Simón Radowitzky (Vida y obra)

Simón Radowitzky, a los 17 años.

Simón Radowitzky, a los 17 años.

Simón Radowitzky de nacionalidad Argentina y rusa, nacio el 10 de septiembre de 1891 en Bandera de Rusia Stepánivtsi, Nueva Rusia, Imperio ruso y murió el 29 de febrero de 1956 enBandera de México México, D. F., México.

Era Obrero de la construcción, participo Guerra Civil Española,en las Brigadas Internacionales.

Simón Radowitzky (en ucraniano, Симон Радовицький; Stepánivtsi (hoy en la óblast de Dnipropetrovsk), Nueva Rusia, Imperio ruso, 10 de septiembre o 10 de noviembre de 1891 – México, D. F., 29 de febrero de 1956) fue un militante obrero anarquista ucranio-argentino de origen judío. Fue uno de los más célebres presos del penal de Ushuaia, donde fue condenado a reclusión perpetua por el atentado con bomba que mató al jefe de policía Ramón Lorenzo Falcón, responsable de la brutal represión de la semana roja de 1909 en Buenos Aires.1 2 Indultado tras 21 años, abandonó la Argentina y luchó en el bando republicano durante la Guerra Civil Española. Murió en México, donde trabajaba en una fábrica de juguetes, a los 65 años de edad.

Radowitzky procedía de una familia obrera de origen judío. Creció en la ciudad de Ekaterinoslav, en la región de Nueva Rusia, donde la familia se había trasladado para posibilitar a los niños el acceso a la educación primaria. Abandonó los estudios a los 10 años para iniciar su aprendizaje como herrero; la hija de su maestro fue quien lo inició en el anarquismo. Cuatro años más tarde, ingresó como jornalero en una metalúrgica; en una manifestación reclamando una reducción en la jornada laboral, fue herido por un sable cosaco, que lo confinó en cama durante seis meses. Tras la convalecencia, fue sentenciado a cuatro meses de prisión por repartir prensa obrerista.

Fue segundo secretario del sóviet de la fábrica en la que trabajaba cuando los eventos de la revolución rusa de 1905. Tras la represión zarista, debió exiliarse en Argentina para no ser condenado a prisión en Siberia.

Llegó a la Argentina en marzo de 1908; se afincó en Campana, donde trabajó de obrero mecánico en los talleres del Ferrocarril Central Argentino. Mantuvo estrechos contactos con la creciente comunidad anarquista local, leyendo La Protesta, el periódico de la Federación Obrera Regional Argentina; a través de la Federación, entró en contacto con un grupo de intelectuales anarcosindicalistas de origen ruso, entre los que se contaban Pablo Karaschin autor de un atentado en ocasión del funeral de Carlos de Borbón— José Buwitz, Iván Mijin, Andrés Ragapeloff, Máximo Sagarín y Moisés Scutz. Se trasladó a Buenos Aires, donde residiría con algunos de estos mientras ejercía como herrero y mecánico.

La Semana Roja y el atentado contra Falcón.

Monumento a Ramón Falcón en el barrio de Recoleta (Buenos Aires). En la base tiene pintada la leyenda "Simón Vive" y el símbolo anarquista.

Monumento a Ramón Falcón en el barrio de Recoleta (Buenos Aires). En la base tiene pintada la leyenda “Simón Vive” y el símbolo anarquista.

 

Coche en el que viajaba el Jefe de Policía Ramón Falcón, destruido por la bomba de Radowitzky.

Coche en el que viajaba el Jefe de Policía Ramón Falcón, destruido por la bomba de Radowitzky.

El 1 de mayo de 1909, Radowitzky participó en una de las dos grandes manifestaciones convocadas por las organizaciones sindicales. Por separado de la central sindicalista revolucionaria Unión General de Trabajadores (UGT), la FORA anarquista convocó a un acto en la Plaza Lorea, en el porteño barrio de Montserrat, entonces en obras de ejecución del proyecto de Carlos Thays para dar forma a la Plaza del Congreso, uno de los símbolos urbanísticos de la burguesía gobernante. Allí se reunían los anarquistas desde 1890 para conmemorar a los mártires de Chicago.

Por orden del coronel Ramón Lorenzo Falcón, que observaba la concentración, la policía reprimió con tropas de infantería y caballería la manifestación; una hora de combates arrojó tres muertos, que pronto serían ocho, entre los anarquistas, y más de cuarenta heridos. Falcón ordenó clausurar todos los locales de esa filiación, y detuvo a 16 líderes durante la semana siguiente, llamada Semana Roja por la dureza de la persecución; las comunicaciones de las fuerzas de seguridad afirmaban la existencia de un complot ruso-judáico, responsable de instigar al conflicto. El movimiento obrero respondió declarando una huelga general, a la que se sumó el Partido Socialista, exigiendo la renuncia de Falcón para detenerla. La columna de manifestantes que el 4 de mayo acompañó a los muertos sumó más de 80.000 personas, pero la presión policial y las divisiones internas detuvieron la huelga poco más tarde.

El 14 de noviembre, Radowitzky preparó un artefacto explosivo casero, y lo arrojó dentro del vehículo que conducía a Falcón, unánimemente considerado responsable de las muertes de los obreros. La explosión hirió de muerte al coronel y a su secretario privado, Alberto Lartigau; morirían el primero a las 2 de la tarde, y el segundo al anochecer. Perseguido por las fuerzas de seguridad mientras huía, Radowitzky intentó suicidarse a pocas calles del lugar de la explosión, disparándose al pecho con un revólver que portaba. Al acercarse los policías, gritó “¡¡Viva el anarquismo!!”, seguro de que sería ejecutado in situ. Sin embargo, fue transportado al hospital Fernández, donde se le diagnosticaron heridas leves en la zona pectoral derecha, y se lo trasladó inmediatamente a una comisaría. Al no portar identificación y negarse terminantemente a prestar información a sus captores, la inquietud llevó al presidente José Figueroa Alcorta a decretar el estado de sitio.

En el juicio, la imposibilidad de determinar la identidad del acusado causó dificultades, hasta que la embajada argentina en París facilitó los antecedentes obtenidos en Ucrania. Sin embargo, la edad del mismo resultaba incierta; el fiscal ordenó pericias médicas que le daban entre 20 y 25 años. Sin dudas de su responsabilidad, pues el mismo Radowitzky había admitido ser autor único del atentado, se solicitó para él la pena de muerte:

Debo manifestar aquí que no obstante ser la primera vez que en el ejercicio de mi cargo se me presenta la oportunidad de solicitar para un delincuente la pena extrema, lo hago sin escrúpulos ni vacilaciones fuera del lugar, con la más firme conciencia del deber cumplido, porque entiendo que nada hay más contraproducente en el orden social y jurídico que las sensiblerías de una filantropía mal entendida (…)
En las consideraciones de la defensa social debemos que en Radowitzky un elemento inadaptable cuya temibilidad está en razón directa con el delito perpetrado, y que sólo puede inspirar la más alta aversión por la ferocidad del cinismo demostrado, hasta el extremo de jactarse hoy mismo de ese crimen y de recordarlo con verdadera fruición.

Manuel Beltrán, alocución en el juicio

Sin embargo, el aporte de un facsímil de la partida de nacimiento de bautismo por un primo de Radowitzky cambió el curso del proceso. Aunque el documento carecía de las legalizaciones pertinentes para confirmar que éste tenía sólo 18 años, siendo por lo tanto menor de edad y no pasible de ejecución, inclinó a los jueces a conmutar la pena por la de reclusión perpetua en la Penitenciaría Nacional. Se le añadió, como castigo adicional, la reclusión solitaria a pan y agua durante veinte días cada año, en el aniversario del atentado.

El 6 de enero de 1911, dos presos anarquistas Francisco Solano Regis y Salvador Planas Virella que compartían lugar de reclusión con Radowitzky lograron huir de la Penitenciaría Nacional, en una operación que contó con ayuda exterior y con la connivencia de algunos de sus guardias. Radowitzky quedó detrás por haber sido llamado imprevistamente a la imprenta del presidio. Atemorizados por la perspectiva de que el joven reo, que concitaba simpatía entre el personal de la cárcel, contara con otra oportunidad semejante, se decretó su traslado al penal de Ushuaia, reservado generalmente para criminales de extrema peligrosidad. La costumbre de encerrar allí a anarquistas y otros presos políticos se haría más frecuente con los años.

En la prisión se le denegaron los pocos derechos concedidos a los restantes presidiarios; como única lectura se le permitía la Biblia, y fue sometido a malos tratos y torturas al liderar al resto de los reclusos en huelgas de hambre en protesta por las malas condiciones del penal. En 1918, las torturas alcanzaron su cenit con la violación de Radowitzky por parte del subdirector del penal, Gregorio Palacios, y tres guardiacárceles. La reacción no se hizo esperar; enterados los anarquistas del hecho, publicaron en Buenos Aires un panfleto, titulado El presidio de Ushuaia, de pluma de Marcial Belascoain Sayos que apareció en La Protesta. Su publicación causó conmoción, y el gobierno de Yrigoyen ordenó abrir sumario sobre las condiciones en Ushuaia; los tres guardiacárceles serían relevados de sus funciones.

Radowitzky queda en libertad.

Radowitzky queda en libertad.

 El 7 de noviembre de ese mismo año, una audaz acción conjunta de los grupos anarquistas chilenos y argentinos logró la única evasión jamás lograda del penal de Ushuaia. Los argentinos Apolinario Barrera y Miguel Arcángel Roscigna y los chilenos Ramón Cifuentes y Ernesto Medina alquilaron una pequeña goleta de bandera dálmata en la ciudad chilena de Punta Arenas, y coordinaron con Radowitzky el procedimiento. Éste, que trabajaba en el taller de la cárcel, se hizo con un traje de guardiacárcel, y abandonó el penal a primera hora de la mañana aprovechando el relevo y la llegada de un grupo de guardiacárceles nuevos, encontrándose con Barrera en una cala no lejana. El plan original era desembarcar a Radowitzky en algún lugar apartado, con víveres y utensilios para resistir un tiempo hasta que la búsqueda hubiese amainado su intensidad, aprovechando el plazo de unas horas hasta que el personal se percatara de su desaparición. Sin embargo, este pensó que le sería más fácil pasar desapercibido en Punta Arenas, por lo que decidieron seguir viaje hasta ese punto. Tras cuatro días de navegación, y ya en territorio chileno de la península de Brunswick, la goleta fue abordada por un navío de la Armada de Chile, alertado por las autoridades argentinas de la evasión; aunque Radowitzky escapó a nado antes del encuentro, la tripulación de la goleta fue detenida e interrogada en prisión, hasta que uno de los tripulantes confesó donde aquél había tomado tierra. Pocas horas más tarde, el anarquista fue interceptado mientras intentaba llegar a Punta Arenas andando, conducido a una prisión flotante, y luego de dos semanas retornado al presidio. El castigo de la evasión serían dos años de confinamiento solitario en su celda, con sólo media ración de alimento.
Imagen de Simón Radowitzky.

Imagen de Simón Radowitzky.

 En los años siguientes su figura cobraría valor simbólico en las protestas obreras anarquistas; una entrevista de La Razón en 1925 reavivó la visibilidad pública de su causa, invariablemente mantenida como emblema en los conflictos obreros de la FORA del V Congreso, y en los últimos años de la década las pancartas y pintadas exigiendo su indulto se multiplicaron. En 1928 el periodista Ramón Doll provoca un influyente alegato, examinando la desmesura con que desde la justicia se trata el delito motivado por causas políticas, que acababa con un indirecto pero claro petitorio de indulto. Tras el naufragio del Monte Cervantes en los canales fueguinos, que aisló temporalmente en Ushuaia a numerosos porteños, el diario Crítica envió a un redactor, Eduardo Barbero Sarzábal, a entrevistar a Radowitzky. La publicación de la misma tuvo un éxito rotundo, y atrajo finalmente la atención de los líderes políticos. El 14 de abril de 1930, Yrigoyen —que 14 años antes, durante su primera elección como presidente, había prometido a una delegación anarquista indultar a Radowitzky— cumplió con demora su palabra, y le concedió el indulto. Sin embargo, por el mismo documento lo condenó al destierro; el 14 de mayo el ARA Vicente Fidel López lo lleva al puerto de Buenos Aires, de donde deberá tomar otro buque a Montevideo con fondos propios y sin documentación, habiendo desaparecido la suya en los 21 años de prisión. La ayuda de las agrupaciones anarquistas uruguayas le permite, finalmente, sortear las trabas burocráticas y desembarcar.

Una de las primeras cartas que escribió fuera de prisión fue a la poetisa Salvadora Medina Onrubia, (quien luego fue esposa de Natalio Botana el creador del diario Crítica), que desde el asesinato de Falcón intentó liberarlo, primero acudiendo a Yrigoyen, y luego, al no obtener ayuda de este, ayudó a su fuga y posterior indulto.3

En Montevideo Radowitzky retomó a su profesión de mecánico, tras verse frustrado su proyecto de retornar a la Unión Soviética. La situación perduró hasta el 7 de diciembre de 1934, cuando el gobierno de Gabriel Terra pretendió expulsarlo aplicando la ley de extranjeros indeseables. Las indicaciones de sus compañeros de movimiento, que le solicitaron que no acate la medida para no sentar un precedente perjudicial, llevaron a su prisión en el penal de la isla de Flores. El defensor del movimiento, el abogado Emilio Frugoni, logró en 1936 la conmutación de su pena por la de arresto domiciliario, pero carente de domicilio propio debió esperar seis meses más hasta ser liberado.

Con el inicio de la Guerra Civil Española, Radowitzky decidió sumarse a las Brigadas Internacionales. En el frente de Aragón combatió con la 28 División de Gregorio Jover, compuesta principalmente por anarquistas; trabó allí amistad con Antonio Casanova, un gallego emigrado a la Argentina que había estado entre los fundadores de la Federación Anarco-Comunista Argentina. Perjudicada su salud por los más de 25 años en cautiverio, se trasladó luego a Valencia, donde se desempeñaría en la rama cultural de la CNT. Tras la victoria del bando franquista, atravesó los Pirineos y fue internado en el campo de Saint Cyprien.

Abandonó Francia para trasladarse a México, donde el poeta uruguayo Ángel Falco, cónsul de su país en la ciudad de México, le proporcionaría empleo en la legación. Editaría revistas para el movimiento y trabajaría en una fábrica de juguetes hasta el 4 de marzo de 1956, cuando un ataque cardíaco acabó con su vida.

Referencias.

  1. Badell, Martín Alejandro; Gringauz, Lucrecia. Facultad de Periodismo y Comunicación Social (UNLP), ed. «MEDIOS GRÁFICOS E HISTORIA. LA SEMANA ROJA DE 1909». La Plata.
  2. Schiller, Herman (2005). Momentos de luchas populares. Buenos Aires: Ediciones Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos. pp. 37/40. ISBN 9508601779.
  3. De anarquistas y feministas, mujeres latinoamericanas a principio del siglo XX. Por María Rosa Figari, María Marta Howhannesiann, Laura Sachetti. En revista PoSible, Serie centenario bicentenario, Ed. El Agora.

Enlaces externos.

 

 

La azarosa vida de Simón Radowitzky, el anarquista ruso preso en Argentina, idolatrado en la Guerra Civil de España y que acabó fabricando juguetes en México

  • 26 febrero 2017

Ficha policial de Simón Radowitzky. Radowitzky lanzó un artefacto explosivo y huyó de la escena del crimen.

Ficha policial de Simón Radowitzky. Radowitzky lanzó un artefacto explosivo y huyó de la escena del crimen.

El 14 de noviembre de 1909, un joven anarquista ruso llamado Simón Radowitzky realizó un atentado con bomba que le costó la vida al entonces jefe de la Policía de Buenos Aires, Ramón Lorenzo Falcón.

Conocido por su dureza, Falcón había ordenado reprimir unos meses antes la conmemoración del 1º de Mayo, convocada por la Federación Obrera Regional Argentina (FORA) en la plaza Lorea de Buenos Aires, frente al Congreso de la Nación.

La intervención policial se saldó con varios muertos y más de un centenar de heridos. Durante varios meses, grupúsculos anarquistas prepararon su venganza.

El elegido para llevarla a cabo fue un adolescente judío ruso, recién llegado a Argentina como inmigrante.

A mediados de noviembre, Falcón y un ayudante recorrían el cementerio de la Recoleta en un carruaje. Venían del funeral de un comisario porteño.

Apostado en un lateral del camino, el joven Radowitzky, de 18 años, lanzó un artefacto explosivo y huyó de la escena del crimen. Minutos después fue apresado por varios viandantes y, a pesar de que intentó suicidarse, no logró su cometido.

Fue juzgado y condenado a pena de muerte.

Ficha del prontuario 13.651 Simón Radowitzky, Sección Orden Social de la Policía de Buenos Aires . El atentado tuvo lugar el 14 de noviembre de 1909 en Buenos Aires.

Ficha del prontuario 13.651 Simón Radowitzky, Sección Orden Social de la Policía de Buenos Aires . El atentado tuvo lugar el 14 de noviembre de 1909 en Buenos Aires.

Sin embargo, días antes de que lo ajusticiara un pelotón de fusilamiento, un familiar presentó un certificado de nacimiento en el que demostraba que el joven Simón era menor de edad.

La justicia conmutó su pena por cadena perpetua en el penal de Ushuaia, en el extremo sur del país.

“La cárcel del fin del mundo”

Construida en esta ciudad argentina a fines del siglo XIX, en el imaginario popular es conocida como la “cárcel del fin del mundo”. Inaugurada en 1904, estaba destinada a delincuentes comunes reincidentes y presos políticos.

El penal de Ushuaia contaba con 380 calabozos de un metro y medio por dos y muros de roca de 60 centímetros de espesor, distribuidos en cinco pabellones. En uno de ellos pasó 22 años el preso 155, Simón Radowitzky.

En esta época arranca 155 (Nórdica, 2016), un cómic del autor argentino Agustín Comotto.

Afincado en Barcelona, Comotto relató a BBC Mundo cómo conoció la historia de Radowitzky y por qué decidió dedicar 6 años a investigar sobre la vida del joven anarquista ruso, de origen ucraniano.

“En algunos círculos es un personaje muy conocido por lo que hizo. Cuando me puse a investigar me pareció un personaje idóneo para escribir la historia que quería, que no tenía que ver exclusivamente con el anarquismo, sino también con la Argentina de principios del siglo XX, con que era judío e inmigrante y con su relación con la Guerra Civil española, en la que combatió”.

155, Agustín Comotto

155, Agustín Comotto

Radowitzky era recordado como un asesino o un terrorista que mató a un coronel del ejército argentino, explica Comotto.

Pero entonces el periodista Osvaldo Bayer publicó Los anarquistas expropiadores, Simón Radowitzky y otros ensayos (Galerna, 1975), contó la historia desde otro punto de vista y se reactivó el interés por el personaje en Argentina.

Intento de fuga y deportación a Uruguay

Con ayuda del movimiento obrero, el 7 de noviembre de 1918 Radowitzky logró fugarse del presidio y huyó en barco a Chile a través del canal de Beagle.

Tras cinco días de huida fue apresado por la policía chilena y mandado de vuelta a Ushuaia donde, según sus biógrafos, pasó otros doce años sufriendo aislamiento, torturas y enfermedades.

Durante este tiempo, obreros de todo el mundo pusieron en marcha campañas internacionales exigiendo su liberación.

“Ushuaia representa, a mi juicio, después de lo que he visto, un esfuerzo estéril en materia carcelaria”.

Manuel Ramírez, diputado nacional por la provincia de Buenos Aires del Partido Socialista (1934-1938).

El biógrafo Alejandro Martí, autor de Simón Radowitzky. Del atentado a Falcón a la Guerra Civil Española (De la Campana, 2010), “lo que realmente lo define y lo destaca como militante es la tenacidad con que defendió las ideas anarquistas hasta el último día de su vida”.

No en vano, los diarios anarquistas y obreros de la época utilizaban los conceptos de mártir o santo para referirse a él.

“Durante muchos años medios anarquistas como La Protesta y La Antorcha, enfrentados en otras cuestiones ideológicas, coincidieron en resaltar su figura y sus sufrimientos en la cárcel de Ushuaia”, dice Martí.

En concreto, el principal responsable de la creación del mito fue Diego Abad de Santillán, editor de La Protesta.

Y es que durante los años 1924 y 1925, el diario publicó regularmente “Las novedades mensuales sobre el mártir de Ushuaia”.

“Simón le debe mucho a Abad de Santillán porque éste nunca se olvidó de él. Siempre reclamó su liberación”, dice Comotto.

Finalmente, el 22 de abril de 1930, el gobierno de Hipólito Yrigoyen le concedió una amnistía y conmutó su pena por la deportación. Radowitzky era libre.

Radowitzky saliendo de la "cárcel del fin del mundo

Radowitzky saliendo de la “cárcel del fin del mundo

“El asesinato de Falcón fue un acto prácticamente espontáneo, una especie de vómito social, de rabia”, dice Comotto.

En prisión tomó conciencia de lo que era el anarquismo y se formó intelectualmente. Cuando fue liberado se volcó completamente en los ideales en los que creía”

Nada más salir de la cárcel fue deportado a Uruguay, donde pasó varios años recuperándose de la tuberculosis que contrajo en Tierra del Fuego.

Guerra Civil española

En 1936 estalló la Guerra Civil española.

Radowitzky sintió entonces la necesidad de ir a luchar para salvaguardar sus ideales anarquistas.

Soy hermano de los que cayeron en la lucha contra la burguesía y, como la de todos los demás, mi alma sufría por el suplicio de los que murieron aquella tarde”.
Simón Radowitzky
AGN

Cuando llegó a España hizo lo posible por ir a luchar al frente.

“Siendo un ícono del anarquismo jamás pidió ni quiso privilegios y trabajó por la causa libertaria sin importarle si la labor que emprendía era grande o pequeña”, explica Alejandro Martí.

Sin embargo, los dirigentes de la anarquista Confederación Nacional del Trabajo (CNT) no se lo permitieron.

El anarquismo ya había perdido en batalla a uno de sus líderes, Buenaventura Durruti, y no se podía permitir perder a otro.

Tras pasar el final de la guerra en la oficina de Propaganda Exterior, la CNT le encargó la misión de trasladar el archivo histórico del partido a Ámsterdam para evitar que los documentos cayeran en manos del franquismo.

Portada de 155, de Agustín Comotto

Portada de 155, de Agustín Comotto

Exilio y muerte en México

Cuando el fascismo comenzó a ganar terreno en Europa, Radowitzky fue capturado y enviado al campo de concentración francés de Saint Cyprien.

Tras unos meses de encierro, logró escapar y huir como refugiado a México junto a otros anarquistas españoles. En su pasaporte expedido por la República Española figuraba como Raúl Gómez Saavedra.

Bajo ese nombre trabajó durante varios años en una fábrica de juguetes en la Ciudad de México hasta que murió de un infarto en 1956.

Radowitzky, el anarquista que sobrevivió a la prisión del fin del mundo

Publicado por César G. Calero

Las esculturas urbanas suelen contar la historia de las ciudades desde la visión de los vencedores. Las pintadas, por su parte, tratan de canalizar de forma urgente y efímera la voz de los de abajo. En ocasiones, esculturas y pintadas son la cara y la cruz de una historia que ocurrió hace mucho tiempo. Hay en una céntrica plaza de Buenos Aires, en el corazón del acomodado barrio de Recoleta, unas esculturas que de tanto en tanto alguien garabatea en su base con una expresión —«¡Simón vive!»— que desconcierta a todo aquel que no conoce el abrupto final del coronel Ramón Falcón, el hombre a quien está dedicado el monumento. El clásico símbolo anarquista —la A dentro del círculo— nos ofrece alguna pista sobre quién puede ser ese Simón al que una mano anónima ha colocado junto al grabado de quien fuera el sanguinario jefe de la policía de Buenos Aires en la turbulenta primera década del siglo pasado.

A veces, de forma más explícita, alguien se ha animado a escribir el apellido del personaje en cuestión: Radowitzky, el anarquista ruso que acabó con la vida de Falcón un día de noviembre de 1909 y pagó su intrépida acción con una de esas penas dignas de un récord Guinness: dos décadas a la sombra en la cárcel más austral del mundo, la prisión de Ushuaia, de la que salió a los cuarenta años sin haber claudicado nunca de sus principios libertarios. Mil veces borrado y otras mil veces pintarrajeado, el nombre de Simón Radowitzky resiste porfiado a una historia que lo ha querido negar durante décadas. Un cómic del ilustrador argentino Agustín Comotto155 (Nórdica, 2016)— le ha dado ahora la razón a los autores de los grafitis. Simón, el inquebrantable preso 155 de la prisión del fin del mundo, es ya un héroe vivo de la historieta.

A pocos metros de esa plaza de la Recoleta sombreada por gomeros gigantes, Ramón Falcón, preboste de la policía porteña, se traslada en su carruaje la mañana del 14 de noviembre de 1909. Lo acompaña su ayudante, Alberto Lartigau. Regresan del cementerio de la Recoleta, donde le han dado el último adiós a un comisario amigo de Falcón. Un desconocido se acerca al carruaje en la esquina de Quintana y Callao y arroja una bomba de fabricación casera. Ha consumado la venganza del movimiento obrero contra el hombre que ordenó reprimir la marcha del último Primero de Mayo dejando varios obreros muertos y heridos en las calles de la capital argentina. El joven que lanza la bomba y corre como si le persiguiera el diablo es un inmigrante ruso de dieciocho años que solo lleva un año y medio en Buenos Aires. Cercado por algunos viandantes y policías, decide pegarse un tiro en el pecho. Pero no muere. Le espera algo peor.

De ascendencia judía, Simón Radowitzky nació en 1891 en Stepanitz, un pueblito de la actual Ucrania (aunque algunas versiones fijan su nacimiento en 1889). Su activismo revolucionario comenzó en Ekaterinoslav, la ciudad adonde se mudaron sus padres y donde Simón empezaría a trabajar a la temprana edad de diez años como aprendiz en casa de un herrero. En ese ambiente fue testigo de reuniones de obreros en las que se hablaba de explotación, compromiso, solidaridad. Con apenas catorce años fue herido de bala por la policía zarista durante una manifestación de obreros. Esos primeros años de lucha social marcarían su destino, como le confesaría muchos años más tarde en México a su compañero ácrata Augustin Souchy, periodista y escritor alemán que esbozaría una semblanza de Simón en el libro Una vida por un ideal. Su progresiva implicación en las protestas sociales le valió la cárcel y una amenaza de deportación a Siberia en cuanto cumpliera los dieciséis años. Alentado por algunos compañeros, a Simón no le quedó más remedio que embarcarse en un vapor rumbo a Argentina, la tierra prodigiosa en la que estaban recalando los parias de media Europa. Pero el paraíso argentino de la prosperidad estaba vetado para los obreros. Como otros miles de inmigrantes europeos, Radowitzky encuentra en los sindicatos la tabla de salvación para integrarse en una sociedad ajena. Aprende el español leyendo La Protesta, el órgano de expresión de los anarquistas agrupados en la FORA (Federación Obrera Regional Argentina).

Para la conmemoración del Primero de Mayo de 1909 la FORA reúne a treinta mil personas en la plaza Lorea de Buenos Aires. El coronel Falcón despliega a sus gendarmes en los alrededores y sin muchos preámbulos suenan los primeros disparos de la policía. A Simón, que asiste a la marcha, se le quedarán grabadas en la retina las escenas de la represión policial. Un grupo de anarquistas prepara la venganza durante varios meses. Radowitzky es el elegido para perpetrar el ataque. Y cumple con creces la misión. El precio de su osadía es la pena de muerte pero el joven ruso eludirá el pelotón de fusilamiento gracias a un certificado de nacimiento presentado in extremis por un familiar que demuestra su minoría de edad. Nunca se sabrá a ciencia cierta quiénes ayudaron a Radowitzky a matar a Falcón. Simón nunca les delataría. Él siempre declaró que lo hizo a título personal para vengar a sus compañeros caídos el Primero de Mayo. Su resistencia a las torturas agranda su figura entre los obreros. Es el mártir de un movimiento libertario que no olvidará jamás a su héroe moral y organizará interminables y masivas campañas exigiendo su libertad.

Maté porque en la manifestación del 1.º de Mayo, el coronel Falcón, al frente de los cosacos argentinos, dirigió la masacre contra los trabajadores. Soy hijo del pueblo trabajador, hermano de los que cayeron en la lucha contra la burguesía y, como la de todos los demás, mi alma sufría por el suplicio de los que murieron aquella tarde. Realicé dicho acto solamente por creer en el advenimiento de un porvenir más libre, más bueno, para la humanidad.

Prisión de Ushuaia. Fotografía: Liam Quinn (CC).

Prisión de Ushuaia. Fotografía: Liam Quinn (CC).

Cerrada definitivamente en 1947, la prisión del fin del mundo es hoy una de las atracciones turísticas de Ushuaia. Un museo en el que el visitante puede acceder a las celdas de los prisioneros recreadas al mínimo detalle y participar en un recorrido teatralizado disfrazándose con un traje a rayas. Una extravagante propuesta. Pero si hubo alguna performance irrepetible por su audacia fue la que protagonizó el preso 155, Simón Radowitzky, en 1918. El anarquista ruso llevaba ya varios años soportando las torturas de sus carceleros y las condiciones climáticas extremas de Tierra de Fuego. Un día recibió un regalo especial de sus compañeros de La Protesta: un ejemplar de la Biblia. ¿Querían reconducir al libertario ruso por el camino de la fe? ¿Se había dado cuenta Simón tras casi una década encerrado de que solo la palabra de Dios podía alejarle del sendero de odio y violencia por el que había transitado en su vida? Nada de eso. El libro sagrado traía codificado el plan de fuga para liberar al «Ángel de Ushuaia», como era conocido entre los internos. Descifradas las instrucciones, Radowitzky se decide a echar por tierra la leyenda de que nadie podía escaparse de la cárcel del fin del mundo.

El 7 de noviembre de 1918 saldrá caminando del recinto embutido en un uniforme de guardiacárcel. Aunque nunca se confirmó, se sospecha que Simón contó con ayuda en el interior del presidio para consumar su huida. Cabizbajo, el fugitivo llega hasta el lugar donde le espera Apolinario Barrera, el militante de La Protesta que ha alquilado una goleta en Chile para ir en busca de su compañero. A Simón se le iluminan los ojos cuando va dejando atrás el Canal de Beagle. No lo puede creer. La libertad, a un suspiro. El Sokolo, la barquita alquilada por Barrera, surca durante cuatro días los canales de Tierra de Fuego y se adentra en el estrecho de Magallanes. Al quinto día, los dos marineros de la goleta divisan una embarcación sospechosa. Alertado por las autoridades argentinas, un barco de la Armada chilena, el Yáñez, va directo a su encuentro. Simón no se lo piensa dos veces. El preso 155 se lanza a las frías aguas del estrecho, alcanza la orilla en la península chilena de Brunswick y corre desesperadamente entre el bosque de lengas en dirección a Punta Arenas, donde le espera una casa de seguridad a la que nunca llegará. Será apresado enseguida y reenviado por la policía chilena al infierno de Ushuaia. Allí purgará otros doce años con castigos corporales y psicológicos. Los dos primeros años después de la fuga los pasará en una celda de castigo, a media ración. Aislado, humillado, enfermo. De sus cartas desde prisión, sin embargo, sus amigos y compañeros perciben la entereza de un hombre que sigue en pie.

Tengo bastante valor, aunque estoy flaco de cuerpo, para soportar esta reclusión y la que venga tras ella. Muchas veces he pensado acabar de una vez, en vista del fracaso de mi fuga y de los malos tratos; es decir, hacerme matar o seguir el ejemplo del 122. ¿Sabes por qué no lo hago? Para que no gocen mis verdugos… (…) Pronto hará once años que estoy en el presidio y te puedo asegurar que no tengo el menor remordimiento; jamás hice ningún mal conscientemente a nadie. Siempre he velado, mejor dicho, cuidado, de la dignidad que debe ser norma de los anarquistas, y respecto a mi proceder con los compañeros del presidio jamás un anarquista podrá avergonzarse.

La frustrada fuga por el estrecho de Magallanes no fue el único intento de liberar a Radowitzky que idearon los anarquistas argentinos. Según la biografía de Radowitzky escrita por el periodista argentino Alejandro Martí, en 1924 un reconocido militante ácrata, Miguel Arcángel Roscigna, logró un puesto como guardiacárceles en el penal de Ushuaia con el propósito de poner fin al cautiverio del activista ruso. La estrategia estaba pensada para que salieran tres presos. Pero Radowitzky se negó. El plan, a su juicio, debería incluir a todos los prisioneros políticos del penal. El compañero «carcelero» trató de convencerle de la imposibilidad de liberar a todos pero Simón no dio su brazo a torcer y el plan no se ejecutó. La suerte de Radowitzky estaba echada.

Fue esa resistencia del anarquista ruso a la adversidad la que, entre otras razones, llevó a Agustín Comotto, ilustrador argentino afincado en Barcelona, a aproximarse a la figura de Radowitzky: «Simón logra sobrevivir a pesar de las torturas, el frío, el hambre, una fuga que fracasa, los castigos…». Un personaje singular. Simón es el hombre que al matar a Falcón —reflexiona Comotto— no está atentando simplemente contra un jefe policial sin escrúpulos. Está lanzando una bomba al corazón de un Estado represivo que nace manchado con la sangre de la Campaña del Desierto, de la que Falcón fue uno de sus más notorios carniceros. Radowitzky nunca fue amigo de las armas. Alguien definió su acción como un «vómito social» contra el sistema.

«El personaje de Simón tenía muchas capas más allá de su acción anarquista», explica Comotto, que dedicó seis años a documentarse sobre la vida de Radowitzky rastreando archivos en Argentina, México y Holanda y entrevistando a todo aquel que podía ofrecerle alguna información para el libro gráfico que acaba de publicar en España. Una vida salpicada de agujeros negros, pasajes nebulosos sobre los que las fuentes no se ponen de acuerdo. Comotto rescata también la imagen del hombre que huye del culto a la personalidad pese a que se había convertido en todo un mito: «Había obreros que tenían su estampita y lo llamaban el mártir o el Ángel de Ushuaia». Toda una paradoja dentro de un movimiento libertario que suele recelar de todo lo que huela a idolatría.

 Simón Radowitzky sale en libertad en 1930 tras haber estado preso veintiún años. Foto: Diario Clarín (DP).

Simón Radowitzky sale en libertad en 1930 tras haber estado preso veintiún años. Foto: Diario Clarín (DP).

 

El 22 de abril de 1930 Simón Radowitzky se viste con las mejores galas. Ha llegado, por fin, el día de su liberación. Enfermo de tuberculosis, flaco como un alfiler, abandona la prisión del fin del mundo. Los anarquistas le han hecho llegar un traje cruzado y un sombrero Orion. Parece un dandy. Para los ácratas de medio mundo es un ejemplo a seguir. Gracias en parte a las gestiones de la poetisa Salvadora Medina Onrubia, esposa del director del diario Crítica, Natalio Botana, el Gobierno de Hipólito Yrigoyen le ha otorgado una amnistía. Salvadora, a quien Simón llama «hermanita» en sus cartas, ha sido su ángel de la guarda durante las dos décadas que ha pasado en prisión. No solo ha participado activamente en las campañas para su liberación. También financió la fallida fuga por el Canal de Beagle. La gratitud del anarquista ruso será eterna. Según el historiador ácrata Osvaldo Bayer (La Patagonia rebelde, Los anarquistas expropiadores), la liberación de Radowitzky fue fruto más que nada de una negociación política entre la dirigencia anarquista y el Gobierno de Yrigoyen, necesitado de paz social. Pero el hábil político radical se guardó un as bajo la manga para no incomodar a los sectores más conservadores. Radowitzky quedaría en libertad, sí. Pero no en Argentina. Sería deportado a Uruguay.

Veintiún años han pasado desde que Simón lanzó esa bombita casera que mató a Falcón y a su ayudante. El mundo es un hervidero social. Y Simón sigue fiel a la causa. Ha entregado toda su juventud a esa lucha revolucionaria de la que nunca ha renegado. ¿Y ahora? Tras una estancia de varios años en Montevideo, Radowitzky viaja en mayo de 1937, en plena Guerra Civil, a la capital del anarquismo mundial: Barcelona. Los milicianos de la CNT/FAI se baten en todos los frentes: contra el fascismo y contra el auge del comunismo en el seno del bando republicano. Radowitzky solicita ir al frente de Aragón, donde se baten el cobre las antiguas columnas ácratas. Pero los jefes de la CNT son precavidos. Bajo ninguna circunstancia pueden poner en riesgo la vida de un mito viviente del movimiento como Simón. Ya habían perdido en el frente de Madrid a su faro, Buenaventura Durruti, en aquel corto verano de la anarquía. Lo encuadrarán en la 28.ª División de Gregorio Jover, uno de Los Solidarios que anduvo en Argentina junto a Durruti y Ascaso en los años veinte. Radowitzky realizará funciones de enlace durante un tiempo hasta que la cúpula anarquista decide replegarlo a la oficina de Propaganda Exterior. En el libro de Augustin Souchy, la dirigente anarcosindicalista Federica Montseny habla así del paso de Radowitzky por la Revolución española:

No era orador ni escritor. Era un hombre inteligente, dotado de criterio propio, que atesoraba un profundo buen sentido. Era un hombre tan rico espiritualmente que, en lugar de restar a los demás, les enriquecía constantemente con la proyección propia. (…) Asistía a nuestros «plenos», siempre callado, siempre observando. Y nunca decía nada. Pero algunas veces, encontrándole en la Secretaría de Cultura y Propaganda (…) hablábamos. Yo le preguntaba. Y Simón me contestaba. Su juicio claro, lúcido, unía a la discreción una profunda conciencia de los problemas, de las posibilidades y de las imposibilidades. Recuerdo que pasé horas escuchándole, sin interrumpirle, dejándole manifestarse con su voz lenta, arrastrando las sílabas, buscando a veces las palabras que expresasen mejor su pensamiento sin herir a nadie.

La derrota de los republicanos en la Guerra Civil obliga a Radowitzky a buscar un nuevo refugio. Antes de abandonar España, el líder de la CNT, Mariano Rodríguez Vázquez, Marianet, le encarga una misión delicada. Será uno de los encargados de trasladar el ingente y valioso archivo de la CNT a Ámsterdam, la ciudad elegida por los anarcosindicalistas para poner sus documentos a salvo del franquismo. Simón correrá después una suerte similar a la de otros miles de exiliados. Sobrevivirá un tiempo en el campo de refugiados de Saint Cyprien y después viajará a México, donde vivirá hasta su muerte en 1956 bajo el nombre de Raúl Gómez Saavedra, un alias que le permitirá pasar desapercibido.

En Ciudad de México mantiene su relación con los grupos anarcosindicalistas y no es ajeno a las continuas rencillas entre las distintas facciones republicanas. Vivía casi del aire y rodeado de pájaros en un cuartito alquilado en la azotea de un edificio. Algunos compañeros y amigos, como Ricardo Mestre (fundador de una impresionante biblioteca ácrata en el D. F. y fallecido en 1997), le ayudaban en el día a día. «Para algunos era casi un místico; un personaje taciturno, silencioso», recuerda Comotto de sus conversaciones con aquellos que trataron a Simón o supieron de sus andanzas en México.

En México su vida transcurre a medio gas. Los veintiún años que pasó en prisión le habían pasado factura. Del periodo carcelario le quedó una tuberculosis de la que nunca se recuperó. Su muerte por un paro cardiaco conmocionó a sus compañeros anarquistas en las dos orillas. En su humilde cuarto —cuenta Comotto— apenas tenía pertenencias: una muda y una estampita de Kropotkin firmada de puño y letra por el príncipe de la acracia rusa. El santo laico de Ushuaia se había quebrado definitivamente. Comenzaba la leyenda del preso 155. Una leyenda subterránea que sale a flote de tanto en tanto. Cuando un brillante historietista le rinde un homenaje. O cuando alguien, bajo la luz de la luna, garabatea su nombre en una escultura de la Recoleta. No hay duda: ¡Simón vive!

Éste y aquél. Canción anarquista a Simón Radowitzky

Los anarquistas 1904-1936. Marchas y canciones de lucha de los obreros anarquistas argentinos.
Con Guión de Osvaldo Bayer y la voz de Héctor Alterio. 06 Este y aquel a Simon Radowisky (Letra de F. Gualtieri)

Recitado:

Primero de mayo de 1909
los anarquistas ocupan totalmente
la Plaza del Congreso.
Frente a ellos,
está nada menos que el coronel Ramón Falcón
al frente de su caballería,
los cosacos,
como serán llamados por los obreros.

La represión es cruel.
Caen ocho obreros muertos
y ciento cinco heridos.
Entre los manifestantes
está un adolescente,
un ruso llamado
Simón Radowitzky
y en el once de noviembre
de ese año,
hará volar por el aire
con una bomba
al coronel Falcón y a su secretario.

El país se conmociona,
el anarquista es apresado
y pasará veintiún años en Ushuaia,
la Siberia argentina.
Será el mártir,
el santo de la anarquía,
cantado por todos los payadores libertarios.

Cantado:

Simón nació en un tugurio
de un pueblo, de un continente
como nace una simiente
por una ley natural.
Sin patria como el progreso
como es el arte y la ciencia
el amor y la conciencia
sin patria como el ideal.

Falcón nació en un palacio
sonriéndole la fortuna
meciéndose en blanca cuna
de pequeño Napoleón.
Éste reconoció patrias
y misiones en la tierra
fue profesor en la guerra
coronel de la nación.

Simón como hombre de ideas
con conceptos libertarios,
divulgó en los proletarios
el amor y la igualdad
una universal familia
de cultos trabajadores
sin esclavos ni señores
sin leyes ni propiedad.

Falcón como buen soldado
con arcaicos oropeles
propagaba los cuarteles
a la patria nacional
y así requería patriotas
debajo de su manto
fueran a su voz de mando
una avalancha mortal.

 

Simon Hijo del pueblo 2013

Película de Osvaldo Bayer, sobre la vida de Simón Radowitzky.

 

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