La Comuna de París de 1871

Comuna de París

Destrucción de la Columna Vendôme durante la Comuna de París.

Destrucción de la Columna Vendôme durante la Comuna de París.

Tras la derrota y derrumbe del gobierno imperial de Napoleón III en la guerra franco-prusiana (1870-1871), París fue sometida a un sitio de más de cuatro meses (19 de septiembre de 1870-28 de enero de 1871), que culminó con la entrada triunfal de los prusianos —que se retiraron de inmediato— y la proclamación imperial de Guillermo I de Alemania en el Palacio de Versalles.

La Comuna de París (en francés: la Commune de Paris)? fue un breve movimiento insurreccional que gobernó la ciudad de París del 18 de marzo al 28 de mayo de 1871, instaurando un proyecto político popular autogestionario, que para algunos autores, se asemejó al anarquismo o al comunismo.

Debido a que París no aceptaba rendirse, la nueva Asamblea Nacional y el gobierno provisional de la República, presidido por Adolphe Thiers, prefirieron instalarse en Versalles y desde ahí doblegar a la población rebelde. El vacío de poder en París provocó que la milicia ciudadana, la Guardia Nacional Francesa, se hiciera de forma efectiva con el poder a fin de asegurar la continuidad del funcionamiento de la administración de la ciudad. Se beneficiaron del apoyo y de la participación activa de la población obrera descontenta, del radicalismo político muy extendido en la capital que exigía una república democrática, y de la oposición a la más que probable restauración de la monarquía borbónica. Al intentar el gobierno arrebatarles el control de las baterías de cañones que habían sido compradas por los parisinos por suscripción popular para defender la ciudad, estos se alzaron en armas. Ante esta rebelión, Thiers ordenó a los empleados de la administración evacuar la capital, y la Guardia Nacional convocó elecciones para el consejo municipal que fue copado por radicales republicanos y socialistas.

La Comuna (el término commune designaba entonces y aún designa al ayuntamiento en francés) gobernó durante 60 días promulgando una serie de decretos revolucionarios, como la autogestión de las fábricas abandonadas por sus dueños, la creación de guarderías para los hijos de las obreras, la laicidad del Estado, la obligación de las iglesias de acoger las asambleas de vecinos y de sumarse a las labores sociales, la remisión de los alquileres impagados y la abolición de los intereses de las deudas. Muchas de estas medidas respondían a la necesidad de paliar la pobreza generalizada que había causado la guerra. Sometida casi de inmediato al asedio del gobierno provisional, la Comuna fue reprimida con extrema dureza. Tras un mes de combates, la reconquista del casco urbano provocó una fiera lucha calle por calle, la llamada «Semana Sangrienta» (Semaine sanglante) del 21 al 28 de mayo. El balance final supuso unos 10 000 muertos, el destrozo e incendio de más de 200 edificios y monumentos históricos, y el sometimiento de París a la ley marcial durante cinco años.

Ya que los sucesos de la Comuna de París tuvieron lugar antes del cisma entre anarquistas y marxistas, ambos movimientos políticos la consideran como propia y la celebran como la primera toma de poder de las clases proletarias en la historia de Europa occidental. Karl Marx la describió como el primer ejemplo concreto de una dictadura del proletariado en la que el Estado es tomado por el proletariado,8 a lo que Bakunin respondió que —al no depender de una vanguardia organizada y no haber arrebatado el poder al Estado francés o intentado crear un estado revolucionario— la comuna parisina era anarquista.

Trasfondo.

18 de marzo de 1871: el pueblo insurrecto se hace con los cañones del ejército situados en Montmartre (recreación contemporánea).

La revolución puso inesperadamente el poder en manos de la Guardia Nacional, responsable de la defensa de la ciudad durante la guerra, mientras el Gobierno de Defensa Nacional dirigido por Adolphe Thiers se encontraba refugiado en Burdeos. La comuna fue posible gracias a un levantamiento popular de todas las tendencias republicanas dentro de París después de que la Guerra Franco-prusiana terminase con la derrota de Francia.9 La guerra con Prusia, comenzada por Napoleón III (Louis Napoléon Bonaparte) en julio de 1870, se desarrolló desastrosamente para Francia, y en septiembre del mismo año, tras la derrota en la Batalla de Sedán, los diputados republicanos derrocaron el (segundo) Imperio y proclamaron la República.10 Días después, París quedó bajo el asedio del ejército enemigo prusiano.

La escasez de comida, sumada al constante bombardeo prusiano, llevó a un descontento general. Desde la revolución de 1848 la población se había vuelto cada vez más receptiva a ideas republicanas más radicales. Una demanda específica fue la de que París debía poseer un gobierno autónomo, con una comuna elegida por la propia población, algo que ya disfrutaban la mayor parte de las ciudades francesas, pero que era negado a París por un gobierno temeroso de la indócil población de la capital. Un deseo más vago pero también relacionado fue el de un sistema de gestión de la economía más justo, no necesariamente un sistema socialista, resumido en el grito popular de «la république démocratique et sociale!».

En enero de 1871, cuando ya habían transcurrido 4 meses de asedio, Louis-Adolphe Thiers, futuro jefe ejecutivo (más tarde presidente) de la Tercera República Francesa,9 buscó un armisticio que fue firmado el día 26 en el Palacio de Versalles, a la espera de que se lograran acuerdos de paz definitivos.11 El Canciller Otto von Bismarck, que se había instalado en Versalles, representaba al emperador de Alemania exigió para París la rendición de las plazas fuertes de las fortificaciones que rodeaban la capital, el desarme de los soldados que aseguraban la defensa de la capital, la posibilidad de entrar en París y el pago de un rescate de 200 millones de francos.

Por aquel tiempo más de 200.000 parisinos eran miembros armados de la «Guardia Nacional», una milicia de ciudadanos dedicada al mantenimiento del orden público en tiempos de paz, pero que desde septiembre de 1870 se había expandido mucho (de 60 a 254 batallones) para ayudar a defender la ciudad. Los batallones elegían a sus propios oficiales y poseían algunos cañones que habían sido fabricados en París y pagados por suscripción pública. La ciudad y su Guardia Nacional habían resistido el ataque de las tropas prusianas durante seis meses, por lo que la población de París consideraba humillante tanto la rendición como la ocupación.

En el mes de febrero, 2000 delegados de la federación de los batallones de la Guardia Nacional eligieron un «Comité Central» que votó nuevos estatutos para reorganizar la Guardia y aprobó que no se dejarían desarmar por el gobierno, llamando a las principales ciudades francesas a que les imitaran. Las tropas prusianas tenían previsto entrar simbólicamente en París el 1 de marzo, dejando a Thiers que se encargara de la rendición de la capital. La víspera, el 28 de febrero, el comité de la Guardia Nacional mandó pegar en todo París el «Cartel negro» (Affiche noire), un cartel bordeado de negro en señal de luto recomendando a los parisinos que no salieran de sus casas y evitaran todo altercado o manifestación. El día 1 de marzo el ejército prusiano desfiló en una ciudad desierta, limitándose a los distritos XVI, XVII y VIII. La abandonaron el mismo día sin ningún incidente.

Días antes de que los prusianos entraran en París, la Guardia Nacional, ayudada por civiles, había puesto los cañones (que consideraban de su propiedad) a salvo de los prusianos y los había almacenado en distritos seguros situados en las colinas de Montmartre y Belleville, en los límites de la ciudad. El principal «parque de cañones» estaba en las alturas de Montmartre.

Mientras tanto las elecciones legislativas del 8 de febrero, destinadas a sustituir el Gobierno de Defensa Nacional, habían dado a la Asamblea Nacional una amplia mayoría monárquica (dividida entre legitimistas y orleanistas) seguida de los republicanos conservadores, todos partidarios de firmar la paz. En París, el voto fue mayoritariamente republicano radical, encabezando las listas de diputados Louis Blanc, Víctor Hugo, Léon Gambetta y Giuseppe Garibaldi. Por el Pacto de Burdeos, Thiers aseguró a la Asamblea que su gobierno se iba a dedicar a levantar el país, y que de momento no se plantearía el tipo de régimen a adoptar para Francia, dejando de lado la instauración de la República, a petición de los monárquicos, bonapartistas y representantes de la alta burguesía.12

Alzamiento y naturaleza de la Comuna.

Instauración de la Comuna.

Batería prusiana en Aubervilliers, apuntando a París.

Batería prusiana en Aubervilliers, apuntando a París.

Guardias nacionales en una barricada de Belleville, el 18 de marzo de 1871.

Guardias nacionales en una barricada de Belleville, el 18 de marzo de 1871.

Pero París continuaba cercada mientras el problema de las indemnizaciones de la guerra afectaba gravemente a la población. El 3 de marzo una asamblea de los delegados de la Guardia Nacional eligió un Comité ejecutivo provisional de 32 miembros que prometió defender la República.13 El mismo día el gobierno de Thiers nombró comandante jefe de la Guardia Nacional al general monárquico Louis d’Aurelle de Paladines, que había apoyado militarmente el golpe de Estado de Napoleón III del 2 de diciembre de 1852.14 Ante lo que se interpretaba como una provocación, la prensa y el pueblo protestaron15 y el Comité Central lo rechazó y lo ignoró.16 El 10 de marzo, la Asamblea Legislativa y el gobierno se trasladaron de Burdeos a Versalles, pero Thiers decidió residir en París.

Las primeras medidas aprobadas por la nueva Asamblea confirmaron las inquietudes de la población, recordándoles las medidas impopulares impulsadas por Thiers durante la II República en 1848: el 10 de marzo suprime la moratoria sobre letras de pago, alquileres y deudas que han de pagarse casi inmediatamente, lo que aboca en París a 300.000 obreros, pequeños talleres y tiendas a la quiebra.17 Suprime el salario de los guardias nacionales, dejando a miles de familias sin recursos.18 El general Joseph Vinoy, recién nombrado comandante jefe del ejército en París, prohíbe seis periódicos republicanos, de los que 4 tenían cada uno una tirada de más de 200.000 ejemplares19 y manda condenar a muerte en ausencia a Gustave Flourens y Auguste Blanqui por su participación en la revuelta de octubre de 1870.20

Al mismo tiempo que el Comité Central de la Guardia Nacional estaba adoptando una posición cada vez más radical y ganando firmemente autoridad, el gobierno no podía permitirle indefinidamente tener 400 cañones y ametralladoras a su disposición. Y así, como primer paso, al alba del 18 de marzo Thiers ordenó a sus tropas tomar los cañones almacenados en los altos de Montmartre, Belleville y en el parque des Buttes-Chaumont.21 En Belleville y en Montmartre, los residentes avisados a toque de campana se precipitaron para interponerse, mujeres a la cabeza: en vez de seguir las instrucciones, los soldados fraternizaron con la Guardia Nacional y la población. En Montmartre, cuando su general, Claude Martin Lecomte, les ordenó disparar a una muchedumbre desarmada, le apearon de su caballo. En contra de la opinión de los miembros del comité del distrito, fue fusilado en el mismo barrio junto con el General Clément Thomas, un antiguo comandante de la Guardia Nacional, responsable de la represión durante la rebelión popular en junio de 1848.22 El 18 de marzo marca oficialmente el inicio del gobierno de la Comuna.

Otras unidades armadas se unieron a la rebelión, que se esparció tan rápidamente que el Jefe del ejecutivo Thiers ordenó la evacuación inmediata de París de las fuerzas regulares que aún le seguían siendo leales, tales como la policía y los empleados de todas las administraciones públicas. Él mismo huyó, a la cabeza de sus hombres, a Versalles.23 Según Thiers, 100.000 parisinos abandonaron la capital. En los días siguientes, la mayoría de los habitantes de los barrios residenciales del oeste de París (el XVI y el XVII), tradicionalmente conservadores, se refugiaron en Versalles. El Comité Central de la guardia nacional era ahora el único gobierno efectivo en París: casi inmediatamente renunció a su autoridad y organizó elecciones para una comuna, propuestas para el 26 de marzo.24

La Comuna de París fue constituida el 28 de marzo. Los 92 miembros del «Consejo Comunal» incluían obreros, artesanos, pequeños comerciantes, profesionales (tales como médicos y periodistas), y un gran número de políticos. Abarcaban todas las tendencias republicanas: desde republicanos reformistas y moderados, socialistas, anarquistas, proudhonianos, blanquistas e independientes, hasta jacobinos que tendían a mirar nostálgicamente la Revolución francesa. El socialista Auguste Blanqui fue elegido presidente del Consejo, pero esto ocurrió en su ausencia ya que había sido arrestado el 17 de marzo y estuvo retenido en una prisión secreta durante la vida de la Comuna.

Medidas adoptadas por la Comuna.

París durante la Comuna, Le Monde Illustré, mayo de 1871.

París durante la Comuna, Le Monde Illustré, mayo de 1871.

La comuna devuelve las herramientas empeñadas a los trabajadores durante el asedio.
Hôtel de Ville durante la Comuna, de Alfred Darjou, en L'Illustration.

Hôtel de Ville durante la Comuna, de Alfred Darjou, en L’Illustration.

A pesar de las diferencias internas, el Consejo tuvo un buen comienzo al mantener los servicios públicos esenciales para una ciudad de dos millones de habitantes; también fue capaz de alcanzar un consenso sobre ciertas políticas que tendían hacia una democracia social progresista más que a una revolución social. Debido a la falta de tiempo (la Comuna pudo reunirse menos de 60 días en total) sólo unos pocos decretos fueron implementados. Estos incluían: remisión de las rentas, que habían sido aumentadas considerablemente por caseros, hasta que se terminase el asedio; la abolición del trabajo nocturno en los cientos de panaderías de París; la abolición de la guillotina; la concesión de pensiones para las viudas de los miembros de la Guardia Nacional muertos en servicio, así también como para sus hijos; la devolución gratuita de todas las herramientas de los trabajadores, a través de las casas de empeño estatales; se pospusieron las obligaciones de deudas y se abolieron los intereses en las deudas; y, alejándose de los estrictos principios reformistas, el derecho de los empleados a tomar el control de una empresa si fuese abandonada por su dueño.2526

El Consejo terminó con el alistamiento y reemplazó el ejército convencional con una Guardia Nacional de todos los ciudadanos que podían portar armas. La legislación propuesta separaba la iglesia del Estado, hacía que todas las propiedades de la iglesia pasaran a ser propiedad estatal, y excluía la religión de las escuelas. Se les permitió a las iglesias seguir con su actividad religiosa sólo si mantenían sus puertas abiertas al público por la tarde para que se realizasen reuniones políticas. Esto hizo de las iglesias el principal centro político participativo de la Comuna. Otra legislación proyectada trataba de reformas educativas que permitirían que la educación y la práctica técnica fueran disponibles para todo el mundo.

La Comuna adoptó durante su breve existencia el anteriormente descartado Calendario de la I República Francesa, así como la bandera roja en vez de la tricolor.

La carga de trabajo fue facilitada por varios factores, aunque se esperaba de los miembros del Consejo (que no eran «representantes» sino «delegados» y podían ser inmediatamente cambiados por sus electores) que realizasen algunas funciones ejecutivas aparte de las legislativas. Las numerosas organizaciones ad hoc establecidas durante el asedio en los barrios («quartiers») para satisfacer las necesidades sociales (cantinas, estaciones de primeros auxilios, etc.) continuaron creciendo y cooperando con la Comuna.

Al mismo tiempo, estas asambleas locales perseguían sus propias metas, normalmente bajo la dirección de trabajadores locales. A pesar del reformismo formal del Consejo de la Comuna en su conjunto, la actuación comunal era mucho más revolucionaria. Las tendencias revolucionarias predominantes incluían anarquistas, blanquistas, jacobinos e independientes. Adam Gopnik argumenta que “aquello que unía al frente comunero no era una teoría económica, ni siquiera el socialismo; era el anti-clericalismo. (…) Había muy pocos en el bando versallés que se hubieran reconocido como ateístas.”27 La Comuna de París ha sido celebrada por anarquistas y socialistas marxistas continuamente hasta la actualidad, en parte debido a la variedad de tendencias, el alto grado de control por parte de los trabajadores y la notable cooperación entre los diferentes bandos revolucionarios.

En el IIIe arrondissement, por ejemplo, se proporcionó material escolar gratuitamente, tres escuelas se transformaron en entidades laicas y se estableció un orfanato. En el XXe arrondissement, se proporcionó a los escolares ropa y comida gratuita. Existieron muchos casos más de este tipo. Pero un ingrediente vital en el relativo éxito de la Comuna en su etapa fue la iniciativa mostrada por trabajadores sencillos en el dominio público, que se las arreglaron para tomar las responsabilidades de los administradores y especialistas que habían sido evacuados por Thiers.

Friedrich Engels, el más cercano colaborador de Marx, mantendría después que la ausencia de un ejército fijo, las políticas autónomas de los «quartiers» y otras características tuvieron como consecuencia que la Comuna no fuese como un Estado en el sentido represivo del término: era una forma de transición en dirección a la abolición del Estado como tal. Su posible evolución futura, sin embargo, fue una cuestión teórica: después de solo una semana la comuna fue atacada por el ejército (que incluía antiguos prisioneros de guerra liberados por los prusianos) creado rápidamente en Versalles.

“Semana Sangrienta”.

Barricada de la Plaza Blanche, defendida por mujeres, durante la Semana Sangrienta.

Barricada de la Plaza Blanche, defendida por mujeres, durante la Semana Sangrienta.

Prisioneros procedentes de la comuna siendo trasladados a Versalles (extraído de una revista moderna).

Prisioneros procedentes de la comuna siendo trasladados a Versalles (extraído de una revista moderna).

La Comuna fue asaltada desde el 2 de abril por las fuerzas del gobierno del ejército de Versalles y la ciudad fue bombardeada de manera constante. La ventaja del gobierno era tal que desde mediados de abril negaron la posibilidad de negociaciones.

La zona exterior de Courbevoie fue capturada, y un intento tardío de las fuerzas de la Comuna para marchar sobre Versalles fracasó ignominiosamente. La defensa y la supervivencia se transformaron en las principales consideraciones. Las mujeres de la clase trabajadora de París formaban parte de la Guardia Nacional e incluso formaron su propio batallón, con el que más tarde pelearon para defender el Palacio Blanche, pieza fundamental para Montmartre. (Es importante también señalar que incluso bajo el gobierno de la Comuna las mujeres no tenían derecho a voto, ni tampoco había miembros femeninos en el Consejo de gobierno.)

Una gran ayuda también vino desde la comunidad extranjera de refugiados y exiliados políticos en París: uno de ellos, el polaco ex-oficial y nacionalista Jaroslaw Dombrowski, se convirtió en general destacado de la Comuna. El Concilio estaba influenciado por el internacionalismo, por lo que la Columna Vendôme, que celebraba las victorias de Napoleón I y era considerada por la Comuna como un monumento al chovinismo, fue derribada.

En el extranjero, había reuniones y mensajes de buena voluntad enviados por sindicatos y organizaciones socialistas, incluyendo algunos en Alemania. Pero las esperanzas de obtener ayuda concreta de otras ciudades de Francia fueron pronto abandonadas. Thiers y sus ministros en Versalles se las arreglaron para evitar que saliera de París casi toda la información; y en los sectores provinciales y rurales de Francia había siempre existido una actitud escéptica hacia las actividades de la metrópolis. Los movimientos en Narbonne, Limoges y Marsella fueron rápidamente aplastados.

Mientras la situación se deterioraba, una sección del Concilio ganó una votación (a la que se oponía Eugène Varlin —un corresponsal de Carlos Marx— y otros moderados) para crear un «Comité de Salvación Pública», modelado a imagen del órgano jacobino del mismo nombre formado en 1792. Sus poderes eran extensos. Pero ya casi había pasado la hora en la que una autoridad central fuerte podía haber ayudado.

El 21 de mayo fue forzada una puerta en la parte occidental de las murallas de París y comenzó la reconquista de la ciudad por parte de las tropas de Versalles, primero ocupando los prósperos distritos occidentales, donde fueron bien recibidos por los vecinos que no habían dejado París tras el armisticio.

Las fuertes lealtades locales que habían sido una característica positiva de la Comuna se convirtieron en una cierta desventaja: en lugar de una defensa planeada globalmente, cada barrio luchó por su supervivencia y fue derrotado cuando llegó su turno. Las redes de calles estrechas que hicieron inexpugnables distritos enteros en revoluciones anteriores habían sido en gran parte reemplazadas con anchos bulevares.10 Los de Versalles disfrutaban de un mando central y disponían de artillería moderna.

Destrucción de patrimonio histórico-artístico[editar]

Incendio provocado por miembros de la Comuna el 24 de mayo en el Palacio de las Tullerías. Litografía de Léon Sabatier y Albert Adam publicada en 1873.

Incendio provocado por miembros de la Comuna el 24 de mayo en el Palacio de las Tullerías. Litografía de Léon Sabatier y Albert Adam publicada en 1873.

El 23 de mayo, después de tener poco éxito en la lucha contra el ejército del gobierno francés, miembros de la Comuna empezaron a tomar venganza incendiando edificios públicos que simbolizaban al gobierno. Los hombres liderados por Paul Brunel, uno de los primeros líderes de la Comuna, tomaron bidones de petróleo y prendieron fuego a los edificios cerca de la Rue Royale y la Rue du Faubourg Saint-Honoré. Siguiendo el ejemplo programado por Brunel, otros comuneros incendiaron docenas de inmuebles en la calle Saint-Florentin, Rue de Rivoli, calle de Bac, calle de Lille, y otras calles. Son los pétroleurs, llamados así por llevar consigo cubos de petróleo.

El Palacio de las Tullerías, que había sido la residencia de la mayoría de los monarcas de Francia desde Enrique IV hasta Napoleón III, fue defendido por un destacamento de unos trescientos soldados de la Guardia Nacional con treinta cañones dispuestos en el jardín. Habían sido partícipes en un duelo de artillería contra el ejército gubernamental. Alrededor de las siete de la tarde, el comandante del destacamento de la Comuna, Jules Bergeret, dio orden de quemar el palacio. Las paredes, suelos, cortinas y molduras fueron rociados con petróleo y aguarrás, y se colocaron barriles de pólvora al pie de la gran escalinata y en el patio, después se iniciaron los incendios. El fuego permaneció activo durante 48 horas y arrasó el palacio, excepto el ala situada más al sur, el Pavillon de Flore.28 Bergeret envió un mensaje al edificio del ayuntamiento: “Los últimos vestigios de la realeza acaban de desaparecer. Deseo que lo mismo ocurra a todos los monumentos de París.”29

La biblioteca Richelieu del Louvre, conectada a las Tullerías, fue igualmente incendiada y completamente destruida. El resto del Louvre se salvó por los esfuerzos de los curadores del museo y las brigadas de bomberos.30 Más tarde defensores de la Comuna declararon que los fuegos habían sido causados por la artillería del ejército francés.31

Además de edificios públicos, la Guardia Nacional también quemó las casas de algunas personas asociadas con el régimen de Napoléon III, tales como la vivienda del dramaturgo Prosper Mérimée, autor de la ópera Carmen, y cuyos libros, objetos de recuerdo, correspondencia y manuscritos quedaron reducidos a cenizas.32

La destrucción generalizada en París de edificios simbólicos del Estado es atribuible tanto a la dureza de los combates como, sobre todo en el caso de los días 23 y el 24 de mayo, a los incendios provocados por los grupos de la Comuna. La columna de la Plaza Vendôme, coronada por una estatua de Napoleón, fue derribada y demolida el 16 de mayo.

La destrucción y quema de inmuebles civiles (Rue Royale, de Lille, de Rivoli, Bulevar Voltaire, Plaza de la Bastilla, etc.), están relacionados con los combates a pie de calle y con el fuego de artillería tanto del gobierno francés como de la Comuna. Algunos incendios fueron también provocados por razones tácticas, para contrarrestar el avance del ejército gubernamental versallés.33

Importantes edificios fueron pasto de las llamas:

El ministerio de finanzas 37 fue igualmente destruido por un incendio el 22 de mayo. Fuentes contemporáneas a los hechos argumentaron que el fuego fue provocado por los proyectiles de artillería del ejército del gobierno francés, que tenía por objetivo la barricada de la Comuna en la esquina de la calle Saint-Florentin.38

La cronología de esta destrucción sigue precisamente la reconquista de París por las tropas del gobierno francés de Versalles: el 22 de mayo, el ministerio de finanzas; la noche del 23 al 24, las Tullerías, el Palacio de Orsay y el hotel de Salm; el 24 el Palacio Real, el Louvre, el Ayuntamiento y el palacio de Justicia; el 25, los Graneros de reserva; el 26, los almacenes de la Villete y la columna de la Bastilla; el 27, Belleville y el cementerio de Père-Lachaise.35

El Ayuntamiento de París fue quemado por los comuneros el 24 de mayo de 1871.39 La biblioteca del Ayuntamiento y la totalidad de los archivos de París fueron igualmente destruidos,40 al igual que todo el registro civil parisino41 (una copia existía en el palacio de Justicia, y la otra en el Ayuntamiento, y ambas fueron presa de las llamas); solo un tercio de los 8 millones de actas destruidas pudieron ser recuperadas. La anarquista Louise Michel pronunció el 17 de mayo la siguiente frase: «¡París será nuestro o no existirá jamás!».42 Este hecho irreparable hace difíciles e incompletas las investigaciones históricas y genealógicas en París.

Gran parte de los archivos de la policía también sufrieron el incendio del palacio de Justicia. Algunas oficinas de la Prefectura de Policía estaban por aquel entonces radicadas en los edificios del palacio; la Conciergerie también se vio afectada.35 Los libros de contabilidad a su vez desaparecieron en el fuego del palacio de Orsay.36

Otras riquezas culturales corrieron la misma suerte, como la casa de Jules Michelet. La Fábrica de los Gobelinos fue afectada un poco por el fuego, al igual que la Iglesia de San Eustaquio, el teatro Bataclan, los cuarteles de Reuilly, o el Teatro del Châtelet. También fue programada la quema de la Biblioteca del Arsenal, del Hôtel-Dieu y de Notre Dame. El fuego iniciado en la catedral fue extinguido por los internos del Hôtel-Dieu.43 Por contra, el Théâtre de la Ville se vio afectado en gran medida, y el Teatro de la Porte Saint-Martin y el teatro des Délassements-Comiques fueron completamente devastados por el fuego. El gobierno publicó a posteriori una lista de más de doscientos edificios afectados por las llamas.35

Los Archivos Nacionales se salvaron por la iniciativa del comunero Louis-Guillaume Debock, teniente de la Guardia Nacional de Francia y director de la Imprenta nacional durante la Comuna, quien se opuso in extremis al incendio ordenado por otros comuneros.44

El 24 de mayo el palacio del Louvre y sus colecciones escaparon del fuego gracias a la acción de Martian de Bernardy de Sigoyer, comandante del 26º batallón de zapadores a pie (perteneciente a las fuerzas de Versalles), quien hizo intervenir a sus soldados para evitar que el fuego se propagara del palacio de las Tullerías al museo. Murió encabezando los combates al frente de su batallón. Su cuerpo fue encontrado perforado por balas el 26 de mayo por la mañana, entre el Boulevard Beaumarchais y la calle Jean-Beausire.45

Violencia comunera.

Los comuneros aprobaron conscientemente la represión mediante el decreto sobre rehenes del 6 de abril según el cual deberían ser arrestados todos los sospechosos contrarrevolucionarios y en el caso de ser considerados culpables, pasarían a la condición de “rehenes del pueblo de París”. En el mismo se dictamina que por cada comunero que fuera ejecutado por los versalleses se fusilaría a tres de estos rehenes como represalia. De este modo, el 23 de mayo los revolucionarios fusilan a cuatro rehenes, entre los que estaba el abogado y periodista Gustave Chaudey. El 24 a seis ocupantes de la prisión de la Roquette, el arzobispo de París, Georges Darboy, el presidente del comité de apelación, Louis Bernard Bonjean, al abad Gaspard Deguerry y a tres jesuitas más. El 25 fueron cinco dominicos y ocho civiles. El 26 son masacrados 50 rehenes en la calle de Haxo, 36 gendarmes, 10 religiosos y 4 civiles, y ya por último el arcediano de Notre Dame, Monseñor Sunat. En total, los revolucionarios asesinaron a un centenar de personas.46

Últimos enfrentamientos.

Represión de los últimos insurgentes en el cementerio del Père-Lachaise, el 27 de mayo a las 8 de la noche. Dibujo de Daniel Urrabieta Vierge, Le Monde Illustré.

Miembros de la comuna ejecutados.

La resistencia más acérrima llegó en los distritos más de clase trabajadora del este, donde la lucha continuó durante ocho días de combates callejeros (La Semaine sanglante, la semana sangrienta). El 27 de mayo sólo quedaban unos pocos focos de resistencia, los más notables los de los más pobres distritos del este de Belleville y Ménilmontant.

Durante el asalto, las tropas del gobierno fueron responsables de la matanza de ciudadanos desarmados: se disparó a los prisioneros que estaban fuera de control y las ejecuciones múltiples fueron algo común. A las cuatro de la tarde del día siguiente cayó la última barricada, en la rue Ramponeau de Belleville, y el mariscal MacMahon lanzó una proclama: «A los habitantes de París. El ejército francés ha venido a salvaros. ¡París está liberada! A las cuatro en punto nuestros soldados tomaron la última posición insurgente. Hoy se ha acabado la lucha. El orden, el trabajo y la seguridad volverán a nacer».

Las represalias comenzaron en serio. Se declaró un crimen haber apoyado a la Comuna en cualquier modo, de lo que se podía acusar —y se acusó— a miles de personas. Varios miles de comuneros fueron fusilados masivamente (de diez en diez) en lo que ahora se llama «El Muro de los Comuneros» en el Cementerio de Père-Lachaise mientras que otros miles de personas fueron llevados a Versalles u otras localidades en las afueras de París, para ser juzgados. Pocos comuneros escaparon, principalmente a través de las líneas prusianas hacia el norte. Durante días columnas de hombres, mujeres y niños hicieron, escoltados por militares, un camino hacia barrios o campos baldíos de Versalles convertidos en prisiones temporales o más bien en campos de concentración. Quizás sean los primeros campos de concentración que registra la Historia [cita requerida]. El gobierno arrestó a aproximadamente 40.000 personas y las persecuciones siguieron hasta 1874.47 Más tarde muchos fueron juzgados y varios condenados a muerte, aunque otros muchos fueron ejecutados sumariamente; otros fueron condenados a trabajos forzados o encarcelados en fortalezas penitenciarias en territorio francés; otros más fueron deportados temporalmente o de por vida a unos penales situados en islas francesas del Pacífico.

Nunca se ha podido establecer de manera segura el número de muertos durante la Semaine sanglante. Algunos miembros de la Comuna, como Prosper-Olivier Lissagaray, autor de una conocida obra sobre la Comuna, señalan que en realidad fueron dos semanas de ejecuciones. Algunas estimaciones son de entre 20.000 y 30.000 parisinos muertos en los combates o ejecutados entre el 3 de abril y el 31 de mayo,47 y muchos más heridos. Según Lissagaray y otros testigos de la época los ejecutados durante las dos semanas sangrientas que siguieron a la toma de París fueron 50.000, sin hacer distinción de edad o sexo. Varios centenares de obreras parisienses, conocidas como «petroleras», fueron también fusiladas en los muros del cementerio de Père Lachaise. Unas 7.000 personas fueron deportadas a penales improvisados en Nueva Caledonia,4849 como fue el caso de la maestra anarquista Louise Michel. Miles de personas tuvieron que exiliarse.47 Para los presos (sólo algunos centenares) hubo una amnistía general en 1889. En total, las pérdidas del gobierno rondaron los 1000 hombres.47

París estuvo bajo la ley marcial durante cinco años.

Retrospectiva de la Comuna.

Émile Zola, como periodista del diario Le Sémaphore de Marseille, informó sobre la caída de la Comuna y fue uno de los primeros reporteros en entrar a la ciudad durante la Semana Sangrienta. El 25 de mayo escribió: “Nunca en tiempos civilizados un crimen tan terrible había asolado una gran ciudad… Los hombres del Ayuntamiento no pueden ser más que asesinos y pirómanos. Pelearon como bribones, huyendo vergonzosamente del ejército regular, y vengándose de su derrota sobre los monumentos y las casas. (…) El incendio de París ha llevado al límite de su exasperación al ejército. (…) Aquellos que incendian y masacran no merecen otro juez 

que el disparo de un soldado.”50

Detalle del Mur des fédérés ('Muro de los federados'), placa en honor a los muertos de la Comuna (cementerio de Père-Lachaise).

Detalle del Mur des fédérés (‘Muro de los federados’), placa en honor a los muertos de la Comuna (cementerio de Père-Lachaise).

Aunque existen discrepancias sobre la motivación de su construcción, la basílica del Sacré-Cœur de París fue erigida en el lugar donde comenzó la insurrección de la Comuna, y en la época se mencionaba que fue erigida para “expiar los crímenes de los comuneros”.n 1

La clase acomodada de París, y la mayoría de los antiguos historiadores de la Comuna, vieron aquel hecho como un clásico ejemplo del «dominio de la muchedumbre», terrorífico y al mismo tiempo inexplicable. La mayoría de los actuales historiadores, incluso aquellos de derechas, han reconocido el valor de alguna de las reformas de la Comuna y han deplorado el salvajismo con el que fue reprimida. Sin embargo, han encontrado difícil de explicar el odio sin precedentes que la Comuna despertó en las clases medias y altas de la sociedad. Odio sin justificación contra un gobierno que además de ser grandemente pluralista, no tomó nunca medidas enérgicas contra sus enemigos.[cita requerida] Según Lissagaray, mientras la Comuna estaba de fiesta y celebrando sus moderadas reformas, Versalles sólo pensaba en «…desangrar a París».[cita requerida]

Edwin Child, un joven londinense en París, sostuvo que durante la Comuna, “las mujeres se comportaban como tigresas, vertiendo petróleo por doquier y distinguiéndose por la furia con la que peleaban”.52 A pesar de ello, se ha deliberado en investigaciones recientes que estas famosas figuras femeninas pirómanas de la Comuna, o pétroleuses, podrían haber sido exageradas o constituir un mito.5354 Lissagaray declaró que debido a este mito, cientos de mujeres de la clase trabajadora fueron ajusticiadas en París a finales de mayo, acusadas falsamente de ser pétroleuses. Lissagaray también aseguró que el fuego de artillería del ejército francés fue responsable de probablemente la mitad de los fuegos que consumieron a la ciudad durante la Semana Sangrienta.55 Sin embargo, las fotografías de las ruinas del Palacio de las Tullerías, del Ayuntamiento, y de otros importantes edificios gubernamentales muestran que los exteriores quedaron libres de impactos de artillería, mientras que los interiores fueron completamente engullidos por el fuego; y célebres comuneros como Jules Bergeret, quien escapó para vivir en Nueva York, reclamó orgullosamente el mérito de los más conocidos actos pirómanos.32

Dentro del espectro de la izquierda política, hay quienes han criticado a la Comuna por mostrarse demasiado moderada, especialmente dada la situación política y militar de cerco en la que se encontraba. Karl Marx encontró agravante que los miembros de la Comuna «perdieran valiosísimos momentos» organizando elecciones democráticas en vez de terminar de una vez por todas con Versalles. El banco nacional de Francia, ubicado en París con la reserva de millones de francos, fue dejado intacto y desprotegido por los miembros de la Comuna. Tímidamente pidieron prestado dinero del banco (que, obviamente, obtuvieron sin ninguna vacilación). Los miembros de la Comuna optaron por no coger los recursos del banco por miedo a que el mundo entero los condenara. De esta manera, se movieron grandes sumas de dinero desde París a Versalles, dinero que terminó por financiar el ejército que dio fin a la Comuna. En el momento de retirada de Thiers y sus generales y tropas, los comuneros y en particular los dirigentes de la Comuna, permitieron que la técnica militar principal de París partiera íntegra hacia Versalles en manos de la reacción, sin intervenirla. La vacilación en tomar esas armas y entregárselas al pueblo fue fatal para la Comuna. Según los socialistas radicales y comunistas, la Comuna tenía que asegurarse la ciudad y el país antes de darle una vida tan idealmente democrática.

Algunos comunistas, izquierdistas, anarquistas y otros simpatizantes han visto a la Comuna como un modelo para, o como base de una sociedad liberal, con un sistema político basado en la democracia participativa como eje de la administración. Marx y Engels, Bakunin y posteriormente Lenin y Trotsky intentaron sacar lecciones teóricas (en particular en lo que concierne a «la marchitación del Estado») desde la limitada experiencia vivida por la Comuna. El crítico Edmond de Goncourt obtuvo una lección más pragmática: tres días después de La Semaine sanglante escribió «… El derramamiento de sangre ha sido total, y un derramamiento de sangre como este, al asesinar la parte rebelde de la población, solo pospone la siguiente revolución… La vieja sociedad tiene por delante 20 años de paz…».

La Comuna de París ha sido parte de las citas de muchos líderes comunistas. Mao se refería a ella con bastante frecuencia. Lenin, junto a Marx, consideraban la Comuna un ejemplo real de la dictadura del proletariado. En su funeral su cuerpo fue envuelto en los restos de una bandera roja preservada desde la Comuna. La nave espacial Vosjod 1 portaba parte de un estandarte de la Comuna de París. También, los bolcheviques renombraron la nave de combate Sebastopol como Parízhskaya Kommuna en honor a la Comuna.

¿Qué pide la Comuna?

El reconocimiento y la consolidación de la República como única forma de gobierno compatible con los derechos del pueblo y con el libre y constante desarrollo de la sociedad.

La autonomía absoluta de la Comuna, que ha de ser válida para todas las localidades de Francia y que garantice a cada municipio la inviolabilidad de sus derechos, así como a todos los franceses el pleno ejercicio de sus facultades y capacidades como seres humanos, ciudadanos y trabajadores.

La autonomía de la Comuna no tendrá más límites que el derecho de autonomía igual para todas las demás comunas adheridas al pacto, cuya alianza garantizará la Unidad francesa.

Declaración de la Comuna de París al Pueblo Francés, 19 de abril de 1871

Véase también.

Notas y referencias.

Notas.

  1. Cita en idioma original: la basilique du Sacré-Cœur de Montmartre, érigée pour expier « les crimes de la Commune » en application de la loi du 24 juillet 187351

Referencias.

  1. «Les aspects militaires de la Commune par le colonel Rol-Tanguy» (en francés). Association des Amies et Amis de la Commune de Paris 1871.
  2. Milza, 2009a, p. 319
  3. Rapport d’ensemble de M. le Général Appert sur les opérations de la justice militaire relatives à l’insurrection de 1871, Assemblée nationale, annexe au procès verbal de la session du 20 juillet 1875 (Versailles, 1875).
  4. Ceamanos Llorens, Roberto (2014), La comuna de París (1871), Los Libros de la Catarata, Madrid, p. 125.
  5. Tombs, Robert, “How Bloody was la Semaine sanglante of 1871? A Revision”. The Historical Journal, setiembre de 2012, vol. 55, número 3, pp. 619-704
  6. Rougerie, Jacques, La Commune de 1871,” p. 118
  7. Lissagaray, Prosper-Olivier (1876), Histoire de la Commune de 1871, La Decouverte/Poche (2000). p. 383
  8. Rougerie, Jacques, Paris libre- 1871. pp. 264-270
  9. Saltar a:a b «1870-1914: la Francia republicana, crisis y consolidación». France-Diplomatie. Archivado desde el original el 25 de noviembre de 2015. Consultado el 27 de septiembre de 2007.
  10. a b «Le Second Empire 1852-1870» (en francés). Deutsche Welle. Consultado el 27 de septiembre de 2007.
  11. El Tratado de Fráncfort, que sellara la paz, no se firmó hasta mayo de 1871.
  12. Sitio web de la Asamblea Nacional francesa.
  13. Lissagaray, p. 93.
  14. Lissagaray, p. 93.
  15. De La Brugère, Histoire de la Commune de 1871, Arthème Fayard, París, 1871, p. 14.
  16. Lissagaray, p. 95.
  17. Lissagaray, p. 96.
  18. De La Brugère, p. 11.
  19. Por una ordenanza del 12 de marzo se prohíbe: Le vengeur, Le Cri du peuple, Le mot d’ordre, Le Père Duchène, La caricature y La bouche de fer (citado por De La Brugère, p. 15).
  20. Lissagaray, p. 98.
  21. De La Brugère, pp. 19-23.
  22.  Lissagaray, pp. 106-107.
  23. Lissagaray, p. 105.
  24. Lissagaray, La Comuna de París, p. 150.
  25. Carlos Marx. «La Guerra Civil en Francia». Engels escribió esta introducción para la tercera edición alemana del trabajo de Marx «La guerra civil en Francia» publicada en 1891 en conmemoración del 20mo aniversario de la Comuna de París. En dicha edición, Engels incluyó el primer y el segundo manifiesto del Consejo General de la Asociación Internacional de Trabajadores, escritos por Marx, acerca de la guerra franco-prusiana, manifiestos que en las ediciones posteriores en diferentes lenguas se publican también junto con «La guerra civil en Francia».
  26. Una traducción al español de «La guerra civil en Francia» puede conseguirse desde los archivos de la Universidad Complutense de Madrid (http://www.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/71gcf/1.htm).
  27. Gopnik, Adam (22 de diciembre de 2014). «The Fires of Paris. Why do people still fight about the Paris Commune?». The New Yorker. Consultado el 6 de abril de 2016.
  28. «Paris». Encyclopædia Britannica 17 (14th edición). 1956. p. 293.
  29. Joanna Richardson, Paris under Siege Folio Society London 1982
  30. René Heron de Villefosse, Histoire de Paris, Bernard Grasset (1959). El padre del autor de este libro fue asistente curador en el Louvre, y ayudó a extinguir los incendios
  31. Lissagaray, Prosper-Olivier (2012) [1876]. History of the Paris Commune of 1871. London: Verso.
  32. a b Milza, 2009a, pp. 396-7.
  33. :a b Tillier, Bernard. La Commune de Paris, révolution sans images?. Champ Vallon. ISBN 9782876737754.
  34. Laure Godineau, op. cit., p. 197.
  35. :a b c d Caron, Jean-Claude (2006). Les feux de la discorde. Hachette Littératures. ISBN 9782012380103.
  36. a b Bellot, Marina (2014). La Cour des comptes. NANE. ISBN 9782843681493.
  37. Edificio construido por el arquitecto François-Hippolyte Destailleur en 1817, entre las calles Rivoli, Castiglione y Mont-Thabor, en el emplazamiento actual del hotel Westin.
  38. «La Revue socialiste, syndicaliste et coopérative, Volume 4, p. 818» (en francés). diciembre de 1886.
  39. Jean Favier, Paris deux mille ans d’histoire, Paris, éditions Fayard, 1997, p. 897.
  40. Jean Dérens, Constitution d’un patrimoine parisien: la Bibliothèque historique depuis l’incendie de 1871, catalogue de l’exposition, Hôtel d’Angoulême Lamoignon du 12 juin au 31 juillet 1980.
  41. Frédéric Fort, Paris brûlé : l’hôtel de ville, les Tuileries…, Paris, Lachaud Éditeur, 1871, p. 37.
  42. Laure Godineau, La Commune de Paris par ceux qui l’ont vécue, Paris, Parigramme, 2010, p. 204.
  43. Maurice Griffe, Paris, 20 siècles d’histoire, Tableaux synoptiques de l’histoire, 2007.
  44. Georges Bourgin, Comment les archives nationales ont été sauvées en mai 1871, Bibliothèque de l’école des chartes, 1938, vol. 99, pp. 425-427.
  45. Pierre Rosenberg, Dictionnaire amoureux du Louvre, Plon, 2007
  46. Ceamanos Llorens, Roberto (2014), La comuna de París (1871), Los Libros de la Catarata, Madrid pp. 115, 120, 121 y 125.
  47. a b c d Encyclopédie Larousse. «la Commune (18 mars-27 mai 1871)» (en francés). Consultado el 1 de agosto de 2013.
  48. La deportación de los Comuneros a Nueva Caledonia fue establecida por la ley del 13 de marzo de 1872, promulgada el 2 de abril de 1872.
  49. ean Baronnet et Jean Chalou, Communards en Nouvelle-Calédonie: Histoire de la déportation, Mercure de France, 1987, ISBN 2-7152-1443-X.
  50. 4th letter of Emile Zola on the Commune, 25 May 1871
  51. Bernard Accoyer, président de l’Assemblée nationale (18 novembre 2008). «RAPPORT D’INFORMATION FAIT en application de l’article 145 du Règlement AU NOM DE LA MISSION D’INFORMATION SUR LES QUESTIONS MÉMORIELLES». le site de l’Assemblée nationale.
  52. Registros de testigos presenciales citados en ‘Paris under Siege’ de Joanna Richardson (ver bibliografía)
  53. Robert Tombs, The War Against Paris: 1871, Cambridge University Press, 1981, 272 pages ISBN 978-0-521-28784-5
  54. Gay Gullickson, Unruly Women of Paris, Cornell Univ Press, 1996, 304 pages ISBN 978-0-8014-8318-9>
  55. Volver arriba Lissagaray, Prosper-Olivier (2012) [1876]. History of the Paris Commune of 1871. London: Verso. pp. 277-278.

Bibliografía.

  • Hippolyte Prosper-Olivier Lissagaray, La Comuna de París, Editorial Txalaparta, Tafalla, 2004, ISBN 978-84-8136-287-9.
  • De La Brugère, Histoire de la Commune de Paris en 1871, Arthème Fayard, Paris, 1871. En línea en francés en Gallica.
  • Milza, Pierre (2009a). L’année terrible: La Commune (mars–juin 1871). Paris: Perrin. ISBN 978-2-262-03073-5.
  • Louise Michel, La Commune, 1898.
  • Joanna Richardson, Paris under Siege, Folio Society, London, 1982.
  • Karl Marx, La guerra civil en Francia, 1871.
  • Georges Bourgin, La Commune, colección Que sais-je?, Presses Universitaires de France.
  • Bernard Noêl, Dictionnaire de la Commune, Flammarion, colección Champs, 1978.
  • Jacques Rougerie, La Commune de 1871, colección Que sais-je?, Presses Universitaires de France, 2009, ISBN 978-2-13-055462-2.
  • Jacques Rougerie, Paris libre, 1871, colección Points, Éditions du Seuil, París, 2004.
  • Jacques Rougerie, Paris insurgé, La Commune de 1871, colección Découvertes, Gallimard, 2006, ISBN 978-2-07-053289-6.
  • Roberto Ceamanos Llorens, La Comuna de París. 1871, Madrid, Los libros de La Catarata, 2014. ISBN 978-84-8319-893-3.

Enlaces externos.

La Comuna de París de 1871

https://i2.wp.com/www.portaloaca.com/images/stories/historia/barricade18march1871.jpgLa Comuna de París de 1871 (Francés: ‘La Commune de Paris’) se refiere al gobierno socialista y popular («commune» en francés es un consejo de un pueblo o distrito) que ejerció el poder en París durante dos meses en la primavera de 1871 (18 de marzo 1871 hasta el 28 de mayo del mismo año.). Sin embargo, las condiciones en la que fue formada, sus controvertidos decretos y su cruel final la hacen uno de los más importantes episodios políticos de la historia de Francia. Por primera vez el proletariado fue capaz de derrocar el poder establecido, formar sus propios órganos de gobierno y reemplazar al estado monárquico-burgués capitalista.

Precedentes y causas principales por aparición de la Comuna

Revolución Francesa de 1789:

Fin del estado absolutista con privilegios feudales, el llamado Antiguo Régimen. Los beneficiados por esta revolución fueron los burgueses que buscaban sobre todo la libertad económica y el desmantelamiento de los privilegios hereditarios de la nobleza que impedían el crecimiento de sus intereses económicos.

Las Revoluciones de 1830 y 1848:

Desde la derrota de Napoleón en 1815 se creó una “Santa Alianza” entre las potencias monárquicas: Austria, Rusia y la nueva Francia de los restaurados Borbones. A la Iglesia le fue devuelto gran parte de su anterior poder. Como conseguencia republicanos, unidos a obreros y estudiantes se llevaron en Francia el peso de la Revolución de 1830. Carlos X huyó y se instauró una Monarquía Constitucional con Luis Felipe de Orleáns, aunque se aumentó el censo de votantes; los veinte años siguientes fueron una edad de oro de la gran burguesía.

Los problemas sociales no sólo no se resolvían en Occidente, sino que aumentaban, a esto se unió el emergente nacionalismo de Europa Central y Oriental lo que se tradujo en una nueva oleada revolucionaria en toda Europa en 1848. En Francia se produjo la llamada Revolución de “Febrero” de 1848. Otra vez las disputas por el aumento del Censo entre Monarquía y reformadores provocaron la huída de Luis Felipe y la proclamación de la República. Esto fue posible por el poder adquirido por los “Radicales” (republicanos sociales), republicanos-burgueses e incipientes socialistas.

Napoleón III y la guerra franco-alemana

Desde 1851 hasta 1870 Francia entró en guerra varias veces (Rusia, Austria, Italia, Méjico….) por su afán de demostrar el nuevo poderío de Francia. Sin embargo en 1870 declaró la guerra a la Prusia de Guillermo I y Bismarck, ante las intenciones de crear un Imperio Alemán y por la posible subida al trono de España de un Rey germano, lo que dejaría a Francia rodeada de enemigos.

La guerra fue un desastre para los franceses. En la Batalla de Sedán, prácticamente todo el ejército francés cayó prisionero de los Prusianos, incluido el Emperador. Francia estaba ocupada en parte por los Prusianos que se quedaron a las puertas de París, declarando la creación del Imperio Alemán en el propio Versalles. Francia se quedó sin gobierno, lo que provocó los acontecimientos de la Comuna de París.

Historia

Los progresos realizados por la Internacional en París y en las grandes ciudades de provincia, así como el desarrollo de las ideas socialistas en general, unido a la desocupación entre el proletariado y la ruina de la pequeña burguesía causó el levantamiento del pueblo. El sector social parisino que se encontraba en peores condiciones era la clase trabajadora, que había llegado a una situación de penuria y hambre absolutas. Junto con ellos, la Guardia Nacional, una milicia de ya larga tradición en Francia, se sentía humillada por la derrota ante los alemanes en la guerra franco-alemana (provocada por la política francesa) y había sido ganada además por la propaganda revolucionaria.

El alzamiento de la Comuna

El 18 de marzo estalló la insurrección: la Guardia Nacional y los obreros se apoderaron de la capital, provocando la huida del Gobierno. Inmediatamente, y por sufragio universal, fue elegido un Consejo General de la Comuna de París, al que se confirió poder legislativo y ejecutivo. De él formaron parte obreros revolucionarios y burgueses de ideas radicales: anarquistas y socialistas, blanquistas y republicanos liberales.

Louise Michel

La revolución comunal inaugura una nueva era de política experimental, positiva, científica. Es el fin del viejo mundo gubernamental y clerical, del militarismo, del funcionarismo, de la explotación, del agiotismo, de los monopolios, de los privilegios a los cuales el proletariado debe su servidumbre y la patria sus desgracias y sus desastres. La Comuna fue gobierno débil a discusiones, conflictos, debates. Nadie sabe exactamente en qué dirección la Comuna está yendo. Especialmente, la gente de abajo que sólo quería no ser gobernada. La palabra anarquista no existe o tiene un significado distinto en este tiempo. Aún así, la Comuna tiene un aspecto libertario muy fuerte. Los anarquistas más populares son: Louise Michel, Benoit Malon, Amilcare Cipriani, etc. El asalto a la Comuna

En una Europa convulsionada, su fracaso fue inevitable pues los intereses de los paises vecinos y de la propia Francia estaban en juego y el poder de reyes y emperadores de la epoca estaban en jaque: la Comuna fue asaltada desde el 2 de abril por las fuerzas del gobierno del ejército de Versalles y la ciudad fue bombardeada constantemente. La ventaja del gobierno era tal que desde mediados de abril negaron la posibilidad de negociaciones. Una gran ayuda también vino desde la comunidad extranjera de refugiados y exiliados políticos en París.

El 21 de mayo una puerta en la parte occidental de las murallas de París fue forzada y comenzó la reconquista de la ciudad por parte de las tropas de Versalles. El 27 de mayo sólo quedaban unos pocos focos de resistencia, los más notables los de los más pobres distritos del este de Belleville y Ménilmontant.

Según Lissagaray y otros testigos de la época los ejecutados entra los miembros de la Comuna fueron 50.000, sin hacer distinción de edad o sexo. Varios centenares de obreras parisienses, conocidas como “petroleras”, fueron también fusiladas en los muros del cementerio de Père Lachaise. Unas 7.000 personas fueron desterradas a Nueva Caledonia,[3] [4] como fue el caso de la maestra anarquista Louise Michel. Para los presos (sólo algunos centenares) hubo una amnistía general en 1889.

Retrospectiva de la Comuna

La clase acomodada de París, y la mayoría de los antiguos historiadores de la Comuna, vieron aquel hecho como un clásico ejemplo del «dominio de la muchedumbre», terrorífico y al mismo tiempo inexplicable. La mayoría de los actuales historiadores, incluso aquellos de derechas, han reconocido el valor de alguna de las reformas de la Comuna y han deplorado el salvajismo con el que fue reprimida. Sin embargo, han encontrado difícil de explicar el odio sin precedentes que la Comuna despertó en las clases medias y altas de la sociedad.

En las izquierdas, hay quienes han criticado a la Comuna por mostrarse demasiado moderada, especialmente dada la situación en la que se encontraban. Karl Marx encontró agravante que los miembros de la Comuna «perdieran valiosísimos momentos» organizando elecciones democráticas en vez de terminar de una vez por todas con Versalles. El banco nacional de Francia, ubicado en París con la reserva de millones de francos, fue dejado intacto y desprotegido por los miembros de la Comuna. Tímidamente pidieron prestado dinero del banco (que, obviamente, obtuvieron sin ninguna vacilación). Los miembros de la Comuna optaron por no coger los recursos del banco por miedo a que el mundo entero los condenara. De esta manera, se movieron grandes sumas de dinero desde París a Versalles, dinero que terminó por financiar el ejército que dio fin a la Comuna.

Algunos comunistas, izquierdistas, anarquistas y otros simpatizantes han visto a la Comuna como un modelo para, o como base de, una sociedad liberal, con un sistema político basado en la democracia participativa como eje de la administración. Marx y Engels, Bakunin y posteriormente Lenin y Trotsky intentaron sacar lecciones teóricas (en particular en lo que concierne a «la marchitación del estado») desde la limitada experiencia vivida por la Comuna. El crítico Edmond de Goncourt obtuvo una lección más pragmática: tres días después de La Semaine sanglante escribió «… La pérdida de sangre ha sido total, y una pérdida de sangre como esta, al asesinar la parte rebelde de la población, pospone la siguiente revolución… La vieja sociedad tiene 20 años de paz antes de de ella…».

La Comuna de París ha sido parte de las citas de muchos líderes comunistas. Mao se refería a ella con bastante frecuencia. Lenin, junto a Marx, consideraban la Comuna un ejemplo real de la dictadura del proletariado. En su funeral su cuerpo fue envuelto en los restos de una bandera roja preservada desde la Comuna. La nave espacial Voskhod 1 portaba parte de un estandarte de la Comuna de París. También, los Bolcheviques renombraron la nave de combate Sevastopol a “Parizhskaya Kommuna” en honor a la Comuna.

La Comuna anarquista

La Comuna de París de 1871 jugó un importante papel en el desarrollo del movimiento y de las ideas anarquistas. Bakunin lo comentó en su día, “el socialismo revolucionario (i.e. anarquismo) acaba de ensayar su primer golpe y demostración práctica en la Comuna de París” [Bakunin on Anarchism, p. 263].

La Comuna de París fue creada después de la derrota de Francia a manos de Prusia en la guerra franco-prusiana. El gobierno francés trató de mandar tropas para recuperar el cañón de la Guardia Nacional Parisiense para evitar que cayera en manos del pueblo. Los soldados se negaron a abrir fuego sobre la muchedumbre burlona y apuntaron las armas contra sus oficiales. Esto ocurrió el 18 de marzo. La Comuna comenzaba.

En las elecciones libres convocadas por la Guardia Nacional de París, los ciudadanos eligieron un consejo formado por una mayoría de Jacobinos y Republicanos y una minoría Socialista (Blanquistas – socialistas autoritarios – la mayor parte, y seguidores de Proudhon). El consejo proclamó la autonomía de París y su deseo de recrear Francia como una confederación de comunas (i.e. comunidades). Dentro de la Comuna, los integrantes del consejo podían ser revocados y se les pagaba un salaria average. Además, tenían que dar cuentas al pueblo que los había elegido.

Está claro por qué este suceso se prendió en la imaginación de los anarquistas – tiene grandes similaridades con las ideas anarquistas. De hecho, el ejemplo de la Comuna de París era en muchas maneras similar a cómo Bakunin había pronosticado que la revolución ocurriría – una ciudad principal se declararía autónoma, organizándose y dando ejemplo, y exhortaría al resto del mundo a seguirla. (Ver “Carta a Albert Richards” en Bakunin on Anarquism). La Comuna de París inició el proceso de creación de una nueva sociedad, organizada de abajo arriba.

Muchos anarquistas tuvieron un papel importante dentro de la Comuna, por ejemplo Luisa Michel, los hermanos Reclus, y Eugene Varlin (este último asesinado en la consiguiente represión). Referente a las reformas iniciadas por la Comuna, tales como la re-apertura de los puestos de trabajo como cooperativas, los anarquistas pudieron ver sus ideas de labor asociada comenzar a realizarse. En el llamamiento de la Comuna al federalismo y a la autonomía, los anarquistas ven su “organización social del futuro … llevada a cabo de abajo arriba, a través de la libre asociación o federación de trabajadores, comenzando por las asociaciones, siguiendo a las comunas, las regiones, las naciones, y finalmente culminando en una gran federación internacional y universal” [Bakunin, ibid., p. 270].

Sin embargo, para los anarquistas la Comuna se quedó corta. El estado no fue abolido dentro de la Comuna, como lo había abolido afuera. Los comuneros se organizaron “de manera Jacobina” (usando las tajantes palabras de Bakunin). Como señaló Piotr Kropotkin, no “rompieron con la tradición del estado, de gobierno representativo, y no trataron de lograr dentro de la Comuna esa organización de lo sencillo a lo complejo que había inaugurado al proclamar la independencia y la libre federación de comunas” [Fighting the Revolution, p. 16]. Además, sus atentados de reforma económica no fueron lo suficientemente lejos, no trataron de formar cooperativas en todos los puestos de trabajo ni formar asociaciones de éstas cooperativas para la coordinación y el apoyo mutuo mutuo en sus actividades económicas. No obstante, como la ciudad estaba sitiada por el ejército francés, se comprende que los comuneros pensaran en otras cosas.

En lugar de abolir el estado dentro de la comuna organizando federaciones de asambleas democráticas de masas, como las “secciones” parisinas de la revolución de 1789-93 (ver Great French Revolution de Kropotkin), la Comuna de París mantuvo un gobierno representativo y sufrió por ello. “En vez de actuar por su cuenta … el pueblo, confiando en sus gobernadores, les confió el mandato de tomar la iniciativa” [Kropotkin, Revolutionary Pamphlets, p.19], y así el consejo se convirtió en “el mayor obstáculo a la revolución” [Bakunin, Op. Cit., p. 241].

El consejo se aisló más y más del pueblo que lo eligió, haciéndose más y más inútil. Al tiempo que su irrelevancia aumentaba, así también sus tendencias autoritarias, llegando a crearse un “Comité de Salud Pública” por la mayoría Jacobina, para “defender” (por el terror) la ” revolución”. El Comité se opuso a la minoría libertario-socialista y fue afortunadamente ignorado en la práctica por el pueblo de París que defendía su libertad contra el ejército francés, que los atacaba en nombre de la civilización capitalista y de la “libertad”. El 1 de Mayo, las tropas gubernamentales entraron en la ciudad, siguiendo siete días de duras luchas callejeras. Pelotones de soldados y miembros de la burguesía armados merodeaban por las calles, matando a mansalva. Mas de 25,000 personas fueron muertas en la lucha callejera, muchas asesinadas después de rendirse, y sus cadáveres fueron enterrados en sepulturas comunes.

Para los anarquistas, las lecciones de la Comuna de París fueron tres. Primero, una confederación de comunidades descentralizada es la forma política necesaria para una sociedad libre. Segundo, “No más hay razones para un gobierno dentro de la Comuna que para un gobierno sobre ella” [Pedro Kropotkin, Fighting the Revolution, p. 19].

Lo cual quiere decir que una comunidad anarquista ha de ser basada en la confederación de barrios y asambleas de trabajo cooperando libremente. Tercero, es críticamente importante unificar las revoluciones política y económica en una revolución social. “Ellos trataron de consolidar la Comuna primero, posponiendo la revolución social para más tarde, mientras que la única forma de proceder era consolidar la Comuna por medio de la revolución social” [Kropotkin, Op. Cit.,p. 19].

Otras Comunas

Simultáneamente con la Comuna de París, surgieron los alzamientos de Lyon, Grenoble, y otras ciudades, las cuales al igual que la Comuna de París, gozaron de una breve vida.

La Comuna de París y la noción de Estado

Texto de Mijail Bakunin sobre Comuna de París y Estado. 

Esta obra, como todos los escritos que hasta la fecha he publicado, nació de los acontecimientos. Es la continuación natural de las Cartas a un francés, publicadas en septiembre de 1870, y en las cuales tuve el fácil y triste honor de prever y predecir las horribles desgracias que hieren hoy a Francia, y con ella, a todo el mundo civilizado; desgracias contra las que no había ni queda ahora más que un remedio: la revolución social.

Probar esta verdad, de aquí en adelante incontestable, por el desenvolvimiento histórico de la sociedad, y por los hechos mismos que se desarrollan bajo nuestros ojos en Europa, de modo que sea aceptada por todos los hombres de buena fe, por todos los investigadores sinceros de la verdad, y luego exponer francamente, sin reticencia, sin equívocos, los principios filosóficos tanto como los fines prácticos que constituyen, por decirlo así, el alma activa, la base y el fin de lo que llamamos la revolución social, es el objeto del presente trabajo.

La tarea que me impuse no es fácil, lo sé, y se me podría acusar de presunción si aportase a este trabajo una pretensión personal. Pero no hay tal cosa, puedo asegurarlo al lector. No soy ni un sabio ni un filósofo, ni siquiera un escritor de oficio. Escribí muy poco en mi vida y no lo hice nunca sino en caso de necesidad, y solamente cuando una convicción apasionada me forzaba a vencer mi repugnancia instintiva a manifestarme mediante mis escritos.

¿Qué soy yo, y qué me impulsa ahora a publicar este trabajo? Soy un buscador apasionado de la verdad y un enemigo no menos encarnizado de las ficciones perjudiciales de que el partido del orden, ese representante oficial, privilegiado e interesado de todas las ignominias religiosas, metafísicas, políticas, jurídicas, económicas y sociales, presentes y pasadas, pretende servirse hoy todavía para embrutecer y esclavizar al mundo. Soy un amante fanático de la libertad, considerándola como el único medio en el seno de la cual pueden desarrollarse y crecer la inteligencia, la dignidad y la dicha de los hombres; no de esa libertad formal, otorgada, medida y reglamentada por el Estado, mentira eterna y que en realidad no representa nunca nada más que el privilegio de unos pocos fundado sobre la esclavitud de todo el mundo; no de esa libertad individualista, egoísta, mezquina y ficticia, pregonada por la escuela de J. J. Rousseau, así como todas las demás escuelas del liberalismo burgués, que consideran el llamado derecho de todos, representado por el Estado, como el límite del derecho de cada uno, lo cual lleva necesariamente y siempre a la reducción del derecho de cada uno a cero. No, yo entiendo que la única libertad verdaderamente digna de este nombre, es la que consiste en el pleno desenvolvimiento de todas las facultades materiales, intelectuales y morales de cada individuo. Y es que la libertad, la auténtica, no reconoce otras restricciones que las propias de las leyes de nuestra propia naturaleza. Por lo que, hablando propiamente, la libertad no tiene restricciones, puesto que esas leyes no nos son impuestas por un legislador, sino que nos son inmanentes, inherentes, y constituyen la base misma de todo nuestro ser, y no pueden ser vistas como una limitante, sino más bien debemos considerarlas como las condiciones reales y la razón efectiva de nuestra libertad.

Yo me refiero a la libertad de cada uno que, lejos de agotarse frente a la libertad del otro, encuentra en ella su confirmación y su extensión hasta el infinito; la libertad ilimitada de cada uno por la libertad de todos, la libertad en la solidaridad, la libertad en la igualdad; la libertad triunfante sobre el principio de la fuerza bruta y del principio de autoridad que nunca ha sido otra cosa que la expresión ideal de esa fuerza; la libertad que, después de haber derribado todos los ídolos celestes y terrestres, fundará y organizará un mundo nuevo: el de la humanidad solidaria, sobre la ruina de todas la Iglesias y de todos los Estados.

Soy un partidario convencido de la igualdad económica y social, porque sé que fuera de esa igualdad, la libertad, la justicia, la dignidad humana, la moralidad y el bienestar de los individuos, lo mismo que la prosperidad de las naciones, no serán más que otras tantas mentiras. Pero, partidario incondicional de la libertad, esa condición primordial de la humanidad, pienso que la igualdad debe establecerse en el mundo por la organización espontánea del trabajo y de la propiedad colectiva de las asociaciones productoras libremente organizadas y federadas en las comunas, mas no por la acción suprema y tutelar del Estado.

Este es el punto que nos divide a los socialistas revolucionarios, de los comunistas autoritarios que defienden la iniciativa absoluta del Estado. El fin es el mismo, ya que ambos deseamos por igual la creación de un orden social nuevo, fundado únicamente sobre la organización del trabajo colectivo en condiciones económicas de irrestricta igualdad para todos, teniendo como base la posesión colectiva de los instrumentos de trabajo.

Ahora bien, los comunistas se imaginan que podrían llegar a eso por el desenvolvimiento y por la organización de la potencia política de las clases obreras, y principalmente del proletariado de las ciudades, con ayuda del radicalismo burgués, mientras que los socialistas revolucionarios, enemigos de toda ligazón y de toda alianza equívoca, pensamos que no se puede llegar a ese fin más que por el desenvolvimiento y la organización de la potencia no política sino social de las masas obreras, tanto de las ciudades como de los campos, comprendidos en ellas los hombres de buena voluntad de las clases superiores que, rompiendo con todo su pasado, quieran unirse francamente a ellas y acepten íntegramente su programa.

He ahí dos métodos diferentes. Los comunistas creen deber el organizar a las fuerzas obreras para posesionarse de la potencia política de los Estados. Los socialistas revolucionarios nos organizamos teniendo en cuenta su inevitable destrucción, o, si se quiere una palabra más cortés, teniendo en cuenta la liquidación de los Estados. Los comunistas son partidarios del principio y de la práctica de la autoridad, los socialistas revolucionarios no tenemos confianza más que en la libertad. Partidarios unos y otros de la ciencia que debe liquidar a la fe, los primeros quisieran imponerla y nosotros nos esforzamos en propagarla, a fin de que los grupos humanos, por ellos mismos se convenzan, se organicen y se federen de manera espontánea, libre; de abajo hacia arriba conforme a sus intereses reales, pero nunca siguiendo un plan trazado de antemano e impuesto a las masas ignorantes por algunas inteligencias superiores.

Los socialistas revolucionarios pensamos que hay mucha más razón práctica y espíritu en las aspiraciones instintivas y en las necesidades reales de las masas populares, que en la inteligencia profunda de todos esos doctores y tutores de la humanidad que, a tantas tentativas frustradas para hacerla feliz, pretenden añadir otro fracaso más. Los socialistas revolucionarios pensamos, al contrario, que la humanidad ya se ha dejado gobernar bastante tiempo, demasiado tiempo, y se ha convencido que la fuente de sus desgracias no reside en tal o cual forma de gobierno, sino en el principio y en el hecho mismo del gobierno, cualquiera que este sea.

Esta es, en fin, la contradicción que existe entre el comunismo científicamente desarrollado por la escuela alemana y aceptado en parte por los socialistas americanos e ingleses, y el socialismo revolucionario ampliamente desenvuelto y llevado hasta sus últimas consecuencias, por el proletariado de los países latinos.

El socialismo revolucionario llevó a cabo un intento práctico en la Comuna de París.

Soy un partidario de la Comuna de París, la que no obstante haber sido masacrada y sofocada en sangre por los verdugos de la reacción monárquica y clerical, no por eso ha dejado de hacerse más vivaz, más poderosa en la imaginación y en el corazón del proletariado de Europa; soy partidario de ella sobre todo porque ha sido una audaz negativa del Estado.

Es un hecho histórico el que esa negación del Estado se haya manifestado precisamente en Francia, que ha sido hasta ahora el país mas proclive a la centralización política; y que haya sido precisamente París, la cabeza y el creador histórico de esa gran civilización francesa, el que haya tomado la iniciativa. París, abdicando de su corona y proclamando con entusiasmo su propia decadencia para dar la libertad y la vida a Francia, a Europa, al mundo entero; París, afirmando nuevamente su potencia histórica de iniciativa al mostrar a todos los pueblos esclavos el único camino de emancipación y de salvación; París, que da un golpe mortal a las tradiciones políticas del radicalismo burgués y una base real al socialismo revolucionario; París, que merece de nuevo las maldiciones de todas las gentes reaccionarias de Francia y de Europa; París, que se envuelve en sus ruinas para dar un solemne desmentido a la reacción triunfante; que salva, con su desastre, el honor y el porvenir de Francia y demuestra a la humanidad que si bien la vida, la inteligencia y la fuerza moral se han retirado de las clases superiores, se conservaron enérgicas y llenas de porvenir en el proletariado; París, que inaugura la era nueva, la de la emancipación definitiva y completa de las masas populares y de su real solidaridad a través y a pesar de las fronteras de los Estados; París, que mata la propiedad y funda sobre sus ruinas la religión de la humanidad; París, que se proclama humanitario y ateo y reemplaza las funciones divinas por las grandes realidades de la vida social y la fe por la ciencia; las mentiras y las iniquidades de la moral religiosa, política y jurídica por los principios de la libertad, de la justicia, de la igualdad y de la fraternidad, fundamentos eternos de toda moral humana; París heroico y racional confirmando con su caída el inevitable destino de la humanidad transmitiéndolo mucho más enérgico y viviente a las generaciones venideras; París, inundado en la sangre de sus hijos más generosos. París, representación de la humanidad crucificada por la reacción internacional bajo la inspiración inmediata de todas las iglesias cristianas y del gran sacerdote de la iniquidad, el Papa. Pero la próxima revolución internacional y solidaria de los pueblos será la resurrección de París.

Tal es el verdadero sentido y tales las consecuencias bienhechoras e inmensas de los dos meses memorables de la existencia y de la caída imperecedera de la Comuna de París.

La Comuna de París ha durado demasiado poco tiempo y ha sido demasiado obstaculizada en su desenvolvimiento interior por la lucha mortal que debió sostener contra la reacción de Versalles, para que haya podido, no digo aplicar, sino elaborar teóricamente su programa socialista. Por lo demás, es preciso reconocerlo, la mayoría de los miembros de la Comuna no eran socialistas propiamente y, si se mostraron tales, es que fueron arrastrados invisiblemente por la fuerza irresistible de las cosas, por la naturaleza de su ambiente, por las necesidades de su posición y no por su convicción íntima. Los socialistas, a la cabeza de los cuales se coloca naturalmente nuestro amigo Varlin, no formaban en la Comuna mas que una minoría ínfima; a lo sumo no eran más que unos catorce o quince miembros. El resto estaba compuesto por jacobinos. Pero entendámonos, hay de jacobinos a jacobinos. Existen los jacobinos abogados y doctrinarios, como el señor Gambetta, cuyo republicanismo positivista, presuntuoso, despótico y formalista, habiendo repudiado la antigua fe revolucionaria y no habiendo conservado del jacobinismo mas que el culto de la unidad y de la autoridad, entregó la Francia popular a los prusianos y más tarde a la reacción interior; y existen los jacobinos francamente revolucionarios, los héroes, los últimos representantes sinceros de la fe democrática de 1793, capaces de sacrificar su unidad y su autoridad bien amadas, a las necesidades de la revolución, ante todo; y como no hay revolución sin masas populares, y como esas masas tienen eminentemente hoy el instinto socialista y no pueden ya hacer otra revolución que una revolución económica y social, los jacobinos de buena fe, dejándose arrastrar más y más por la lógica del movimiento revolucionario, acabaron convirtiéndose en socialistas a su pesar.

Tal fue precisamente la situación de los jacobinos que formaron parte de la Comuna de París. Delescluze y muchos otros, firmaron proclamas y programas cuyo espíritu general y cuyas promesas eran positivamente socialistas. Pero como a pesar de toda su buena fe y de toda su buena voluntad no eran más que individuos arrastrados al campo socialista por la fuerza de las circunstancias, como no tuvieron tiempo ni capacidad para vencer y suprimir en ellos el cúmulo de prejuicios burgueses que estaban en contradicción con el socialismo, hubieron de paralizarse y no pudieron salir de las generalidades, ni tomar medidas decisivas que hubiesen roto para siempre todas sus relaciones con el mundo burgués.

Fue una gran desgracia para la Comuna y para ellos; fueron paralizados y paralizaron la Comuna; pero no se les puede reprochar como una falta. Los hombres no se transforman de un día a otro y no cambian de naturaleza ni de hábitos a voluntad. Han probado su sinceridad haciéndose matar por la Comuna. ¿Quién se atreverá a pedirles más?

Son tanto más excusables cuanto que el pueblo de París mismo, bajo la influencia del cual han pensado y obrado, era mucho más socialista por instinto que por idea o convicción reflexiva. Todas sus aspiraciones son en el más alto grado y exclusivamente socialistas; pero sus ideas o más bien sus representaciones tradicionales están todavía bien lejos de haber llegado a esta altura. Hay todavía muchos prejuicios jacobinos, muchas imaginaciones dictatoriales y gubernamentales en el proletariado de las grandes ciudades de Francia y aún en el de París. El culto a la autoridad religiosa, esa fuente histórica de todas las desgracias, de todas las depravaciones y de todas las servidumbres populares no ha sido desarraigado aún completamente de su seno. Esto es tan cierto que hasta los hijos más inteligentes del pueblo, los socialistas más convencidos, no llegaron aún a libertarse de una manera completa de ella. Mirad su conciencia y encontraréis al jacobino, al gubernamentalista, rechazado hacia algún rincón muy oscuro y vuelto muy modesto, es verdad, pero no enteramente muerto.

Por otra parte, la situación del pequeño número de los socialistas convencidos que han constituido parte de la Comuna era excesivamente difícil. No sintiéndose suficientemente sostenidos por la gran masa de la población parisiense, influenciando apenas sobre unos millares de individuos, la organización de la Asociación Internacional, por lo demás muy imperfecta, han debido sostener una lucha diaria contra la mayoría jacobina. ¡Y en medio de qué circunstancias! Les ha sido necesario dar trabajo y pan a algunos centenares de millares de obreros, organizarlos y armarlos combatiendo al mismo tiempo las maquinaciones reaccionarias en una ciudad inmensa como París, asediada, amenazada por el hambre, y entregada a todas las sucias empresas de la reacción que había podido establecerse y que se mantenía en Versalles, con el permiso y por la gracia de los prusianos. Les ha sido necesario oponer un gobierno y un ejército revolucionarios al gobierno y al ejército de Versalles, es decir, que para combatir la reacción monárquica y clerical, han debido, olvidando y sacrificando ellos mismos las primeras condiciones del socialismo revolucionario, organizarse en reacción jacobina.

¿No es natural que en medio de circunstancias semejantes, los jacobinos, que eran los más fuertes, puesto que constituían la mayoría en la Comuna y que además poseían en un grado infinitamente superior el instinto político, la tradición y la práctica de la organización gubernamental, hayan tenido inmensas ventajas sobre los socialistas? De lo que hay que asombrarse es de que no se hayan aprovechado mucho más de lo que lo hicieron, de que no hayan dado a la sublevación de París un carácter exclusivamente jacobino y de que se hayan dejado arrastrar, al contrario, a una revolución social.

Sé que muchos socialistas, muy consecuentes en su teoría, reprochan a nuestros amigos de París el no haberse mostrado suficientemente socialistas en su práctica revolucionaria, mientras que todos los ladrones de la prensa burguesa los acusan, al contrario, de no haber seguido más que demasiado fielmente el programa del socialismo. Dejemos por el momento a un lado a los innobles denunciadores de esa prensa, y observemos que los severos teóricos de la emancipación del proletariado son injustos hacia nuestros hermanos de París porque, entre las teorías más justas y su práctica, hay una distancia inmensa que no se franquea en algunos días. El que ha tenido la dicha de conocer a Varlin, por ejemplo, para no nombrar sino a aquel cuya muerte es cierta, sabe cómo han sido apasionadas, reflexivas y profundas en él y en sus amigos las convicciones socialistas. Eran hombres cuyo celo ardiente, cuya abnegación y buena fe no han podido ser nunca puestas en duda por nadie de los que se les hayan acercado. Pero precisamente porque eran hombres de buena fe, estaban llenos de desconfianza en sí mismos al tener que poner en práctica la obra inmensa a que habían dedicado su pensamiento y su vida. Tenían por lo demás la convicción de que en la revolución social, diametralmente opuesta a la revolución política, la acción de los individuos es casi nula y, por el contrario, la acción espontánea de las masas lo es todo. Todo lo que los individuos pueden hacer es elaborar, aclarar y propagar las ideas que corresponden al instinto popular y además contribuir con sus esfuerzos incesantes a la organización revolucionaria del potencial natural de las masas, pero nada más, siendo al pueblo trabajador al que corresponde hacerlo todo. Ya que actuando de otro modo se llegaría a la dictadura política, es decir, a la reconstitución del Estado, de los privilegios, de las desigualdades, llegándose al restablecimiento de la esclavitud política, social, económica de las masas populares.

Varlin y sus amigos, como todos los socialistas sinceros, y en general como todos los trabajadores nacidos y educados en el pueblo, compartían en el más alto grado esa prevención perfectamente legítima contra la iniciativa continua de los mismos individuos, contra la dominación ejercida por las individualidades superiores; y como ante todo eran justos, dirigían también esa prevención, esa desconfianza, contra sí mismos más que contra todas las otras personas. Contrariamente a ese pensamiento de los comunistas autoritarios, según mi opinión, completamente erróneo, de que una revolución social puede ser decretada y organizada sea por una dictadura, sea por una asamblea constituyente salida de una revolución política, nuestros amigos, los socialistas de París, han pensado que no podía ser hecha y llevada a su pleno desenvolvimiento más que por la acción espontánea y continua de las masas, de los grupos y de las asociaciones populares.

Nuestros amigos de París han tenido mil veces razón. Porque, en efecto, por general que sea, ¿cuál es la cabeza, o si se quiere hablar de una dictadura colectiva, aunque estuviese formada por varios centenares de individuos dotados de facultades superiores, cuáles son los cerebros capaces de abarcar la infinita multiplicidad y diversidad de los intereses reales, de las aspiraciones, de las voluntades, de las necesidades cuya suma constituye la voluntad colectiva de un pueblo, y capaces de inventar una organización social susceptible de satisfacer a todo el mundo? Esa organización no será nunca más que un lecho de Procusto sobre el cual, la violencia más o menos marcada del Estado forzará a la desgraciada sociedad a extenderse. Esto es lo que sucedió siempre hasta ahora, y es precisamente a este sistema antiguo de la organización por la fuerza a lo que la revolución social debe poner un término, dando a las masas su plena libertad, a los grupos, a las comunas, a las asociaciones, a los individuos mismos, y destruyendo de una vez por todas la causa histórica de todas las violencias, el poder y la existencia misma del Estado, que debe arrastrar en su caída todas las iniquidades del derecho jurídico con todas las mentiras de los cultos diversos, pues ese derecho y esos cultos no han sido nunca nada más que la consagración obligada, tanto ideal como real, de todas las violencias representadas, garantizadas y privilegiadas por el Estado.

Es evidente que la libertad no será dada al género humano, y que los intereses reales de la sociedad, de todos los grupos, de todas las organizaciones locales así como de todos los individuos que la forman, no podrán encontrar satisfacción real más que cuando no haya Estados. Es evidente que todos los intereses llamados generales de la sociedad, que el Estado pretende representar y que en realidad no son otra cosa que la negación general y consciente de los intereses positivos de las regiones, de las comunas, de las asociaciones y del mayor número de individuos a él sometidos, constituyen una ficción, una obstrucción, una mentira, y que el Estado es como una carnicería y como un inmenso cementerio donde, a su sombra, acuden generosa y beatamente, a dejarse inmolar y enterrar, todas las aspiraciones reales, todas las fuerzas vivas de un país; y como ninguna abstracción existe por sí misma, ya que no tiene ni piernas para caminar, ni brazos para crear, ni estómago para digerir esa masa de víctimas que se le da para devorar, es claro que también la abstracción religiosa o celeste de Dios, representa en realidad los intereses positivos, reales, de una casta privilegiada: el clero, y su complemento terrestre, la abstracción política, el Estado, representa los intereses no menos positivos y reales de la clase explotadora que tiende a englobar todas las demás: la burguesía. Y como el clero está siempre dividido y hoy tiende a dividirse todavía más en una minoría muy poderosa y muy rica, y una mayoría muy subordinada y hasta cierto punto miserable. Por su parte, la burguesía y sus diversas organizaciones políticas y sociales, en la industria, en la agricultura, en la banca y en el comercio, al igual que en todos los órganos administrativos, financieros, judiciales, universitarios, policiales y militares del Estado, tiende a escindirse cada día más en una oligarquía realmente dominadora y en una masa innumerable de seres más o menos vanidosos y más o menos decaídos que viven en una perpetua ilusión, rechazados inevitablemente y empujados, cada vez más hacia el proletariado por una fuerza irresistible: la del desenvolvimiento económico actual, quedando reducidos a servir de instrumentos ciegos de esa oligarquía omnipotente.

La abolición de la Iglesia y del Estado debe ser la condición primaria e indispensable de la liberación real de la sociedad; después de eso, ella sola puede y debe organizarse de otro modo, pero no de arriba a abajo y según un plan ideal, soñado por algunos sabios, o bien a golpes de decretos lanzados por alguna fuerza dictatorial o hasta por una asamblea nacional elegida por el sufragio universal. Tal sistema, como lo he dicho ya, llevaría inevitablemente a la creación de un nuevo Estado, y, por consiguiente, a la formación de una aristocracia gubernamental, es decir, de una clase entera de gentes que no tienen nada en común con la masa del pueblo y, ciertamente, esa clase volvería a explotar y a someter bajo el pretexto de la felicidad común, o para salvar al Estado.

La futura organización social debe ser estructurada solamente de abajo a arriba, por la libre asociación y federación de los trabajadores, en las asociaciones primero, después en las comunas, en las regiones, en las naciones y finalmente en una gran federación internacional y universal. Es únicamente entonces cuando se realizará el orden verdadero y vivificador de la libertad y de la dicha general, ese orden que, lejos de renegar, afirma y pone de acuerdo los intereses de los trabajadores y los de la sociedad.

Se dice que el acuerdo y la solidaridad universal de los individuos y de la sociedad no podrá realizarse nunca porque esos intereses, siendo contradictorios, no están en condición de contrapesarse ellos mismos o bien de llegar a un acuerdo cualquiera. A una objeción semejante responderé que si hasta el presente los intereses no han estado nunca ni en ninguna parte en acuerdo mutuo, ello tuvo su causa en el Estado, que sacrificó los intereses de la mayoría en beneficio de una minoría privilegiada. He ahí por qué esa famosa incompatibilidad y esa lucha de intereses personales con los de la sociedad, no es más que otro engaño y una mentira política, nacida de la mentira teológica que imaginó la doctrina del pecado original para deshonrar al hombre y destruir en él la conciencia de su propio valor. Esa misma idea falsa del antagonismo de los intereses fue creada también por los sueños de la metafísica que, como se sabe, es próxima pariente de la teología. Desconociendo la sociabilidad de la naturaleza humana, la metafísica consideraba la sociedad como un agregado mecánico y puramente artificial de individuos asociados repentinamente en nombre de un tratado cualquiera, formal o secreto, concluido libremente, o bien bajo la influencia de una fuerza superior. Antes de unirse en sociedad, esos individuos, dotados de una especie de alma inmortal, gozaban de una absoluta libertad.

Pero si los metafísicos, sobre todo los que creen en la inmortalidad del alma, afirman que los hombres fuera de la sociedad son seres libres, nosotros llegamos entonces inevitablemente a una conclusión: que los hombres no pueden unirse en sociedad más que a condición de renegar de su libertad, de su independencia natural y de sacrificar sus intereses, personales primero y grupales después. Tal renunciamiento y tal sacrificio de sí mismos debe ser por eso tanto más imperioso cuanto que la sociedad es más numerosa y su organización más compleja. En tal caso, el Estado es la expresión de todos los sacrificios individuales. Existiendo bajo una semejante forma abstracta, y al mismo tiempo violenta, continúa perjudicando más y más la libertad individual en nombre de esa mentira que se llama felicidad pública, aunque es evidente que la misma no representa más que los intereses de la clase dominante. El Estado, de ese modo, se nos aparece como una negación inevitable y como una aniquilación de toda libertad, de todo interés individual y general.

Se ve aquí que en los sistemas metafísicos y teológicos, todo se asocia y se explica por sí mismo. He ahí por qué los defensores lógicos de esos sistemas pueden y deben, con la conciencia tranquila, continuar explotando las masas populares por medio de la Iglesia y del Estado. Llenandose los bolsillos y sacando todos sus sucios deseos, pueden al mismo tiempo consolarse con el pensamiento de que penan por la gloria de Dios, por la victoria de la civilización y por la felicidad eterna del proletariado.

Pero nosotros, que no creemos ni en Dios ni en la inmortalidad del alma, ni en la propia libertad de la voluntad, afirmamos que la libertad debe ser comprendida, en su acepción más completa y más amplia, como fin del progreso histórico de la humanidad. Por un extraño aunque lógico contraste, nuestros adversarios idealistas, de la teología y de la metafísica, toman el principio de la libertad como fundamento y base de sus teorías, para concluir buenamente en la indispensabilidad de la esclavitud de los hombres. Nosotros, materialistas en teoría, tendemos en la práctica a crear y hacer duradero un idealismo racional y noble. Nuestros enemigos, idealistas divinos y trascendentes, caen hasta el materialismo práctico, sanguinario y vil, en nombre de la misma lógica, según la cual todo desenvolvimiento es la negación del principio fundamental. Estamos convencidos de que toda la riqueza del desenvolvimiento intelectual, moral y material del hombre, lo mismo que su aparente independencia, son el producto de la vida en sociedad. Fuera de la sociedad, el hombre no solamente no será libre, sino que no será hombre verdadero, es decir, un ser que tiene conciencia de sí mismo, que siente, piensa y habla. El concurso de la inteligencia y del trabajo colectivo ha podido forzar al hombre a salir del estado de salvaje y de bruto que constituía su naturaleza primaria. Estamos profundamente convencidos de la siguiente verdad: que toda la vida de los hombres, es decir, sus intereses, tendencias, necesidades, ilusiones, e incluso sus tonterías, tanto como las violencias, y las injusticias que en carne propia sufren, no representa más que la consecuencia de las fuerzas fatales de la vida en sociedad. Las gentes no pueden admitir la idea de independencia mutua, sin renegar de la influencia recíproca de la correlación de las manifestaciones de la naturaleza exterior.

En la naturaleza misma, esa maravillosa correlación y filiación de los fenómenos no se ha conseguido sin lucha. Al contrario, la armonía de las fuerzas de la naturaleza no aparece más que como resultado verdadero de esa lucha constante que es la condición misma de la vida y el movimiento. En la naturaleza y en la sociedad el orden sin lucha es la muerte.

Si en el universo el orden natural es posible, es únicamente porque ese universo no es gobernado según algún sistema imaginado de antemano e impuesto por una voluntad suprema. La hipótesis teológica de una legislación divina conduce a un absurdo evidente y a la negación, no sólo de todo orden, sino de la naturaleza misma. Las leyes naturales no son reales más que en tanto son inherentes a la naturaleza, es decir, en tanto que no son fijadas por ninguna autoridad. Estas leyes no son más que simples manifestaciones, o bien continuas modalidades de hechos muy variados, pasajeros, pero reales. El conjunto constituye lo que llamamos naturaleza. La inteligencia humana y la ciencia observaron estos hechos, los controlaron experimentalmente, después los reunieron en un sistema y los llamaron leyes. Pero la naturaleza misma no conoce leyes; obra inconscientemente, representando por sí misma la variedad infinita de los fenómenos que aparecen y se repiten de una manera fatal. He ahí por qué, gracias a esa inevitabilidad de la acción, el orden universal puede existir y existe de hecho.

Un orden semejante aparece también en la sociedad humana que evoluciona en apariencia de un modo llamado antinatural, pero en realidad se somete a la marcha natural e inevitable de las cosas. Sólo que la superioridad del hombre sobre los otros animales y la facultad de pensar unieron a su desenvolvimiento un elemento particular que, como todo lo que existe, representa el producto material de la unión y de la acción de las fuerzas naturales. Este elemento particular es el razonamiento, o bien esa facultad de generalización y de abstracción gracias a la cual el hombre puede proyectarse por el pensamiento, examinándose y observándose como un objeto exterior extraño. Elevándose, por las ideas, por sobre sí mismo, así como por sobre el mundo circundante, logra arrivar a la representación de la abstracción perfecta: a la nada absoluta. Este límite último de la más alta abstracción del pensamiento, esa nada absoluta, es Dios.

He ahí el sentido y el fundamento histórico de toda doctrina teológica. No comprendiendo la naturaleza y las causas materiales de sus propios pensamientos, no dándose cuenta tampoco de las condiciones o leyes naturales que le son especiales, los hombres de la Iglesia y del Estado no pueden imaginar a los primeros hombres en sociedad, puesto que sus nociones absolutas no son más que el resultado de la facultad de concebir ideas abstractas. He ahí porque consideraron esas ideas, sacadas de la naturaleza, como objetos reales ante los cuales la naturaleza misma cesaba de ser algo. Luego se dedicaron a adorar a sus ficciones, sus imposibles nociones de absoluto, y a prodigarles todos los honores. Pero era preciso, de una manera cualquiera, figurar y hacer sensible la idea abstracta de la nada o de Dios. Con este fin inflaron la concepción de la divinidad y la dotaron, de todas las cualidades, buenas y malas, que encontraban sólo en la naturaleza y en la sociedad.

Tal fue el origen y el desenvolvimiento histórico de todas las religiones, comenzando por el fetichismo y acabando por el cristianismo.

No tenemos la intención de lanzarnos en la historia de los absurdos religiosos, teológicos y metafísicos, y menos aún de hablar del desplegamiento sucesivo de todas las encarnaciones y visiones divinas creadas por siglos de barbarie. Todo el mundo sabe que la superstición dio siempre origen a espantosas desgracias y obligó a derramar ríos de sangre y lágrimas. Diremos sólo que todos esos repulsivos extravíos de la pobre humanidad fueron hechos históricos inevitables en su desarrollo y en la evolución de los organismos sociales. Tales extravíos engendraron en la sociedad esta idea fatal que domina la imaginación de los hombres: la idea de que el universo es gobernado por una fuerza y por una voluntad sobrenaturales. Los siglos sucedieron a los siglos, y las sociedades se habituaron hasta tal punto a esta idea que finalmente mataron en ellas toda tendencia hacia un progreso más lejano y toda capacidad para llegar a él.

La ambición de algunos individuos y de algunas clases sociales, erigieron en principio la esclavitud y la conquista, y enraizaron la terrible idea de la divinidad. Desde entonces, toda sociedad fue imposible sin tener como base éstas dos instituciones: la Iglesia y el Estado. Estas dos plagas sociales son defendidas por todos los doctrinarios.

Apenas aparecieron estas dos instituciones en el mundo, se organizaron repentinamente dos castas sociales: la de los sacerdotes y la de los aristócratas, que sin perder tiempo se preocuparon en inculcar profundamente al pueblo subyugado la indispensabilidad, la utilidad y la santidad de la Iglesia y del Estado.

Todo eso tenía por fin transformar la esclavitud brutal en una esclavitud legal, prevista, consagrada por la voluntad del Ser Supremo.

Pero ¿creían sinceramente, los sacerdotes y los aristócratas, en esas instituciones que sostenían con todas sus fuerzas en su interés particular? o acaso ¿no eran más que mistificadores y embusteros? No, respondo, creo que al mismo tiempo eran creyentes e impostores.

Ellos creían, también, porque compartían natural e inevitablemente los extravíos de la masa y es sólo después, en la época de la decadencia del mundo antiguo, cuando se hicieron escépticos y embusteros. Existe otra razón que permite considerar a los fundadores de los Estados como gentes sinceras: el hombre cree fácilmente en lo que desea y en lo que no contradice a sus intereses; no importa que sea inteligente e instruido, ya que por su amor propio y por su deseo de convivir con sus semejantes y de aprovecharse de su respeto creerá siempre en lo que le es agradable y útil. Estoy convencido de que, por ejemplo, Thiers y el gobierno versallés se esforzaron a toda costa por convencerse de que matando en París a algunos millares de hombres, de mujeres y de niños, salvaban a Francia.

Pero si los sacerdotes, los augures, los aristócratas y los burgueses, de los viejos y de los nuevos tiempos, pudieron creer sinceramente, no por eso dejaron de ser siempre mistificadores. No se puede, en efecto, admitir que hayan creído en cada una de las ideas absurdas que constituyen la fe y la política. No hablo siquiera de la época en que, según Cicerón, los augures no podían mirarse sin reír. Aun en los tiempos de la ignorancia y de la superstición general es difícil suponer que los inventores de milagros cotidianos hayan sido convencidos de la realidad de esos milagros. Igual se puede decir de la política, según la cual es preciso subyugar y explotar al pueblo de tal modo, que no se queje demasiado de su destino, que no se olvide someterse y no tenga el tiempo para pensar en la resistencia y en la rebelión.

¿Cómo, pues, imaginar después de eso que las gentes que han transformado la política en un oficio y conocen su objeto – es decir, la injusticia, la violencia, la mentira, la traición, el asesinato en masa y aislado -, puedan creer sinceramente en el arte político y en la sabiduría de un Estado generador de la felicidad social? No pueden haber llegado a ese grado de estupidez, a pesar de toda su crueldad. La Iglesia y el Estado han sido en todos los tiempos grandes escuelas de vicios. La historia está ahí para atestiguar sus crímenes; en todas partes y siempre el sacerdote y el estadista han sido los enemigos y los verdugos conscientes, sistemáticos, implacables y sanguinarios de los pueblos.

Pero, ¿cómo conciliar dos cosas en apariencia tan incompatibles: los embusteros y los engañados, los mentirosos y los creyentes? Lógicamente eso parece difícil; sin embargo, en la realidad, es decir, en la vida práctica, esas cualidades se asocian muy a menudo.

Son mayoría las gentes que viven en contradicción consigo mismas. No lo advierten hasta que algún acontecimiento extraordinario las saca de la somnolencia habitual y las obliga a echar un vistazo sobre ellos y sobre su derredor.

En política como en religión, los hombres no son más que máquinas en manos de los explotadores. Pero tanto los ladrones como sus víctimas, los opresores como los oprimidos, viven unos al lado de otros, gobernados por un puñado de individuos a los que conviene considerar como verdaderos explotadores. Así, son esas gentes que ejercen las funciones de gobierno, las que maltratan y oprimen. Desde los siglos XVII y XVIII, hasta la explosión de la Gran Revolución, al igual que en nuestros días, mandan en Europa y obran casi a su capricho. Y ya es necesario pensar que su dominación no se prolongará largo tiempo.

En tanto que los jefes principales engañan y pierden a los pueblos, sus servidores, o las hechuras de la Iglesia y del Estado, se aplican con celo a sostener la santidad y la integridad de esas odiosas instituciones. Si la Iglesia, según dicen los sacerdotes y la mayor parte de los estadistas, es necesaria a la salvación del alma, el Estado, a su vez, es también necesario para la conservación de la paz, del orden y de la justicia; y los doctrinarios de todas las escuelas gritan: ¡sin iglesia y sin gobierno no hay civilización ni progreso!

No tenemos que discutir el problema de la salvación eterna, porque no creemos en la inmortalidad del alma. Estamos convencidos de que la más perjudicial de las cosas, tanto para la humanidad, para la libertad y para el progreso, lo es la Iglesia. ¿No es acaso a la iglesia a quien incumbe la tarea de pervertir las jóvenes generaciones, comenzando por las mujeres? ¿No es ella la que por sus dogmas, sus mentiras, su estupidez y su ignominia tiende a matar el razonamiento lógico y la ciencia? ¿Acaso no afecta a la dignidad del hombre al pervertir en él la noción de sus derechos y de la justicia que le asiste? ¿No transforma en cadáver lo que es vivo, no pierde la libertad, no es ella la que predica la esclavitud eterna de las masas en beneficio de los tiranos y de los explotadores? ¿No es ella, esa Iglesia implacable, la que tiende a perpetuar el reinado de las tinieblas, de la ignorancia, de la miseria y del crimen?

Si el progreso de nuestro siglo no es un sueño engañoso, debe conducir a la finiquitación de la Iglesia.

 
 
 

LA COMUNA DE PARÍS Y LOS ORÍGENES DEL PENSAMIENTO ANARQUISTA: LA EXPERIENCIA DE LOS HERMANOS RECLUS

En la historiografía todavía no está bien resuelto el problema del origen de la definición de “anarquismo” y de “anarquía” en la historia política y cultural de la Europa contemporánea. Si bien el pensamiento anarquista tiene raíces que se hunden en la antigüedad y su relativa definición encuentra un uso frecuente en el debate político en Francia ya en la primera mitad del siglo XIX, es cierto queno existe un movimiento anarquista organizado y conocedor de su propia definición más que desde el quinquenio de 1872-1877. Tras la separación de la “Internacional antiautoritaria” del Consejo General de la AIT, es en el laboratorio político de la Suiza francófona donde los militantes locales y los exiliados que conforman la Federación del Jura adoptan formalmente el comunismo anárquico, y solo desde entonces esta escuela política asume la elaboración de elementos estratégicos tácticos y precisos que desde este momento la caracterizan claramente. ¿Pero es posible hablar de anarquistas y de anarquía antes de ese hito? Hemos planteado el problema analizando el recorrido de dos de los fundadores del movimiento anarquista internacional, conocidos también por su actividad intelectual en el ámbito de la etnología y de la geografía, los hermanos Élie y Élisée Reclus. Analizaremos sus escritos y su correspondencia en los años en torno al evento que marca la transición más visible en su trayectoria militante, que les lleva del republicanismo “rojo” al anarquismo: la Comuna de París.

Bakunin en París y los hermanos Reclus

En 1864 el célebre revolucionario ruso Mijaíl Alexándrovich Bakunin (1814-1876), evadido de Siberia dos años antes, toma los primeros contactos en Londres con miembros de la recién nacida Asociación Internacional de los Trabajadores; después llega a París, donde encuentra entre los primeros adherentes a su sociedad secreta, llamada Fraternidad Internacional, a dos hermanos, de nombre Élie y Élisée Reclus.

Publicistas y antiguos exiliados republicanos tras el golpe de Estado de 1851, muy interesados en las perspectivas de la revolución, ambos tienen a sus espaldas una carrera política e intelectual de cierto relieve. Vueltos del exilio en 1857, se presentan al director de la Revue Germanique, August Nefftzer, a quien proponen una colaboración 1:

Somos dos hermanos que, habiendo vivido en Alemania en distintas épocas y durante varios años, podemos decir, sin vanagloriarnos, que la lengua alemana ya no tiene dificultades para nosotros. Ambos hemos estudiado teología protestante (…) pero, por motivos que los librepensadores apreciarán fácilmente, jamás hemos ejercido el ministerio. Filosóficamente, nos vinculamos a la escuela de Spinoza (…). Adjuntamos a continuación un articulito sobre la Teogonía de Feuerbach, su última obra, en el que hemos tratado de reproducir su sistema con sus propias palabras.

Antiguos estudiantes de teología, hijos de un pastor protestante, se presentan con las credenciales de los filósofos Feuerbach y Spinoza, que en la época más caracterizaban el ateísmo materialista y el librepensamiento. De Jean-Pierre-Michel Reclus (Sainte-Foix-la-Grande, 1827-Bruselas, 1904), el nombre es conocido casi exclusivamente por el apodo “Élie”, mientras que el apellido se asocia a las obras del mucho más célebre hermano menor, Jacques-Élisée (a veces citado como Jean-Jacques: en realidad, en su acta de nacimiento el nombre resulta ser simplemente Jacques-Élisée 2), seguramente uno de los geógrafos europeos más importantes del siglo XIX (Sainte-Foix-la-Grande, 1830-Bruselas, 1905). Por el contrario, Élie parece haber sido totalmente oscurecido por la sombra del hermano, de manera que gran parte de sus escritos han sido publicados tras su muerte, y hasta hoy nunca se le ha dedicado un estudio monográfico, aunque su biografía es absolutamente paralela a la de Élisée y su trabajo es muy importante para la formación de éste último. Su producción científica no ha sido ni escasa ni banal. Faltan también estudios que profundicen en los recorridos formativos y laborales comunes de este binomio no solo parental, sino también profesional y científico, que ha proseguido las actividades en común hasta la muerte del hermano mayor.

En torno a mediados de los años sesenta, ambos hermanos son muy activos; aparte de en estudios sociales, históricos y geográficos, en la experiencia del Crédit Mutuel animado por Jacques Beluze, ex “lugarteniente” de Étienne Cabet. Esta iniciativa, que agrupa a gran parte de la izquierda francesa en el último periodo del Segundo Imperio, tiende a desarrollar, a través de la promoción de una banca mutualista, la financiación en el continente de experiencias cooperativas de producción y consumo, a imagen de los Equitable Pioneers de Rochdale. Uno de los primeros miembros de la asociación es el mismísimo Bakunin. El fracaso, incluso económico, de esta iniciativa, allana el camino para una radicalización de las ideas políticas de ambos hermanos.

Bakunin, que en 1865 se encuentra haciendo proselitismo en Florencia (donde recibe la visita de Élisée que vuelve de un viaje a Sicilia para asistir a la erupción del Etna), siente el aprecio de los dos hermanos y corresponde expresándose así: “Los científicos y a la vez los hombres más modestos, más notables, más desinteresados, más puros, más religiosamente devotos a sus principios que he encontrado en mi vida” 3.

Los Reclus también entran en los años sucesivos en la Alianza Internacional para la Democracia Socialista, y participan en la tentativa de Bakunin de hacer confluir la Liga de la Paz y la Libertad en la Asociación Internacional de los Trabajadores. En octubre de 1867, Bakunin propone al Comité Central de dicha Liga nombrar a Élie director del periódico Les États-Unis d’Europe. Élisée, a su vez, participa en el Congreso de Berna, pronunciando un discurso sobre el federalismo de matriz indudablemente proudhoniana, pero enriquecido con sus concepciones de geógrafo 4:

Pero yo pregunto, señores, si los franceses de Alsacia no quisieran ser franceses y deseasen unirse con los alemanes, si los vascos del norte de los Pirineos quisieran unirse con los españoles, hoy libres ¿en nombre de qué derecho se les podría impedir esto? (…) Y si las fronteras estatales dependen de la voluntad de los pueblos y deben ser modificadas conforme a sus deseos, lo mismo puede aplicarse a las fronteras igualmente convencionales, que separan artificialmente los Estados en diferentes provincias.

En el ámbito de este discurso, la interconexión del Globo se corresponde con el aumento de oportunidades para la unidad humana: lo que hoy los geógrafos llaman “comprensión espacio-temporal” parecía ya entonces superar la vieja línea de frontera, concepto cartográfico apoyado en pretextos más o menos “naturales”. “¡No hay ninguna frontera natural; el océano mismo nos separa ya de los países!” 5

La Alianza bakuniana, no consiguiendo la adhesión de la Liga a la Internacional, se organiza como componente de la Internacional misma, en cuyo seno ya se perfila un contraste entre los seguidores de Marx y Engels –que comienzan a admitir la estrategia de la participación política y electoral de los partidos obreros para llegar a tomar el control del Estado- y los componentes libertarios que piensan, como Bakunin, que “quien dice Asociación Internacional dice negación del Estado, porque todo Estado debe ser necesariamente una institución nacional” 6.

Hoy en España y mañana en Francia

En aquellos meses, el Pronunciamiento de Cádiz del 18 de septiembre de 1868 abre el periodo 1868-1874, llamado “sexenio democrático” 7, suscitando el inmediato entusiasmo en los ambientes progresistas europeos, sobre todo entre los franceses, donde la crisis de consensos de Napoleón III hace esperar que también a ese lado de los Pirineos se acerque una etapa republicana. Bakunin y la Alianza piensan que es el momento de enviar una expedición de propaganda a España para constituir una sección de la Internacional sobre posiciones “aliancistas” y para llevar el movimiento de la causa nacional a la causa social, que para los componentes más “extremos” estaban ya estrechamente conectados: “Esta situación se asemejaba a la del socialismo en Italia hasta 1859 aproximadamente” 8.

El plan de viaje es trazado por Bakunin desde Ginebra. El ruso pide a Élisée Reclus que se traslade a España. El geógrafo rechaza la oferta, pero dada la disponibilidad de Élie y del joven miembro de la Alianza y futuro miembro de la Comuna, Aristide Rey, se encarga de ayudar a la organización del grupo que sale de Francia. Como escribe su hermano: “He enviado tu carta a Michel [Bakunin] pero antes de recibir una respuesta, me ha llegado el aviso de que muchos tienen la intención de ir a España. Quizás Aristide, y quizás también nuestro amigo Fanelli” 9.

Bakunin había obtenido la disponibilidad del ex garibaldino Giuseppe Fanelli, diputado de extrema izquierda del Parlamento italiano, a quien los hermanos Reclus facilitan una serie de direcciones, como la de su amigo republicano Fernando Garrido. Durante los preparativos, algo falla en la comunicación, ya que todos viajan independientemente: Rey con mandatos de diversas asociaciones, entre ellas los republicanos de Delescluze y la sección parisina de la Internacional; Reclus con el encargo oficial de documentar la revolución para las revistas en que colabora, sobre todo el Djelo de San Petersburgo. Es un problema aún no resuelto entender si ha tenido una parte activa y directa en la constitución de la sección española de la Internacional, papel que efectivamente no está documentado. Incluso los sucesivos desencuentros con Bakunin, de los que hablaremos, parecen excluir esta implicación. Según Max Nettlau, “Élie Reclus y Aristide Rey (…) no hacen este viaje en interés de la sociedad secreta, y por ello no se encuentran en España en sintonía con Fanelli” 10.

Esto no quita para que entre los diferentes protagonistas de esta expedición se haya producido solidaridad y apoyo recíproco. El primero en llegar a Barcelona, el 26 de octubre, es Élie. Los malentendidos se producen desde la cita, como lamenta el 2 de noviembre Bakunin en una carta a Gambuzzi: “He recibido una carta de Aristide [Rey] fechada en Barcelona y adjunta a una carta de Paolo [Élisée Reclus] que me dice que también Pietro [Élie Reclus] está allí y que se ha encontrado con Aristide, pero que la Fonda de Italia que él [Élisée] había determinado como punto de reunión ya no existe” 11. Fanelli, entre tanto, está todavía en Génova esperando embarcar, y solo a mediados de noviembre se reúne con los demás, con quienes prosigue hacia Valencia. Después, mientras que Reclus y Rey siguen a Garrido por Andalucía, Fanelli va a Madrid con algunas direcciones proporcionadas por éste último y llega a la capital el 24 12. El objetivo de Fanelli es encontrar núcleos obreros a los que mostrar los estatutos de la Internacional y de la Alianza (generando, al parecer, un poco de confusión entre las dos organizaciones) y paradójicamente consigue encontrarlos antes en Madrid que en la más industrializada Barcelona, donde la sección internacional sólo se consolidará algunos meses después. Su encuentro con el grupo de Anselmo Lorenzo y de los hermanos Mora es considerado como el acto de fundación del movimiento libertario español 13.

Por el contrario, Reclus sigue la gira de propaganda del amigo Garrido, y de otros dirigentes republicanos, entre los que se cuenta José María Orense. En un discurso pronunciado en Sabadell, el “republicano francés” no hace referencia a la revolución social, sino a una revolución que lleve a una república federal, prólogo de la República Universal, ante un público entusiasta: “No sólo pondréis fin a las iniquidades de esa Isabel, sino que también habréis logrado la gloria de preservar a Europa de una conflagración que nos estaban preparando los déspotas; habréis hecho imposible una guerra sangrienta que hubiera costado al pueblo trabajador doscientos o cuatrocientos mil hombres” 14.

Existen diferencias entre la postura entusiasta que se vislumbra en los discursos de propaganda y el más desencantado que emerge no solo de la correspondencia privada, sino también de la crónica aparecida en la Revue politique et littéraire. Este semanario, publicado entre junio de 1868 y febrero de 1869 bajo la dirección de Challemel Lacour, se postula como el órgano de la intelligentsia republicana en los años en que los “revolucionarios” intentan el desprecio contra el Imperio, en un clima que incluso en el ámbito de las publicaciones cada vez es más efervescente: “Todo el estado mayor de la intelligentsia republicana quiere, como debe ser, elevarse por encima de los hechos y las contingencias para preparar el advenimiento del nuevo régimen” 15. Sobre el viaje a España de Élie salen ocho artículos que nos permitirán seguir su recorrido. Tenemos también la posibilidad de consultar su diario, cuyo manuscrito parece que se perdió, aunque se publicó una versión en español en los años treinta en La Revista Blanca, y ha sido editado recientemente en un volumen 16.

El primero de noviembre, Reclus envía desde Barcelona una correspondencia que da idea de una ocasión revolucionaria perdida, por la pasividad de las juntas revolucionarias frente al gobierno de Madrid y por el carácter militar de la insurrección que no permite un desarrollo a favor del pueblo, problema que las revoluciones de los años siguientes llegaron a plantearse a su vez. El autor reproduce un diálogo con un español que afirma que “la insurrección ha sido fundamentalmente militar (…) el pueblo solo ha intervenido para dar su aportación; incluso se pretendía ignorarlo. Es imposible que una revolución militar se proponga jamás desarmar el ejército para armar al pueblo” 17. Queda clara, incluso del otro lado de los Pirineos, la regla de oro de esta experiencia: “Señor francés, desconfíe, desconfíe usted de las revoluciones militares, incluso cuando prometen la libertad” 18.

La conclusión es que no se puede hacer la revolución si no existen condiciones revolucionarias. En todo caso, sirven las condiciones de hecho: “La república es la realidad, es la monarquía la que se ha convertido en utópica en España. Tan utópica que los monárquicos no saben de qué lado ponerse para encontrar un rey presentable” 19. Difícilmente, en el sarcasmo de nuestro cronista, lo podrá ser el candidato más aceptable para los demócratas: Espartero, duque de la Victoria. “Espartero, un pobre viejo, es tan débil que apenas soportaría el viaje de Logroño a Madrid sin quedar hecho polvo. Lo que le conviene es un buen sillón mullidito, y no un trono, un par de muletas y no un cetro. La corona que se le ha destinado debería ir rellena de almohadones y rematada con un gorro de noche, los catarros del augusto duque de la Victoria así lo quieren” 20.

En artículos sucesivos, Reclus analiza la situación de los partidos políticos 21, que se articulan fundamentalmente en reaccionarios, liberales y republicanos, estos últimos a su vez divididos en socialistas y antisocialistas, auspiciando una alianza entre estas últimas tres fuerzas. El miedo a una revolución popular desplaza a los liberales hacia posturas más prudentes. El triunvirato madrileño Prim-Topete-Serrano, considerado ya como “traidor” por parte republicana junto a otros elementos como el alcalde de Madrid Rivero, se mueve ahora hacia una normalización y ordena la disolución de las juntas revolucionarlas y la limitación del derecho de reunión. Según Reclus: “lo que quizás puede haber contribuido a la desconfianza de los españoles hacia la monarquía republicana es la traición de los republicanos convertidos en monárquicos” 22.

El corresponsal de la Revue es, sin embargo, entusiasta, escribiendo desde Valencia el 22 de noviembre, y desde Málaga el 28, sobre la “lucha de las manifestaciones” que en aquellos días había hecho salir a la calle, en las principales ciudades del país, a millares de personas que pedían la república federal. El culmen de las esperanzas, en esta correspondencia, se alcanza en el mitin regional de Alora del 6 de diciembre, donde por primera vez se unen al movimiento las masas campesinas de Andalucía. Ese día hablan todos los “campeones” del republicanismo (Garrido, Palencia, Fuente), para reclamar, desafiando el poder que los grandes terratenientes ejercían en las áreas rurales, la liberación de un grupo de “patriotas” detenidos. Es tal el entusiasmo popular que los oradores, para evitar problemas con el Ejército, tienen que echar mano de todo su carisma con el fin de impedir que las masas tomen por asalto la cárcel y consigan por su cuenta lo solicitado.

Pero el enfrentamiento era inevitable, tanto que precisamente en Alora se había visto que “los peces gordos del partido liberal habían (…) hecho causa común con los peces gordos del partido reaccionario” 23. Precisamente llega al día siguiente la noticia de los muertos de Cádiz, donde, en el Puerto de Santa María, resistía una unidad de la milicia nacional republicana en malas relaciones con el alcalde liberal. Como habían rechazado el desarme, intervino el Ejército para arrestar a una parte del contingente: el resto de la milicia nacional se rebeló para ayudar a sus compañeros, con un balance de 134 milicianos muertos ya que la artillería y la marina de guerra habían sido movilizadas para cerrar el paso al contingente republicano. “Los dos elementos, progresista y republicano, que derrocaron juntos el trono de Isabel son a partir de ahora enemigos irreconciliables” 24. Reclus describe el clima de terror con el que se reciben las noticias de Cádiz, y cómo se prepara Málaga para la defensa armada, casi anticipando una serie de problemas no solo de alianzas políticas sino también de necesidades militares, las mismas a las que se enfrentarán los anarquistas españoles en el siglo siguiente.

Los enfrentamientos por el momento no se extienden, ya que los “triunviros” convocan en Madrid a los dirigentes republicanos, Garrido incluido, para llegar a un acuerdo. Reclus sigue al grupo a la capital, donde se queda el tiempo restante de su viaje. El 26 de diciembre comenta el resultado de las elecciones municipales que se acababan de celebrar, con resultados favorables a los republicanos, que en esos días convocan un mitin con Orense, Castelar y Garrido en el que participan seis mil personas, para reivindicar la victoria y protestar contra los sucesos de Andalucía. Pero Reclus tiene sus dudas de que el Gobierno considere el sufragio universal algo más que una “comedia”: “Todos recuerdan que Prim ha declarado que no habría elecciones a las Cortes si en las elecciones municipales predominara el sentido republicano. Adivinad entonces lo que va a pasar, si os atrevéis” 25. Un análisis descarnado de la situación observada en la capital no deja de ofrecer un sarcástico parangón con la situación francesa del momento.

La fórmula de la república federal a la que se alinea el resto de España no puede levantar ningún entusiasmo en la antigua capital del reino, a la que una enérgica descentralización haría perder la mitad de su importancia. Madrid está (…) habitada por una población de funcionarios y rentistas amarrados al presupuesto (…) en cuanto a los grandes de España, los grandes banqueros tanto judíos como cristianos, los propietarios que se ceban a costa del esclavo, o los almirantes y generales de división, esa banda podría sentirse cómodamente en París, a la sombra de la iglesia de la Madeleine o de la Trinité d’Antin 26.

El federalismo es considerado por Reclus como un objetivo estratégico, dada la conformación geográfica de España, que favorece el desarrollo de situaciones regionales cultural y económicamente poco controlables desde Madrid, y que se corresponde con las antiguas tradiciones municipales, como las de los fueros, presente en Aragón y en el área cantábrica. Las autonomías locales y municipales se situarán en el centro de la propuesta anarquista, que desde la Comuna de París asumirá una fisonomía más precisa, y a la que los hermanos Reclus ligarán indisolublemente su propio nombre. En la parte de la Nueva Geografía Universal que pocos años después Élisée dedicará, en calidad de geógrafo, a la Península Ibérica, retomará las mismas temáticas federalistas, y los recuerdos del viaje de Élie serán una fuente importante para su trabajo geográfico.

Finalmente, al mayor de los Reclus le parece que los monárquicos han aterrorizado hasta tal punto a la burguesía con el peligro socialista que el gobierno provisional, mientras combate a los republicanos, habla con una docena de pretendientes al trono. Se mire por donde se mire, el pronóstico pesimista es que “las dinastías nuevas necesitan un bautismo de sangre” 27.

En Madrid tenemos noticias de otro “enviado especial” a la revolución española, Lev Mechnikov, futuro colaborador de la Nueva Geografía Universal, llegado a Barcelona a mediados de octubre como corresponsal de la revista rusa Otechesvenie zapiski. No sabemos si también Mechnikov, que en los ambientes de los exiliados rusos en Ginebra figura en ese momento como dispuesto a todo, tiene algún encargo de Bakunin. Sabemos que viaja con una credencial de la Unión Republicana Universal en la que el polaco Bulewski recomienda “al ciudadano Mechnikov, capitán de Estado Mayor del Cuerpo a las órdenes del general Garibaldi, a todos los patriotas en España, como un valiente soldado y un defensor de la libertad y de la independencia de los pueblos” 28. Sabemos también que en 1871 forma parte, con los exiliados franceses, de la Sección de Propaganda de Ginebra de la Federación del Jura, por lo que en ese año se alinea con los anarquistas en el conflicto que les opone al Consejo General. Reclus cuenta una anécdota en la que el ruso y un compañero de viaje rechazan descubrirse al paso de una procesión religiosa: “Hace algunos días dos periodistas amigos nuestros, uno de los cuales es ruso, contemplaban el mismo espectáculo en una de las calles más céntricas de Madrid. Tampoco ellos pensaron en quitarse el sombrero (…) cuatro o cinco jóvenes robustos y envalentonados se acercaron a ellos con los puños apretados y en actitud amenazadora. Pero tuvieron que retroceder ante las muletas de uno y el revólver del otro” 29.

Sabemos también que en diciembre el francés se reunió con Fanelli, ya que otra anécdota tiene que ver con el enviado de Bakunin y prueba a su vez que el ambiente de Madrid en esos días no era precisamente seguro para los extranjeros: “Anteayer un diputado italiano y dos españoles pasaban por una calle excusada hablando de socialismo en francés. Dos individuos, provistos de garrotes, se les echaron encima gritando: ‘A ellos, que son franceses’. Nuestros amigos resistieron valientemente” 30. No sabemos durante cuánto tiempo estuvo Reclus con Fanelli en Madrid. El italiano “a finales de enero volvió a Barcelona” 31 mientras que el francés permaneció en Madrid para asistir a la toma de posesión de las Cortes en el mes siguiente, donde la situación de las mayorías parlamentarias contempla una intrincada serie de alianzas y contra-alianzas en las que los diputados republicanos, con Garrido y Pi y Margall a la cabeza, quedan casi siempre en minoría.

En 1869, al término de este viaje, el afecto de Bakunin por al menos uno de los dos hermanos parece debilitarse. El ruso, en el ámbito de una misión que en parte se le había escapado de las manos, regañará al francés por haberse entretenido demasiado en España con los burgueses republicanos en vez de frecuentar más a los trabajadores. Élie Reclus y Aristide Rey, según Bakunin, habían hecho “mucho radicalismo y un poco de socialismo burgués” 32. Esta desavenencia se arreglará definitivamente tras la Comuna, cuando Bakunin visita a Élie, exiliado en Zúrich, el 27 de octubre y el 11 de noviembre de 1872 33.

La República

En 1870, ante las intenciones de Napoleón III de iniciar la guerra con Prusia, los internacionalistas, como en general socialistas y republicanos, se orientan hacia posiciones antibélicas; de hecho se espera que la aventura militar acabe mal para el tirano de París, en vista de que hay constancia de que la guerra le sirve contra la oposición republicana que, tras casi veinte años de dictadura, está retomando ánimos y partidarios.

Pero cuando el desastre militar francés asume proporciones tan graves como para presentir cercano el fin del Imperio, cambian las posiciones. Surge la idea de aprovecharse de esta situación no solo para echar a Bonaparte, sino también para lograr realizaciones sociales más relevantes. Uno de los primeros que intuye el cariz que están tomando los acontecimientos y llama al pueblo a la acción es Bakunin, que en agosto de 1870 escribe su Carta a un francés, en la que afirma que “las condiciones en que se encuentra actualmente Francia, ya no puede ser salvada con los medios regulares de la civilización, del Estado. No puede escapar a la decadencia a no ser por un esfuerzo supremo, por un inmenso movimiento convulsivo de la nación entera, por la sublevación del pueblo francés” 34. La idea del revolucionario ruso es que si el pueblo no interviene, una paz entre la burguesía francesa y los ejércitos prusianos no dejará ningún espacio para la mejora de sus condiciones de vida. En su prosa burbujeante presagia lo que es a su parecer la única solución incluso desde el punto de vista militar, para no dar demasiadas oportunidades al despotismo representado por Prusia: “la sublevación espontánea, formidable, apasionada, enérgica, anárquica, destructiva y salvaje de las masas populares en todo el territorio de Francia” 35.

Esto explica por qué, tras la caída del Imperio el 4 de septiembre, quienes se oponían a la guerra se transformen en los más convencidos partidarios de su continuación: no se trata ya de defender el Imperio sino la recién nacida República, amenazada por enemigos internos y externos. Una tempestuosa nota de la sección internacionalista del Jura, bastión de la tendencia libertaria de la AIT, expresa claramente esta percepción, y testimonia que son los futuros componentes de la Internacional los primeros en movilizarse: “La Francia republicana representa la libertad de Europa, la Alemania monárquica representa el despotismo y la reacción. Es necesario que en todas partes se levanten los republicanos, y marchen en defensa de la República francesa (…) La causa de la República francesa es la de la Revolución europea, y ha llegado el momento de dar nuestra sangre para la liberación de los trabajadores y de la humanidad entera” 36.

Esto constituye sin duda una significativa diferencia respecto a los análisis de Marx, que en las dos directivas firmadas por el Consejo General de la AIT del 23 de julio y del 9 de septiembre parece hacer un llamamiento más que nada a los trabajadores alemanes. Se subraya que “del lado alemán, la guerra es una guerra de defensa (…) cualesquiera que sean las simpatías pretendidas con todo el derecho del mundo en una guerra de defensa contra la invasión bonapartista” 37. Al contrario, a los obreros franceses se les aconseja no hacer prácticamente nada, es decir “que con calma y resolución aprovechen la libertad republicana para proceder metódicamente a su propia organización de clase” 38. Marx parece no dar importancia al entusiasmo por la República que estaba movilizando al proletariado francés incluso sobre otros objetivos, y menosprecia la actitud de los franceses con su “vieja imagen de la santidad del término República” 39.

Los demás componentes de la Internacional acusarán a Marx, no sin razón, de animar para la victoria alemana en una lucha que ya no era defensiva, al estar ya ocupadas Alsacia y Lorena, y casi alcanzada París, sino que servía para reforzar la hegemonía del Partido Obrero alemán, que representaba sus posiciones, mientras que quien se estaba moviendo concretamente en dirección revolucionaria era la clase obrera francesa. En cualquier caso, el análisis marxista se basa en un presupuesto como poco débil, es decir, que Bismarck quería hacer la guerra a Napoleón y no al pueblo. Estaba claro para todos en Francia, por el contrario, que el miedo a una revolución habría unido a todos los Estados contra sus potenciales autores. Entre las muchas anécdotas que podrían ser citadas para demostrarlo destaca una conversación entre el ministro italiano de Asuntos Exteriores, Visconti Venosta, y el embajador austriaco, que pocos meses después, al comienzo de la Comuna, se pronuncian a favor de una unión de todos los Estados que acababan de hacer la guerra, para detener en París “el reforzamiento del partido anarquista” 40.

Al mismo tiempo, el pueblo francés en las grandes ciudades intenta organizarse para la defensa sin el aparato estatal, ahora ausente, y encuentra su dimensión en el municipio (comuna) elegido libremente y libremente gestionado por los trabajadores. En el otoño de 1870 en París, Lyon y Marsella “esta palabra –Comuna- las comunas libremente federadas, en lugar del Estado, se convirtió en el grito generalizado” 41. La primera ciudad en la que los obreros se apoderan del ayuntamiento es Lyon, donde se ha precipitado Bakunin con la intención de hacer partir desde allí un movimiento revolucionario de las provincias, que en su análisis deben ser las primeras en movilizarse porque París no le parece con condiciones para guiar este movimiento. Se proclama una Federación Revolucionaria de Comunas, cuyo primer punto programático reza: “la máquina administrativa y gubernamental del Estado, habiendo llegado a ser impotente, es abolida” 42. En estos acontecimientos entra en juego la Guardia Nacional, cuerpo compuesto en gran parte por obreros con posiciones socialistas o republicanas, que tendrá un papel central en los acontecimientos sucesivos. Pero en Lyon algunos batallones que no se habían adherido a la protesta reocupan el Ayuntamiento y Bakunin debe replegarse a Marsella, donde la Comuna no tendrá mejor suerte. También en París, la Guardia Nacional toma el Ayuntamiento, pero dos días después los guardias móviles del general Trochu, gobernador de la ciudad, retoman las posiciones. Al mismo tiempo, la guerra continúa y comienza a delimitarse una neta contraposición de clase entre los obreros en armas de la Guardia Nacional, que quieren expulsar a los prusianos y defender así una libertad que para ellos es todavía teórica, y los republicanos burgueses, llamados capitulards, que ven necesaria la rendición ante el enemigo que asedia París. Esta situación es comentada por Bakunin con su consabida elegancia verbal, que florece sobre todo cuando se trata de hablar de la burguesía: “Son tontos y canallas hasta un grado que supera la imaginación. El pueblo solo pide morir combatiendo a los prusianos a ultranza. Ellos, por el contrario, llaman a los prusianos desde el fondo de su corazón, así lo desean, en la esperanza de que los prusianos los salven del patriotismo del pueblo” 43.

Es la Guardia Nacional la que resiste en París gran parte del ataque prusiano durante el asedio, hasta que el 9 de enero de 1871 Jules Fabre, miembro republicano del gobierno provisional que rige formalmente la nación desde el 4 de septiembre, estipula la capitulación de Bismarck. Éste quiere tratar con un gobierno legítimo y pide que se elija una Asamblea Nacional, que se formará en febrero con una mayoría de diputados conservadores elegidos en las áreas rurales, los denominados ruraux, hostiles a París y al movimiento obrero.

Tanto había sido el esfuerzo del movimiento obrero que la artillería comprada a través de una suscripción de la Guardia Nacional queda de su propiedad y es excluida del botín previsto en la rendición. Los cañones, con ocasión del desfile triunfal que los prusianos efectúan en los Campos Elíseos el primero de marzo, son trasladados a las alturas de los barrios obreros de Montmartre y Belleville, mientras que los guardias nacionales garantizan un cordón de seguridad que impide a los soldados bismarckianos entrar en contacto con la población parisina.

La Comuna

Mientras tanto, la Asamblea Nacional presidida por Adolphe Thiers, a la que Émile Zola había comparado con una “cámara mortuoria”, se traslada de Burdeos a Versalles (por eso el apelativo “versalleses”) y debe enfrentarse con un problema más grave todavía: los trabajadores en armas. La Guardia Nacional cuenta en París con alrededor de 200.000 efectivos y no tiene intención ni de disolverse ni de entregar las armas, sino que procede a una opción jamás vista en un cuerpo militar: la libre elección de delegados en los diversos batallones, reunidos en un Comité Central, que representa lo que Benoît Malon define como una auténtica “Federación republicana” 44. La contraofensiva de Thiers supone una declaración de guerra: en la noche del 17 al 18 de marzo algunos destacamentos del ejército irrumpen por sorpresa en los altos de Montmartre para apoderarse de la artillería de la Guardia Nacional.

La rápida insurrección del pueblo parisino impide esta tentativa y desde ese momento la Guardia Nacional es de hecho la dueña de París. A subrayar que los choques con el ejército no son en esta ocasión particularmente cruentos, ya que la gran mayoría de los soldados frente a los obreros parisinos deserta con el clásico gesto de la crosse en l’air, presente en la iconografía de la historia obrera francesa, y fraterniza con los guardias nacionales. Solo los generales Thomas y Lecomte, odiados por su papel en la represión de los anteriores movimientos populares, son conducidos a Montmartre y fusilados por una muchedumbre enfurecida, sin que nadie del Comité Central hubiese dado órdenes sobre el particular.

Desde este punto de vista, Benoît Malon atestigua cuál sería la concepción del uso de la violencia y de los fusilamientos en este Comité: “Nunca firmamos una sentencia de muerte; nunca la Guardia Nacional participó en la ejecución de un delito” 45. El primer gesto del Comité Central en este momento es convocar elecciones al Consejo de la Comuna para transferir el poder a los representantes elegidos por el pueblo de París. Una de las críticas dirigidas a posteriori a la Comuna se refiere a su comportamiento un poco “tímido” en los primeros días, pues en vez de perseguir al enemigo en fuga desordenada hacia Versalles, se concentró en la propia organización. Malon justifica esto por la fuerte componente de espontaneidad del movimiento: “Era la clase obrera, sin guías y sin jefes reconocidos, la que había llegado al poder. Inexperta y generosa, no veía la situación en su terrible realidad. No pensaba que esos viles agresores, tras haber huido y haber sido vapuleados en su intento de guerra civil, volverían a la carga y buscarían, a precio de ríos de sangre, dominar París. Se saludaba a la aurora de un mundo nuevo sin darse cuenta de que en el horizonte se acumulaban tempestades” 46.

En esta situación de rupturas, es bastante comprensible que la proclamación de la República el 4 de septiembre de 1870 y los sucesos posteriores, como la constitución de la Guardia Nacional, hayan encontrado a los Reclus completamente implicados. Élisée, en calidad de geógrafo, manda ese otoño una nota a Nadar pidiendo alistarse en el Cuerpo de Observadores en globo 47. El 2 de diciembre, aniversario del golpe de Estado bonapartista, lanza una propuesta a la Sociedad de Geografía para “conceder el Palacio de las Tullerías a las sociedades científicas” 48; una batalla simbólica en la que, como es obvio, la ciencia debe combatir al lado de los revolucionarios.

En la capital, los dos hermanos están desde hace algunos años en el centro de una red de sociabilidad representada por los Lundis Reclus, tardes de debates y convivencia organizadas en su casa de la calle Feuillantines para reunir al circuito parisino de intelectuales y militantes del área definida como démo-soc, entre los que se encuentran los hermanos Nadar, y en las que participan a menudo emigrados políticos 49. Con la caída del Imperio se radicalizan sus actividades: en enero-febrero dan vida, junto a Rey, André Léo y Benoît Malon, a la efímera experiencia del semanario La République des Travailleurs, órgano de la sección internacionalista de Batignoles y Termes. El análisis de la situación expresado en la revista y su objetivo pueden ser asumidos en pocas palabras por el programa oficial: “En los comienzos de esta Tercera República y de una tercera reacción, la República de los Trabajadores montará guardia en torno al derecho popular (…). Tenemos que defender la República de la Libertad, tenemos que fundar la República de la Igualdad” 50. Están muy presentes los fantasmas históricos paralelos entre 1789, 1848 y 1871: si a la Revolución siguieron el Terror y el Imperio, y al 48 el golpe de Estado de Napoleón III, ahora el presagio era que en ausencia de una radicalización revolucionaria del movimiento se produciría ahora también una oleada reaccionaria sangrienta.

Durante la campaña para las elecciones de la Comuna del 26 de marzo, los Reclus redactan un “Llamamiento al pueblo de París”, pegado por las calles y publicado en el Cri du peuple, el periódico dirigido por uno de los más célebres protagonistas de la Comuna, Jules Vallès 51, que, fundado el 22 de febrero y clausurado poco después, se había vuelto a publicar:

Frente a la Reacción, que proclama la decadencia de París, que prepara la anulación de la República, alertando contra ella la invasión de los campos tras la invasión prusiana, los republicanos no deben matarse unos a otros. En la confusión actual, inevitable resultado de nuestros inmensos desastres, han surgido disensiones entre nosotros. Han surgido incidentes desagradables entre los republicanos que siguen al Comité Central del Ayuntamiento y los republicanos que siguen a la diputación y a los ayuntamientos. Se reprochan mutuamente haber abandonado la legalidad, cosa imposible de observar en plena revolución. Cualquiera que sea la verdad o las exageraciones en las recriminaciones recíprocas, no deseamos una lucha terrible y fatal, no deseamos que nuestra República se ahogue en la sangre de los republicanos.

Ciudadanos electores, como guardias nacionales habéis nombrado el Comité Central, como habitantes de París habéis nombrado los diputados y concejales. ¡Y bien! Vuestros representantes y mandatarios no tienen derecho a arriesgar en los azares de una batalla callejera la existencia de una República que ya han comprometido con sus torpezas.

Pueblo soberano, a ti corresponde poner fin a la lucha entre tus mandatarios sometiéndolos a una rápida reelección. A ti corresponde juzgar las discrepancias y mostrar tu veredicto en la urna electoral. Nuestra salvación está en la unión y la concordia. Entre republicanos, entre ciudadanos y franceses no hay que pronunciarse con fusiles ni cañones, sino con el sufragio universal. ¡Ciudadanos, a las urnas!

París, 25 de marzo de 1871.

Élie Reclus, F.D. Leblanc, Élisée Reclus, Paul Reclus 52.

Las elecciones sirven para nombrar 90 consejeros en representación de los 20 distritos. Entre ellos, aparte de un porcentaje de moderados que se retiran casi enseguida, se constituyen dos grupos, una “mayoría” formada por blanquistas y neojacobinos, y una “minoría” formada por miembros de la Internacional que, con la aquiescencia del propio Engels son definidos como proudhonianos, léase anarquistas. En realidad, se trata de un conglomerado un poco complejo, pero es indudable que la influencia de Proudhon, considerado como el padre espiritual del anarquismo francófono, ha sido determinante. Como confirma el historiador Jacques Rougerie, ya en la comprensión del significado de la palabra Comuna y de su ligazón indestructible con la idea federalista de libertad municipal: “Si hemos citado ampliamente a Proudhon, se debe a que su influencia se ejercerá en profundidad sobre muchos que, ya sea bajo el asedio o en marzo de 1871, hablarán de la Comuna y se esforzarán por definirla” 53.

Lo primero que hemos de subrayar es que en este momento en París los marxistas del Consejo General literalmente no tienen a nadie, ya que los internacionalistas locales tienen todos, quien más quien menos, posiciones libertarias y federalistas; sólo el 13 de mayo una genérica carta de Marx llegará a Varlin y Fraenkel, y tan solo Serrailler se alineará, en años posteriores, del lado marxista en el seno de la Internacional.

Siempre según Rougerie, en el otoño de 1870, cuando tienen lugar las primeras insurrecciones y se comienza a hablar de Comuna, es determinante, para dar el espaldarazo al movimiento, la actividad de las secciones de la Internacional, que cuenta en ese momento con 32 secciones en los distintos distritos, y sus más conocidos representantes en el Consejo de la Comuna, si no mueren como Eugène Varlin en la semana sangrienta, participarán en Suiza en las reuniones de la Internacional antiautoritaria, como Malon y Gustave Lefrançais, ya miembro del Comité Central, que será uno de los diversos secretarios de redacción de la Nueva Geografía Universal de Élisée Reclus. Varlin está entre quienes apoyan la idea de dar cargos solo a proletarios y no a burgueses o intelectuales. El resto, en lo que respecta a éstos últimos, sobre todo enseñantes y pequeña burguesía, están bien representados en el Consejo; con 25 obreros en su seno es sin lugar a dudas el más alto porcentaje que se ha visto hasta el momento en la historia de las asambleas representativas. Los internacionalistas destacaron con fuerza frente a las otras tendencias de la Comuna, como dice Malon: “Su tendencia federalista, sus convicciones socialistas, su práctica en la organización y en la administración la alejaban del terrorismo empírico del 93” 54.

Por lo que respecta a las otras secciones de la futura Internacional antiautoritaria, James Guillaume narra los incesantes intentos de la Federación del Jura para acudir en ayuda de París, que surgieron enseguida. Las comunicaciones con la capital, bloqueada por dos lados por los prusianos y por los demás por los versalleses, son difíciles, pero los jurasianos, desde los primeros días intentan ponerse en contacto con Varlin mandándole un emisario desconocido por la policía francesa: el obrero Émile Jacquot. Él es el encargado de relatar que los internacionalistas estaban en contacto con Garibaldi para organizar una expedición en provincias para quebrar el aislamiento de París, pero la prudente respuesta de los parisinos hace que esta iniciativa no se lleve a cabo.

Entre tanto, la Comuna, que en su Declaración al pueblo francés del 19 de abril habla explícitamente de revolución, se concentra en una serie de realizaciones, entre ellas la corrección de los decretos con los que el gobierno ha llevado a la población parisina a la exasperación, como la conocida Ley de Vencimientos, que cancela la prórroga del pago de alquileres y de las deudas congeladas durante la guerra, arrojando a la desesperación no solo al proletariado sino también a gran parte de la pequeña burguesía. Se restaura el sueldo de la Guardia Nacional y las pensiones para las viudas y huérfanos de sus componentes. La Comuna dispone de poquísimo dinero, situación agravada por el hecho de que no se ha querido apoderar, como muchos hubieran deseado, del Banco de Francia, que fue de hecho obligado a conceder a la Comuna una serie de créditos.

Se restaura la libertad de prensa, que había sido suspendida por enésima vez en marzo por el general Vinoy; se promulga una amnistía y se abolen los consejos de guerra; se prohíbe el desahucio; se prohíbe el trabajo nocturno en las tahonas y se controlan los precios del mercado. Desde el punto de vista de la educación, se fomenta la formación profesional y se expulsa a los curas y monjas de las escuelas y hospitales. Experiencias como el orfanato del distrito XVII, dirigido primero por Ferdinand Buisson y luego por Paul Robin, serán la base de las futuras experiencias del movimiento de la pedagogía libertaria.

El clero ve cómo se confiscan formalmente sus bienes, pero es preciso subrayar, en honor de la idea libertaria de revolución que caracteriza esta experiencia, que nadie prohíbe el culto, así como la libertad de expresión, que se aplica incluso para los enemigos de la Comuna. El 1 de abril también queda abolido el título de capitán general, precisamente para evitar que surja un nuevo Napoleón o un nuevo Robespierre.

En las iglesias abandonadas encuentran su sede muchos de los clubs, expresión del clima de renovado debate ciudadano, que se constituyen en cada barrio, están compuestos mayoritariamente por obreros de oficio y toman posiciones a menudo más radicales respecto a las que toma oficialmente la Comuna. En este ámbito son muy activas también las mujeres, que no solo combaten por la defensa de París, sino que están en primera línea implicadas en construir la nueva sociedad, como atestiguan las memorias de la más célebre anarquista francesa, Louise Michel 55. Una de estas iniciativas es un proyecto, que ha tenido poco tiempo para concretarse, de constituir cooperativas de producción.

La Comuna también es activa en el ámbito cultural, encargando los museos al pintor Gustave Courbet y la Biblioteca Nacional de Francia a Élie Reclus.

Un anarquista director de la Biblioteca Nacional

En la jornada del 4 de mayo, el mayor de los Reclus, crítico como veremos ante muchas de las decisiones de la Comuna, refiere en su diario que ha recibido el encargo de dirigir la Biblioteca Nacional de Francia: “La Comuna acaba de encargarme un empleo más honorable que importante y en el que no me será posible dar al público un gran servicio hasta que pase algún tiempo (…) siento que, si la Comuna perece, pereceremos todos con ella. La conducta de nuestros generales, la dirección que nos dan en la campaña solo me gusta a medias, pero aunque nuestro triunfo armado sea vencido, yo deseo haber estado entre sus filas” 56.

El historiador Henri Dubief ha reconstruido a grandes líneas el suceso, consultando los expedientes dedicados a Élie Reclus en la actual Biblioteca Nacional, los despachos de Versalles de aquellas semanas y algunos testimonios de periodistas contemporáneos. La Biblioteca estaba cerrada al público ya desde octubre de 1870, los libros trasladados a habitaciones protegidas con rejas, y hasta abril de 1871 la Comuna se había desinteresado sustancialmente por la institución, cuando es nombrado director Jules Vincent. El director anterior, Jules Taschereau, se había refugiado en Versalles porque temía represalias debido al papel que desempeñó en la represión de los sucesos de 1848, pero la mayor parte del personal se había quedado. Son estos los que obstaculizan de hecho la tarea de Vincent, con quien estipulan un acuerdo según el cual la Comuna no debe interferir en los asuntos internos de la Biblioteca: realmente es una capitulación de Vincent, que renuncia a sus plenos poderes y se compromete a no modificar los estatutos de la Biblioteca. Según Dubief, en realidad Vincent habría decidido no enemistarse con los funcionarios por intereses personales: es cesado de su cargo, por orden de la Comuna, el 27 de abril, porque se descubren una serie de episodios de corrupción; como colofón, citamos el hermoso suceso de pagar a los empleados de la Biblioteca sólo una parte del salario atrasado, quedándose él, como quien no quiere la cosa, una parte.

El 29 de abril, Edouard Vaillant, delegado de Educación, nombra director a Reclus, que a la postre tendrá muchos más problemas con el aparato de la Biblioteca porque sus principales representantes, que como es notorio no simpatizan con la Comuna, no pueden digerir que un intelectual de nivel indiscutible esté de parte de la Comuna: “Su valor intelectual y moral era al menos igual que el de aquellos a los que se oponía, y lo odiaron como se odia a un traidor o a un renegado” 57.

Es ejemplar el episodio de las llaves del despacho del director, que Taschereau se había llevado y que ni su sobrino y secretario general Guérin, que permaneció allí, ni Vincent, se habían preocupado de sustituir para tomar posesión de aquel despacho. Tiene que llegar Reclus para llamar a un artesano y dar a la Comuna “plena soberanía” sobre las oficinas: “Ante él, calmado y con sangre fría, los empleados, los ujieres de chaqueta roja temblaban de miedo y bajo su mirada consternada el cerrajero que habían llevado hacía saltar las cerraduras” 58. Un gesto simbólico que escandaliza a los empleados presentes porque, según el periodista inglés cuyo testimonio cita Dubief, si es normal que en un tumulto se devaste una iglesia, “la invasión de un templo de las letras choca más” 59.

Una invasión que no tiende a devastar sino a salvar el patrimonio bibliográfico. La prensa extranjera, como escribe el Daily News del 23 de junio, quedó sorprendida porque los communards no vendieron ni robaron ni un solo libro. A destacar que, por el contrario, communards como el propio Reclus temían que los enemigos versalleses realizasen acciones que dañaran la colección; por ejemplo, en esos días se preocupan por la mejora de las condiciones para salvaguardar los materiales ante incendios y bombardeos.

Reclus nombra un vicedirector, Joannis Guigard, intelectual marginado del Segundo Imperio en los años sesenta, que trabajará en equipo con él y lo enemistará aún más con los funcionarios. Hasta que en mayo ambos exponen a Vaillant el problema de la permanencia de una quinta columna de Versalles en la Biblioteca, y serán los primeros que se atrevan a proceder a la “depuración”, pidiendo a los funcionarios que se definan a favor o en contra de la Comuna.

Durante estos dos meses, la cuestión de los empleados públicos es también motivo de enfrentamiento, porque por una parte Versalles había amenazado con no confirmar en su puesto a quien hubiese prestado servicio bajo la Comuna y, por otra parte, la propia Comuna tenía la necesidad de garantizar los servicios y por ello despedía a los “absentistas”. El 4 de mayo se abole el juramento de los empleados públicos. Pero el problema más importante seguramente es el representado por la oposición que encuentra Reclus cuando se atreve a nombrar a un nuevo responsable de manuscritos orientales: “¿Los bibliotecarios que tenían su plaza reconocen a la Comuna el derecho de nombrar al personal científico?” 60 La respuesta es no: se dirigen al gobierno de Versalles, que anula de jure las medidas de Reclus, testimoniando que la partida se entabla entre la “legalidad” del gobierno de Thiers y la revolución que, emanada de los más heterogéneos componentes de la clase obrera francesa, tiende por el contrario a dar todo el poder a las estructuras municipales elegidas directamente por el pueblo.

La cuestión es que, si los ciudadanos de París han elegido autónomamente a sus propios representantes, desde el punto de vista “legal” las estructuras de la administración nacional continúan dependiendo del gobierno de Versalles, al menos según el aparato de la Biblioteca Nacional. Afirmar lo contrario significa identificarse con quienes entienden jugárselo todo con esta experiencia: la Comuna será el comienzo de la revolución y de la República Universal, o de la catástrofe. No hay vuelta atrás, y la única posibilidad es un giro radical. Esta idea se puede condensar en la frase: “¿Qué quiere decir la palabra legalidad en tiempos de revolución?” 61

Un ejemplo de la tensión que domina en estas jornadas incluso en el interior de la Biblioteca Nacional es el episodio en el que Reclus pidió tener dentro del edificio una dotación de revólveres para él y para Guigard 62. Se trata de una anécdota probablemente falsa, ya que procede de un testigo abiertamente contrario a la Comuna, porque Élie no puede usar armas debido a una herida en la mano derecha, pero es significativo del clima que se respiraba.

Es evidente que la breve duración de la experiencia y los escasos medios de la Comuna no permitieron hacer mucho en la Biblioteca Nacional. Más interesantes resultan las consideraciones y proyectos de Reclus para reorganizar la Biblioteca con objeto de hacer más accesible esta institución: “una reorganización que hizo que las bibliotecas contribuyeran a la cultura obrera” 63. La reorganización prevé que al equipo se unan ulteriores competencias, como las del citado Rey y el hermano de Nadar, Adrien Tournachon. De todos estos propósitos nada se materializa porque el asalto final de los versalleses contra la Comuna comporta la toma de la biblioteca el día 23, al comienzo de la trágica semana sangrienta del 21 al 28 de mayo 64.

El cargo de Reclus duró 24 días: muy poco para concretar la utopía de un saber puesto a disposición de todos. Durante la represión, el director de la Biblioteca debe refugiarse en casa de quienes le pueden dar cobijo, personas a las que no nombra ni siquiera con el paso de los años para no comprometerlas; pero Max Nettlau menciona como “sus amigos a [Louis] Kneip, el profesor François Huet, Schmal y otros, hasta que en otoño pudo ganar Italia y desde allí trasladarse a Suiza (…) Paul Reclus, interno en un hospital bajo fuerte vigilancia, visitó sin embargo con frecuencia a Élie en su escondrijo de la calle Mouffetard” 65 en ese V distrito donde Reclus había vivido siempre en París, y donde volvería a vivir tras el exilio y la amnistía, cuando de nuevo fuera un barrio de círculos revolucionarios, entre ellos la redacción de la histórica cabecera anarquista Temps nouveaux. Pero volvió tras haber estado en el exilio para huir de una condena de deportación a un recinto fortificado, pronunciada en nombre del pueblo francés el 6 de octubre de 1872 por el octavo consejo de guerra de París, por haber sido director de la Biblioteca Nacional de París, lo que significaba que había ejercido “una función en las bandas armadas para atacar o resistir a la fuerza pública” 66.

Problemas de la revolución

Otro documento interesante de Élie es el citado Journal de la Commune, que presenta elementos de interés, aparte del objetivo declarado de ser “un termómetro colgado en un rincón” 67. El registro testimonial de los hechos narrados día a día está asociado a un desapasionado tratamiento de los problemas que la revolución de vez en cuando debe afrontar. El 22 de marzo describió así la situación: “Es la más seria realización de la anarquía que un utopista haya podido jamás imaginar. Legalmente no tenemos gobierno, ni policía ni policías, ni magistrados ni procesos, ni agentes judiciales ni protestos, los propietarios huyen en masa abandonando los inmuebles a los inquilinos, ya no hay soldados ni generales” 68.

En el diario se reproducen cotidianamente artículos de prensa, notas, comunicados, proclamas, tanto de la parte “parisina” como de la “versallesa”, incluso discursos escuchados por la calle o en las asambleas. Los problemas que se plantean a esta experiencia naciente, en una ciudad de dos millones de habitantes “sin más propietarios ni policías” son enormes. En contraposición suena liberador el relato del 9 de abril, cuando es destruida la odiada guillotina, con una de las escenas seguramente más memorables en los recuerdos del autor: “Ante los aplausos de una muchedumbre inmensa, se ha destrozado a hachazos y se ha quemado a los pies de la estatua de Voltaire” 69.

Se replantean muchas de las cuestiones a las que el estudioso se habría enfrentado en España como espectador, y que ahora las ve como protagonista, ya que allí tenía una posición marginal respecto a los acontecimientos que sucedían. De la experiencia española, tiene como principal las enseñanzas sobre el papel del Ejército, que, identificado con el gobierno de Thiers, se opone de hecho a la Guardia Nacional, que asume el papel de una auténtica milicia cívica: “Es imposible, es absurdo que un ejército armado sea liberal, y la desgracia de los republicanos españoles es no haber comprendido todavía esta verdad elemental. Al menos, los republicanos de París lo han comprendido; saben que el Ejército no puede ser el sustituto de la Guardia Nacional. Por tanto, no quieren el Ejército en París bajo ningún pretexto” 70.

El ejemplo español es además indicativo de un modo de pensar internacional que llega al exiliado y al sabio de sus viajes y de sus experiencias, pero que será básico en el pensamiento anarquista posterior. Reclus subraya que los ciudadanos de París, durante la Comuna, se sienten “los ciudadanos del mundo. Hablan en nombre de una Comuna, pero su Comuna procede de una ideal Federación Universal” 71. Entre los principales problemas, la gestión de una nueva sociedad y de un enfrentamiento político que se ha convertido también en militar, en una espiral de violencia que hace presagiar cada vez más el desastre final, al que se junta el problema de la legitimidad del uso de la violencia “revolucionaria”, “defensiva” o en cualquier caso encaminada a una “causa justa”. Reclus manifiesta posturas extremadamente interesantes, que se pueden considerar como un anticipo de la concepción humanista y “antiviolenta” del anarquismo, propagada en el siglo XX por Errico Malatesta y elaborada por primera vez durante la lucha desarrollada por éste contra el “ravacholismo”72. Es ejemplar en este sentido la petición a los revolucionarios de operar utilizando medios coherentes con los fines perseguidos, afirmando una ética por la que, según Reclus, el hecho de que los versalleses hayan tomado rehenes no es motivo de que ellos los tomen también y amenacen con fusilarlos o, peor aún, cumplan la amenaza: “Una injusticia produce otra injusticia. Apoyándose en el secuestro de Blanqui, los blanquistas de la Comuna exigen que se tomen rehenes y que los presos versalleses garanticen la suerte de los presos parisinos o amigos de los parisinos. Volvemos a las costumbres de la Edad Media, a la justicia patriarcal: rehenes y represalias, ojo por ojo, diente por diente, cárcel por cárcel, muerte por muerte” 73.

Una cuestión sobre todo ética, en vista de que “la guerra ofensiva que nos hace Versalles es inmoral, pero la guerra defensiva con la que respondemos no es menos inmoral” 74. Se vuelve así al problema del Ejército: Reclus se opone a la leva forzosa propuesta por el Comité Central, afirmando que ya no se está combatiendo contra los prusianos, sino que es otra guerra, para la que “no se necesitan más que voluntarios” 75. También sobre el problema de la “sociedad nueva” son frecuentes las críticas a los nuevos organismos directivos de la Comuna, en los que de vez en cuando se hace presente el autoritarismo, lo que suscita a las pocas semanas las protestas de Élie, que plantea la cuestión del control público del que ejerce el poder en nombre de la colectividad: “La Comuna no publica actas de sus sesiones, que se mantienen cerradas para sus amigos de París, no para sus enemigos de Versalles (…) cualquier gobierno oculto se verá fatalmente empujado hacia las imposiciones o los errores fatales” 76.

Lo peor es que el 1 de mayo la Comuna se dota, por 45 votos contra 37 de la minoría, de un neojacobino Comité de Salud Pública, que Malon define como “verdadera dictadura de la que nada se podía esperar, una imitación del jacobinismo querido por la mayoría, cuyos evidentes resultados fueron funestos para la Comuna, desviada por semejantes plagas intempestivas” 77. Este Comité no funcionará de hecho si no es para complicar posteriormente la estructura de los diferentes comités, que harán farragosas las operaciones de la Comuna, incluido el Comité Central, que permanece activo incluso después de haber traspasado sus poderes a la Comuna. Las críticas de los libertarios apuntan también a cómo se intenta organizar la policía “política” para la depuración de la quinta columna versallesa: “Se quería hacer a cualquier precio una policía despótica, arrestando aquí y allá, sin meter mano nunca a los elementos verdaderamente peligrosos” 78.

La guerra

Tras poco más de una semana, desde el 18 de marzo, los adversarios de la Comuna se organizan militarmente. La Asamblea de los ruraux es mucho más intransigente que la de la Comuna a la hora de rechazar las tentativas de mediación, como la intentada por algunos tenientes de alcalde de los distritos de París. El 2 de abril, con una auténtica agresión militar, tratan de penetrar por la zona del puente de Neuilly. Y esta es la señal que lanza a la Guardia Nacional al contraataque el 3 de abril, cuando tres columnas se mueven en dirección a Versalles pero encuentran un ejército demasiado bien organizado como para ser derrotado en campo abierto, porque Bismarck, como preveía Bakunin, estaba dispuesto a cooperar con Thiers contra la Comuna, y le había dado permiso para movilizar un número de tropas no consentido en las condiciones de capitulación. La guerra en este momento se convierte en defensiva por parte de la Comuna, y la salida se salda con la muerte de dos líderes populares de la Guardia Nacional, Duval y Fluorens, muertos ambos no en combate, sino a sangre fría tras ser capturados.

Con la columna Duval es hecho prisionero también Élisée Reclus, que solo en 1872 será liberado y tomará el camino del exilio. Este suceso ha hecho célebre al geógrafo anarquista, que ya era muy conocido en los ambientes científicos internacionales tras la publicación de la primera de sus grandes obras, La tierra. Con el fin de evitarle la deportación a Nueva Caledonia, la movilización de la comunidad científica cuenta incluso con un llamamiento de un grupo de científicos británicos, capitaneados por Henry Woodward, editor de la versión inglesa de la obra citada, publicada precisamente en esa época 79. Entre las pocas notas biográficas reflejadas en el diario de Élie, la principal es la angustia de las primeras semanas de prisión de Élisée, desde el primer día sin noticias y con miedo a lo peor tras los rumores de muerte y maltrato a los prisioneros en Versalles: “Entre ellos estaba el hombre que amo, que estimo y que respeto más en el mundo” 80. La incertidumbre dura hasta los primeros contactos a través de parientes que, al vivir en provincias, pueden recibir con cierta facilidad cartas de la cárcel de Brest. De algunas de ellas, inéditas, sabemos que al prisionero y a su familia le son ofrecidas enseguida condiciones “de favor” a cambio de “arrepentimiento”, rechazadas por el propio Élie en nombre de su hermano, en una carta al principal interesado, el diputado Thomas-Edouard Charton:

Juzgando por mí mismo y conociendo, por otra parte, los sentimientos de mi hermano, le ruego que no curse el asunto propuesto. Élisée pensó que el triunfo del señor Thiers y de la Asamblea sería el triunfo de la reacción y, tarde o temprano, la caída de la República. Así pues, tomó su partido y se entregó a un combate del que aceptaba todas las posibles catástrofes. Ha sido hecho prisionero, pero moralmente sigue entero y no se ha rendido. En cuanto a confesarse vencido, en cuanto a reconocer sus errores, a prometer ser bueno, a agradecer la indulgencia y generosidad de que podría ser objeto, es imposible porque él no pecó en absoluto por ignorancia 81.

Charton es el director de la revista geográfica Le Tour du Monde, para la que Élisée había escrito algunos artículos de viajes al comienzo de su carrera; también ha trabajado para la potente casa editorial Hachette, que intenta salvar a Reclus por ser un autor “suyo”. La presencia de un personaje de este nivel entre los communards, que por otro lado no había pretendido cargos directivos, enrolándose como simple guardia, es un honor para los federados, como subraya Malon: “El célebre autor de La tierra y uno de los hombres más honestos, más entusiastas y más buenos. Su carácter generoso sufrió tal maltrato infligido por los versalleses, que el dolor lo volvió loco durante el trayecto. Afortunadamente para la ciencia y para los suyos, la razón le volvió a las ocho horas. ¿Tenéis, oh galantes señores, a estos excarcelados entre vuestras filas?” 82 Un caballero galante que rechaza la oferta de ser liberado, que Thiers en persona había garantizado a Charton, a condición de la promesa de no combatir más por la Comuna, como escribe a su hermano Paul, en consonancia con lo que había intuido Élie:

Mi hermano querido, has debido presentir cuál sería mi respuesta. Es grande mi reconocimiento hacia los diputados que querían interceder en mi favor, pero mi conciencia no me lo perdonaría nunca, y sentiría vergüenza ante mi mujer y ante vosotros si hiciera la más mínima promesa por adelantar el día de mi liberación. No necesito darte las razones morales absolutas que me impiden actuar de otro modo. Pero aunque soy prisionero, no soy menos libre moralmente, y quiero seguir así (…). No te aflijas en demasía por mí y no creas que el destino me resulta duro. Me acuesto sobre un mal jergón, pero durante años he dormido en una cabaña, y a veces en el suelo. Mi alimento fue insuficiente y lo sigue siendo, pero resulta lujoso en comparación con el que he tenido que tomar a menudo. No puedo continuar mis trabajos en París, he comenzado otros. No soy libre de movimientos, pero sigo siéndolo de mente (…) más para los míos que para mí mismo, quiero seguir sin reproches 83.

Mientras tanto, algunas iniciativas en provincias intentan romper el aislamiento del París revolucionario respecto al resto de Francia, netamente más conservadora: “Desde entonces, sin que hubiera un acuerdo previo, los obreros de las grandes ciudades francesas, animados por un mismo pensamiento, se dijeron que no había más que un medio de hacer frente al peligro: la iniciativa espontánea y libre de cada ciudad, de cada comuna libre de las trabas que ponía a su acción el gobierno” 84. Son Lyon y Marsella, una vez más, junto a centros más pequeños como Saint-Étienne y Narbona, los que se alzarán y proclamarán comunas según el modelo parisino; pero todo son intentos vencidos al poco tiempo, y la revolución de París se encuentra casi aislada. Eso provoca los comentarios pesimistas de Bakunin, según cuyo análisis es el elemento rural el que debe implicarse totalmente junto al obrero en una revolución si se quiere asegurar la victoria: “Mientras no se produzca un movimiento serio en provincias, no veo la salvación de París. Veo que París es fuerte y resuelto, gracias a los dioses” 85.

También desde el punto de vista militar, la Comuna está defendida por la fuerte Guardia Nacional y por varios miles de voluntarios extranjeros, entre ellos el italiano Amilcare Cipriani y los generales polacos Dombrowski y Walebski, que estarán entre los mejores caudillos militares. Pero durante largo tiempo no se puede pensar en el triunfo sobre los ejércitos prusiano y francés coaligados de hecho. Se difunden incluso chistes sobre la caballería de los federales, animales que se parecen sospechosamente a los caballos de la Compañía de Tranvías. Los intentos de romper el cerco encendiendo focos revolucionarios fuera por parte de los internacionalistas son incesantes. Los jurasianos tienen contactos para provocar una insurrección en el Franco-Condado, fronterizo con Suiza, para intentar al menos una distracción de fuerzas, pero ya no hay tiempo: “La idea de dejar a nuestros hermanos de París luchar solos, sin tratar de acudir en su ayuda, nos era insoportable. No sabíamos qué se podría hacer, pero queríamos hacer algo a toda costa (…) La noticia de la entrada de los versalleses en París, que se produjo en el mismo momento en que Treyvaud y yo íbamos a partir, vino bruscamente a desvanecer nuestras esperanzas” 86.

De manera que, cuando el 21 de mayo los primeros destacamentos versalleses, que hasta ese momento no habían podido vencer la defensa de las fortificaciones del lado sur, llegan a abrir brecha en el muro de la puerta Saint-Cloud, la Guardia Nacional no tiene posibilidades de organizar una contraofensiva según las tácticas militares normales, y entre los communards la consigna es volverse cada uno a su barrio para organizar la defensa casa por casa. No se podía hacer otra cosa.

Comienza así la que ha pasado tristemente a la Historia como semana sangrienta del 21 al 28 de mayo, cuando el pueblo de París se defendió literalmente casa por casa, pero el número de bajas nadie ha podido establecerlo con precisión. Los testimonios de los supervivientes son unánimes al describir la ferocidad de la soldadesca versallesa lanzada a la masacre indiscriminada de hombres, mujeres, ancianos y niños. Abandonemos rápidamente el terreno de cierta historiografía que habla de excesos por ambas partes: la desproporción en el uso de la violencia es absolutamente evidente para quien no sea ciego o no tenga mala fe. Si los communards en esos días fusilan por represalia a algún rehén, entre otros al arzobispo de París (cuya liberación a cambio de Blanqui se había ofrecido a Thiers, que la había rechazado), se trató de pocas decenas de personas, cuya ejecución fue iniciativa de los diferentes batallones, sin que hubiera ninguna dirección central. El uso del terror por parte del ejército de Thiers fue en cambio sistemático, y si se valorara con criterios actuales se condenaría sin duda como “crimen contra la humanidad”. Los soldados mandados por el mariscal Mac-Mahon, protagonista de dos vergonzosas derrotas contra los prusianos, pero considerado evidentemente capaz de combatir contra los obreros tras haber conquistado una barricada, proceden al fusilamiento sistemático de todos sus defensores, y al registro de las casas sospechosas. Todo aquel que por una simple acusación, o una delación de los brassardiers (parisinos que, pertrechados de un brazalete tricolor, se dedicaban a delatar y a guiar tropas por las calles), acaba ante un tribunal militar improvisado, que a veces asesina a los prisioneros a cañonazos. En muchos puntos de París se ha visto fusilar incluso a niños por haber ayudado a sus padres a levantar barricadas, con la excusa de que también ellos se convertirían en insurgentes.

No se respeta a las mujeres, no solo porque muchas de ellas combatieron (varios testigos han visto barricadas defendidas por mujeres) sino porque se ha difundido la leyenda de las petroleuses, que habrían sido las encargadas por la Comuna de prender fuego a toda la ciudad para no entregarla al Ejército. Sobre la cuestión de los incendios, muy utilizada en la propaganda contra la Comuna, no hay mucho que decir, salvo que en una ciudad construida en buena parte de madera, en la que durante ocho días se suceden los ataques de la artillería; sería raro que no se declarasen incendios. Por lo demás, si algunos edificios valiosos, como el Ayuntamiento, son incendiados por los communards en fuga con el fin de obstaculizar, como en cualquier guerra, el avance del enemigo, no son precisamente ajenos los obuses de los versalleses en el incendio de barrios populares como Belleville.

Una particular ferocidad se desata contra los desertores y miembros de la Comuna o considerados como tales, ya que son asesinados por la calle solo por parecerse a un miembro del Consejo. Malon y Lissargaray han leído su muerte en los periódicos mientras estaban escondidos o habían marchado al exilio; los mismos gacetilleros dan noticias en esos días de la ejecución ¡de dos o tres Gustave Lefrançais! Como ha escrito Malon: “Educados durante algunos años incendiando y masacrando a las tribus argelinas, los soldados han recibido una buena instrucción para la sangrienta represión en las calles de nuestras ciudades” 87.

El Ejército avanza a diario desde el Sudoeste, desplegándose desde los primeros días por los barrios en torno a los Campos Elíseos, cuyos bulevares, trazados por Haussman, facilitan la acción de la artillería. En pocas jornadas caen las posiciones menos defendibles: en el Luxemburgo y en el Panteón las mandadas por Lisbonne, en Batignolles las mandadas por Malon. Las baterías de Montmartre, indefensas, son tomadas casi sin combatir. La resistencia se concentra en las alturas de Ménilmontant, de Belleville y de la Butte aux Cailles, último bastión de la orilla izquierda, y en la zona comprendida entre el Marais y el distrito XII, donde las calles estrechas favorecen todavía las barricadas. Ahí caen Dombrowski y Varlin. La batalla final que tiene lugar en el cementerio Père Lachaise ve a los soldados avanzar conquistando metro a metro el cementerio monumental, hasta el muro todavía hoy venerado como lugar destacado de la revolución 88, el muro de los federados, donde son fusilados los últimos defensores del distrito XX. El 28 es sofocado el último foco de resistencia en el Faubourg du Temple, donde se cuenta que durante un cuarto de hora un solo fusil disparaba desde la última barricada: parece que ha conseguido huir el desconocido miliciano que antes de agotar su munición ha tenido pendiente de él a todo el ejército francés 89.

En cuanto al hipotético balance de bajas, se dice que si los versalleses entre el 18 de marzo y el 28 de mayo han tenido más de un millar de muertos, los federados han perdido 12.000 combatientes en la defensa de las fortificaciones hasta el 21 de mayo, según Lissagaray, mientras que durante la semana sangrienta han sido al menos 20.000 según Jacques Rougerie las personas masacradas por los batallones de Mac-Mahon, la mayor parte no en los combates sino en ejecuciones sumarias. Serán al menos 3.000 los prisioneros muertos por malos tratos en Versalles o en las gabarras de Brest.

Un balance bastante abultado si tenemos en cuenta que en el proceso “regular” celebrado en los meses sucesivos por los consejos de guerra, las condenas a muerte ejecutadas fueron “solo” 26 (sobre 270 pronunciadas) de un total de 38.578 detenciones que han comportado 13.440 condenas, 322 al destierro y 7.496 a la prisión. Ya que los datos de este proceso son los únicos números ciertos de que disponemos, la principal conclusión que se puede sacar es que los condenados por haber combatido en la Comuna no eran la tan vituperada canalla lumpenproletaria, sino literalmente la clase obrera. Obreros cualificados en muchos casos, cuya ausencia se hará notar en los años sucesivos en la lenta recuperación de la ciudad de París, en la que el estado de sitio y el toque de queda no son derogados hasta 1878, año anterior al de la amnistía que consentirá el retorno de los exiliados que consiguieron huir al extranjero, en particular a Suiza y Gran Bretaña.

Balance

La Comuna representa un hito para el movimiento obrero en general y sobre todo para el anarquista en particular, ya que clarifica definitivamente una serie de cuestiones. Entre otras cosas se sanciona la ruptura definitiva entre la Internacional y Mazzini, que se pone en contra de gran parte de la juventud revolucionaria a causa de sus demoledoras afirmaciones contra la Comuna, que se hacen eco de los lugares comunes de los conservadores, como el presunto “ensañamiento” de los communards contra los monumentos históricos de París. El único “monumento” destruido en realidad es la columna de la plaza Vendôme, derribada en nombre de la paz de los pueblos porque era símbolo del Imperio. A Mazzini le replica Bakunin en la conocida Respuesta de un internacional a Giuseppe Mazzini, reivindicando entre otras cosas el ateísmo que Mazzini había lanzado como acusación, y preciándose de estar del lado de los ateos y no de los que, en nombre de Dios o del Estado, cometen masacres como la de la semana sangrienta.

Este periodo marca el paso de toda una generación, de la que forman parte los hermanos Reclus, del republicanismo socialista al anarquismo, que por otro lado está a su vez en fase de constitución desde el punto de vista político y organizativo. Como certifica incluso Jacques Guillaume, las “pequeñas diferencias de táctica” con Bakunin se han limado.

Muchas cuestiones de táctica y de estrategia se clarifican en confrontación con los marxistas. El hecho de que la Comuna no organizara una ofensiva en los primeros días y que no tomara el Banco de Francia ha sido presentado a menudo como una crítica marxista a los “proudhonianos”. Esto no es correcto, ya que este tipo de críticas se pueden encontrar también en los escritos de Bakunin y de Élisée Reclus, como certifica incluso un marxista como Rougerie 91: evidentemente, el problema no son las críticas a posteriori. La diferencia está en la valoración de la idea de federalismo comunalista y por ello antiestatal asumida por los anarquistas, que los marxistas, ya encaminados hacia la conquista del Estado a través de la lucha política, parecen no llegar a comprender, limitándose a sostener que la clase obrera ha perdido por no haber tomado un partido (obviamente el suyo) que la dirigiese. Aquí se enmarca la afirmación de Engels que, en el prólogo a La guerra civil en Francia, pretende calificar una experiencia libertaria como la Comuna como ejemplo de “dictadura del proletariado”. Sobre si esta expresión fue o no pronunciada por Marx existe bastante división en los ambientes marxistas, como siempre ha admitido Rougerie 92, sobre la coherencia con el pensamiento del maestro de la aplicación de este concepto a la experiencia parisina, que había fracasado precisamente por no convertirse en “dictadura” propiamente dicha.

También estas vicisitudes contribuyen a la clarificación que en 1872 lleva a la Internacional federalista y antiautoritaria a la separación del Consejo General. Sostiene Guillaume que “mientras que cada uno de los miembros de las secciones de las montañas [Jura suizo] solo vivía para la vida de los heroicos parisinos, mientras que los hombres de acción en la Internacional concentraban toda su actividad y las fuerzas de su inteligencia en un solo objetivo, acudir en ayuda de la Comuna de París, Marx y sus criaturas sólo pensaban en servirse de las peripecias de ese drama gigantesco para la realización de sus cálculos, y disponían de antemano, con una dirección infernal, sus telas de araña, contando con atrapar a las Federaciones confiadas y hacer de toda la Internacional la presa de su vanidad y su espíritu de intriga” 93.

En lo que respecta al análisis de Bakunin, tras la derrota de Lyon, es muy pesimista: “Veo claramente que el asunto está perdido” 94. Pero, una vez proclamada la Comuna es clara su naturaleza, y el ruso suscribe la afirmación de Guillaume según la cual “la revolución de París es federalista (…) El federalismo, en el sentido que le da la Comuna de París, y que le dio hace muchos años el gran socialista Proudhon, que fue el primero en exponer científicamente la teoría, la federación, es ante todo la negación de la nación y del Estado” 95. Otros anarquistas como Kropotkin subrayan la espontaneidad del movimiento de la Comuna; Bakunin valora mucho el trabajo de propaganda y organización desarrollado por las secciones de la Internacional: “Si la Comuna de París se mantiene hoy valientemente, es porque durante todo el asedio los obreros se han organizado con seriedad. No sin razón los periódicos burgueses acusan a la Internacional de haber producido ese magnífico levantamiento de París. Sí, digámoslo con orgullo, son nuestros hermanos los internacionales los que, con su trabajo perseverante, han organizado al pueblo de París y han hecho posible la Comuna de París” 96.

Del mismo modo es claro el análisis de clase realizado por Bakunin no en términos de partido, sino en términos de composición social, de todo el acontecimiento y de la responsabilidad de la burguesía: “La burguesía francesa está en entredicho. Si lo hubiera deseado, habría podido salvar a Francia. Pero para eso tendría que haber sacrificado su dinero, su vida, y apoyarse abiertamente en el proletariado (…) los obreros han dicho: antes haremos volar nuestras casas que entregar la ciudad a los prusianos. Los burgueses respondieron: antes abriremos las puertas de nuestras ciudades a los prusianos que permitiros hacer desorden público, y queremos conservar nuestras queridas casas a toda costa, aunque tengamos que besar el culo de los señores prusianos” 97.

Por ello hace un llamamiento a la unión de los proletarios de París y de provincias como única solución a la crisis: “Vosotros, los obreros, solidariamente unidos con vuestros hermanos los trabajadores del mundo entero, heredáis hoy la gran misión de la emancipación de la humanidad. Tenéis un co-heredero, trabajador como vosotros, aunque bajo otras condiciones: el campesino (…) por la organización del poder no político, sino social, y por tanto antipolítico, de las masas obreras tanto de las ciudades como de los campos” 98.

Declara, por último, su completa adhesión al movimiento. “Soy partidario de la Comuna de París, que, por haber sido masacrada, ahogada en sangre por los verdugos de la reacción monárquica y clerical, solo ha sido viva y poderosa en la imaginación y el corazón del proletariado de Europa (…) La Comuna de París ha durado demasiado poco tiempo, y se ha visto demasiado obstaculizada en su desarrollo interior por la lucha mortal que ha tenido que sostener contra la reacción de Versalles, para poder elaborar teóricamente, y menos aún aplicar, su programa socialista (…) Haría observar a algunos teóricos severos de la emancipación del proletariado que son injustos con nuestros hermanos de París: porque, entre las teorías más justas y su puesta en práctica, hay una distancia inmensa que no se franquea en unos pocos días” 99. La última diferencia respecto a los severos teóricos es que los anarquistas por lo menos estaban, y lo han puesto en práctica.

Bakunin expone en esos meses los mismos conceptos en las conferencias que pronuncia ante los obreros relojeros en el bastión anarquista del valle de Saint-Imier, reuniones que finalizan al grito de “¡Viva la revolución social! ¡Viva la Comuna de París!” 100

Conclusión

La Comuna marca el paso definitivo de los hermanos Reclus al anarquismo, movimiento del que, tras la Comuna de París, serán dos de los exponentes más representativos internacionalmente. Élie, trasladado con la familia a Zúrich, antes del regreso a Francia en 1880 tras la amnistía de marzo de 1879, se seguirá dedicando a la militancia y a la propaganda, pero aplicará sus ideas sobre todo al estudio de la etnología y la mitología. También Élisée, exiliado primero en el Ticino y después en el Vaud, concentrará el máximo de sus esfuerzos en la redacción de su Geografía, pero seguirá siendo uno de los animadores de la Federación del Jura, la primera organización comunista anárquica. Según Marianne Enckell, es precisamente entre los exiliados políticos que frecuentan la Suiza occidental entre 1872 y 1877 donde se crea el primer movimiento anarquista organizado, y solo desde este momento se puede hablar de anarquismo y de militancia anarquista: “En poco más de cinco años, de septiembre de 1872 al verano de 1977, el movimiento anarquista ha tomado su identidad y vida propia. Calificar de anarquistas los movimientos o a los militantes anteriores a esta fecha es por tanto un anacronismo” 101. En este ambiente están inmersos ambos hermanos Reclus, que se pueden considerar con toda justicia entre los fundadores del movimiento. El patrimonio de experiencias acumuladas por Élisée y Élie en la cooperación, en la experiencia española y en la Comuna, identificadas con la primera generación de militantes que, en este sentido, podemos definir como anarquistas, es fundamental en los años setenta para definir un conjunto de características tácticas y estratégicas del anarquismo comunista de larga duración en los continuadores de este movimiento. Es en estos años cuando se elabora una estrategia antiestatal que, superando la raíz republicana original, prevé una revolución desde abajo que no se apropie de las estructuras representativas sino que las abola; tras el fracaso de las experiencias cooperativas los anarquistas elaboran el concepto de acción directa aplicado a la lucha de clases; tras la derrota de la Primera República española y de la Comuna de París desconfiarán siempre de las clases militar y política a la hora de afrontar el problema de las alianzas. Es también en la Comuna donde empieza la elaboración, completada definitivamente en el siglo siguiente por Errico Malatesta, del problema de la violencia y de su rechazo como principio.

Federico Ferretti

Publicado en Germinal. Revista de Estudios Libertarios núm.8 (octubre de 2009)

Notas:


1.- Instituto Francés de Historia Social (de ahora en adelante IFHS), 14 AS 232, carpeta IX, Lettre d’Élie et Élisée Reclus à A. Nefftzer, 6 enero 1858.

2.- Biblioteca Nacional de Francia, Departamento de Manuscritos Occidentales, Nuevas Adquisiciones Francesas (de ahora en adelante BNF, NAF), 22909, f.1-10.

3.- Mijaíl Bakunin, Opere Complete I, Anarchismo, Catania 1989, p.259.

4.- Max Nettlau, Eliseo Reclus: vida de un sabio justo y rebelde I, Edicciones de la Revista Blanca, Barcelona 1928, p.207-208.

5.- Ibídem, p.208.

6.- James Guillaume, L’Internationale: documents et souvenirs II, Société Nouvelle, París 1907, p.132.

7.- R. Serrano García y G. de la Fuente Monge, La revolución gloriosa: un ensayo de regeneración nacional, 1868-1874, Biblioteca Nueva, Madrid 2005.

8.- M. Nettlau, La première Internationale en Espagne (1868-1888), D. Redider, Dordrecht 1969, p.33.

9.- Élisée Reclus, Correspondance I, Schleicher, París 1911, p.294.

10.- M. Nettlau, Bakunin e l’Internazionale in Italia dal 1864 al 1872, Risveglio, Ginebra 1928, p.148.

11.- Ibídem, p.149.

12.- A. Lucarelli, Giuseppe Fanelli nella storia del Risorgimento e del Socialismo italiano, Vecchi & C., Trani 1953, p.107.

13.- Anselmo Lorenzo, El proletariado militante, Zero, Bilbao 1974, p.39-43.

14.- Élisée Reclus, Correspondance I, op. cit., p.308.

15.- C. Bellanger, J. Godechot, P. Guiral y F. Terrou, Histoire générale de la presse française II: de 1815 à 1871, PUF, París 1969, p.353.

16.- Elíe Reclus, Impresiones de un viaje por España en tiempos de Revolución, del 26 de octubre de 1868 al 10 de marzo de 1869 en el advenimiento de la República, Pepitas de Calabaza, Logroño 2007.

17.- Élie Reclus, “Un roi, s’il vous plait, Barcelona, 1 Novembre 1868”: Revue politique et littéraire, 7 noviembre 1868, p.124.

18.- Ibídem, p.125.

19.- Ibídem, p.125.

20.- Ibídem, p.126.

21.- Élie Reclus, “Les Partis en Espagne”: Revue politique et littéraire, 14 noviembre 1868, p.162-164.

22.- Élie Reclus, “Comment on réveille un peuple, Valence, 22 Novembre 1868”: Revue politique et littéraire, 28 noviembre 1868, p.208.

23.- Élie Reclus, “Le premier sang (correspondance d’Espagne), Álora, 6 Décembre 1868”: Revue politique et littéraire, 12 diciembre 1868, p.246.

24.- Ibídem, p.248.

25.- Élie Reclus, “Échec à la Monarchie (correspondance d’Espagne), Madrid, 26 Décembre”: Revue politique et littéraire, 2 enero 1869, p.12.

26.- Ibídem, p.8.

27.- Élie Reclus, “Sus aux républicains! (correspondance d’Espagne)”: Revue politique et littéraire, 9 enero 1869, p.35.

28.- Gosudarstvenni Archiv Rossiskoii Federatsii (GARF), fondy P-6753, o.1, k.38, f.34.

29.- Ibídem, f.35.

30.- Elíe Reclus, Impresiones de un viaje…, op. cit., p.171.

31.- A. Lucarelli, op. cit., p.110.

32.- M. Bakunin, op. cit. VII, p.301.

33.- J. Guillaume, op. cit., p.309.

34.- M. Bakunin, op. cit. VII, p.36.

35.- Ibídem, p.83

36.- J. Guillaume, op. cit., p.83.

37.- Karl Marx, La guerre civile en France, Chicoutimi, Quebec 2002, p.22-23.

38.- Ibídem, p.30.

39.- J. Bruhat, J. Dautry y E. Tersen (ed.), La commune de 1871, Éditions Sociales, París 1970, p.73.

40.- M. G. Meriggi, La Comune di Parigi e il movimento rivoluzionario e socialista in Italia (1871-1885), La Pietra, Milán 1980, p.18.

41.- Piotr Kropotkin, The Commune of Paris, J. Turner, Londres 1895, p.6.

42.- J. Guillaume, op. cit., p.94.

43.- Ibídem, p.109.

44.- B. Malon, La Comune di Parigi, Samonà e Savelli, Roma 1971, p.54.

45.- Ibídem, p.78.

46.- Ibídem, p.75.

47.- Élisée Reclus, Correspondance II, Schleicher, París 1911, p.3.

48.- A. Fierro, La Société de Géographie, 1821-1946, Droz, Ginebra 1983, p.149.

49.- G. Dunbar, Élisée Reclus historian of nature, Archon, Hamden 1978, p.56.

50.- “Notre programme”: La République des Travailleurs 1, 10 enero 1871, p.1.

51.- Jules Vallès, Le Cri du Peuple: février 1849 à mars 1871, Les Éditeurs Français Réunis, París 1953.

52.- “Appel au peuple de Paris”: Le Cri du Peuple, 26 marzo 1871, p.2. Paul Reclus (1847-1914), médico, es aquí uno de los hermanos menores de Élie y Élisée, y no debe confundirse con el otro Paul Reclus (1858-1941) citado, hijo de Élie, ingeniero y geógrafo, autor de importantes memorias biográficas sobre su tío y su padre.

53.- J. Rougerie, Paris libre 1871, Seuil, París 2004, p.47.

54.- B. Malon, op. cit., p.131.

55.- Louise Michel, La Comune, Editori Riuniti, Roma 1969.

56.- Élie Reclus, La Commune de Paris au jour le jour. 1971. 19 Mars – 28 mai, Schleicher, París 1908, p.243.

57.- H. Dubief, “L’administration de la Bibliothèque Nationale pendant la Commune”: Le Mouvement Social 37 (1961), p.34.

58.- Ibídem, p.35.

59.- Ibídem.

60.- Ibídem, p.38.

61.- Élie Reclus, La Commune…, op. cit., p.39.

62.- C. A. Dauban, Le fond de la société sous la Commune, E. Cornély, París 1873, p.168.

63.- H. Dubief, op. cit., p.41.

64.- P. O. Lissagaray, Les huit journées de mai derrière les barricades, Bureau du Petit Journal, Bruselas 1871.

65.- M. Nettlau, Eliseo Reclus…, op. cit., p.280.

66.- Archives Nationales, Dossier BB 24/859b.

67.- Élie Reclus, La Commune…, op. cit., p.1.

68.- Ibídem, p.14.

69.- Ibídem, p.89.

70.- Ibídem, p.54.

71.- Ibídem, p.55.

72.- Gianpietro Berti, Errico Malatesta e il movimento anarchico italiano e internazionale, 1872-1932, Franco Angeli, Milán, p.187-199.

73.- Élie Reclus, La Commune…, op. cit, p.75.

74.- Ibídem, p.130.

75.- Ibídem, p.133.

76.- Ibídem, p.105-106.

77.- B. Malon, op. cit., p.243.

78.- Ibídem, p159.

79.- G. Dunbar, op. cit., p.58-68.

80.- Élie Reclus, La Commune…, op. cit., p.74.

81.- BNF, NAF, 25016 f. 88. Lettre d’E. Reclus à E. Charton, 18 abril 1871.

82.- B. Malon, op. cit., p.181.

83.- BNF, NAF, 25016 f. 113. Lettre d’É. Reclus à P. Reclus, 24 abril 1871

84.- J. Guillaume, op. cit., p.135.

85.- Ibídem, p.142.

86.- Ibídem, p.152.

87.- B. Malon, op. cit., p.415.

88.- M. Rebérioux, “Le mur des Fédérés”, en P. Nora (ed.), Lieux de Mémoire, Gallimard, París 1997, p.535-558.

89.- J. Bruhat, J. Dautry y E. Tersen, op. cit., p.262-281.

90.- J. Guillaume, op. cit., p.279.

91.- J. Rougerie, op. cit., p.270.

92.- Ibídem, p.264.

93.- J. Guillaume, op. cit., p.279.

94.- Ibídem, p.141.

95.- Ibídem, p.142.

96.- Ibídem, p.151.

97.- Ibídem, p.150.

98.- Ibídem, p.151-161.

99.- Ibídem, p.161-163.

100.- M. Bakunin, op. cit. VII, p.281.

101.- M. Enckell, “Élisée Reclus, inventeur de l’anarchisme”, en R. Creagh (ed.), Élisée Reclus – Paul Vidal de la Blache: Le Géographe, la cité et le monde, hier et aujourd’hui. Autour de 1905, L’Harmattan, París 2009, p.44.

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