorda. 2013. ISBN 9788493827359

Véase.

Enlaces externos.

 

Biografía de Sébastien Faure, el gran propagandista del anarquismo

FaureSébastien Faure fue un destacado miembro del movimiento anarquista francés durante medio siglo, y uno de los más eficaces de todos los propagandistas anarquistas, a pesar de que es poco conocido fuera de Francia.

Auguste Louis Sébastien Faure nació en 1858 en una familia católica de clase media en Saint-Etienne (cerca de Lyon en el centro de Francia). Fue educado en escuelas jesuitas y destinadas para el sacerdocio, pero después de la muerte de su padre entró en el negocio de los seguros. Después del servicio militar, pasó un año en Inglaterra. Se casó y se trasladó a Burdeos (en el suroeste de Francia). Pronto perdió la fe y se convirtió en un socialista. Se propuso, sin éxito, como candidato del Partido Obrero (el marxista Partido de los Trabajadores) en la Gironda en las elecciones de 1885, pero bajo la influencia de Piotr Kropotkin, Élisée Reclus y Joseph Tortelier se trasladó hacia el anarquismo.

En 1888 rompió con los socialistas, se instaló en París, y dedicó el resto de su vida a una carrera como propagandista de tiempo completo para el anarquismo. Él y su esposa se separaron, aunque se reconciliaron después de muchos años. Se convirtió en un escritor y orador muy activo, para ganarse la vida dando conferencias en todo el país.

Él nunca pretendió ser un pensador original, pero fue un divulgador eficaz de las ideas de otros. Tomó una línea moderada en el movimiento, y abogó por un enfoque ecléctico, que trató de unir a todas las tendencias. No estaba convencido del nuevo movimiento sindical a finales de 1890, pero fue un sindicalista activo. No era un individualista, pero tomó en serio el individualismo. No estaba a favor de métodos violentos, pero simpatizaba con aquellos que los utilizaban. Él no era un simple teórico de sillón, pero fue de los más buscados, detenido y procesado y, ocasionalmente, encarcelado por sus actividades.

En un primer momento se asoció estrechamente con Louise Michel, pero pronto se convirtió en una figura importante por derecho propio, y uno de los más conocidos anarquistas en el país. En 1894 fue uno de los acusados en el “Juicio de los treinta”, cuando las autoridades francesas intentaron, sin éxito, suprimir el movimiento anarquista la relación de sus líderes en conspiraciones criminales, y fue absuelto. Estuvo involucrado con varios periódicos en diversas ocasiones en varias partes de Francia, el más importante de los cuales fue “Le Libertaire” (El Libertario), que comenzó con Louise Michel, en noviembre de 1895 y que se publicaba una vez por semana, hasta junio de 1914. Estuvo activo en el movimiento de Dreyfusard, en sustitución de “Le Libertaire” con el periódico “Diario del Pueblo” en 1899. También produjo “Le Quotidien” (El Diario) en Lyon durante 1901-1902. Desde 1903 fue activista en el movimiento del control de la natalidad. De 1904 a 1917 trabajó una escuela liberal llamada La Ruche (La Colmena) en Rambouillet (cerca de París).

Era un opositor moderado de la Primera Guerra Mundial, y emitió un manifiesto Vers la Paix (Hacia la paz) a finales de 1914. Produjo un semanario de izquierda “Ce qu’il faut dire” de abril 1916 a diciembre 1917. En 1918 y 1921 estuvo brevemente en prisión por delitos sexuales envuelto con jóvenes chicas, esto lo perjudicó pero no destruyó su carrera.

Después de la guerra revivió “Le Libertaire”, que se prolongó desde 1919 hasta 1939. En 1921 lideró un movimiento anarquista reaccionario francés contra la dictadura comunista de crecimiento en la Unión Soviética. En enero de 1922 comenzó “La Revue Anarquista”, revista mensual líder en el movimiento anarquista francés entre las dos guerras mundiales.

En la década de 1920 se opuso al sectarismo, tanto de los Plataformistas autoritarios y de sus críticos, y defendió lo que llamó un “anarquista de síntesis” en la que el individualismo, el comunismo libertario y anarco-sindicalismo podrían coexistir. En 1927 encabezó una secesión de la Unión Anarquista nacional, y en 1928 ayudó a fundar la Asociación de Anarquistas federales e iniciar su trabajo, “La Voix Libertaire” que duró desde 1928 hasta 1939.. Se reconcilió con la organización nacional y “Le Libertaire” en 1934. Durante la década de 1930 tomó parte en el movimiento por la paz como un miembro destacado de la Liga Internacional de los Combatientes por la Paz. En 1940 se refugió de la guerra en Royan (cerca de Burdeos), donde murió en 1942.

Además de innumerables artículos y conferencias (muchas de las cuales fueron impresos como folletos y algunos de los cuales fueron recopilados como libros), y varios folletos anarquistas y ateos. Su principal obra fue una trilogía ambiciosa de libros La Douleur universelle: Filosofía Libertaire (Dolor universal dolor: Filosofía liberal), una obra sobre los problemas causados por la autoridad, que fue publicado en 1895; Medicastres: Libertaire Philosophie (Charlatanes: Filosofía Liberal), un relato de las falsas soluciones a los problemas causados por la autoridad, que no fue publicado; y communisme Lun: Le bonheur universel (Mi comunismo universal de la felicidad), un relato ficticio de la revolución libertaria, que fue publicado en 1921. En 1923 publicó L’religieuse impostura (impostura religiosa), un largo ataque a la religión (una edición revisada apareció en 1948).

En 1926 comenzó su proyecto más ambicioso: La preparación de la Enciclopedia Anarquista, una de las publicaciones liberales y más valiosa e impresionante jamás producida. Este apareció en 1927 como una serie de piezas separadas y luego en 1932 en un conjunto de volúmenes masivos. Toda la obra, que contiene cerca de 3.000 páginas, consistió en una referencia general alfabética con la colaboración de los principales escritores anarquistas de todo el mundo. Faure fue el editor en jefe, y también el autor de muchos de los artículos más importantes.

El folleto Douze preuves de l’inexistencia de Dieu, (“Doce pruebas de la no existencia de Dios”), que está basado en conferencias que dio en muchas ocasiones, se publicó por primera vez en París en 1914. Fue reimpreso con frecuencia, y también traducido en varias ocasiones. Justo antes de su muerte, una traducción de Aurora Alleva y DS Menico fue publicada en los Estados Unidos como ¿Existe Dios?

 

 

SEBASTIAN FAURE

Sébastien Faure  (El 14 de julio de 1942 muere en Royan (Poitou-Charentes, Francia) el intelectual, librepensador, masón, pedagogo, propagandista y militante anarquista Auguste Louis Faure, más conocido como Sébastien Faure o, familiarmente, Sébastien . Había nacido el 6 de enero de 1858 en San-Etiève (Arpitania). Fue hijo de una familia tradicionalista y conservador; su padre, Auguste Faure, negociando de sedas, burgués acaudalado, católico practicante, partidario del Imperio, fue condecorado con la Legión de Honor, y su deseo era destinar su hijo a la Compañía de Jesús. La muerte de su padre en 1875 le sacó del seminario de Clermont-Ferrand para consagrarse a su familia. La observación de la vida real y la lectura libre, lo llevaron a la pérdida de la fe y romper con el medio burgués donde se había criado. En noviembre de 1878 se alistó en la Infantería para cambiar de aires, pero la clase militar le decepcionó enseguida y salió de la vida castrense como simple soldado. Después de un año en el Reino Unido, se convirtió en inspector de una compañía de seguros y se casó, pese a la oposición de su madre, con la joven de familia protestante Blanche Faure – homónima, pero no familia, ya partir de 1885 la pareja se instaló en Burdeos. En esta época, ya sin la rémora religiosa, empezó a interesarse por las cuestiones sociales, por el libre pensamiento y por la militancia. Por lo pronto formó parte de las filas socialistas de Jules Guesde y fue candidato por el Partido Obrero Francés (POF) en las elecciones legislativas de octubre de 1885, recogiendo 600 votos. En esta campaña descubrió las enormes dotes de oratoria que poseía. Sus actividades militantes provocaron la separación de los esposos. Después de divorciado, en 1888 se instaló en París, donde se colocó en la «Sociedad de Viajes y Vacaciones en Crédito» y donde poco a poco se alejará del guesdisme, gracias a las lecturas de Piotr Kropotkin y de ‘Élisée Reclus ya su participación en el grupo «Las Insurgente du XVIII», que agrupaba militantes de todas las escuelas socialistas. Entre octubre y noviembre de 1888 fue delegado al III Congreso de la Federación Nacional de Sindicatos (FNS) que tuvo lugar en Burdeos-Le Bouscat. Se dice que su «conversión» definitiva a las ideas anarquistas surgió a raíz de una reunión electoral en Bordeux en 1888 cuando un oponente libertario le determinadas preguntas comprometidas (delegación del poder, democracia directa, vías para llegar al socialismo, etc.) ; cogido de sorpresa, reconoció honestamente que no podía responder inmediatamente a sus preguntas, pero que en la próxima reunión de la próxima semana daría respuestas satisfactorias. Ocho días después, reconoció a su opositor ya toda la sala que las respuestas de su partido no le habían convencido y que eran intelectualmente inferiores a las aportadas por libertarios y que, desde entonces, había decidido abandonar el POF y unirse al movimiento anarquista. En 1891 fue uno de los creadores del periódico Almanach Anarchiste pour 1892. Entre febrero y noviembre de 1892 vivió en Marsella, donde las ganancias de sus conferencias antirreligiosas permitieron la fundación del periódico El Agitateur. Ese mismo año fue gerente y principal redactor de La Vérité. En 1894, aprovechando la conmoción causada por los atentados de Émile Henry, Auguste Vaillant y Sante Caserio, el Estado francés puso en marcha una enorme represión hacia el movimiento anarquista que desembocó en un gran proceso judicial iniciado el 06 de agosto de ese año, conocido como a «Proceso de los Treinta». La flor y nata del movimiento libertario de entonces (Jean Grave, Charles Chatel, Matha, Félix Fénéon, etc.), Acusada de crear una «asociación de malefactors», acabó en la barra o huyendo hacia Bruselas. Uno de los momentos claves de este proceso fue su alegato de defensa. El resultado fue clarificador: 27 absoluciones, Faure incluido, y sólo tres condenas por delitos comunes. Tras la ejecución de Vaillant en 1894, se convirtió en tutor de su hija Sinonie. Su anarquismo intelectual se opuso tanto al anarcosindicalismo como la anarcoterrorisme de la «propaganda por el hecho», haciendo hincapié en el papel que debe jugar el apoyo mutuo y la educación. Como talentoso orador, hizo numerosas giras propagandísticas toda Francia. En noviembre de 1895 fue uno de los fundadores, con Louise Michel y Constante Martin, del semanario Le Libertaire, que fue financiado en gran parte gracias a sus conferencias – unas 150 al año -, y donde defendió un antisindicalisme furibundo. En 1897 fue el redactor principal del periódico Las Crimes de Dieu, donde reproducía sus conferencias anticlericales. A partir de febrero de 1898 se entregó a la defensa del capitán Alfred Dreyfus. Escribió una carta bastante más violenta que el J’acusse de Zola, publicó un panfleto (Las Anarchist te el affaire Dreyfus), multiplicó las conferencias y luchó para que el libertarios se implicaran en un debate que en principio rechazaban. A partir del 6 de febrero de 1899, con financiación judío, empezó a publicar el diario Le Journal du Peuple. Después, con Eugène Humbert, se embarcó en la propaganda neomaltusiana. En 1900 redactó y publicó el semanario Las Plébeiennes. Propuesta de un solitario, donde quería demostrar que no es necesario pertenecer a ningún grupo para hacer propaganda; esta actitud fue severamente criticada por numerosos militantes ácratas e incluso se publicó una «Protesta de un Grupo de Libertarios parisinos» en el periódico Le Flambeau. En 1901 fundó en Lyon Le Quotidien. Organe de revedication ouvrière. En enero de 1904 alquiló en Le patio, a tres kilómetros de Rambouillet (Isla de Francia), una propiedad de 25 hectáreas donde fundó – con el apoyo de muchos compañeros (Stephen Mac Say, la familia Casteu, Casimir Albenque, Delaunay, Guentcho , Maxime Olivier, Pierre y Ana Narcisse, Georges Houllé, Julia Bertrand, Tibaldi, Marcel Voisin Mazurka, Lucien Brandt, Rose Herse, Henri Einfalt, Jeanne Lebesne, Colombo, Pietro Morbo, Jean Marquet, etc.) – una escuela libertaria, bajo los principios anarquistas de Paul Robin, que bautiza «La Ruche” (La Colmena) y que tuvo que cerrar en febrero de 1917 a causa del conflicto bélico. Miembro de la masonería, en 1906 intentó crear con otros compañeros de esta organización un falansterio. La Gran Guerra provocó grandes divergencias dentro del movimiento anarquista, ya que grandes pensadores libertarios, como Piotr Kropotkin o Jean Grave, se alinearon con la «Unión Sagrada» aliada, mientras otros, como Errico Malatesta, declararon decididamente antimilitaristas . Faure fue uno de los primeros en tomar abierta oposición a la guerra, publicando un manifiesto (Hacia la paix) por el que fue demandado por el Ministerio del Interior. En 1914 dimitió de la francmasonería. A partir de abril de 1916 publicó el periódico antimilitarista Ce qu’il faut dire (CQFD), que fue distribuido a las tropas francesas y por eso censurado por las autoridades en numerosas ocasiones. Louis-Jean Malvy, ministro del Interior, le obligó, bajo amenaza de un consejo de guerra, a interrumpir su campaña antimilitarista, lo que haga después de publicar Pourquoi je cese mano campagne contre le guerre, pero esta campaña fue retomada por otros militantes anarquistas (Louis LECO, Pierre Ruff, Pierre Chardon, Émile Armand, etc.). En 1918 fue encarcelado por haber organizado un mitin prohibido. En esta época sufrió una campaña de calumnias y rumores maliciosos que, unido a una fuerte neumonía, el deprimieron física, moral y políticamente. Sin embargo, creó la imprenta «La Fraternelle», donde hizo aparecer a partir de 1922 el periódico La Revue Anarchiste. En 1919 fue uno de los fundadores de la Unión Anarquista (UA). A partir de 1925 empezó a escribir la Encyclopédie Anarchiste, magna obra en cuatro volúmenes, formada por miles de artículos (2893 páginas) y en la que colaboraron 106 prestigiosos intelectuales libertarios de todas las tendencias. En 1928 agrupó alrededor del manifiesto La Synthèse Anarchiste los militantes que se oponían a la transformación de la Unión Anarquista Comunista (UAC) en una organización centralizada («Plataforma Arshinov») y donde se defendía una estructura de tipo federal, que dio lugar la creación de la Asociación de las Federaciones Anarquistas (AFA), opuesta a la nueva Unión Anarquista Comunista Revolucionaria (UACR). Sin embargo, en 1934 regresó a la Unión Anarquista. Ese mismo año publicó la primera edición de la Enciclopedia gracias al apoyo económico de Buenaventura Durruti, Francisco Ascaso y Gregorio Jover. Paralelamente continuó con su actividad editorial desde la imprenta «La Laborieuse», de donde surgió la colección «Propos subversifs». A partir de 1936 se entregó a una burda campaña de apoyo a las víctimas de la guerra civil española: colaboró ​​en L’Espagne Antifasciste (1936-1937), fue miembro de Solidaridad Internacional Antifascista (SIA) y viajó en diferentes ocasiones a Barcelona y el frente de Aragón en gira propagandística, pero la táctica de participar en las instituciones del Estado de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) y de la Federación Anarquista Ibérica (FAI) lo hicieron distanciarse y finalmente hacer un balance negativo de la Revolución española – antes ya había publicado el crítico artículo «Le pente fatale», en Le Libertaire en julio de 1937. Durante la II Guerra Mundial, agobiado por los acontecimientos, se refugió a partir de abril de 1940 en Royan con su antigua esposa con quien se había vuelto a unir después de cuarenta años de separación. Fue autor de El Anarchie en cour de Assisi (1891), La famille (1893), La douleur universelle (1895), Le problème de la population (ca. 1908), Las crimes de Dieu, Réponses aux paroles d’une croyante (1909), 12 preuves del inexistence de Dieu, Mon communisme (1921), Propos subversifs (12 fascículos que reprodueixien 12 conferencias realizadas en París entre noviembre de 1920 y febrero de 1921), Mundo opinion sur la Dictatus (1921) , Las Anarchist: quien nuevos sueños, ce que nuevos voulons, la révolution (ca. 1924), La Ruche (1927), La Synthèse Anarchiste (1928), La véritable révolution sociale (1933, con L. Barbedette, V. Méric y Voline), La Naissance et la muerte desde Dieux (1934), Le Dieu que je nie te combates (1946, póstumo), entre otras obras. Sébastien Faure murió el 14 de julio de 1942 en Royan (Poitou-Charentes, Francia) y fue enterrado en el Cementerio de los Tells de la localidad. Con la Liberación, en 1944, se constituyó en Lyon, por un grupo de compañeros (Valentin Buatois, Benoît Perrier, Claude Badin), la «Sociedad de Amigos de Sébastien Faure»; también surgió otro grupo en París, que acabó fusionándose con el primero el 24 de junio de 1945.

 

Los anarquistas, de Sebastian Faure

Sebastian Faure fue un destacado anarquista francés, que puede ser incluido en esa segunda generación de libertarios que se inició en la militancia a finales del siglo XIX y vivió la Revolución soviética de octubre y el difícil período de entre guerras. Fueron Faure y sus compañeros los que tuvieron que desarrollar y aplicar en las más difíciles condiciones los postulados teóricos que, de la mano de Proudhon o Bakunin y Kropotkin, habían sentado las bases del anarquismo. Deslindar teoría y práctica con el marxismo, resistir la embestida comunista y fascista, afrontar las contradicciones de la dos Guerras Mundiales, sufrir la amarga derrota de Flores Magón, de Majno y de la revolución en España… Quizás por eso mismo, sus escritos no han perdido actualidad y siguen marcando, hoy como ayer, el camino correcto hacia la verdadera revolución.

Quienes somos

Ante todo: ¿quiénes somos?
Se tiene de los anarquistas, como individuos, una idea muy falsa.
Unos nos consideran como inofensivos utopistas, dulces soñadores; nos tratan de espíritus quiméricos, de imaginación extravagante, como si dijeran semi-locos. Estos, dígnanse considerarnos como enfermos que las circunstancias pueden convertir en peligrosos, pero no como malhechores sistemáticos y conscientes.
Otros nos juzgan de muy diferente manera: piensan que los anarquistas son brutos ignaros, plenos de odio, violentos y dementes, contra los cuales no se sabría preservarse demasiado ni ejercer una represión bastante implacable.
Unos y otros están equivocados.
Si somos utopistas, lo somos a la manera de nuestros predecesores que osaron proyectar en la pantalla del porvenir imágenes en contradicción con las de su época. Somos, en efecto, los descendientes y los continuadores de esos hombres que, dotados de percepción y sensibilidad más vivas que sus contemporáneos, presintieron la aurora aunque estaban sumergidos en las tinieblas. Somos los herederos de esos hombres que, viviendo en una época de ignorancia, de miseria, de opresión, de fealdad, de hipocresía, de iniquidad y de odio, entrevieron una ciudad de saber, de bienestar, de libertad, de belleza, de sinceridad, de justicia y de fraternidad, y que con todas sus energías laboraron para la edificación de esta ciudad maravillosa.
Que los privilegiados, los satisfechos, y toda la secuela de mercenarios y de esclavos interesados en la conservación y la defensa del régimen del cual son o creen ser los aprovechadores, dejen desdeñosamente caer el epíteto despectivo de utopistas, soñadores, espíritus extravagantes, sobre los animosos artesanos y los clarividentes constructores .de un porvenir mejor; es su misión. Están en la lógica de las cosas.
Hay que reconocer, por otra parte, que sin estos soñadores, cuya herencia hacemos fructificar, sin estos constructores quiméricos y esas imaginaciones enfermizas -en todas las épocas se ha calificado así a los innovadores y sus discípulos- estaríamos todavía en las edades ha tiempo desaparecidas, las cuales nos cuesta trabajo creer hayan existido, ¡tan ignorante, salvaje y miserable era el hombre con ellas!
¿Utópicos porque deseamos que la evolución, siguiendo su curso, nos aleje más y más de la esclavitud moderna: el salario, y haga del productor de todas las riquezas un ser libre, dichoso y fraternal?
¿Soñadores, porque prevemos y anunciamos ,la desaparición del Estado, cuya función es explotar el trabajo, quebrantar las iniciativas, avasallar el pensamiento, ahogar el espíritu de rebeldía, poner un dique a los impulsos hacia lo mejor, perseguir a los sinceros, engordar a los intrigantes, robar a los contribuyentes, mantener a los parásitos, favorecer la mentira y la intriga, estimular las funestas rivalidades, y cuando se siente su poder amenazado, lanzar sobre los campos de carnicería, todo lo que el pueblo posee de más sano, de más vigoroso, de más hermoso?
¿Espíritus quiméricos, imaginaciones extravagantes, semi-locos, porque comprobando las transformaciones lentas, demasiado lentes para nuestro deseo, pero innegable, que impulsan las sociedades humanas hacia nuevas estructuras, edificadas sobre renovadas bases, consagramos nuestras energías en debilitar, para finalmente destruir la estructura de la sociedad capitalista y autoritaria?
Desafiamos a los informados y atentos de nuestra época a acusar seriamente de desequilibrio a los hombres que proyectan y preparan tales transformaciones sociales.
Insensatos, por el contrario, y no a medias, sino totalmente, los que se imaginan interceptar el camino a las generaciones contemporáneas que corren hacia la Revolución Social, como el río que se dirige hacia el océano: puede ser que con la ayuda de poderosos diques y hábiles desvíos, estos dementes moderen más o menos
el curso del río, pero es fatal que éste, tarde o temprano, se precipite hacia el mar.
¡No! Los anarquistas no son ni utópicos, ni soñadores, ni locos, y lo prueba el hecho de que en todas partes los gobiernos los persiguen y encarcelan con el fin de impedir que la palabra de la verdad vaya libremente al oído de los desheredados, cuando, si la enseñanza libertaria expresase la demencia o la quimera, les sería muy fácil poner de manifiesto su sinrazón y absurdo.
Algunos pretenden que los anarquistas son brutos ignorantes.
Es cierto que no todos los libertarios poseen la vasta cultura ni la superior inteligencia de los Proudhon, de los Bakunin, de los Eliseo Reclus, de los Kropotkin.
Es exacto que muchos anarquistas, heridos por el pecado original de los tiempos modernos: la pobreza, debieron desde la edad de doce años abandonar la escuela y trabajar para vivir: pero, el sólo hecho de haberse elevado hasta la concepción anarquista denota una viva comprensión y manifiesta un esfuerzo intelectual del que sería incapaz un bruto.
EI anarquista lee, estudia, medita, se instruye cada día.
Experimenta la necesidad de ensanchar sin cesar el círculo de sus conocimientos, de enriquecer constantemente su documentación. Se interesa por las cosas serias; se apasiona por la belleza que lo atrae, por la ciencia que le seduce, por la filosofía de la cual está sediento. Su esfuerzo hacia una cultura más profunda y más vasta no se detiene. Cree que nunca será bastante. Cuanto más aprende, más se complace en educarse.
Por instinto se da cuenta que, -si quiere alumbrar a los otros-, es menester, ante todo, hacer provisión de luz.
Todo anarquista es un propagandista; sufriría si callara las convicciones que le animan, y su mayor alegría consiste en ejercer a su alrededor, en cualquier circunstancia, el apostolado de sus ideas. Estima que ha perdido su día si nada aprendió o enseñó, y lleva tan alto el culto de su ideal que observa, compara, reflexiona, estudia siempre, ya para acercarse a este ideal y ser digno de él, ya para ponerse en condiciones de exponerlo y hacerlo amar.
¿Y este hombre sería un bruto grosero?
¿Y un individuo de tal naturaleza sería de una crasa ignorancia?
¡Mentira! ¡Calumnia!
Es opinión extendida que los anarquistas son rencorosos, violentos.
Sí y no.
Los anarquistas tienen odios: éstos son vivaces, múltiples; pero, sus odios son la consecuencia lógica, necesaria, fatal de sus amores. Odian la servidumbre, porque aman la independencia; detestan el trabajo explotado porque aman el trabajo libre; combaten violentamente la mentira porque defienden ardientemente la verdad; execran la iniquidad porque tienen el culto de la justicia; odian la guerra porque luchan apasionadamente por la paz.
Podríamos prolongar esta enumeración y mostrar que todos los odios que llenan el corazón de los anarquistas tienen por causa el inquebrantable apego a sus convicciones, que estos odios son legítimos y fecundos, virtuosos y sagrados.
No somos rencorosos por naturaleza. Somos, por el contrario, de corazón afectuoso y sensible, de temperamento accesible a la amistad, al amor, a la solidaridad, a todo aquello que acerque a los individuos.
No podría ser de otro modo, ya que lo más caro a nuestros sueños y nuestro fin es suprimir entre los hombres todo lo que se levanta para originar luchas de los unos contra los otros: Propiedad, Gobierno, Iglesia, Militarismo, Policía, Magistratura.
Nuestro corazón sangra y nuestra conciencia se rebela ante el contraste de la miseria y la opulencia. Nuestros nervios vibran y nuestros cerebros se sublevan a la sola evocación de las torturas que sufren los hombres y las mujeres que en todos los países y por millones agonizan en las prisiones y las ergástulas. Nuestra sensibilidad se estremece y todo nuestro ser llenase de indignación y de piedad, al pensar en las salvajadas, en las atrocidades que, con la sangre de los combatientes, empapan los campos de batalla.
Los rencorosos son los ricos, que cierran los ojos al cuadro de la indigencia que los rodea y de la cual son causa directa; son los gobernantes, que decretan la guerra a sangre fría, son los execrables aprovechadores, que amasan fortunas con sangre y lodo; son los perros de la policía, que hunden sus colmillos en la carne de los pobres; son los magistrados, que sin pestañear condenan, en nombre de la ley y de la sociedad, a los infortunados, sabiendo que son víctimas de esta ley y de esta sociedad.
En cuanto a la acusación de violencia, con la cual se pretende aplastarnos, basta, para hacer justicia, abrir los ojos y comprobar que en el mundo actual, así como en los siglos pasados, la violencia gobierna, domina, tritura y asesina. Es la regla y está hipócritamente organizada y sistematizada. Se afirma todos los días, bajo las formas y apariencias del recaudador, del propietario, del patrono, del gendarme, del carcelero, del verdugo, del oficial, todos profesionales, bajo múltiples formas, de la Violencia, de la Fuerza, de la Brutalidad.
Los anarquistas quieren establecer la armonía libre, la ayuda fraternal, el acuerdo armonioso. Pero saben –por la razón, por la historia, por la experiencia- que sólo podrán edificar su voluntad de bienestar y de libertad para todos, sobre las ruinas de las instituciones establecidas. Tienen conciencia de que solamente una revolución violenta se hará dueña de la resistencia de los amos y sus mercenarios. La violencia se transforma así para ellos en una fatalidad: la sufren, pero no la consideran sino como una reacción necesaria por el estado permanente de legítima defensa en que se encuentran, a toda hora, los desheredados.

Lo que queremos

El anarquismo no es una de esas doctrinas que emparedan el pensamiento y excomulgan brutalmente a cualquiera que no se someta a ellas en todo y para todo.
El anarquista es, por temperamento y por definición, refractario a todo espíritu de reclutamiento que trace al espíritu límites y restrinja la vida.
No hay, no puede haber, ni credo, ni catecismo libertario.
Lo que existe y que se puede denominar la doctrina anarquista, es un conjunto de principios generales, de concepciones fundamentales y de aplicaciones prácticas sobre las cuales se ha establecido el acuerdo entre individuos que son enemigos de la autoridad y luchan, aislados o colectivamente, contra todas las disciplinas y trabas políticas, económicas, intelectuales y morales que derivan de ella.
Puede, pues, haber, y en efecto hay, muchas variedades de anarquistas: pero todas tienen un rasgo común que las separa de todas las otras variedades humanas.
Ese punto común, es la negación del principio de autoridad en la organización social y el odio de todas las trabas que tienen origen en las instituciones basadas sobre este principio.
Entonces, pues, cualquiera que niegue la autoridad y la combata, es anarquista. Se conoce poco la concepción libertaria; se la conoce mal. Es menester precisar y desarrollar un poco lo que precede.
Voy a intentarlo.
En las sociedades contemporáneas, llamadas equivocadamente civilizadas, la autoridad reviste tres formas principales que engendran tres grupos de obligaciones:
1° La forma política: el Estado;
2° La forma económica: la Propiedad;
3° La forma moral: la Religión.
La primera: el Estado, dispone soberanamente de las personas; la segunda: la Propiedad, reina despóticamente sobre los objetos; la tercera: la Religión, pesa sobre las conciencias y tiraniza las voluntades.
El Estado toma al hombre en la cuna, lo matricula en los registros del estado civil, lo aprisiona en la familia si la tiene, lo entrega a la asistencia pública si es abandonado por los suyos, lo encierra en la red de las leyes, reglamentos, prohibiciones y obligaciones, lo convierte en un súbdito, un contribuyente, en soldado, a veces, en detenido o forzado; en fin, en caso de guerra, en un asesino o un asesinado.
La Propiedad reina sobre los objetos: suelo, subsuelo, medios de producción, de transporte, de cambio: todos los valores de destino común hanse, paulatinamente, convertido, por la rapiña, la conquista, el latrocinio, el fraude, la astucia o la explotación, en la cosa de una minoría. Es la autoridad sobre las cosas, consagrada por la legislación y sancionada por la fuerza, para el propietario, el derecho de usar y abusar (ius utendi et abutendi), y para los no poseedores, la obligación, si quieren vivir, de trabajar por cuenta y provecho de los que han robado todo (“La propiedad, dice Proudhon, es un robo”). Establecida por los espoliadores y apoyada sobre un mecanismo de violencia extremadamente poderoso, la Ley consagra y conserva la riqueza de los unos y la indigencia de los otros. La autoridad sobre los objetos; la propiedad es hasta tal punto criminal e intangible, que donde es impulsada hasta los límites extremos de su desarrollo, los ricos pueden a su gusto e impunemente reventar de indigestión, mientras que, faltos de trabajo, los pobres mueren de hambre (“La riqueza de los unos, dice J.B. Say, el economista liberal, está amasada con la miseria de los otros”).
La Religión -tomo este término en su sentido más extendido y lo aplico a todo lo que es dogma-, es la tercera forma de la autoridad. Pesa sobre el espíritu y la voluntad: entenebrece el pensamiento, desconcierta el juicio, arruina la razón, avasalla la conciencia. Toda la parte intelectual y moral del ser humano es su esclavo y su víctima.
EI dogma -religioso o laico- resuelve desde lo alto, decreta brutalmente, aprueba o condena, ordena o prohíbe sin apelación: “¡Dios quiere o no! – ¡la Patria lo exige o lo prohíbe! – ¡el Derecho Io ordena o lo condena! – ¡la Moral y la Justicia la mandan o lo prescriben!”
Prolongándose en el dominio moral, la Religión enseña e impone una moral en perfecto acuerdo con la moral codificada, guardiana y protectora de la Propiedad y del Estado, de la cual se hace cómplice convirtiéndose en lo que en ciertos medios impregnados de superstición, de chauvinismo, de legalidad y de autoridad, se denomina con buena voluntad “la gendarmería suplementaria”.
No pretendo, de ninguna manera, agotar aquí la enumeración de todas las formas de la autoridad y de la obligación. Señalo las esenciales, y para distinguirlas más fácilmente las clasifico. Esto es todo.
Negadores y adversarios implacables del principio de autoridad que, en el plano social, representa un puñado de privilegiados de todo el poder y pone al servicio de este puñado la Ley y la Fuerza, los anarquistas libran un combate encarnizado contra todas las instituciones que proceden de este principio, e invocan para participar en esta batalla necesaria a la masa prodigiosamente numerosa, a la cual estas instituciones aplastan, condenan al hambre, envilecen y matan.
Queremos anonadar al Estado, suprimir la Propiedad y eliminar de la vida la impostura religiosa, a fin de que, desembarazados de las cadenas cuyo aplastante peso paraliza su marcha, todos los hombres puedan por fin -sin Dios ni Amo y en la independencia de sus movimientos- dirigirse, con paso acelerado y seguro, hacia los destinos del Bienestar y de la Libertad que convertirán al infierno terrestre en un lugar de felicidad.
Tenemos la inquebrantable certeza que cuando el Estado, que nutre todas las ambiciones y rivalidades, cuando la Propiedad, que fomenta la concupiscencia y el odio, cuando la Religión, que mantiene la ignorancia y suscita la hipocresía, hayan sido heridas de muerte, los vicios que estas tres autoridades fusionadas lanzan al corazón de los hombres desaparecerán a su turno.
Muerto el perro, se acabó la rabia.
Entonces, nadie querrá mandar, puesto que, por una parte, nadie consentirá en obedecer, y que, por otra, toda veleidad de opresión habrá sido quebrantada; nadie podrá enriquecerse a expensas de otro puesto que la fortuna particular habrá sido abolida: sacerdotes mentirosos y moralistas tartufos, perderán todo su ascendiente, puesto que la naturaleza y la verdad habrán recobrado sus derechos.
Tal es, a grandes rasgos, la doctrina libertaria. He aquí lo que quieren los anarquistas.
La tesis anarquista impone, en la práctica, algunas consecuencias que es menester señalar.
La rápida exposición de estos corolarios, bastará para situar a los anarquistas frente a todas las otras tesis y también a precisar los rasgos por los cuales nosotros nos diferenciamos de todas las otras escuelas filosófico-sociales.
Primera consecuencia. – El que niega y combate la autoridad moral: la Religión, sin negar y combatir las otras dos, no es un verdadero anarquista, y si se me permite decir, un anarquista integral, puesto que, siendo enemigo de la autoridad moral y de las obligaciones que implica queda partidario de la autoridad política: el Estado, y de la autoridad económica: la Propiedad.
Pasa lo mismo y por el mismo motivo con aquél que niega y combate la Propiedad, pero admite y sostiene la legitimidad y la beneficencia del Estado y la Religión, y ocurre también lo mismo con aquél que niega y combate el Estado, pero admite y sostiene la Religión y la Propiedad.
El anarquista integral condena con la misma convicción y ataca con igual ardor todas las formas y manifestaciones de la Autoridad y se yergue con igual vigor contra todas las obligaciones que comportan ésta o aquéllas.
Pues de hecho y de derecho, el anarquismo es antirreligioso, anticapitalista (el capitalismo es la base históricamente contemporánea de la propiedad) y antiestatista. Afronta el triple combate contra la Autoridad. No ahorra sus golpes ni al Estado, ni a la Propiedad, ni a la Religión. Quiere suprimir a los tres juntos.
Segunda consecuencia. Los anarquistas no creen en la eficacia de un simple cambio en el personal que ejerce la Autoridad. Consideran que los gobernantes y los poseedores, los sacerdotes y los moralistas, son hombres como los otros, que no son por naturaleza, ni peores ni mejores que el común de los mortales, y que, si encarcelan, si matan, si viven del trabajo ajeno, si mienten, si enseñan una moral falsa y convencional, es porque están funcionalmente en la necesidad de oprimir, de explotar y de mentir.
En la tragedia que se representa es el papel del gobierno, cualquiera que sea, hacer la guerra, recaudar los impuestos, golpear a los que infringen la Ley y masacrar a los que se rebelan; es el papel del capitalismo, cualquiera que sea, explotar el trabajo y vivir como parásito: es el fin del sacerdote y del profesor de moral, cualesquiera que sean, ahogar el Pensamiento, obscurecer la conciencia y encadenar la voluntad. He ahí por qué combatimos a los malabaristas, cualesquiera que sean, de todos los partidos; cualesquiera que sean. Su único esfuerzo tiende a persuadir a las masas cuyos sufragios mendigan, que todo marcha de mal en peor porque ellos no gobiernan y que todo marcharía bien si ellos gobernaran.
Tercera consecuencia. Se infiere de todo lo dicho que, siempre lógicos, somos adversarios de· la autoridad que se ejerce, con la misma razón y en el mismo grado que de la autoridad que se sufre.
No querer obedecer, pero querer mandar, no es ser anarquista. No permitir explotar su trabajo, pero consentir en explotar el trabajo ajeno, no es ser anarquista.
El libertario rehúsa dar órdenes, así como rehúsa recibirlas. Experimenta por la condición de jefe tanta repugnancia como por la de subalterno. No da su consentimiento para constreñir o explotar a los otros ni ser él mismo explotado u obligado. Está a igual distancia del amo que del esclavo. Puedo declarar que, en último término, concedemos a los que se resignan a la sumisión circunstancias atenuantes que rehusamos formalmente a los que consienten en mandar: pues los primeros se encuentran a veces en la necesidad -es para ellos, en ciertos casos, cuestión de vida o muerte- de renunciar a la rebeldía, mientras que nadie es constreñido a mandar, ejercer función de jefe o de amo.
Aquí se pone de manifiesto la profunda oposición, la distancia infranqueable que separa las agrupaciones anarquistas de todos los partidos políticos que se dicen revolucionarios o pasan por tales. Pues, del primero al último, del más blanco al más rojo, todos los partidos políticos luchan por desplazar del poder al partido que lo ejerce y convertirse en amos a su vez. Todos son partidarios de la Autoridad, a condición de que ellos la ejerzan.
Cuarta consecuencia. No queremos solamente abolir todas las formas de la autoridad; queremos destruirlas todas simultáneamente, y proclamamos que esta destrucción total y simultánea es indispensable.
¿Por qué?
Porque todas las formas de la autoridad se apoyan, están indisolublemente ligadas las unas a las otras. Son cómplices y solidarias. Dejar subsistir una sala es favorecer la resurrección de todas. ¡Maldición a las generaciones que no tengan el valor de ir hasta la total extirpación del germen morboso, del foco de infección!
Verán pronto reaparecer la podredumbre. Inofensivo al principio, imperceptible y como sin fuerza, el germen se desarrollará, se fortificará, y cuando el mal, habiendo pérfidamente crecido en la sombra, estalle en plena luz, será menester recomenzar la lucha para derribarlo definitivamente.
¡No! ¡No! Nada de formas vagas, nada de medias tintas, nada de confusiones. Todo o nada.
La guerra está declarada entre los dos principios que SE; disputan el imperio del mundo: Autoridad o Libertad. El democratismo sueña con una conciliación imposible: la experiencia ha demostrado el absurdo de una asociación entre estos principios que se excluyen.
Es menester elegir.
Únicamente los anarquistas se pronuncian en favor de la libertad. Tienen en contra el mundo entero.
¡No importa! Vencerán.

Nuestra revolución

“Los anarquistas quieren instaurar un medio social que asegure a cada individuo el máximo de bienestar y de libertad adecuados a cada época».
Impregnad bien vuestro cerebro con esta declaración; pasad sucesivamente y sin apresuraros cada término; seguid el encadenamiento riguroso del pensamiento expresado y comprenderéis todo el programa libertario.
Hace ya muchos años (en 1894), que he escrito estas líneas en mi ensayo de filosofía libertaria “EI Dolor Universal: ¡Bienestar y Libertad!”.
Tal ha sido, ayer, la divisa de los anarquistas: tal es la de los libertarios de hoy y se puede, atrevidamente, decir que será la de los anarquistas del futuro.
“Bienestar y libertad” asegurados lo más ampliamente posible a cada individuo, he aquí el fin constante hacia el cual han tendido y tenderán con toda su voluntad, los anarquistas  de todos los tiempos.
Una vez abierto ante cada individuo, es decir, ante todos los seres humanos sin ninguna excepción, el camino que conduce a un bienestar sin cesar creciente, y a una libertad siempre más completa, el avance se producirá, la marcha hacia adelante seguirá su curso tan rápidamente y tan lejos -sin detenerse jamás- como el progreso infinito.
Pero es indispensable que, ante todo, la ruta sea abierta, y para que lo sea es necesario destrozar los obstáculos que la obstruyen.
Hemos visto ya que estos obstáculos son: el Estado, la Propiedad y la Religión.
Este triple obstáculo sólo puede ser aplastado por el esfuerzo violento y victorioso de las masas oprimidas, explotadas y engañadas.
He ahí en primer término una obra revolucionaria o, mejor aún, la Revolución misma.
Han comprendido esta verdad, los adeptos del sindicalismo antipolítico, del sindicalismo que, rechazando la tutela y la subordinación a todos los partidos políticos, confían en sí mismos, en sus efectivos, en su organización y en su propia acción, todas las fuerzas de las cuales tienen necesidad para libertar el trabajo y realizar sus fines de emancipación integral.
Lo han comprendido de esta manera todos los que trabajan sinceramente y de todo corazón por la Revolución social.
Se abusa de este mágico vocablo: “¡revolución!” Se le deshonra en tal forma que si los anarquistas no estuviesen para conservarle su pura, elevada, clara y exacta significación, terminaría por ser despojado de su sentido positivo, como la palabra “República” o el vocablo “Democracia”.
El advenimiento al poder del Partido Socialista nada tiene de común con la Revolución, cuyo objeto es y cuyo resultado debe ser la desaparición de las clases antagónicas y la instauración en común de todas las riquezas y de todos los medios de producción.
La conquista del poder por el Partido Comunista, la torna de posesión del Estado por los campesinos y los obreros y la organización de la dictadura denominada del proletariado sólo son la máscara y la negación de la Revolución social en lugar de su verdadera faz y afirmación.
Nadie, ciertamente, puede impedir a los partidos socialistas y comunistas pretender ser revolucionarios: pero es evidente que no lo son.
La exactitud de esta aserción ha sido demostrada teóricamente muchas veces; en el terreno práctico los hechos lo han atestiguado tan reciamente y tan francamente que es obvio presentar la prueba.
En verdad, sólo son revolucionarios verdaderos, positivos, los anarquistas, puesto que únicamente ellos no se proponen modificar más o menos profundamente el estado de cosas actual, y, sobre todo, el Estado y la Propiedad, sino que están resueltos a suprimir totalmente el Estado y abolir definitivamente el derecho de Propiedad.
Salta a la vista: entre nuestra revolución que tiende a no dejar subsistir ninguna de las instituciones presentes de tiranía, de represión, de explotación, de mentira y de odio, y la revolución preconizada por los partidos socialistas y comunistas, pseudo-revolución que se limita a enmendar más o menos estas instituciones y transformarlas en apariencia y superficie más que en realidad y en profundidad, hay todo un mundo de diferencias, de oposiciones.
Nos queda señalar nuestros métodos revolucionarios y establecer su valor.
Tal como nosotros la concebimos, la Revolución Social abarca e implica necesariamente tres períodos que se suceden metódicamente y se encadenan cronológicamente:
Primer período: Antes de la Revolución.
Segundo período: Durante la Revolución.
Tercer período: Después de la Revolución.
Es como un drama fabuloso cuya acción comienza en el primer acto, alcanza en el segundo su punto culminante y decisivo, y en el tercero, su desenlace.
En materia de Revolución, se atribuye a los anarquistas -¡es menester, si el proverbio es verdadero, que seamos ricos para que se nos atribuyan tantas cosas!- yo no sé qué concepción romántica, anticuada y absurda.
He encontrado por centenas, -¡y quién sabe cuántas encontraré todavía!- gentes que me han dirigido esta pregunta: “Si la Revolución estallase inesperadamente, ¿qué haríais?” ¡Y era menester ver con que satisfacción me era espetada esta difícil pregunta!
Y bien, yo no respondo a una pregunta tan absurda. Sí, absurda es esta pregunta, cuando ella se dirige a los anarquistas. ¡Ah! Yo no concibo que se la dirijan a los socialistas o a los comunistas. Para ellos, basta que se apoderen del Poder, que en él permanezcan y la Revolución es un hecho realizado: sólo hay que establecer la dictadura para defender y estabilizar el flamante Estado.
AI día siguiente, aparecen como en el pasado, gobernantes y gobernados; dictadores en ejercicio y una masa de esclavos, altos y bajos, funcionarios en multitud, burócratas en cantidad, una muchedumbre de interesados que cuanto menos producen más zumban y se agitan; otra vez aparece el Estado con sus Leyes, sus tribunales y sus prisiones, con sus jueces, sus gendarmes, sus diplomáticos, sus políticos y sus soldados.
En realidad, nada han cambiado excepto la etiqueta y el color: testigos, Rusia, donde el zar se llama X, Y o Z y los ministros comisarios del pueblo; donde los espías y los soldados son rojos, donde los agiotistas hacen su agosto, donde algunos yantan más de lo que han menester, mientras que la mayoría se ciñe la cintura.
No hay duda que una revolución de este calibre puede estallar Inesperadamente, por un simple golpe de fuerza diestramente preparado y felizmente ejecutado.
Pero que se nos diga qué hay de común entre este cambio de etiqueta y la Revolución Social. Sobre la etiqueta que lleva el frasco leo claramente: “Estado Obrero y Campesino, dictadura proletaria; gobierno de los soviets”. Veo claramente todavía que la etiqueta y el frasco son de color rojo, pero el líquido en el contenido es siempre el brebaje de servidumbre, de miseria y de mentira.
Nuestra revolución trastocará de abajo a arriba toda la estructura política, económica y moral, y sobre este derrumbe instaurará un medio social que asegure a cada individuo el máximo de bienestar y libertad.
Tal resultado -imbécil el que así no lo concibe- presupone un período preparatorio cuya duración nadie puede fijar, pero del cual es razonable prever que abarcará cierto tiempo.
Cuando, por una parte, el atolladero político, la incoherencia económica y los abusos escandalosos de las clases dirigentes hayan llegado al colmo de la indignación popular; cuando por otra parte la educación de los trabajadores haya llevado su comprensión al punto de que se harán conscientes de la incapacidad de la clase burguesa y de la capacidad de la clase obrera; cuando el proletariado haya reforzado su organización, multiplicado y fortificado sus agrupaciones de combate; cuando -en fin-, se haya preparado para, la acción por una serie de luchas: huelgas, motines, agitaciones de toda naturaleza que alcancen, en ciertos casos, hasta la insurrección; entonces bastará la gota de agua que hace desbordar la copa para que la Revolución estalle.
a) Una ruptura cada vez más evidente en el equilibrio político, económico y .moral del régimen capitalista;
b) Una propaganda activa y perseverante, que estimule la educación revolucionaria de los trabajadores:
c) Una organización sólida, poderosa, capaz de reunir en el momento señalado por la gravedad de las circunstancias, todas las tuerzas de rebelión, constituidas por numerosas y enérgicas agrupaciones:
d) Un proletariado llevado a la acción decisiva por una serie de desórdenes, de agitaciones, de huelgas, de motines, de insurrecciones;
Reunidas estas condiciones se puede tener la certeza de que una revolución estallando bajo la influencia de uno de estos acontecimientos que levantan, arrastran y apasionan a las masas populares y las precipitan instintivamente, con avasallador empuje contra el régimen que quieren derribar, no se detendrá a medio camino.
Este movimiento, en el cual los anarquistas se lanzarían los primeros, con la rapidez, el impulso, la resolución y la valentía que los caracteriza, y del cual continuarán siendo los animadores, iría hasta el fin, es decir, hasta la victoria.
Esta fase más o menos larga del drama revolucionario constituiría el segundo acto; el punto culminante y decisivo.
Sólo finalizará cuando el soplo puro y regenerador de la revolución libertaria haya destruido todas las instituciones del despotismo, del robo, de la decadencia intelectual y de la podredumbre moral que se encuentran en la base de todo régimen social inspirado en el principio de autoridad.
Esta revolución llevará en sus flancos todos los gérmenes en desarrollo del nuevo mundo que dará a luz, entre el pánico angustioso de los amos y la alegría y el entusiasmo de los parias.
Los anarquistas velarán para que no se produzca un aborto: sabrán sacar provecho de las rudas enseñanzas que implican los movimientos revolucionarios registrados por la historia. Permanecerán tanto tiempo como sea menester en estado de permanente insurrección contra las tentativas de restauración autoritaria: política, económica o moral. No confiarán a ningún poder la salvaguardia de las conquistas revolucionarias. Llamarán para defender estas conquistas contra cualquier dictadura a la multitud -¡por fin!- libertada de la esclavitud.
Permaneciendo siempre, después de la tormenta revolucionaria, como antes y durante ella, los enemigos irreductibles del principio de autoridad y de sus nefastas consecuencias, se limitarán a ser los consejeros, los animadores y los guías de la masa obrera. Orientarán y sostendrán los primeros pasos de esta multitud en la vía, definitivamente abierta de la organización libre de la vida social.
Y, estremecida y agitada aún por la batalla apenas terminada y coronada por la victoria, esta multitud no regateará su confianza a los anarquistas que, por la audacia en las iniciativas, la intrepidez en la acción y el ejemplo de su desinterés habrán sido los mejores obreros de esta victoria.
Sabiendo claramente lo que se quiere a todo precio, y mejor aun, lo que no se quiere a ninguno, los anarquistas beneficiarán de esta confianza, de la cual sabrán hacerse dignos, para oponer a toda tentativa de dominación política o de explotación económica, un frente de batalla sólido e invencible.
La tarea no se limitará, pues, a la victoria. Consistirá en evitar las desviaciones y falsas maniobras; se dedicará sobre todo a hacer inmediatamente posibles y tangibles las ventajas que una verdadera revolución debe poner a disposición de todos.
Los anarquistas se consagrarán con ardor a inspirar y secundar vigorosamente los esfuerzos de las masas trabajadoras, buscando en ellas mismas y encontrando en sus aptitudes naturales, unidas a la experiencia, las formas superiores de producción fraternal y de reparto equitativo de las riquezas, cuya única fuente es el trabajo.
La vigilancia de los compañeros no cesará sino cuando todas las instituciones del autoritarismo hayan definitivamente desaparecido; sino cuando el amor y la práctica de una vida libre hayan saturado tan fuertemente al hombre nuevo, que todo retorno ofensivo s las conspiraciones autoritarias no sea de temer, por su impotencia.
Cuando las masas obreras y campesinas hayan tomado en sus manos sus propios destinos; cuando, en posesión de su auto-dirección ejerzan el dominio de sus movimientos, pensamientos y propios sentimientos, no tardarán en depositar en ellas mismas esta confianza, que en todo tiempo, los jefes se han esforzado en arrebatarles con la finalidad de explotar en su provecho la creencia de las multitudes alucinadas y equivocadas, en la necesidad de la Providencia y los Salvadores.
Entonces, gracias al libre acuerdo y gracias a la convivencia fraternal que los gobernantes no podrán ya turbar, gracias, en fin, al espíritu de solidaridad que surgirá naturalmente de la desaparición de las clases y de la reconciliación de los intereses individuales, se edificará una estructura social cada vez más bella, más espaciosa, más ventilada, más luminosa, donde cada uno se instalará según sus deseos y conveniencias, en la cual todos los humanos gustarán los encantos de la paz, la dulzura del bienestar, las alegrías o más bien recreos de la cultura y los beneficios incomparables de la Libertad.

La anarquía por Sebastien Faure

La palabra ANARQUÍA viene del griego y está compuesta de la partícula privativa a y de arquía, mando, poder, autoridad. Etimológicamente, pues, lapalabra ANARQUÍA, que debería escribirse an-arquía, significa estado de un pueblo, o dicho con más exactitud, de un medio social sin gobierno.

Como ideal social y como realización efectiva, ANARQUÍA quiere decir una manera de vivir en la cual el individuo, desembarazado de toda coacción legal y colectiva que tenga a su servicio una fuerza pública no tendrá otras obligaciones que las que le imponga su propia conciencia. Poseerá, por tanto, la facultad de entregarse a las inspiraciones reflexivas de su iniciativa personal; gozará del derecho de intentar todas las experiencias que le parezcan deseables o fecundas; aceptará libremente todos los contratos que le liguen a sus semejantes, siempre de carácter temporal y revocable; y no queriendo hacer sufrir la autoridad de otro, sea quien sea. Así, dueño soberano de sí mismo, de la dirección que dé a su vida, de la utilización que haga de sus facultades, de sus conocimientos, de su actividad productora, de sus relaciones de simpatía, de amistad y de amor, el individuo organizará su existencia como mejor le parezca: desenvolviéndose en todos los sentidos a su manera, gozando, en todo, de su plena y entera libertad, sin más límites que los señalados por la libertad, plena y entera también, de los demás individuos.

Esta manera de vivir implica un régimen social del que está desterrada, de hecho y de derecho, toda idea de salario y asalariado, de capitalista y proletario, de amo y servidor, de gobernante y gobernado.
Se explica que, definida así la palabra ANARQUÍA, haya sido, con el tiempo, insidiosamente desviada de su significación exacta; que haya sido tomada en el sentido de “desorden”, y que en la mayoría de los diccionarios y enciclopedias sólo se mencione esa acepción: desorden, y sus sinónimos: caos, trastorno, confusión, etcétera.

Exceptuando a los anarquistas, todos los filósofos, moralistas y sociólogos, incluso los teóricos de la democracia y los doctrinarios del socialismo, afirman que sin gobierno, sin legislación, sin una fuerza represiva que asegure el respeto a la ley y castigue toda infracción de ésta, no hay, no puede haber más que desorden y criminalidad.

Ahora bien; ¿es que no se dan cuenta, moralistas y filósofos, estadistas y sociólogos, del espantoso desorden que, a pesar de la autoridad que gobierna y de la ley que reprime, reina en todas partes? ¿Tan ayunos están de sentido crítico y de espíritu de observación que no advierten que, cuanto más aumenta la reglamentación, y más se estrechan las mallas de la legislación, y más se extiende el campo de la represión, en mayor grado se multiplican la inmoralidad, la abyección, los delitos y los crímenes?

Es imposible que esos teóricos del “Orden” y esos profesores de “Moral” confundan seria y honradamente lo que ellos llaman “Orden” con las atrocidades, los horrores y las monstruosidades cuyo indignante espectáculo pone ante nuestros ojos la observación diaria.
Y, si hay grados en lo imposible, mayor es aún la imposibilidad de que esos sabios doctores acudan a la virtud de la Autoridad y a la fuerza de la Ley para atenuar y hacer desaparecer a fortiori todas aquellas infamias.

Semejante pretensión sería pura demencia.

La ley tiene un solo objetivo: justificar primero y sancionar después todas las usurpaciones e iniquidades sobre las cuales se asienta lo que los beneficiarios de esas iniquidades y usurpaciones llaman “orden social”. Los detentadores de la riqueza han cristalizado en la ley la legitimidad original de su forma; los detentadores del Poder han elevado a la categoría de principio inmutable y sagrado el respeto debido por las muchedumbres a los privilegiados, al Poder y a la majestad con que se aureolan. Se puede examinar hasta el fondo el conjunto de esos monumentos de hipocresía y de violencia que son los Códigos, todos los Códigos: no se hallará una disposición que no esté en favor de estos dos hechos de orden histórico y circunstancial que se pretende convertir en hechos de orden natural y fatal: la Propiedad y la Autoridad. Cedo a los hipócritas oficiales y a los profesionales del charlatanismo burgués todo lo que en la legislación se refiere a la “Moral”, ya que ésta no es, ni puede ser, en un estado social basado en la Autoridad y en la Propiedad, más que la humilde servidora y la desvergonzada cómplice de aquélla y de ésta.

A propósito de la palabra ANARQUÍA, tomada en el sentido de desorden, nos parece conveniente transcribir estas magníficas palabras de Kropotkin:

«“¿De qué orden se trata? ¿Es de la armonía con que soñamos los anarquistas? ¿De la armonía que se establecerá libremente en las relaciones humanas cuando la humanidad deje de estar dividida en dos clases, una de las cuales es sacrificada en provecho de la otra? ¿De la armonía que surgirá espontáneamente de la solidaridad de intereses, cuando todos los hombres formen una sola familia, cuando cada uno trabaje para el bienestar de todos y todos para el bienestar de cada uno? ¡Claro que no! Los que tachan a laANARQUÍA de ser la negación del Orden, no hablan de esta armonía de porvenir; hablan del orden tal como se le concibe en nuestra sociedad actual.

Veamos, pues, lo que es ese “Orden” que la ANARQUÍA quiere destruir.

“El Orden de ahora, lo que se entiende por “Orden”, es que las nueve décimas partes de la humanidad trabajen para procurar el lujo, los goces y la satisfacción de las pasiones más execrables a un puñado de haraganes. El Orden de la privación, para esas nueve décimas partes, de todo lo que es condición necesaria para una vida higiénica, para un desenvolvimiento racional de las cualidades intelectuales. Reducir a nueve décimas partes de la humanidad a vivir al día, como bestias de carga, sin poder atreverse a pensar jamás en los goces suministrados al hombre por el estudio de las ciencias, por la creación artística: ¡he ahí “el Orden”!”

“El Orden es la miseria, el hambre convertida en estado normal de la sociedad. Es el campesino irlandés muriendo de hambre; es el pueblo de Italia reducido a tener que abandonar su campiña lujuriante para vagar a través de Europa en busca de un túnel cualquiera que perforar, en donde correrá el peligro de morir aplastado, tras haber subsistido unos meses más; es la tierra arrebatada al campesino para dedicarla a la cría de ganado o de caza, que servirá de alimento a los ricos; es la tierra dejada sin cultivar antes de restituirla al que no pide otra cosa que cultivarla”.

“El Orden es la mujer que se vende para sustentar a sus hijos; es el niño reducido a estar encerrado en una fábrica o a morir de inanición; es el fantasma del obrero rebelde ante las puertas del rico, el fantasma del pueblo sublevado ante las puertas de los gobernantes”.

“El Orden es una minoría ínfima elevada a los sitiales gubernamentales, que se impone, por esta razón, a la mayoría, y que adiestra a sus hijos para ejercer más tarde las mismas funciones, a fin de mantener los mismos privilegios por la astucia, la corrupción, la fuerza y la matanza”.

“El Orden es la guerra continua de hombre a hombre, de oficio a oficio, de clase a clase, de nación a nación; es el cañón que no cesa de retumbar; es la devastación de las campiñas, el sacrificio de generaciones enteras sobre los campos de batalla, la destrucción en una año de las riquezas acumuladas durante siglos de rudo trabajo”.

“El Orden es la servidumbre, el encadenamiento del pensamiento, el envilecimiento de la raza humana, sometida por el hierro y por el látigo; es la muerte repentina por el grisú, la muerte lenta por el hundimiento, que hace perecer todos los años, enterrados y destrozados, a millares de mineros, víctimas de la avaricia de los patronos; es la persecución, bayoneta en ristre, de los que se atreven a quejarse. ¡He ahí el Orden!”».

Y para dar mayor fuerza a su pensamiento, Kropotkin continúa en estos términos:

«”Y el desorden, lo que suelen llamar desorden, es el levantamiento del pueblo contra ese orden innoble, rompiendo sus cadenas, destruyendo sus trabas y yendo hacia un porvenir mejor; es lo más glorioso que la humanidad tiene en su historia; es la rebelión del pensamiento en la víspera de las revoluciones; es el derrocamiento de las hipótesis sancionadas por la inmovilidad de los siglos precedentes; es la aparición de todo un raudal de ideas nuevas, de invenciones audaces; es la solución de los problemas de la ciencia”.

“El desorden es la abolición de la esclavitud antigua; es la insurrección de los municipios, la abolición de la servidumbre feudal, las tentativas de abolición de la servidumbre económica”.

“El desorden es la insurrección de los campesinos sublevados contra los curas y los señores, quemando los castillos para dejar sitio a las cabañas, saliendo de sus guaridas para ocupar un sitio al sol”.

“El desorden, lo que llaman el desorden, son las épocas durante las cuales generaciones enteras soportan una lucha incesante y se sacrifican para preparar a la humanidad una existencia mejor, librándola de las servidumbres del pasado. Son las épocas durante las cuales el genio popular cobra su libre desarrollo y da, en pocos años, pasos gigantescos, sin los cuales el hombre permanecería en el estado de esclavo antiguo, de ser rastrero, de animal envilecido en la miseria”.

“El desorden es el nacimiento de las más bellas pasiones y de las mayores abnegaciones; es la epopeya del supremo amor a la humanidad”».

ORDEN Y ORDEN

Juan Guillermo Colins, el fundador del socialismo racional, ha expuesto, en sus múltiples producciones, que el Orden es indiscutiblemente necesario a la vida de los hombres agrupados en sociedad. Ahora bien, dice (resumo aquí lo esencial de su doctrina), el Orden no puede basarse más que en la fuerza o la razón. Si se basa en la fuerza, sólo puede mantenerse por la violencia sistemática y gubernamentalmente organizada. Si se basa en la razón, halla su punto de apoyo en la aquiescencia voluntaria y reflexiva de todos. En el primer caso, el Orden, sinónimo de injusticia y de desigualdad, es inestable, frágil, efímero; está constantemente expuesto a ser perturbado por el descontento y la insurrección de la muchedumbre a la que pretende imponerse; y entonces el Orden no se concibe sino bajo la forma del policía y del verdugo. Mas si se basa sobre el granito de la razón, madre de la justicia y de la igualdad, el Orden llega a ser de una sorprendente estabilidad: los cambios, las transformaciones traídas del régimen social no hacen más que fortalecer su poder, puesto que esos progresos y mejoras son el resultado de un esfuerzo nuevo hacia un resplandecimiento más fecundo de la razón misma.

Los anarquistas se expresan de un modo casi idéntico. Dicen que el orden social no puede apoyarse más que en la violencia o en la armonía. Si se apoya en la violencia, es evidente que dimana -sea cual sea en sus detalles-del principio de autoridad, y que encarna en la institución gubernamental proclamada necesaria. Si, por el contrario, se apoya en la armonía, excusado es decir que procede -sea cual sea en sus detalles- del principio de libertad, y que la organización del orden social así concebido y realizado rechaza implacablemente todo organismo central: Poder, Gobierno, Estado, que engendra e implica fatalmente la violencia.

JUSTIFICACIÓN DEL ANARQUISMO

En ciencia, cuando después de haber recorrido con perseverancia el ciclo de las experiencias, hechas sobre la aplicación de un mismo principio, se ha demostrado y reconocido que esas experiencias no han llevado a los resultados que se esperaban; cuando por la acumulación de estos reiterados fracasos se ha establecido que principio, método y resultados se excluyen; en ciencia, digo, es usual y corriente condenar, en tales condiciones, el método aplicado y el principio del cual aquél no es más que la realización práctica. Ahora bien; he aquí que hace siglos y siglos que, para organizar y asegurar la armonía social, los pensadores, teóricos y doctrinarios fieles al principio de autoridad aplican, en el dominio social, todos los métodos de gobierno posibles e imaginables. Puede decirse que no han olvidado ninguno: aristocracia, democracia, oligarquía, plutocracia, poder absoluto, poder constitucional, monarquía, república, dictadura, cesarismo; la historia atestigua que se han experimentado todas las formas gubernamentales. El resultado constante de esos experimentos ha sido constante el embrollo, el desorden, los antagonismos, las guerras, los crímenes de toda clase, en todos los tiempos y en todos los lugares.

Pues buen; lejos de condenar el principio de autoridad y de renunciar a los métodos de aplicación que de él se derivan, nuestros amos -es bien fácil comprender por qué- se obstinan en afirmar que es necesario aquel principio y que son excelentes estos métodos.

Esto es sencillamente una aberración. Sólo los anarquistas se alzan contra esa incurable locura. Sólo ellos afirman que, no habiendo engendrado el Gobierno, el Estado, la Autoridad, desde que existen, en todos los países del mundo, a pesar de los cambios de forma y de nombre, de la transformación de las constituciones y de los regímenes, más que confusión, sufrimiento, miseria, guerras y desórdenes, la más elemental cordura exige que se renuncie a esperar de ellos lo que no pueden producir, y que se intente lealmente el ensayo de una organización social sin Gobierno, sin Estado y sin Autoridad; es decir, el ensayo de una sociedad anarquista.

INUTILIDAD DE TODA OPOSICIÓN AL ANARQUISMO

Como puede verse, el concepto anarquista no es fruto de generación espontánea. No ha nacido súbitamente y como por parte del birlibirloque de una hipótesis que surge sin que nada la haya suscitado, de una inspiración repentina, pueril o genial. Este concepto hunde sus raíces en el suelo profundo de la Historia, de la experiencia y de la razón. Y estas raíces son ya indestructibles. Todavía les es posible a los amos cortarlas a medida que rasgan la corteza de los prejuicios que las cubren y les impiden mostrarse a los ojos de todos; pero no por eso dejan de persistir en desarrollarse, robusteciéndose y extendiéndose en las entrañas del viejo mundo de opresión, de ignorancia, de miseria, de odio y de fealdad.

LA DOCTRINA ANARQUISTA SE RESUME EN UNA PALABRA: LIBERTAD
La ANARQUÍA no es una religión; no tiene por punto de partida ninguna revelación; no conoce afirmación dogmática alguna; repudia el apriorismo; no admite la idea sin prueba.
Es a la vez una doctrina y una vida: doctrina que se inspira en la evolución constante de los acuerdos individuales y colectivos que constituyen la vida misma de las personas y de las colectividades; vida que tiene en cuenta esa transformación incesante y se refleja en la doctrina.
Es una doctrina porque la historia, la experiencia y la razón nos han demostrado ciertas verdades cuya exactitud, confirmada por la observación y el examen escrupulosamente imparcial de los hechos, no es ya discutible. Esas mismas verdades son concordantes; no sólo no se combaten, sino que incluso se unen, se apoyan mutuamente, se encadenan. Ya fuertes y resistentes por sí mismas, cada una de esas verdades toma a las demás -próximas o distantes-un aumento de fuerza y de resistencia. Este conjunto de certidumbres es lo que forma y cimenta la doctrina, sobre cuyo fondo mismo todas las tendencias anarquistas, aunque numerosas, son unánimes e inseparables.
De esta doctrina se desprenden cierto número de principios directores que, aplicados a la vida, determinan el medio social que quieren instaurar los anarquistas.
Así, pues, por una parte es el estudio, la observación de la vida individual y social, lo que nos aporta las verdades y certidumbres sobre las cuales se edifica nuestra doctrina anarquista; por otra parte, son los principios directores los que, procediendo de esta doctrina, deben presidir a la organización de la vida individual y social que nosotros llamamos “la ANARQUÍA”.
La doctrina parte del individuo que vide en sociedad: he ahí el aspecto teóricode la ANARQUÍA. Después, como regla de vida, la ANARQUÍA parte de la doctrina y determina el medio social y sus innumerables convenios: he ahí el aspecto práctico de la ANARQUÍA.
Desde el punto de vista social, la ANARQUÍA se resume en dos palabras: Libre acuerdo. Si esta fórmula parece demasiado breve, si se quiere que sea más explícita, diré, para que gane en claridad y precisión: Libertad por el acuerdo, o mejor aún: Libertad de cada uno por el acuerdo entre todos. La libertad es el alfa y omega, es decir, el punto inicial y el punto final de la teoría: el libre acuerdo es el principio y el fin de la práctica. Dicho de otro modo: La libertad es la doctrina; el acuerdo es la vida.
Pero esto requiere más explicaciones. He aquí la demostración que se impone:
Todos los filósofos y sociólogos que han estudiado seria e imparcialmente la naturaleza humana, han comprobado que todas las aspiraciones, todos los deseos, todos los anhelos, todos los movimientos, todas las actividades del individuo tienen por objeto la satisfacción de una o varias necesidades. No hace falta, por lo demás, haberse entregado a profundos estudios filosóficos, biológicos o sociológicos para llegar a esta comprobación. Cualquiera de nosotros puede hacerla si se lo propone.
A esa primera comprobación hay que añadir la siguiente: que la satisfacción de una necesidad proporciona al que la siente una sensación de placer, mientras que la no satisfacción de esa necesidad le causa una sensación de pena.

Esta segunda comprobación es también una de las muchas que cualquiera de nosotros puede hacer y que no deja lugar a dudas.

De estas dos comprobaciones, de las que la segunda no es más que la consecuencia lógica de la primera, sacamos por conclusión que el individuo, al buscar la satisfacción de sus necesidades, tiene por mira el placer que encuentra, y en consecuencia afirmamos que el hombre busca la dicha.
La persecución de la dicha se convierte, pues, en el objetivo preciso al cual tiende el ser viviente.
Henos aquí llegados a un punto importante, que consideramos como fundamental de la ANARQUÍA.
El ser humano no vive en el aislamiento, sino que se agrupa con los seres de su especie: vive en sociedad. Esto nos conduce a pasar de lo individual a lo social. Si el individuo se agrupa, lo hace, en primer lugar, porque ello está dentro de su naturaleza y porque experimenta esta necesidad; en segundo lugar, porque instintivamente trata de aumentar su felicidad mediante el apoyo y la protección que espera encontrar en sus semejantes.

De ahí esta conclusión: la agrupación en sociedad tiene por objeto aumentar la felicidad de los que la constituyen. En otros términos: lo social debe contribuir a que el individuo se acerque al logro de su objetivo: la felicidad. Por consiguiente, la razón de ser de lo que ese llama sociedad no es otra que la de asegurar la felicidad de sus miembros.

Henos ya en posesión de un segundo puesto importante, fundamental de laANARQUÍA.
Dirijamos ahora una rápida mirada hacia atrás, tanto para ver el camino recorrido por nuestro razonamiento como para soldar fuertemente las dos comprobaciones que llevamos hechas.
Primera comprobación: el individuo busca la felicidad por la satisfacción de sus necesidades. Segunda comprobación: la sociedad tiene por objeto asegurar y aumentar la felicidad de todos sus miembros. Luego la felicidad del individuo es la finalidad de la vida individual, y la felicidad de todos los individuos es la finalidad de la vida social.

Así llego a la tercera de las comprobaciones que, ligadas entre sí, conducen a la primera de las certidumbres sobre las cuales descansa la doctrina anarquista.

De todas las formas de sociedad, la peor es forzosamente la que más se aleja del objetivo por alcanzar: la felicidad de los individuos que la componen. De todas las formas de sociedad, la mejor es forzosamente la que más se aproxima a aquel objetivo. La sociedad más criminal es aquella en que la proporción de los desgraciados es más elevada, y la sociedad ideal es aquella en que serán dichosos cuantos la compongan. El progreso social, el progreso verdadero, positivo, indiscutible, no es, no puede ser otra cosa que la ascensión gradual hasta esta sociedad ideal. Tal es nuestra tercera comprobación.

Como hace un momento, volvamos sobre nuestros pasos, o, mejor dicho, detengámonos y formemos un haz con las tres comprobaciones adquiridas:

Primera: El individuo busca la felicidad.

Segunda: La sociedad tiene por objeto procurársela.

Tercera: La mejor sociedad es la que más se acerca a este objeto.
Tenemos ya, aquí, la primera de nuestras certidumbres.

Busquemos la segunda, planteándonos esta cuestión: las múltiples formas de sociedad que se han sucedido hasta hoy, ¿han respondido al fin que debe asignarse la agrupación social: la felicidad de todos sus miembros?

Aquí entra la Historia en escena: la Historia, que nos ofrece las enseñanzas del pasado. Nos es preciso, pues, consultar la Historia. Esta nos suministra, apoyándola en la más abundante y auténtica documentación, la prueba de que la inmensa mayoría de los individuos ha sido, y es, desgraciada.
Me parece que, sobre este punto, no tengo que insistir. Así, pues, prosigo y planteo dos por qués ligados entre sí.

a) ¿Por qué han sido desgraciados los individuos? Porque casi todos ellos estaban privados de la facultad de satisfacer sus necesidades.

b) ¿Por qué estaban privados de esta facultad? Porque desde hacía siglos y siglos unos cuantos hombres se habían apoderado de todas las riquezas y de todas las fuentes de éstas, en detrimento de los demás hombres. Porque esos poseedores dictaron leyes destinadas a legitimar, a consolidar sus expoliaciones. Porque organizaron un Poder y unas fuerzas cuya misión era someter a los despojados, impedir que se sublevaran y, en caso de rebelión, castigarles. Porque los poseedores y amos inventaron unas religiones cuyo fin era imponer a los desposeídos y sojuzgados la sumisión a las leyes, el respeto a los amos y la resignación a su propio infortunio. Porque ese acaparamiento de la riqueza, esa legislación, ese Poder y esa religión se coligaron poderosamente contra la multitud de los explotados y de los oprimidos, privados así de la facultad de comer según su apetito, de hablar, de escribir, de agruparse a su capricho, de pensar y de obrar libremente. Porque la Propiedad era la autoridad de una clase sobre las cosas; el Estado, la autoridad sobre los cuerpos; la Ley, la autoridad sobre las conciencias, y la Religión, la autoridad sobre los espíritus y los corazones. Porque todos aquellos que no pertenecían a la clase dominante, en cuyas manos estaban reunidos el Capital, el Estado, la Ley y la Religión, formaban una clase innumerable de pobres, de súbditos, de sometidos a jurisdicción y de resignados. Porque, física, intelectual y moralmente, esa multitud estaba reducida a la esclavitud. Porque, en una palabra, esa multitud no era libre.

Esta clase no poseía ayer, ni posee hoy, la libertad de satisfacer las necesidades de su cuerpo, de su espíritu y de su corazón; por eso ha sido y sigue siendo desgraciada.

He ahí lo que, consultadas leal, atenta e imparcialmente, responden la Historia y la Experiencia. Ambas atestiguan que, en el seno de las sociedades pasadas, la clase más numerosa era desgraciada porque no era libre; y que lo mismo acontece en nuestros días.

La causa de todo el mal ha sido, pues, y lo sigue siendo, la autoridad bajo todas las formas, formas que ya he enumerado. El remedio consiste, por tanto, en romper todos los resortes de esa autoridad: Capital, Estado, Ley, Religión, y en fundar una sociedad enteramente nueva basada en la Libertad.
He ahí nuestra segunda certidumbre. Enlazándola a la primera, vamos a ver toda la doctrina.

Primera certidumbre: El hombre busca la felicidad; la sociedad tiene por objeto asegurársela: la mejor forma de sociedad es aquella que más se acerca a este objeto.

Segunda certidumbre: El hombre es feliz en la medida que es libre de satisfacer sus necesidades; la peor de las sociedades es aquella en que el hombre tiene menos libertad; la mejor es, en consecuencia, aquella en la cual tiene más libertad. La sociedad ideal será aquella en que el hombre sea completamente libre.

En conclusión: la doctrina anarquista se resume en una sola palabra: Libertad.

CÓMO SE REALIZARÁ LA ANARQUÍA

Pero he dicho que la ANARQUÍA es: primero, una Doctrina; segundo, una Vida. Vamos a pasar ahora de la primera a la segunda, de la teoría a la práctica, del principio a la realización, de la Doctrina que inspira e impulsa a la Vida que realiza.

De cuando llevamos dicho se desprende que el nacimiento de la ANARQUÍA (estado social sin Gobierno, sin Estado, sin Autoridad, sin violencia) no puede ser sino consecutivo a la muerte del estado social actual.

Aquí comienza la segunda parte de mi demostración.

La Historia, la Experiencia y el Razonamiento, esas tres abundantes fuentes de las que el hombre extrae todas las verdades útiles, nos han llevado a la condenación inapelable de todas las sociedades que practican el régimen de la autoridad y a la necesidad de instituir sobre la Libertad el medio social.
Me imagino, pues, hecha la revolución: la autoridad ha sido reducida a cenizas; se trata, ya, de vivir en libertad. Hemos destruido, nos es preciso reconstruir. ¿Qué haremos?

Los semilocos (no puedo, si son sinceros, calificarnos de otro modo) piensan todavía en un acoplamiento singular de los dos principios contradictorios de Libertad y Autoridad. Sueñan aún con asentar la libertad de todos sobre la autoridad de unos pocos, icono si la Autoridad pudiera dar origen a la Libertad y favorecer su desarrollo. Los anarquistas combaten este absurdo con una lógica implacable y una energía indómita. Se yerguen contra toda tentativa de restauración autoritaria; se oponen a todo ensayo de resurrección del Poder, sea en la forma que sea. Acaban por triunfar sobre sus adversarios y rompen sus últimas resistencias. Es el período, más o menos largo, durante el cual el deber más apremiante y la necesidad más imperiosa son defender la revolución libertaria victoriosa contra las reacciones ofensivas de los mantenedores de la autoridad, incluso de la que los anarquistas consideran como la más intolerable, más absurda y más peligrosa: la dictadura del proletariado.
Los defensores de la revolución estiman, en fin, que dos cosas contradictorias no pueden engendrarse mutuamente, puesto que se excluyen, y que, por consiguiente, así como la autoridad social no puede conducir a la libertad individual, del mismo modo de la libertad individual no puede salir autoridad social.

La quiebra y la abolición del principio de autoridad no se hallan bien definidamente establecidas. No se trata ya sino de dar al principio de libertad una realidad viva y fecunda.

Sigamos con ahínco el problema y no perdamos de vista que suponemos la autoridad gubernamental destrozada por la revolución triunfante: he ahí al individuo desembarazado de sus cadenas; se ha convertido en un ser libre, es decir, está en posesión de la facultad de satisfacer sus necesidades y, por consiguiente, de ser feliz.

Pero como es un ser sociable que vive entre sus semejantes y participa de la vida común, hay que precisar lo que habrá de dar a sus iguales y lo que deberá recibir de ellos; en qué condiciones y en qué medida colaborará a la satisfacción de las necesidades experimentadas por todos y obtendrá, en cambio, la satisfacción de las suyas.

El problema se impone, imperioso y urgente. ¿Cómo resolverlo? No hay que pensar en recurrir a la fuerza, a la violencia, a la sujeción, formas diversas de la autoridad, sino a la dulzura, a la persuasión, a la razón, formas múltiples de la Libertad.

Fijémonos en la razón. Ante todo, es preciso que ésta se imponga por sí misma, en virtud de su propia fuerza; por el único ascendiente de su prestigio, y no por amenazas o sanciones.

Entonces se indaga, se experimentan, se compulsan, se examinan los resultados de los diversos métodos de aplicación. Aparece el acuerdo, se muestra, se recomienda por sus resultados y conquista los sufragios.

Ahí está, elocuente y demostrativo, el ejemplo de la Naturaleza. Todo en ella es armonía por acuerdo libre y espontáneo, por afinidades y caracteres comunes entre individuos o unidades de la misma especie; las infinitamente pequeñas, como partículas de polvo, se buscan, se atraen, se aglomeran y forman organismos; estos organismos se buscan, se atraen, se aglomeran y forman organismos cada vez más vastos.

Se hace la prueba de este método tomado del origen natural, una prueba leal y realmente condicionada. Se repite el ensayo: los resultados, aplicados al orden social, son satisfactorios. Se extiende el ensayo, se aplica a masas crecientes: sale vencedor de esta prueba, triunfa, queda finalmente adoptado.

Este es el método del acuerdo libre y espontáneo. La unidad más pequeña: el individuo, busca, atrae a las demás, se aglomera con ellas y así se forman los municipios. Los municipios, a su vez, se buscan, se atraen, se aglomeran y forman un organismo más vasto aún y más complejo: la nación.

Acuerdo entre los individuos y las familias que constituyen el organismo municipal; acuerdo entre los municipios que constituyen el organismo regional; acuerdo entre las regiones que constituyen el organismo nacional; acuerdo de abajo arriba, acuerdo en todos los grados, acuerdo en todas las partes.

Los pueblos que viven en comunismo libertario se buscan, se atraen, se aglomeran y forman un organismo más vasto aún que la nación. El día en que todas las naciones vivan en comunismo libertario, se buscarán necesariamente, se atraerán fatalmente, se aglutinarán y formarán un inmenso organismo internacional que las englobe a todas. Ésta será la realización mundial de la libertad de cada uno por el acuerdo entre todos.

Porque, lo que no hay que perder de vista, es que la organización central no es ya, como antes, el organismo más vasto, que por vía de absorción o de anexión, de violencia o de guerra, acarrea la comprensión de los organismos intermediarios y de los núcleos para llegar al aplastamiento de las moléculas individuales. Todo lo contrario: la molécula individual es la que, por vía de acuerdo y de extensión o desarrollo, se une a las moléculas más próximas y forman núcleo con ellas; luego, pasando por organismos cada vez mayores y ensanchándose continuamente, el círculo de acuerdo reúne, en una vida cada vez más intensa, fecunda y feliz, la totalidad de las moléculas individuales.

He ahí la imagen de la vida comunista libertaria, de la ANARQUÍA, de la libertad de cada uno por el acuerdo entre todos.

SÓLO EN ANARQUÍA ES LIBRE EL INDIVIDUO

La ANARQUÍA es de base individualista. Los gobiernos, las religiones, las patrias, las morales, tienen este rasgo común: que en su nombre e interés ­llamado “superior”- se han olvidado, violentado e inmolado los verdaderos intereses del individuo. Los gobiernos comprimen, oprimen y estrujan al individuo; las religiones le privan de la facultad de pensar libremente y de razonar cuerdamente; las patrias le precipitan, de grado o por fuerza, en las matanzas guerreras; las morales hacen pesar sobre él las más necios obligaciones y los deberes más opuestos a su expansión natural y a la vida normal. Por la ignorancia y la cobardía, mediante la violencia y la represión, todas estas instituciones autoritarias crean en la muchedumbre las mentalidades de esclavos y los hábitos gregarios de que las clases dominantes tienen necesidad para perpetuar el régimen del cual son ellas las exclusivas e insolentes beneficiarias. La ANARQUÍA se propone sustraer a todos los seres humanos a esa multitud de violencias físicas, intelectuales y morales de que son víctimas. Niega a la sociedad el derecho de disponer soberanamente de aquellos que la componen. Declara que este término vago: “la sociedad”, no responde a nada fuera de los individuos, que son los únicos que le dan una realidad viva y concreta. Certifica que sin el individuo, unidad tangible, palpable, la sociedad sería un total inexistente y una expresión desprovista de toda significación positiva. Estas aserciones son de una exactitud tan palmaria, que se siente cierta vergüenza al formularlas, con la aprensión de verse acusado de querer empujar puertas abiertas.

Pero hay que guardarse bien de creer que, si la ANARQUÍA es de base individualista, se ha de deducir de ahí que condena al individuo al aislamiento y rompe los lazos de todo género que le unen a sus semejantes.

Lo cierto es precisamente lo contrario, y no es posible concebir un medio social en el cual sean más sólidas y más numerosas que en ANARQUÍA las relaciones que unen entre sí a todos los representantes de la especie. En tanto que -y esta oposición es fundamental-, aprisionado el individuo en la red de obligaciones y constreñimientos que en nombre del Estado, de la propiedad, de la religión, de la moral, de la familia, de la patria y demás… mojigangas hacen de él un esclavo, que se ve obligado a pasar promiscuidades, asociaciones, complicidades y contratos respecto a los cuales, no habiendo sido consultado, no le ha sido, por tanto, hacedero pronunciarse, ese mismo individuo, convertido en un ser libre, tendrá en una sociedad anarquista la facultad de disponer de sí mismo en todo y para todo, sin otra obligación que la que libre y conscientemente haya contraído. Bajo un régimen autoritario. Los lazos que encadenan a los individuos entre sí son rígidos, artificiales y obligatorios; enANARQUÍA sólo serán válidos los contratos libremente contraídos que los unan, y estos contratos serán siempre simples, naturales, libremente aceptados y libremente anulados.

OBJETIVO DE LA ANARQUÍA

En El Dolor Universal preciso en estos términos el fin a que tiende la ANARQUÍA: “Instaurar un medio social que asegure a cada individuo la mayor felicidad posible adecuada a cada época, según el progresivo desenvolvimiento de la Humanidad”.

A más de treinta y cinco años de distancia, no veo la necesidad de modificar esta proposición. Pero requiere algunas ampliaciones, y voy a examinar uno por uno sus términos.

a) Instaurar. – No digo “crear”, sino “instaurar”. He aquí por qué: Todo, en la Naturaleza, evoluciona sin cesar. Nada es fijo, nada está inmóvil. El individuo, como todo lo demás, se transforma continuamente; no permanece nunca idéntico a sí mismo; su hoy está hecho necesariamente de todos sus ayer y contiene, en estado potencial, todos sus mañana. El agregado humano no es, pues, más que una forma pasajera de la materia, y este mismo agregado sufre incesantemente las más diversas modificaciones.

Ahora bien; Spencer dice (El Individuo contra el Estado) que “la naturaleza de los agregados está necesariamente determinada por la naturaleza de las unidades componentes”, de donde se deduce que, no por menos visibles, los perpetuos cambios del agregado colectivo o social son menos reales que las modificaciones del agregado individual. Compuesto de unidades en estado constante de modificación, el cuerpo social se transforma sin descanso. Su presente está hecho de todos los materiales de su pasado y contiene, en germen, todos los materiales de su porvenir.

Augusto Comte, en su Introducción a la Metafísica, escribe: “Cada individuo, cada pueblo, cada ciencia, y la misma Humanidad, pasan por todas las fases. Las ideas que caracterizan un período nacen de las ideas de períodos precedentes, se desarrollan y crecen a expensas de estas ideas, y luego, a su vez, menguan insensiblemente, después de haber dado origen a las ideas del período siguiente”.

“La vida social -dice Guillermo de Greef, en Introducción a la Sociología, tomo I­, es decir, la correspondencia siempre completa y perfecta de sus órganos y de sus funciones en condiciones cada vez más numerosas y particulares, es una eterna metamorfosis; en esto no hace más que ajustarse a las leyes universales de la materia y de la fuerza”­

Y más adelante añade: “La sociedad es un organismo cuyo equilibrio, siempre inestable, contiene órganos y funciones que le unen al pasado, y otros que le ligan al porvenir”.

¡Notable rareza de la óptica humana! Dos fenómenos que reunidos producen ante todo el intelecto una especie de contradicción por su apariencia antitética, ocultan a nuestros ojos el indisoluble encadenamiento de los hechos, que une todas las páginas de la historia humana: es la inmensidad del camino recorrido comparada con la lentitud de la evolución social.

Es tan breve nuestra vida y tan débil nuestra vista, que no divisamos los innumerables elementos que se mueven a nuestro alrededor matando esto y dando movimiento a aquello. Creemos tener ante los ojos el espectáculo de la inmovilidad. Es esta sensación superficial de estancamiento social, o al menos de la lentitud evolutiva, lo que por un efecto, en cierto modo reflejo, contribuye a esa misma lentitud.

“Esto no cambiará nunca; en todo caso, si cambia, nosotros no lo veremos”. He ahí lo que dicen muchas gentes. Y los desheredados se resignan, conllevan su mal con paciencia, aceptan lo que miran como una especie de fatalidad. “¡No hay remedio!”, exclaman, y los privilegiados se tranquilizan, se ciegan y se acorazan en indiferencia. “¡Después de nosotros, el diluvio!”, se dicen.
No obstante, ¡qué incalculable serie de transformaciones, desde los toscos esbozos de las primeras aglomeraciones humanas hasta la organización tan compleja, tan metódicamente dispuesta de las sociedades modernas! El espíritu se queda estupefacto y los ojos deslumbrados ante el espectáculo grandioso de un desarrollo tan extraordinario.

Uno de los hombres que más han contribuido, en nuestra época, a la vulgarización de la idea materialista, L. Büchner, se expresa así:

“Llegará un tiempo en que la distancia entre el punto de partida y el punto de llegada se ensanchará de tal modo, que los mismos sabios del porvenir se negarán a admitir la posibilidad de un nexo entre ellos, si los escritos y los vestigios del pasado no les ofrecen los materiales necesarios para guiarles en sus juicios”. (Luz y Vida, página 326).

Me ha parecido conveniente insistir en las consideraciones que me han llevado a servirme de la expresión “instaurar” con preferencia a la de “crear”, por ejemplo, y esto no sólo porque la palabra es infinitamente más exacta, sino también y sobre todo porque nos proponemos indicar, en el transcurso de este estudio, los fenómenos que empujan triunfalmente a las presentes generaciones hacia la dicha instauración y los medios que conviene emplearpara apresurarla. Se verá así también la distancia que separa a la ANARQUÍA de las “utopías”, construidas las más de las veces por hombres de buena fe que presentían de un modo notable el porvenir, pero que prescindían en absoluto, en sus concepciones respetables, de los materiales que la época ponía a su disposición.

b) Un medio social. – Estas palabras son tan claras por sí mismas, que apenas exigen explicación.
El medio social es como la síntesis de las innumerables relaciones de los individuos, de los sexos, de los grupos entre sí. Es la resultante de todas las organizaciones, instituciones y costumbres. Es una especie de ser impersonal, como la sociedad misma, constituido por las relaciones de toda índole -físicas, intelectuales, morales- que entraña la práctica de la sociabilidad.

Si existe hoy una teoría fuera de todo debate y espléndidamente esclarecida por los naturalistas, seguramente es la de “la adaptación del ser al medio”.

No cabe duda de que, en el mundo físico, el medio ejerce una influencia decisiva sobre todo y sobre todos; ¿quién se atrevería a afirmar que en el mundo psíquico no acontece lo propio?

Algunos afirman que si el medio social actúa sobre el individuo, éste es capaz de reaccionar. Esta opinión es justa hasta cierto punto. Sostener lo contrario sería reconocer a la vez, de una manera implícita, que el medio social es en cierto modo independiente de las personalidades que lo componen, lo que sería un absurdo, y que al individuo, por no poder nada sobre el medio, por ser inútil todo esfuerzo, no le queda más que cruzarse de brazos.

Ninguna doctrina sería tan peligrosa, y conviene combatirla con la mayor energía, no tanto porque sea peligrosa como porque es contraria a la verdad, a la observación.

Pero no es menos cierto que, así como la fauna y la flora toman del ambiente cósmico los elementos de su vida, y un observador atento y clarividente podría, examinando un animal o una planta, determinar las condiciones de época, de clima, de atmósfera y de topografía, del mismo modo el individuo toma de la estructura social sus ideas, sus sentimientos, sus aspiraciones y sus costumbres.
Se comprenderá, pues, toda la importancia de ese medio social de cuyo establecimiento se trata, puesto que deberá, por decirlo así, poner su garra en todas las manifestaciones de la vida social y privada; puesto que lo que vele el medio vale el hombre; puesto que el uno es el árbol y el otro el fruto; puesto que, en fin, tan ilógico sería pensar en transformar al individuo sin tocar al medio, como racional es prever, sin que sea necesario para ello ser profeta, que modificado el medio modificados serán también los hombres que lo componen.

c) Que asegure a cada individuo. – Las formas sociales que se han sucedido hasta hoy, al jerarquizar las funciones y los seres, han tenido como consecuencia invariable asegurar todas las ventajas a un número más o menos restringido de éstos, en detrimento de los demás.

Ahora bien; ¿conviene tratar de invertir el orden de los factores en el sentido de favorecer al mayor número? La cuestión social, ¿se aplica a unos pocos, a la mayoría, o a la universalidad de los seres humanos?

Basta con hacer la pregunta: cada cual responda.

Yo hubiera podido escribir, en lugar de estas tres palabras: “a cada individuo”, estas otras: “al pueblo”; o éstas: “a la humanidad”; o éstas: “al proletariado”; o éstas, en fin: “a todos”. Pero desconfío de las expresiones demasiado generales. La experiencia me ha ensañado que ocultan casi siempre una trampa, o que al menos pueden ocultarla.

¡Pobre “pueblo”, pobre “humanidad”, pobre “todo el mundo”! ¡Se ha usado y abusado tanto de ustedes para mejor disimular las vergonzosas combinaciones de los gobiernos y de las clases!

Hay multitud de ficciones que, por un medio de espejos sabiamente dispuestos, dan la ilusión de la realidad; tal, por ejemplo, la igualdad de todos ante la ley. Basta pasar por detrás de los espejos para descubrir el “truco”.

La expresión “cada individuo” tiene la ventaja de cortar de raíz toda interpretación ambigua y de dejar bien sentado que el problema social no tiene por objeto esta fórmula un tanto vaga: “la felicidad común”, sino esta otra, bastante más significativa y exacta: “la felicidad de cada individuo”.

Sí; que ni un solo niño, ni un solo adulto, ni un solo anciano, ni un solo hombre, ni una sola mujer, ni un solo ser humano, en fin, pueda ser privado de la más mínima parte del goce que implica el derecho a la existencia en su integridad. Tal es el problema que estudia y debe resolver el pensador atormentado por la cuestión social.

Ni uno solo, digo, porque bastaría desconocer el derecho de uno solo para que el derecho de los demás se viera amenazado; porque, a pesar de las apariencias, para que se realicen y mantengan en el cuerpo social el equilibrio y la buena salud, es necesario que entre todas sus partes exista una solidaridad tan extremada que, si un órgano, uno solo, no recibe su parte de vida, el mal se apodera gradualmente del organismo entero, haciéndole resentirse, debilitarse y languidecer.

Resuelto para todos, excepto para uno solo, el problema social se refugiaría en este último, el cual, protesta viviente, se alzaría contra los demás y su voz, que no tardaría en ser oída, se elevaría, discordante, en el seno del armonioso concierto que debe formar una sociedad compuesta de seres dichosos, libres y fraternales.

d) La mayor felicidad posible. – El espectáculo de los infortunios más o menos inmerecidos, de las miserias más o menos injustificadas, ha incitado siempre a los filósofos, a los pensadores y a los moralistas a indagar las causas de tales sufrimientos para combatir sus efectos.

Disminuir la cuantía de los dolores humanos, atenuar las desigualdades demasiado ostensibles, mejorar las condiciones de la vida; en otros términos: buscar la felicidad universal, ha sido en todo tiempo el objeto de todos los planes, de todos los sistemas de renovación social.

Con respecto a este punto, todos los que se han ocupado de la cuestión se muestran unánimes. Podría citar a centenares, pero me limitaré a unos pocos.

Prescindo de todos los autores antiguos, para dejar a los modernos un sitio más amplio en estas citas, que no quiero multiplicar a fin de no cansar al lector:

“El objeto de la sociedad es el bien en sus miembros” (Grocio). “La sociedad está obligada a hacer cómoda la vida de todos” (Bossuet). “El verdadero fin de la sociedad es la felicidad duradera de todos sus miembros” (Mably). “¿Cuál es el objeto de la ciencia de la moral? No puede ser otro que la felicidad general. Si se exigen virtudes a los particulares, es porque las virtudes de los miembros hacen la felicidad del todo” (Helvicio. Del hombre. Su educación). “Buscar la dicha haciendo el bien, ejercitándose en el conocimiento de la verdad, no perdiendo nunca de vista que no hay más que una sola virtud: la Justicia, y un solo deber: hacerse feliz” (Diderot). “El objeto de la sociedad es la felicidad común” (Declaración de los Derechos del Hombre, art. 1º). “El fin de la Revolución es acabar con la desigualdad y establecer la felicidad común” (Conspiración bobuvista. Base de la República de los Iguales, art. 10). “¡Que la infinita variedad de deseos, de sentimientos y de inclinaciones se reúna en una sola virtud; que no mueve a los hombres sino hacia un objetivo único: la felicidad común!” (Morrelly. La Basilea). “El placer sin igual será el de fundar la felicidad pública. No sé si me engaño en mis anhelos; pero pienso que algún día se podrá extraer de todos los cuerpos un principio nutritivo; entonces le será tan fácil al hombre alimentarse como saciar la sed en el agua de un río. ¿Qué será entonces de los combates del orgullo, la ambición y la avaricia? ¿Qué de todas las crueles instituciones de los grandes imperios? Un alimento fácil, abundante, a disposición del hombre, será la prenda de su tranquilidad y de su virtud” (Mercier. El cuadro de París). “Si la primera voz de la Naturaleza nos dice que debemos desear nuestra propia felicidad, las voces unidas de la prudencia y de la benevolencia se hacen oír y nos dicen: “Busquen su felicidad en la felicidad ajena”. Si cada hombre, obrando con conocimiento de causa en su interés individual, obtuviera la mayor suma de dicha posible, entonces la humanidad llegaría a la suprema felicidad y el objetivo de toda moral, la dicha universal, sería alcanzado” (Bentham). “El principio general con el cual deberían estar de acuerdo todas las reglas de la práctica no es otro que la felicidad del género humano y de todos los seres sensibles” (L. S. Mill). “La sociedad debe estar organizada de tal modo (y este caso, desgraciadamente, no es frecuente hoy) que la felicidad de unos no tenga su origen en la ruina de los demás, sino que cada individuo halle su bien en el de la colectividad, siendo el bien de la colectividad la resultante del bien del individuo” (L. Büchner. Fuerza y Materia). “El problema de la felicidad universal, por efecto de la solidaridad cada vez mayor, está dominado hoy más que nunca por el problema de la felicidad social. Ya no son sólo nuestros dolores presentes y personales, sino los de la humanidad venidera de los que convierten para nosotros en motivo de inquietudes” (Guyau. La irreligión del porvenir). “El ideal puro sería que la totalidad universal de los seres fuera una sociedad consciente, unida, dichosa” (Alfredo Fouillée. Crítica de los sistemas de moral contemporánea). “La máxima felicidad del mayor número por medio de la ciencia, de la justicia, de la bondad, del perfeccionamiento moral; no podría hallarse más amplio ni más humano motivo de ética” (Benito Malón. Socialismo integral).

Basta de citas. Podría añadir la autorizada opinión de todos los sociólogos contemporáneos, incluso los burgueses; mas, ¿para qué? La causa está clara: todos, absolutamente todos, proclaman, de acuerdo con la Declaración de los

Derechos del Hombre, que “el fin” de la sociedad es la “felicidad común”.

Es, quizás, el único punto sobre el que existe unanimidad; pero se reconocerá que es de importancia, y yo quiero sacar inmediatamente dos conclusiones, sobre las cuales llamo particularmente la atención. La primera es la condenación implícita de la organización social que nos rige: puesto que esta organización acumula en manos de una minoría privilegiada poder, riquezas, saber, goces, y condena a la inmensa mayoría a la servidumbre, a las privaciones, a la ignorancia y al dolor, es evidente que vuelve la espalda al fin hacia el cual tiene por misión tender toda sociedad equitativa y racional, y que, por consiguiente, debe sucumbir. La segunda conclusión es que, de todas las doctrinas sociales que se disputan la sucesión de lo que ha de desaparecer, la única que se dirige resueltamente y sin rodeos hacia aquel fin, es la que preconizan las teorías anarquistas, porque siendo la única que hace cesar las desigualdades, las guerras y las violencias, la única que asegura a cada individuo toda la suma de libertad y de bienestar que lleva consigo el desarrollo progresivo de la humanidad, es la única que realiza ele deseo clara y unánimemente expresado: la felicidad común.

e) Adecuada a cada época, según el desarrollo progresivo de la Humanidad. – Una sola barrera hay ahí, limitando las satisfacciones que los individuos se hallan en estado de disfrutar. Esta barrera es la de las posibilidades, es decir, la que separa los bienes adquiridos de los que están aún por adquirir, los goces “posibles” para las generaciones actuales de los goces a los cuales aspiran nuestros descendientes y que no dejarán de realizar, tarde o temprano.

Pero esta barrera no sirve para contener o refrenar los apetitos; sirve, al contrario, para excitarlos. Bajo el poderoso aleteo del deseo insaciable que nos eleva sin cesar y sin cesar nos empujan más allá, se aleja y se empequeñece insensiblemente, descubriéndonos perspectivas cada vez más deslumbradoras.

Este límite es el que marca el punto al cual han llegado en una época determinada las falanges humanas en marcha hacia las regiones cada vez más fértiles y más vastas de la felicidad.
Tal es el sentido preciso de las palabras “adecuada a cada época, según el desarrollo progresivo de la humanidad”.

Está en la naturaleza de los individuos y de las sociedades, salidos hace millones de años de los organismos más rudimentarios, encaminarse hacia formas cada vez más perfeccionadas. Sumidos en tinieblas durante mucho, muchísimo tiempo, hombres y sociedades se dibujan sobre un fondo cuya tonalidad pasa poco a poco de los sombrío a lo claro, de los oscuro a lo luminoso. La oscuridad es el pasado: la ignorancia, el odio, la miseria; la luz es el porvenir: el saber, la fraternidad, la abundancia. No se vuelve al pasado; se va, irresistiblemente, hacia el porvenir. Loco sería quien pretendiera asignar un límite a este provenir de espacios inconmensurables. La edad de oro no está detrás de nosotros; está delante, radiante y accesible.

La ANARQUÍA es el hombre rompiendo las puertas del calabozo en que la autoridad le tiene encerrado; es la vía libre; es la marcha hacia la alegría de vivir, apartado todo obstáculo, rotas todas las cadenas; es el infierno cerrado y el paraíso abierto; es la especie humana cesando de destrozarse mutuamente y ayudándose recíprocamente en la batalla milenaria que sostiene con la Naturaleza y con la ignorancia para librarse de los peligros y de los males que la agobian aún.

SOCIALISMO Y ANARQUÍA

Durante mucho tiempo, si no confundido, se han aproximado las tendencias ylas aspiraciones del socialismo colectivista o comunista y las de la ANARQUÍA. Esta aproximación ha tenido diversas causas. He aquí.

1º Socialismo y ANARQUÍA se alzaban contra la sociedad burguesa. En uno y en otra, la consigna era que había, ante todo, que librarse de ésta; después, ya se vería lo que debería hacerse. Y durante muchos años, socialistas y anarquistas atacaron con igual ardimiento e igual porfía las instituciones: gobierno, propiedad, patria, religión, moral burguesa, de que unos y otros perseguían.

2º Los privilegiados, a quienes interesaba suscitar y mantener esta confusión entre el Socialismo y la ANARQUÍA, no desperdiciaban ocasión de desnaturalizar sin escrúpulo las teorías, de calumniar sin recato a los teóricos y de perseguir indistintamente a los agitadores socialistas y anarquistas. Si se revolvían contra los privilegiados, éstos les acusaban de querer establecer una sociedad en la cual, al no estar retenidos ni por un freno moral ni por una autoridad material, los apetitos desencadenados se desbordarían en el robo, el pillaje, el desenfreno, las violaciones y el asesinato. Si se dirigían a los desheredados, afirmaban que anarquistas y socialistas, aquéllos abiertamente y éstos por vías indirectas, no trabajaban en pro de la revolución social sino para desposeer a los gobernantes y a los ricos, apoderarse del Poder y del dinero y disfrutar a su vez.

3º Los propios socialistas, aun resistiéndose a ser asimilados a los anarquistas, dejaban entender de buena gana -sobre todo en período electoral, cuando mendigaban los sufragios obreros-que, en resumidas cuentas, entre el Socialismo y la ANARQUÍA no había oposición irreductible, sino, al contrario, numerosos puntos de contacto y serias afinidades; que las divergencias residían especialmente (algunos llegaban a decir únicamente) en los problemas de la táctica que se debía emplear, pero que, a pesar de todo, y aun cuando los caminos fueran muy diferentes, el fin era el mismo: la supresión de las clases antagónicas; la sustitución del Estado político por un organismo de empadronamiento, destinado a asumir la administración de las cosas; el bienestar asegurado a cada uno; la libertad garantizada a todos. Incalculable fue la masa de trabajadores que así adoctrinados, cayeron en el lazo y se dejaron alistar como electores y como afiliados a los partidos colectivista y comunista.

4º Para decirlo todo y conformarme a la regla de imparcialidad que nos imponemos aquí, debe añadir que buen número de socialistas, al expresarse así, hablaban con sinceridad. Pero eran, y continuaron siéndolo durante mucho tiempo, poco numerosos. Los favores del sufragio “llamado” universal iban a los partidos -monárquicos o republicanos- de conservadurismo social, y los militantes socialistas, con excepción de algunos jefes más clarividentes y más ambiciosos, no consideraban la lucha electoral y parlamentaria sino como un medio de propaganda y de agitación. Después… ¡Ah, después…!
Estas diversas circunstancias explican con suficiente claridad la confusión que señalo. Poco a poco, los hechos mismos se han encargado de disiparla, y hoy se ha producido la ruptura, estrepitosa y profunda, entre la ANARQUÍA o Comunismo Libertario y el Socialismo autoritario.

Estas doctrinas han salido, unas y otras, del período de titubeos por que atraviesan fatalmente todas las ideas sociales a que sucesivamente dan origen las condiciones históricas. Actualmente, Socialismo y ANARQUÍA forman dos movimientos completamente distintos y hasta opuestos en base, método, acción y finalidad.

Un abismo los separa: los socialistas y comunistas quieren conquistar el Estado y hacerlo servir para sus fines, en tanto que los anarquistas quieren aniquilarlo.

Entremos en algunos detalles: el Socialismo se apoya en el principio de autoridad, y en la práctica conduce lógicamente a su fortalecimiento, puesto que el Estado en poder de los socialistas tiene por misión centralizar y monopolizar el Poder político y económico.

Los partidos socialistas y comunistas de todos los países afirman, ante todo, que una sociedad no puede vivir sin el principio de autoridad, principio que declaran indispensable para la organización y el acuerdo. La libertad de cada uno, dicen, debe detenerse donde empieza la libertad de los demás. Pero en ausencia de leyes, de reglas que fijen este límite entre la libertad de cada uno y la de los demás, cada cual se sentirá naturalmente inclinado a extender su propia libertad a expensas de los otros. Esas usurpaciones representarán tantos abusos, injusticias y desigualdades, que provocarán conflictos incesantes, y a falta de una autoridad con facultad para resolverlos, sólo la fuerza, sólo la violencia los resolverá. Los más fuertes abusarán de los más débiles, y los más astutos, los más pícaros, abusarán de su astucia contra los más sinceros y los más leales.

Sentado esto, los socialistas autoritarios añaden que es insensato concebir una organización social sin leyes, sin reglamentos.

Se apoyan, sobre todo, en las necesidades de la vida económica. Si cada cual es libre de escoger su género de trabajo y trabajar o no hacer nada, unos trabajarán mucho, otros menos y otros absolutamente nada; los perezosos, por consiguiente, se verán favorecidos en detrimento de los laboriosos. Si cada cual es libre de consumir a su capricho, sin inspección, habrá quien se instale en las habitaciones más hermosas, coja los muebles más bellos, los mejores trajes y los mejores bocados, y los demás tendrán que contentarse con lo que ellos dejen. Esto no será, no puede ser. Hacen falta leyes, reglamentos que fijen la producción que cada uno debe llevar a cabo; en todo caso, el número de horas que debe trabajar y la parte de productos que ha de recibir. De lo contrario, vendrá el desbarajuste, la discordia, la penuria.

Los socialistas autoritarios añaden: “Si cada cual es libre de hacer lo que le plazca, todo lo que quiera y sólo lo que le convenga, vendrá el desbordamiento de las pasiones sin freno, el triunfo de todos los vicios y la impunidad de todos los crímenes”. Y deducen que la autoridad es necesaria, que es indispensable un gobierno, que son imprescindibles leyes y reglamentos, y en consecuencia una fuerza pública (soldados y policías) para reprimir los disturbios y detener a los culpables, tribunales para juzgarlos y sanciones para castigarlos.

Sin embargo, socialistas y comunistas, incluso los más enamorados de la noción del Estado, declaran que, sin duda alguna, llegará un día en que, habiéndose transformado gradualmente, los hombres serán conscientes, tendrán claro sentido de la responsabilidad, se harán razonables y fraternales, yentonces desaparecerá la autoridad para dejar sitio a la ANARQUÍA, que es -lo confiesan- el ideal más elevado, más justo, y lo consideran como el término de la evolución social.

Para acabar dicen: “Empecemos por derribar el régimen capitalista. Expropiemos primero a la burguesía y socialicemos los medios de producción, de transporte y de cambio. Organicemos el trabajo con arreglo a datos nuevos. Después, ya veremos”.

Los anarquistas replican: “La sociedad capitalista descansa sobre la Propiedad individual y el Estado. La propiedad carecería de fuerza y de valor si el Estado no estuviera para defenderla. Es un grave error creer que el capital es el único agente de discordia entre los hombres que viven en sociedad: el Poder los divide de igual modo. El Capital los separa en dos clases: los poseedores y los no poseedores. El Estado los separa asimismo en dos clases: los gobernantes y los gobernados. Los detentadores del capital abusan de su riqueza para explotar a los proletarios; los detentadores del Poder abusan de su autoridad para esclavizar al pueblo.

«“Suprimir el régimen capitalista y mantener el Estado es hacer la revolución a medias e incluso no hacerla. Porque el Comunismo autoritario necesitará un ejército formidable de funcionarios en el orden legislativo, judicial y ejecutivo. La organización que preconiza el Comunismo autoritario acarreará gastos incalculables. No abolirá ni las clases ni los privilegios”.

“La Revolución francesa creyó suprimir los privilegios de la nobleza, y no hizo más que transmitirlos a la burguesía. Es lo que haría el Comunismo autoritario: arrancaría a los burgueses sus privilegios y los transmitiría a los dirigentes del nuevo régimen. Estos formarían una nueva clase de privilegiados. Encargada de hacer las leyes, de elaborar los reglamentos, la multitud de funcionarios cuya ocupación fuera ésta formaría una casta aparte; no produciría nada y viviría a expensas de los que aseguraran la producción. Esto sería un enjambre de apetitos insaciables y de codicia disputándose el Poder, los mejores puestos y las más pingües sinecuras”.

“algunos años después de la revolución se repetirían las mismas discordias, las mismas desigualdades, las mismas pugnas y, finalmente, so pretexto de orden, el mismo desorden y el mismo desbarajuste que presenciamos. No se habría hecho nada; todo volvería a estar por hacer, con la diferencia de que el régimen capitalista está descalificado, podrido y en vísperas de la bancarrota, lo que hace que se le pueda derribar sin gran esfuerzo, y el Comunismo autoritario que lo reemplazara tendría a su favor la juventud y ante sí el provenir”.

“Toda la Historia está ahí para pronunciar la condena del principio de autoridad. Bajo formas, denominaciones y rótulos diferentes, la autoridad ha sido siempre sinónimo de tiranía y de persecución. No sólo no ha protegido ni garantizado jamás la libertad, sino que siempre la ha violado, despreciado y ultrajado”.

“Confiar a la autoridad el cuidado de asegurar la libertad de cada uno y de contenerla dentro de los límites de la justicia, es una pura locura”».

Y para terminar, los anarquistas dicen a los socialistas y comunistas:

«”Ustedes quieren imponerlo todo por la fuerza; nosotros queremos asentarlo todo en la razón. Ustedes no creen más que en la violencia, nosotros no tenemos confianza sino en la persuasión. Ustedes conciben el orden desde arriba, nosotros los concebimos desde abajo. Ustedes pretenden que todo sea centralizado; nosotros prentendemos que todo sea federalizado. Ustedes van de lo compuesto a la simple; de la general a lo particular, de la cantidad a la unidad, es decir, de la sociedad al individuo; nosotros, al contrario, vamos de lo simple a lo compuesto, de lo particular a lo general, de la unidad al número, es decir, del individuo, única realidad tangible, viviente, palpable, a la sociedad, total de individuos. Ustedes fundan la libertad común en el sometimiento de cada uno; nosotros fundamos la libertad de todos en la independencia de cada uno”.

“Cuando nos encontremos en condiciones de derribar la sociedad burguesa, destruiremos al mismo tiempo el Capital y el Estado. No será tarea más difícil que la de derribar al uno y no al otro, puesto que ambos se sostienen mutuamente y no forman en la actualidad más que un solo y mismo todo”.

“Y puesto que reconocen que la libertad es deseable, que el Comunismo
libertario es el ideal más justo, el mejor y más seguro medio de realizar este ideal es combatir y no consolidar el principio de autoridad, que es su negación”.

El Estado es el conjunto de instituciones políticas, legislativas, judiciales, militares, financieras, etcétera, mediante la cual se sustrae al pueblo la gestión de sus propios asuntos, la dirección de su propia conducta, el cuidado de su propia seguridad, para confiarlos a unos cuantos que, por usurpación o delegación, se encuentran investidos del derecho de hacer leyes sobre todo y para todos y de obligar al pueblo a acomodarse a ella, sirviéndose a este efecto de la fuerza de todos. (Malatesta)”.

“¿Y en esta pesada máquina, ese aparato compresor, esa inmensa mole destinada a triturar todas las resistencias y a reducir a polvo todas las indisciplinas lo que tienen la pretensión de transformar en instrumento de emancipación y en aparato de liberación?”

“¿Tienen la ingenuidad de creer que bastará cambiar el mecanismo y modificar algunas ruedas para que funcione de distinto modo que en el pasado…?

Reflexionen, socialistas y comunistas. Dejen de escuchar a sus jefes, interesados en engañarlos, y sepan que si quieren preparar una revolución, que no sea un aborto ni una mixtificación, es preciso hacerlo todo, y sin más esperar, para que esa revolución no mate solamente al régimen capitalista, sino también al Estado”».

REFUTACIÓN DE LAS OBJECIONES QUE SE HACEN A LA ANARQUÍA

La ANARQUÍA ha sido discutida y combatida más violenta y más pérfidamente que cualquiera otra concepción social. Ha sufrido el asalto concertado de socialistas y burgueses. Todos los intentos de refutación que han hecho sus adversarios pueden reducirse -prescindiendo de los detalles- a dos objeciones que sus autores califican presuntuosamente de fundamentales. Es tan más útil examinarlas cuanto que acontecimientos recientes, especialmente la guerra de 1914-1918, la Revolución rusa, la implantación de la dictadura en Italia y otros países, parecen haberles conferido mayor fuerza.
Examinemos, pues, rápidamente esas dos objeciones.

Primera objeción. – “La ANARQUÍA es, con toda evidencia, un ideal magnífico; pero es y será siempre un ideal quimérico, porque su realización presupone y necesita un ser humano sano, cultivado, activo, digno, fraternal; en una palabra: inexistente, y porque, biológicamente, la estructura física, intelectual y moral del hombre no podría adaptarse a un medio social libertario”.

Respondo, ante todo, que no está permitido anticipar que la ANARQUÍA exige un ser inexistente. Que haya en nuestra época muy pocos individuos en estado de adaptarse a las condiciones de vida que implica la realización del ideal anarquista, lo concedo de buen grado a nuestros adversarios. Pero basta con que haya uno solo para que se hunda su aserción. Ahora bien; es indudable que si todos los anarquistas, que se calculan actualmente en varios centenares de miles, diseminados por todas partes, no han llegado aún a ese grado de cultura y de perfeccionamiento físico, intelectual y moral que entraña la vida inherente a un medio social libertario, se puede, al menos, afirmar que buen número de ellos los han alcanzado cumplidamente. Por mi parte, conozco a muchos que, desafiando los obstáculos, las dificultades, los peligros, las persecuciones de que está sembrado su camino, viven ya una existencia lo más conforme posible con su ideal anarquista, y no aspiran ni trabajan más que por la instauración de un medio social que les permita llegar a la consecución integral de su objetivo. Es cierto que los anarquistas no constituyen hoy más que una ínfima minoría. Para dar mayor fuerza a mi razonamiento, admito que, en el seno de esa minoría, raros son los que viven ya, en la medida de lo posible, como anarquistas. Pero no por ello es menos cierto que basta ese pequeño número para demostrar que la especie de que se trata no es inexistente. Basta con que exista para que, por vía de reproducción y de selección, consiga mantenerse y desarrollarse. Los números más altos han comenzado por “uno”, y precisamente adicionándose es como las unidades forman totales considerables. Así, pues, es falso decir que la ANARQUÍA presupone y exige un ser inexistente.
No menos erróneo es sostener que la estructura física, intelectual y moral del ser humano no podría adaptarse a un medio social libertario.

A fin de no rebasar el marco que quiero asignar a esta respuesta a los detractores poco enredados o mal informados de la ANARQUÍA, me limitaré a decir que todos los medios sociales que se pueden concebir, el medio anarquista es, sin duda alguna, el que se adapta mejor y más fácilmente a las necesidades y las aspiraciones del hombre que vive en sociedad.

En la práctica, toda la solidez del edificio anarquista está condicionada por estas cuatro necesidades, indisolublemente ligadas a la existencia humana, y que se encuentran en toda época y en todo lugar: libertad, sociabilidad, actividad, adaptación al medio. El buen funcionamiento de un medio anarquista, tal como ha sido definido al principio de este estudio, ¿qué es lo que exige? Exige un individuo libre, sociable, activo, capaz de adaptarse más o menos rápidamente a este medio.

a) Libre. – Al individuo le impulsa hacia la libertad un instinto tan profundo como tenaz. Es extraordinario -así es, sin embargo- que este instinto haya resistido a siglos de servidumbre, y su persistencia es la prueba más concluyente de su irresistible poder. Esclavos en la antigüedad, siervos en la Edad Media, asalariados en nuestros días, miles de millones de hombres y mujeres han sufrido desde la cuna a la tumba la servidumbre que inexorablemente hacían pesar sobre ellos la pobreza y la humillación en que, sirviéndose de las leyes, de las religiones, de la fortuna y de la fuerza, les tenían sumidos los amos del momento. Si hubiera podido matarse la necesidad de libertad, ya hace tiempo que estaría muerta. Sin embargo, no sólo ha sobrevivido, sino que es más viva y más imperiosa que nunca. Existe dentro de todos, en grados variables y bajo formas y manifestaciones muy diversas; no hay un ser, ni uno solo, que no la posea, y en todos está presta a afirmarse en cuanto le sea posible, es decir, tan pronto como, una vez la revolución social haya puesto fin a su esclavitud secular, sean llamados a vivir como seres libres.

b) Sociable. – El hombre es un animal sociable. Huye, por instinto, del aislamiento; sufre si se halla solo; busca a sus semejantes. Forma parte de las especies más numerosas que viven agrupadas y solidarias. El hombre insociable es una rarísima excepción; es, en cierto modo, una especie de enfermo a quien le faltara un sentido. Esa tendencia a la sociabilidad que conduce al hombre a agrupamiento, a la asociación, y que se dilata en solidaridad, se ve contrariada y hasta cierto punto paralizada en un medio social como el nuestro, que sin consultar al individuo, sin tener en cuenta su temperamento, sus gustos, sus simpatías, sus aspiraciones, le obliga a efectuar contactos, agrupaciones y aglomeraciones que casi siempre repugnan a sus afinidades. Pero bastará colocar al individuo en un medio social libertario para que, guiado por su instinto de sociabilidad, debidamente fortalecido por la satisfacción de sus múltiples necesidades, se asocie libremente con sus semejantes para la producción y el consumo, para el placer y el deporte, para el cultivo de las ciencias y de las artes, para los goces sexuales y afectivos.

c) Activo. – La jauría capitalista descarga su mayor golpe sobre el problema económico y sobre la organización del trabajo “en ANARQUÍA”. Todos los lacayos de la pluma que viven a expensas del patronazgo agrícola e industrial se esfuerzan en demostrar que, si en la vida política de la humanidad sería posible en rigor otorgar confianza al principio de libertad, esto es completamente imposible cuando se trata de necesidades económicas, en las cuales mandan las exigencias de consumo. He aquí, resumida lo más fielmente posible, su argumentación: “La producción exige un esfuerzo penoso al que el trabajador no se aviene sino en la medida en que se ve obligado a ello. El hombre es naturalmente perezoso, y si no se ve, por disposición del medio social en que vive, en la obligación de trabajar, se deja llevar por una predisposición instintiva a la ociosidad o al esfuerzo recreativo e improductivo. Trátese de producción agrícola o industrial, no trabaja sino cuando no tiene otro remedio, so pena de morir de hambre, de no hacer nada. En consecuencia, un medio social en el que los individuos sean libres de trabajar o de holgazanear, de elegir su género de trabajo o de cambiarlo a su antojo, conducirá al hambre, a la miseria colectiva y a las abominaciones que acarrea la indigencia general”.

He aquí mi respuesta:

«”El hombre es un ser activo, natural, instintiva, esencialmente activo. Forma parte del universo; vive en él; su existencia participa de la vida universal, y la vida universal condiciona su existencia humana. Todo en la Naturaleza se mueve, se agita, funciona, está animado. Sea cual sea el estado de la materia, sólido, líquido o gaseoso, la materia está constantemente en movimiento; no se le ha observado jamás en estado de reposo; la inercia no ha sido nunca comprobada; la inmovilidad no existe. Cuando más nos acercamos al reino animal, más activa y animada se muestra la vida; la planta se agita más que el mineral; el animal es más activo que la planta”.

“Todos los animales -y gran número de especies con sorprendente rapidez-nacen, se desarrollan y mueren. En cada una de estas fases despliegan una actividad más o menos viva; pero en ningún momento, en ninguna de esas tres fases reposan. Los animales que nosotros somos no son excepción en esa regla constante y universal. No insisto más en esto”.

“Pensar que el mineral, la planta y el animal se mueven, se agitan, funcionan sin objeto y por pura casualidad, sería un burdo error. Todos sus movimientos tienen por finalidad conservar, desarrollar, fortalecer, enriquecer la vida. Todos los naturalistas han comprobado este hecho y lo han demostrado con gran lujo de detalles, apoyándose en miles y miles de observaciones”.

“Decir que la especie humana se mueve, se agita, se traslada, se esfuerza, es una palabra, es activa sin objeto; decir que esta actividad se emplea de una manera desordenada, incoherente, y que es fruto de la mera casualidad, sería una estupidez. Lo cierto es que la actividad de la especie humana, como la de todos los organismos vivientes, tiene un objeto, y que este objeto es la vida”.

“Ahora bien; vivir es consumir; consumir es producir; producir es trabajar. En consecuencia, el trabajo está en la naturaleza humana. Los filósofos que han afirmado lo contrario no han visto más que las apariencias y se han equivocado; y los ignorantes que les escuchan han sido inducidos al error”.

“En sí, el trabajo no es una pena; como todos los movimientos, como todos los ejercicios a que el hombre se entrega con el fin de gastar las energías de su cuerpo que es un acumulador, el trabajo es más bien un placer, o, dicho con más exactitud, una necesidad”.

“Pero si el hombre siente la necesidad de trabajar y de experimentar y si experimenta placer en satisfacer esa necesidad, no es menos cierto que se le hace penoso rebasar los límites de la necesidad sentida”.

“Si a cualquiera de nosotros se le privara de la alimentación, experimentaría un gran sufrimiento; pero si habiendo satisfecho su apetito se le obligara a continuar comiendo, sentiría con comer demasiado tanto disgusto como con no comer lo suficiente. Lo mismo acontece con la necesidad de trabajar; cuando, una vez agotadas sus reservas de fuerza, el hombre se ve condenado a prolongar su esfuerzo, sufre. Trabajar unas horas al día no es un castigo; pero sí lo es trabajar diez, doce o catorce horas. Las jornadas cortas de trabajo son agradables; las largas son dolorosas. En ello intervienen además las condiciones en que el trabajo se realiza, cosa que conviene tener en cuanta”.

“En los países donde impera el régimen capitalista, el trabajo es una verdadera maldición, debido a que la condición del trabajador es lamentable. Cuando el trabajo es impuesto, sucio, peligroso, excesivo, humillante y mal retribuido, es desagradable y no hay por qué sorprenderse de que se le tome tan poco apego. Pero cuando es libre; cuando está dignificado, respetado, considerado; cuando no es excesivo; cuando asegura al obrero una vida holgada y confortable, cesa de ser una pena y se convierte en una alegría”.

“Que los talleres sean amplios, aireados, luminosos y sanos; que la jornada de
trabajo corresponda a las fuerzas que el obrero puede, sin cansancio, gastar cada día; que cada cual trabaje en el oficio que conozca y que lo escoja libremente; que el trabajador tenga la seguridad de que tanto él como su familia no carecerán de nada; que se sienta libre en la fábrica y no bajo la férula de un patrono o de un encargado; que sea llamado a fijar él mismo, con sus compañeros, el reglamento del taller y las condiciones generales del trabajo, y es seguro que nadie refunfuñará en el trabajo. Voy más lejos. Digo que, si en una sociedad anarquista se pudiera concebir un castigo, el peor de todos consistiría en condenar a un hombre sano, vigoroso, apto para producir, a cruzarse de brazos en medio de la actividad universal”.

“Esta verdad no es comprendida por los pseudorevolucionarios, dictadores de mañana, que, a pesar de denunciar en el régimen capitalista que combaten la opulencia ociosa de unos y la productividad miserable de otros rechazan la idea de recurrir al trabajo no impuesto, y basan todo su sistema económico en el trabajo obligatorio. ¿Son sólo gente corta de vista? ¿No serán más bien ambiciosos sin escrúpulos, deseosos de gobernar a su vez? Poco importa. Habrían de estar animados de las mejores intenciones, y aun así habría lugar a considerar las consecuencias y repercusiones del régimen económico de que son campeones. En efecto, supongamos que cometemos la equivocación de decretar el trabajo obligatorio para todos. Ya está. ¿Y ahora?”

“Lo primero que habrá que hacer será redactar la lista de las derogaciones que traerá consigo fatalmente la aplicación de este decreto, señalar la edad en que los adolescentes estarán en la obligación de trabajar y la edad en que las personas mayores cesarán de estar sujetas al trabajo”.
“Esta cuestión de la edad provoca mil problemas a cual más delicado respecto al sexo de las personas, el oficio que hayan de ejercer, el aprendizaje a que deberán entregarse, el período de prueba que tendrán que sufrir, ¿qué sé yo qué más?”

“Ni que decir tiene que los enfermos e inválidos quedarán libres del trabajo obligatorio. Pero con todo, será preciso someter a un examen médico a los enfermos e inválidos”.

“Probablemente nos veremos obligados a redactar una lista de trabajos -los artísticos y de inspiración, por ejemplo- cuya duración cotidiana no es posible determinar”.

“Y ya estoy viendo un reglamento administrativo muy preciso, muy minucioso,
sacado de una especie de legislación quisquillosa y sutil, fuente de inagotables discusiones, de embrollos, de litigios y de procesos sin fin”.

“Pero no bastará con redactar el Código del trabajo; habrá que cuidar de que nadie pueda sustraerse a sus prescripciones. Será necesario que los delincuentes sean castigados; será menester, pues, por una parte, precisar las sanciones en que los delincuentes hayan incurrido, y por otra, asegurar la aplicación de las penas pronunciadas”.

“Y henos aquí llegados al restablecimiento de todo el fárrago de legislación, de tribunales, de policía y de represión que queremos abolir”.

“El fénix renacerá de sus cenizas, ¡y qué fénix!”

“Habrá que rodear de una estrecha vigilancia a los malhechores, a los prófugos, a los desertores de nuevo tipo: los perezosos; habrá que velar para que no se introduzcan en los domicilios a las horas en que, llenos los talleres, aquéllos estén vacíos; habrá que proveer a todo el mundo de un carnet de trabajo, llevar una contabilidad regular de las horas efectivamente devengadas, abrir en cada taller un registro de asistencia, proporcionar la parte de cada uno en el reparto de los productos a la exacta medida del trabajo que haya efectuado en realidad; habrá que ir al acoso de los refractarios, instruir y juzgar sus casos respectivos; habrá que…; pero ¿qué no habrá que hacer?”

“Salta a la vista que, para desempeñar esas múltiples funciones de legisladores, de inspectores, de escribanos, etc., será necesario extraer una parte de la población llamada, por la edad y la aptitud, a contribuir al trabajo productivo. Destinada a esas funciones especiales, esta parte de la población será sustraída a la población útil. Y el más claro resultado de todas esas medidas destinadas a perseguir a los vagos será añadir a éstos un número apreciable de funcionarios improductivos. ¡El triunfo del chupatintas!”».

d) Capaz de adaptarse. – La adaptación domina todas las teorías evolucionistas. Cuando se piensa en la incalculable influencia que el medio ejerce sobre los seres vivientes que le están sometidos; cuando se observa la prodigiosa facilidad con que éstos se adaptan a las condiciones mismas del medio; cuando se comprueba que el medio es como un baño en el cual se templa el individuo y que poco a poco le va penetrando; cuando se sabe, en fin, que la presión ejercida por el medio social sobre el individuo equivale a una saturación constante y casi irresistible, ya que los que la resisten son seres excepcionalmente dotados, no se vacila en admirar que le hombre de mañana, transplantado a un medio libertario, se adaptará a éste tan bien, o mejor, tan pronto o más pronto aún que el hombre de hoy se adapta al medio actual. Por eso mismo la adaptación al medio posee actualmente el valor de una tesis científica cuya exactitud nadie se atreve a negar.

Resumo esta larga réplica a la primera objeción: La ANARQUÍA no presupone, no exige de ningún modo un ser inexistente: ese ser existe. El medio social que los anarquistas quieren instaurar es opuesto a la estructura física, intelectual y moral del hombre; le es, al contrario, estrictamente conforme, puesto que responde escrupulosamente a las cuatro necesidades que caracterizan a la especie humana: la libertad, la sociabilidad, la actividad y la adaptación al medio.

Segunda objeción. – Esta ha sido tomada de prestado a la marcha de los acontecimientos. Se inspira en el refuerzo del principio de autoridad que se observa en diversos países y en la ola de dictadura que, en los últimos años, ha ahogado, particularmente en Italia y en Rusia, las recientes conquistas del principio de libertad. Los defensores de la autoridad, adversarios decididos dela ANARQUÍA, sacan partido de estos hechos contemporáneos para erigir en certera histórica el desarrollo progresivo de las fuerzas autoritarias y el debilitamiento gradual de las aspiraciones libertarias. Dicen: “En los planes y sistemas de transformación social no hay de consistente sino lo que está acorde con el desenvolvimiento histórico de las civilizaciones. Todos los grandes cambios registrados por la Historia han sido anunciados por signos precursores de un carácter tan preciso que el observador concienzudo, clarividente e imparcial no podía por menos de prever su advenimiento. Si el principio de autoridad, que hasta nuestra época ha regido la organización de las sociedades humanas, hubiera llegado a la hora en que debiera ser derribado por el principio de libertad y cederle su sitio, este derrumbamiento del mundo autoritario estaría anunciado por signos precursores inequívocos. La marcha de los acontecimientos pondría en evidencia el debilitamiento de las instituciones que se inspiran en la libertad. Ahora bien; no hay nada de eso. Notablemente extenuado por los movimientos revolucionarios que han señalado la marcha ascendente de los regímenes parlamentarios de base democrática, la autoridad a reconquistado recientemente el terreno que había perdido en el transcurso de los siglos XVIII y XIX; ha recuperado toda su fuerza; en grandes países, como España, Italia y Rusia, para no citar más que éstos, es más fuerte que nunca, y es de prever que, ya profundamente removidos por el ejemplo de esas grandes naciones, y a favor del malestar y del desequilibrio consecutivos a la gran guerra, otros países, y no los más pequeños, consolidarán su aparato de autoridad, fortalecerán la armazón de resistencia de ésta y levantarán diques cada vez más altos y resistentes destinados a contener la ola de libertarismo que amenaza. Así, pues, la evolución no se produce en un sentido favorable, sino contrario al advenimiento de un mundo libertario”.
Esta objeción no puede tomarse en serio; se basa en observaciones superficiales y toma por una evolución histórica regular y de largo alcance lo que no son más que accidentes y circunstancias efímeras. La maldita guerra que, durante más de cuatro años, ensangrentó el mundo, ha producido un sacudimiento fantástico; ha acumulado ruinas prodigiosas; ha matado millones de hombres en la plenitud de su fuerza; ha destruido la labor de varias generaciones; ha hipotecado espantosamente y por mucho tiempo el porvenir; ha dislocado vastos imperios y retocado el mapa del mundo; ha traído el hundimiento de varias monarquías y el nacimiento de varias repúblicas; ha favorecido y enriquecido desmesuradamente determinadas industrias y ha perturbado y empobrecido otras; ha trastornado todos los valores monetarios, en los que se basan las transacciones; ha conducido al triunfo del régimen bancario, del que todas las fuerzas de producción, de transporte y de cambio han venido a ser humildes tributarias; ha colocado a los mismos Estados bajo la estrecha dependencia de la Banca Internacional; ha, en una palabra, volcado la mesa de los valores. Esta catástrofe sin precedentes data de ayer; la humanidad entera está aún trastornada por sus efectos. ¿Se pretenderá asimilar cinco o diez años de ruina tan indescriptible a una evolución que refleja fielmente todo un proceso histórico? Esto sería tomar la inundación por el curso regular de un río, el huracán por el soplo habitual de los vientos, la tempestad por el régimen ordinario de los océanos. Aprisionar la evolución en algunos años, y para deducir el sentido evolutivo de ese minuto histórico, elegir los años más excepcionalmente confusos y la época de las sacudidas más violentas: ¡he ahí a qué incalificables procedimientos recurren nuestros adversarios para formular contra la ANARQUÍA una objeción que juzgan decisiva!
Todos esos regímenes dictatoriales que se nos lanzan al rostro como bofetadas son esencialmente transitorios. Los mismos dictadores lo proclaman:

“La dictadura no puede ser considerada como un régimen de larga duración. Ha sido instaurada a consecuencia de circunstancias excepcionales y con un fin preciso y limitado. Se ha impuesto por la necesidad de poner fin al desorden y al desequilibrio creados por la guerra; en cuanto el orden y el equilibrio estén restablecidos, tan pronto como la situación haya vuelto a ser normal, cesará la dictadura”. Tal es el lenguaje de todos los dictadores. Todos confiesan que la dictadura es un régimen indeseable, que no puede tener en nuestra época carácter estable, que no es en realidad sino una solución insostenible. En consecuencia, la objeción que se funda en la instauración de unas cuantas dictaduras carece de base, y tal acontecimiento no puede interpretarse en el sentido de un movimiento evolutivo propicio al principio de autoridad.

Pero quiero prescindir de las consideraciones que preceden y suponer ­hipótesis gratuita-que los regímenes de la dictadura cuya existencia se invoca con intención de justificar la objeción que refuto, hayan sido, no un accidente debido a circunstancias extraordinarias e imprevisibles, sino el resultado de una verdadera evolución. ¿Sería cuerdo deducir que la Humanidad renuncia a romper sus cadenas y se apresta a hacerlas más fuertes y pesadas? ¿Sería incluso razonable sostener que la dictadura, tomada en el sentido de aumento de la autoridad, está llamada a estabilizarse y convertirse en el régimen hacia el cual tienden las generaciones presentes y han de tender las futuras? Evidentemente, no, y aunque durara medio siglo -exagero intencionadamente-en los países en que ya existe, ello, desde el punto de vista que nos ocupa en este debate, no significaría nada.

Jamás pareció la monarquía en Francia más fuerte, más sólidamente establecida, que en el tiempo en que Luis XIV, tras haber centralizado todos los poderes gracias a la obra de Richelieu y de Mazarino, podía decir: “El Estado soy yo”. Sin embargo, un siglo después -¿y qué son cien años en la Historia?- el heredero y sucesor del Rey Sol perdía la cabeza en el cadalso. No hace muchos años, el emperador de Alemania, Guillermo II, y el zar de Rusia, Nicolás II, gozaban de un prestigio y disponían de un poder que se podían creer invulnerables, o, por lo menos, al abrigo por mucho tiempo de cualquier ataque. Algunos años después, sus formidables imperios se desmoronaban.

La verdad es que el mundo capitalista está espantado ante el desarrollo que adquieren día tras día las ideas de emancipación por la revolución y de la simpatía y el entusiasmo con que esas ideas son acogidas por las víctimas del orden social. Estos innegables progresos de las ideas que, por el aspecto que tienen o se dan yo llamaría “de vanguardia”, acongojan hasta tal punto a la clase burguesa, que está dispuesta a echarse en brazos de cualquier aventurero que se ofrezca como salvador, como defensor de su autoridad vacilante, como restaurador del orden trastornado. Puede acontecer que los partidarios de un gobierno absoluto y de un régimen férreo venzan momentáneamente, y por sorpresa: será un triunfo pasajero. Porque el régimen capitalista ha alcanzado su apogeo. Como los que le han precedido y de los cuales no es más que la continuación, ha atravesado las dos primeras de las tres fases por que atraviesa todo período histórico: nacimiento, desarrollo y desaparición. Ha llegado al punto culminante de su desarrollo. Está en el ocaso que precede y anuncia la desaparición.

Quien preste oído atento a lo siniestros crujidos del edificio social puede, con toda audacia, predecir su próximo hundimiento. La crisis que sufre el mundo actual, crisis tan extensa como profunda, es de una gravedad que no engaña a los individuos avisados de ningún partido, de ninguna clase, de ningún continente. En Oriente y en Occidente, en el Norte y en el Sur, el malestar crece, el descontento se extiende, la ansiedad aumenta. Las viejas potencias europeas que, por su disposición económica y militar, han conquistado en las demás partes del mundo un imperio colonial inmenso, asisten angustiadas al levantamiento de los pueblos que creían haber colonizado para siempre, es decir, esclavizado. Se acerca la hora en que esos pueblos, resueltos a tomar en sus manos la dirección de sus propios destinos, arrancarán a los conquistadores los territorios que éstos ocupan y proclamarán su independencia.

Las viejas creencias, difundidas por los impositores de todas las religiones, ven disminuir constantemente su prestigio, y la conciencia humana, largo tiempo prisionera de la ignorancia, de la superstición y del miedo, se sustrae gradualmente al cautiverio en que tanto ha sufrido. La impotencia de los partidos políticos se comprueba hasta la evidencia; la podredumbre de los Estados salta a la vista; el mundo del trabajo cobra conciencia de la intolerable iniquidad de una organización social en la cual, aun cuando todo lo produce, nada posee. De la choza de los campesinos y del cuchitril de los obreros aplastados por tributos que aumentan constantemente, se alza una protesta, tímida hoy, pero que será furiosa mañana. En todas partes, en todas, el espíritu de rebelión sustituye al espíritu de sumisión; el hálito vivificador y puro de la libertad ha surgido; está en marcha; nada lo detendrá; se acerca la hora en que, violento, impetuoso, terrible, se desatará en huracán y arrastrará, como brizna de paja, todas las instituciones autoritarias.

En ese sentido es como se verifica la evolución. Y hacia la ANARQUÍA guía a la Humanidad

Sebastian Faure: Doce pruebas de la inexistencia de Dios

Tres en uno

Tres en uno

Sebastian Faure (1852-1942) fue un difusor de las ideas anarquistas. Sus tesis sobre la inexistencia de Dios son un curioso divertimento sin demasiada profundidad.

El Dios que se ha querido negar es el Dios irracional de las religiones, el Dios creador y justiciero, el infinitamente sabio, justo y bueno, que el clero se jacta en representar sobre la tierra. Qué de crímenes se han cometido en su nombre!

1. La acción de crear es inadmisible

Crear es obtener algo de la nada. Pero de un cero sólo se puede conseguir otro cero. Como decía Lucrecio: ex nihilo nihil, de nada no se obtiene nada.

2. El espítiru puro no pudo determinar el Universo

Dios es el Espíritu puro, lo inmaterial, que no puede haber determinado el Universo, lo material. ¿Dónde estaba la materia en un principio?

3. Lo perfecto no produce lo imperfecto

Lo mismo que en el punto 2.

4. El ser eterno, activo y necesario, no pudo estar inactivo o ser innecesario

No tiene sentido decir que Dios estuvo inactivo en los millares de siglos que precedieron a su acción creadora. Si fuera así, hubiera sido innecesario durante ese tiempo. Hubiera sido un Dios abandonado, perezoso, inútil y superfluo. Un Dios incompleto, un pedazo de Dios que tuvo necesidad de crear para completarse.

5. El ser inmutable no pudo haber creado

Si Dios existe es inmutable, no cambia, no puede cambiar. Mientras que en la Naturaleza todo se modifica, se transforma, nada es definitivo. Si Dios ha creado, entonces ha cambiado dos veces: cuando tomó la determinación de crear y al llevar a la práctica esta determinación y ejecutarla.

6. Dios no pudo haber creado sin motivo

La felicidad y la perfección de Dios es infinita, por lo que no tiene ningún deseo ni ha de perseguir ningún fin. Por tanto, si ha creado algo, lo ha hecho sin motivo, sin saber por qué, como un loco, y por tanto la creación es un acto de demencia.

Los hombres no pueden concebir ni conocer ni explicar a Dios, por lo que si a mí no se me ha de permitir el derecho de cegarlo, tampoco se ha de permitir a otros afirmarlo. “Cesad de afirmar vosotros y yo cesaré de negar”.

Dicen que no hay efecto sin causa: si el Universo es un efecto, la causa debe ser Dios. Lo primero es correcto: no hay efecto sin causa. Pero, es correcto lo segundo? No es exacto que el Universo sea un efecto, incluso puede ser un efecto de varias causas. Por otro lado, de un Dios-causa-eterno se deduce un Universo-efecto-eterno. Dios no podía haber existido sin el Universo, porque hubiera sido una causa sin efecto, lo cual es absurdo, una causa de nada es imposible. Si Dios es eterno, el Universo también lo es, no ha comenzado jamás, por lo que no ha sido crado. Claro, no?

7. El gobernador niega al creador

No pueden existir uno y otro al mismo tiempo. Ambos no pueden ser perfectos, hay que escoger. Si la obra la hizo un artista incomparable llamado Dios, no tiene sentido la necesidad de un Gobernador. Sería un insulto, un desafío, ya que supondría la incapacidad e impotencia del creador.

8. La multiplicidad de los dioses atestigua que no existe ninguno.

Esa es buena… Hay miles de dioses muertos, dioses abolidos, religiones olvidadas, y además están todos los dioses y religiones vigentes. Cada una reclama, por supuesto, el privilegio de que sólo su Dios es el verdadero, el auténtico, el indiscutible, el único, y que todos los otros dioses son falsos, dioses de pacotilla que hay que combatir y aplastar. La multiplicidad de estos dioses  atestigua que no hay ninguno, y que Dios no es poderoso ni justo. Si fuera poderoso, hubiera podido convencer a todos los humanos, revelarse a todos con la misma facilidad con la que ha convencido a unos pocos. Todo lo cual sugiere que en realidad Dios no ha hablado con nadie, y que sus supuestas revelaciones son solo imposturas. O lo que es casi peor, que si ha convencido sólo a unos pocos es porque es incapaz de hablar con todos.

9. Dios no es infinitamente bueno. El infierno lo atestigua.

Esta es un clásico… Dios debe ser misericordioso, pero la existencia del Infierno prueba que no lo es. Dios podría no habernos creado, pero lo ha hecho. Podría habernos creado buenos, pero nos ha creado buenos y malos. Dios nos podía haber admitido a todos en su Paraíso después de nuestra muerte, y no admitir a los malos, pero sin necesidad de condenarlos al sufrimiento del infierno.

Un hombre no haría ésto, pero parece que entonces cualquier hombre puede ser más misericordioso que el mismísimo Dios. ¿Por qué Dios se regocija sádicamente con los dolores a los que ha condenado a sus hijos? La existencia de un Dios bueno es incompatible con la existencia del Infierno. O bien el Infierno no existe, o bien Dios no es infinitamente bueno.

10. El problema del mal

Tal vez Dios quiere suprimir el mal, pero no puede. Dios ha de tener poder  y voluntad para serlo. Se podría decir que el responsable del mal es el hombre, ya que Dios le dio el libre albedrío. Pero el hombre no tienen ninguna culpa del mal físico:  las enfermedades, los accidentes, la vejez, las inundaciones… ¿Quién es el responsable de estas calamidades? Sin duda el que ha creado el Universo y lo gobierna.

11. Irresponsable, el hombre no puede ser ni castigado ni recompensado

Aquí Faure se pone determinista… Somos lo que Dios ha querido que fuéramos. Nos ha creado según su capricho y su gusto, por lo que Dios también es responsable del mal moral. Y es un juez indigno, porque el hombre no puede ser castigado ni recommpensado.

12. Dios viola las reglas fundamentales de la equidad

El mérito o culpabilidad del hombre son limitados, por lo que su recompensa (cielo) o castigo (infierno) han de ser también limitados, y no perpetuos. De otro modo, habría una evidente desproporción.

El alma

Son conocidas las controversias entre varias escuelas por el tema del alma: espiritualistas (sustancia inmaterial distinta al cuerpo, al cual sobrevive), materialistas (conjunto de pensamiento y sentimiento), vitalistas (el principio de la vida) o panteístas (emanación de la divinidad, una parte del gran todo).

La ciencia actual descarta la existencia del alma, ya no es necesaria para poder explicar los fenómenos de orden psíquico. El espiritualismo, en cambio, triunfó con la propagación del cristianismo y sirvió de base ideológica del autoritarismo. El poder siempre emanó de la divinidad, y por ese origen era temido y aceptado por las multitudes con el objetivo de conseguir la resignación a sus infortunios. La religión se basa en la confianza irracional en el dogma, no en la razón y el pensamiento libre.

La confesión

Fue establecida en el siglo II, abolida en el V y definitivamente adoptada en el siglo XII. La confesión es un estupendo medio para la Iglesia Católica de control para no perder de vista a sus fieles, ya que se impone durante toda la vida del católico. Igual que la eucaristía. Bautismo, Matrimonio, Extremaunción se extienden desde el nacimiento hasta la muerte del católico.

La beneficencia

La mayoría de las veces no es más que un cálculo cínico o una hipocresía. Es la limosna organizada y planificada. Forma típica de mala conciencia burguesa, surge con el auge de la explotación sobre las masas obreras.

 

 

Pruebas de la Inexistencia de Dios. Prueba 12. Dios viola las reglas fundamentales de la equidad.

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Prueba XII de la Inexistencia de Dios.

Dios viola las reglas fundamentales de la equidad

Admitamos por un instante que el hombre será responsable y veremos como, dentro de esta misma hipótesis, la divina justicia viola las reglas más elementales de la equidad. Si se admite que la practica de la justicia no puede ejercerse sin sanción y sin que el magistrado la establezca, ha méritos o culpabilidad y debe haber otra de castigo y recompensa.

El magistrado que mejor practique la justicia será aquél que proporciones lo más exactamente posible la recompensa al merito o el castigo a la culpabilidad, y el magistrado ideal, el impecable, el perfecto, será el que establezca una relación rigurosamente matemática entre el acto y la sanción. Yo pienso que esta regla elemental de justicia será aceptada por todos.

Cualquiera que sea el merito de un hombre, es limitado (como lo es el hombre) y, sin embargo, la sanción de recompensa no lo es. El cielo es sin limites, aunque no lo sea nada mas que por su carácter de perpetuidad. Cualquiera que sea la culpabilidad del hombre es limitada (como lo es hombre), pero no lo es su castigo. El infierno no tiene limites, juzgado por su carácter de perpetuidad.

Luego, no existe relación entre el merito y la recompensa; hay desproporción entre el castigo y la falta, puesto que el merito y la falta son limitados, e ilimitados la recompensa y el castigo. Desproporción siempre.

Dios viola las reglas más fundamentales de la equidad.

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La justicia humana es muy clara con respecto a las magnitudes de las trasgresiones de las leyes. “Equidad”; tratar que el infractor pague las consecuencias de sus actos con un castigo equivalente. De allí que un simple robo nos podrían costar un par de años de prisión y un asesinato una pena muchísimo mayor. Claro, la dimensión y dureza del castigo dependerá del país y la cultura que lo aplique. Algunos nos parecerán extremadamente rigurosos y otros blandos. Pero en términos generales son equivalentes al delito cometido.

A nivel de Dios no funciona así. Para Dios, que es en teoría infinitamente justo, todos los delitos tienen el mismo castigo “El infierno” o la pena correspondiente. Les doy un ejemplo: la persona pudo haber sido un excelente ser humano, inclusive un Cristiano ejemplar; pero si previo a morir incurre en algún “delito” Bíblico menor y no se arrepiente, irá sin dudas al infierno sin importar lo insignificante que sea esa infracción. El haberle rezado a algún santo; el haber deseado a una mujer en su corazón; el haber dicho una mentira; o algo un poco mayor como el ser infiel en su matrimonio (cosa que no es normalmente penada en nuestra cultura)… cualquiera de estas faltas es castigada con un pasaje directo y permanente al infierno.

O un Ateo decente, de esos que abundan. Un Ateo que ha llevado una vida ejemplar, con una vida intachable desde todo punto de vista, cuyo único delito y que lo hará merecedor de el castigo divino es el no creer en un ser que a todas luces es irracional e improbable su existencia.

Amigo lector Creyente… ¿Es esto justo? ¿Es de un ser infinitamente justo castigar a todos igual sin importar la intensidad del delito? Imagino su respuesta “Dios sabe por que lo hace” o “Nunca entenderemos las razones de Dios”

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Algunos Creyentes opinan que Dios no actúa de esa manera. Que Dios diseñó una forma de limpiar los pecados pequeños antes de acceder al Paraíso. De allí nace el concepto Católico del “Purgatorio”

El Purgatorio. Cristóbal Rojas.  (1890)  Cristobal_Rojas_46a

El Purgatorio. Cristóbal Rojas.  (1890)

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¿Qué es el Purgatorio? Es un lugar y un estado de castigo temporal en el otro mundo. El Purgatorio es un lugar donde el alma es limpiada de los pecados veniales que no han sido perdonados. Solo las personas con pecado mortal van al Infierno, y por otra parte, nadie puede entrar en el Cielo con el más mínimo pecado. Por lo tanto, en el otro mundo tiene que haber un lugar donde los pecados menores puedan ser quitados del alma. Aunque Dios perdona tus pecados, ÉL requiere que seas castigado por ellos (es decir, “pagar” por ellos), sea en esta vida o en la próxima. En el Purgatorio, las almas sufren mucho. Puedes acortar la permanencia de las almas en el purgatorio celebrando Misas por ellos, rezando por ellos y haciendo buenas obras por ellos (Catecismo Breve para Adultos, por Fr. William J. Cogan, pp.36-38).

La Iglesia Católica enseña que hay un lugar al que la gente va después de la muerte que no es el Cielo ni el Infierno. Ellos llaman este lugar PURGATORIO. El Purgatorio es para los que no son lo suficientemente malos para el Infierno ni lo suficientemente buenos para el Cielo.

Fuente: http://www.middletownbiblechurch.org/spanish/personev/Capitulo_08.htm

Sin duda es un manera práctica (e ingenua) de resolver este problema. ¡Ea pues! Cometamos pecados, para eso está el purgatorio. Claro, debería existir una lista de cuales son los pecados lavados en el purgatorio y cuales me darían la condena eterna. Esto sería muy útil para muchos de esos Creyentes que dicen que no cometen pecado porque Dios lo castigaría. Incluso algunos aseveran que no asesinan ni roban solo por que Dios se lo impide (La famosa moral basada en Dios)

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Pareciese que el Dios de los Cristianos basa su adoctrinamiento en una sencilla palabra “Temor”; el decirle a sus seguidores que con el más mínimo pecado se irán directamente a un castigo eterno, no es más que una manipulación basada en el miedo y el terror. No solo nos asustan con las crueldades eternas del castigo post mortem, sino que nos espantan con la posibilidad de que por cualquier tontería accedamos a este castigo.

Al parecer a Dios y a sus líderes religiosos les interesa mantenernos asustados para de esta manera estar ligados y unidos a su ideología durante toda nuestra vida. La verdad para mi todo esto es una tontería, no hay ninguna prueba de que sitios como el cielo o infierno existan (aparte de las pruebas que puedan aportar un libro viejo y arcaico) Por esta razón prefiero no creer, y basar mis actos en la bondad y la ética innata que tenemos los humanos, y desligarme de esas creencias dantescas y absurdas que no hacen otra cosa que robarnos la libertad y desperdiciar esta única corta vida que tenemos. Prefiero ser libre.

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Fuente: Sébastien Fauré. 12 Pruebas de la Inexistencia de Dios.

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Ver Pruebas de la Inexistencia de Dios

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Sébastien Fauré y sus 12 Pruebas de la Inexistencia de Dios.

Con el artículo anterior hemos completado las 12 pruebas de la Inexistencia de Dios aportadas por el anarquista Francés Sébastien Fauré.

Veamos una pequeña biografía de este para muchos desconocido Ateo:

Sébastien Faure

Sébastien Faure fue un destacado miembro del movimiento anarquista francés durante medio siglo, y uno de los más eficaces de todos los propagandistas anarquistas, a pesar de que es poco conocido fuera de Francia.

Auguste Louis Sébastien Faure nació en 1858 en una familia católica de clase media en Saint-Etienne (cerca de Lyon en el centro de Francia). Fue muy bien educado en escuelas jesuitas y destinadas para el sacerdocio, pero después de la muerte de su padre entró en el negocio de los seguros. Después del servicio militar, pasó un año en Inglaterra. Se casó y se trasladó a Burdeos (en el suroeste de Francia). Pronto perdió la fe y se convirtió en un socialista. Se propuso, sin éxito, como candidato del Partido Obrero (el marxista Partido de los Trabajadores) en la Gironda en las elecciones de 1885, pero bajo la influencia de Peter Kropotkin, Élisée Reclus y Joseph Tortelier se trasladó hacia el anarquismo.

En 1888 rompió con los socialistas, se instaló en París, y dedicó el resto de su vida a una carrera como propagandista de tiempo completo para el anarquismo. Él y su esposa se separaron, aunque se reconciliaron después de muchos años. Se convirtió en un escritor y orador muy activo, para ganarse la vida dando conferencias en todo el país.

Él nunca pretendió ser un pensador original, pero fue un divulgador eficaz de las ideas de otros. Tomó una línea moderada en el movimiento, y abogó por un enfoque ecléctico, que trató de unir a todas las tendencias. No estaba convencido del nuevo movimiento sindical a finales de 1890, pero fue un sindicalista activo. No era un individualista, pero tomó en serio el individualismo. No estaba a favor de métodos violentos, pero simpatizaba con aquellos que los utilizaban. Él no era un simple teórico de sillón, pero fue de los más buscados, detenido y procesado y, ocasionalmente, encarcelado por sus actividades.

En un primer momento se asoció estrechamente con Louise Michel , pero pronto se convirtió en una figura importante por derecho propio, y uno de los más conocidos anarquistas en el país. En 1894 fue uno de los acusados en el “Juicio de los treinta”, cuando las autoridades francesas intentaron, sin éxito, suprimir el movimiento anarquista la relación de sus líderes en conspiraciones criminales, y fue absuelto. Estuvo involucrado con varios periódicos en diversas ocasiones en varias partes de Francia, el más importante de los cuales fue “Le Libertaire” (El Libertario), que comenzó con Louise Michel, en noviembre de 1895 y que se publicaba una vez por semana, hasta junio de 1914. Estuvo activo en el movimiento de Dreyfusard, en sustitución de “Le Libertaire” con el periódico “Diario del Pueblo” en 1899. También produjo “Le Quotidien” (El Diario) en Lyon durante 1901-1902. Desde 1903 fue activista en el movimiento del control de la natalidad. De 1904 a 1917 trabajó una escuela liberal llamada La Ruche (La Colmena) en Rambouillet (cerca de París).

Era un opositor moderado de la Primera Guerra Mundial, y emitió un manifiesto Vers la Paix (Hacia la paz) a finales de 1914. Produjo un semanario de izquierda “Ce qu’il faut dire” de abril 1916 a diciembre 1917. En 1918 y 1921 estuvo brevemente en prisión por delitos sexuales envuelto con jóvenes chicas, esto lo perjudicó pero no destruyó su carrera.

Después de la guerra revivió “Le Libertaire”, que se prolongó desde 1919 hasta 1939. En 1921 lideró un movimiento anarquista reaccionario francés contra la dictadura comunista de crecimiento en la Unión Soviética. En enero de 1922 comenzó “La Revue Anarquista”, revista mensual líder en el movimiento anarquista francés entre las dos guerras mundiales.

En la década de 1920 se opuso al sectarismo, tanto de los Plataformistas autoritarios y de sus críticos, y defendió lo que llamó un “anarquista de síntesis” en la que el individualismo, el comunismo libertario y anarco-sindicalismo podrían coexistir. En 1927 encabezó una secesión de la Unión Anarquista nacional, y en 1928 ayudó a fundar la Asociación de Anarquistas federales e iniciar su trabajo, “La Voix Libertaire” que duró desde 1928 hasta 1939.. Se reconcilió con la organización nacional y “Le Libertaire” en 1934. Durante la década de 1930 tomó parte en el movimiento por la paz como un miembro destacado de la Liga Internacional de los Combatientes por la Paz. En 1940 se refugió de la guerra en Royan (cerca de Burdeos), donde murió en 1942.

Además de innumerables artículos y conferencias (muchas de las cuales fueron impresos como folletos y algunos de los cuales fueron recopilados como libros), y varios folletos anarquistas y ateos. Su principal obra fue una trilogía ambiciosa de libros La Douleur universelle: Filosofía Libertaire (Dolor universal dolor: Filosofía liberal), una obra sobre los problemas causados por la autoridad, que fue publicado en 1895; Medicastres: Libertaire Philosophie (Charlatanes: Filosofía Liberal), un relato de las falsas soluciones a los problemas causados por la autoridad, que no fue publicado; y communisme Lun: Le bonheur universel (Mi comunismo universal de la felicidad), un relato ficticio de la revolución libertaria, que fue publicado en 1921. En 1923 publicó L’religieuse impostura (impostura religiosa), un largo ataque a la religión (una edición revisada apareció en 1948).

En 1926 comenzó su proyecto más ambicioso: La preparación de la Enciclopedia Anarquista, una de las publicaciones liberales y más valiosa e impresionante jamás producida. Este apareció en 1927 como una serie de piezas separadas y luego en 1932 en un conjunto de volúmenes masivos. Toda la obra, que contiene cerca de 3.000 páginas, consistió en una referencia general alfabética con la colaboración de los principales escritores anarquistas de todo el mundo. Faure fue el editor en jefe, y también el autor de muchos de los artículos más importantes.

El folleto Douze preuves de l’inexistencia de Dieu, (“Doce pruebas de la no existencia de Dios”), que está basado en conferencias que dio en muchas ocasiones, se publicó por primera vez en París en 1914. Fue reimpreso con frecuencia, y también traducido en varias ocasiones. Justo antes de su muerte, una traducción de Aurora Alleva y DS Menico fue publicada en los Estados Unidos como ¿Existe Dios?

Fuente: http://recollectionbooks.com/bleed/Encyclopedia/FaureSebastien.htm


“12 Pruebas de la Inexistencia de Dios”

 

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Ver todos los artículos de las 12 Pruebas de la existencia de Dios:

Prueba 1 de la inexistencia de Dios. La acción de crear es inadmisible

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Prueba 2 de la Inexistencia de Dios. El Espíritu puro no pudo determinar el Universo

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Prueba 3 de la Inexistencia de Dios. Lo perfecto no produce lo imperfecto

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Prueba 4 de la Inexistencia de Dios. El Ser eterno, activo y necesario, no pudo estar inactivo o ser innecesario

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Prueba 5 de la Inexistencia de Dios. El Ser inmutable no pudo haber creado

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Prueba 6 de la Inexistencia de Dios. Dios no pudo haber creado sin motivo

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Prueba 7 de la Inexistencia de Dios. El gobernador niega al creador

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Prueba 8 de la Inexistencia de Dios. La multiplicidad de los dioses atestigua que no existe ninguno

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Prueba 9 de la Inexistencia de Dios. Dios no es infinitamente bueno: El infierno lo atestigua

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Prueba 10 de la Inexistencia de Dios. El problema del mal

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Prueba 11 de la Inexistencia de Dios. Irresponsable, el hombre no puede ser ni castigado ni recompensado

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Prueba 12 de la Inexistencia de Dios. Dios viola las reglas fundamentales de la equidad

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