19 de julio de 1936. Madrid, dispuesto a la lucha

Publicado el 16 julio, 2013

David ANTONA*

Todo son rumores y confusión. Nadie puede afirmar nada. Concretar nada. Sólo se sabe que aquello que se esperaba está a punto de producirse.

Los ateneos de barriada regurgitan carne proletaria. Todos inquieren noticias… y piden se les entregue una pistola.

Los locales de la calle Luna han sido abiertos por la muchedumbre. El Gobierno de Casares Quiroga había clausurado el domicilio de los Sindicatos de Madrid con pretexto del carácter violento de la huelga de la construcción.

Madrid al atardecer del día 19, semejaba una enorme fragua que se disponía a templar su ánimo para el próximo combate.

milicianos-anarquistas

El Comité Nacional de la CNT habla por la radio

El Comité Nacional de la CNT, por mi conducto, ha hablado desde el micrófono de Unión Radio, a altas horas de la madrugada del día 20 de Julio, a España y al mundo.

Con frases encendidas por la emoción, he dicho poco más o menos, que la reacción pretendía adueñarse de España.

Recordé que la posición de la CNT había sido siempre y muy particularmente en los últimos tiempos, la de que al fascismo había que darle la batalla, empuñando las armas con coraje, en medio de la calle.

Que nos hallábamos ante el dilema de morir como cobardes o de luchar como hombres.

Recordé, también a todos nuestros afiliados, y en particular a los anarquistas, el deber que tenían de ser los primeros en el combate contra las hordas fascistas. Había que acabar con aquellos que sólo pensando en exterminamos se habían levantado en armas.

La hora –dije–, es grave. Muy grave.

La CNT, en la lucha entablada gastará, si es preciso, para que el pueblo salga triunfante, hasta el último hombre y el último cartucho.

El Gobierno no quería hablar claro; temía a la CNT. Sentía horror al pensar en las consecuencias que podrían derivarse de una lucha en la calle y en la cual interviniéramos nosotros.

Por ello perdimos Zaragoza, Sevilla, así como las ciudades enclavadas en la meseta castellana.

Los gobernadores del Frente Popular entregaron con su indecisión y cobardía, parte de España a los facciosos, antes que consentir que las masas de la CNT se apoderaran de las armas para combatirlos.

La lucha en Madrid

Residencia del Comité Nacional de la CNT. Una habitación estrecha y oscura. Apenas si podíamos movernos. Voces desordenadas, gritos, fusiles, algunos fusiles.

El teléfono no cesa de llamar. No hay posibilidad de entenderse. Sólo el ruido de los cerrojos de los fusiles, manejados por compañeros que quieren aprender de prisa el manejo de los mismos, deja oír su canto de guerra.

Llegan noticias alarmantes. Todos los cuarteles de Madrid se han levantado en armas. Toledo, Guadalajara y Alcalá de Henares, han hecho lo propio. Estamos cercados. En torno a Madrid los fascistas han logrado forjar un cinturón de bronce. Ya no es sólo el Cuartel de la Montaña, que en aquellos momentos (once de la mañana del día 20) está siendo bombardeado por un aparato leal.

La indignación va creciendo. Ganando a todos.

Por la Gran Vía descienden unos soldados de Caballería hacia el cuartel de la Montaña. Son hijos del pueblo que vienen de Vicálvaro con algunas piezas de artillería. La gente no les deja avanzar. Se arrojan a ellos, estrechándoles entre sus brazos.

El teléfono suena una vez más. Cojo el auricular y un compañero me grita que el cuartel de la Montaña ha caído. Son las 12 de la mañana.

Un grupo de compañeros llega en tropel a la calle de Silva, residencia del Comité Nacional. Vienen cargados de fusiles y ametralladoras. «Las hemos ganado con nuestros pechos –dicen, locos de alegría– y son para la organización».

Después del cuartel de la Montaña, van cayendo, uno a uno, el resto de los reductos facciosos de Madrid.

La marcha de Mola sobre Madrid quedó cortada en la sierra. Los campesinos desarmados, con sólo algunas escopetas, acompañados por un puñado de hombres de la CNT y algunos de la UGT que salieron de Madrid llevando unas docenas de bombas de mano, contuvieron a todo un ejército.

Al día siguiente, una vez dominada la sedición en Madrid, fueron enviados refuerzos a la Sierra de Guadarrama.

El pueblo toma por asalto Toledo, Guadalajara y Alcalá de Henares

Al día siguiente, o sea el 21 de julio, cayó Alcalá de Henares. A las nueve de la mañana llegamos a sus inmediaciones, donde estaban nuestras fuerzas, el malogrado compañero Mora y yo. Hablamos con el coronel Puigdendolas que había asumido el mando militar de aquellas fuerzas heteróclitas. Nos dijo que sería muy difícil tomar Alcalá, porque los fascistas tenían muchas armas y estaban bien atrincherados.

Mora le atajó para decirle que si tardaba mucho en dar la orden de ataque, lo haríamos nosotros.

A eso de las cuatro de la tarde tomamos Alcalá.

Al atardecer, regresamos a la ciudad. El cargo que desempeñaba requería mi presencia en Madrid. Había que sacar CNT.

A la mañana siguiente y cuando me disponía a buscar una imprenta, para sacar CNT, el órgano del Comité Nacional, un compañero llegó de Guadalajara informando de que los fascistas «pegaban duro» en aquella ciudad. Conviene –nos dijo– que vaya el mayor número posible de compañeros, pues la resistencia por parte de los facciosos es enorme. Aplacé el asunto de la imprenta y avisé a todas las barriadas para que enviaran hombres y material, y, acompañado de Mora, salí para Guadalajara.

Tan pronto como llegamos, algunos compañeros acudieron a nuestro encuentro.

Llevaban combatiendo desde las siete de la mañana. A las nueve, algunos grupos de compañeros, entre los que se encontraban Mera, Velasco, Emilio Andrés y otros, habían logrado tomar por asalto algunas casas.

No se sabía si seguían dentro o, por el contrario, habían muerto.

Un camarada aseguraba que a Mera lo habían cogido prisionero, fusilándolo en el acto.

Mora y yo avanzamos con cuidado: una ametralladora emplazada en una de las primeras casas que había pasado el puente, no cesaba de vomitar metralla.

Alguien hizo correr el bulo de que el puente por el cual teníamos que pasar para entrar en la ciudad estaba minado. Hubo un momento de vacilación. Mora, con su voz de trueno, levantó el ánimo y seguimos adelante.

De pronto hicieron su aparición dos aeroplanos. Los compañeros miraron hacia ellos, desconfiados. No sabían si eran nuestros o de los rebeldes. Uno descendió rápido, al tiempo que un guardia de Asalto (los de Asalto se batieron bravamente en Guadalajara) que había a mi lado gritó: ¡Todo el mundo a tierra, que ha soltado una bomba!

No obstante esta precaución, cinco o seis compañeros fueron despanzurrados y otros cuantos resultaron heridos. Y fue entonces por vez primera que vi lo horrorosa y criminal que es la guerra.

A partir de aquel momento se intensificó el ataque por nuestra parte.

Una vez abierta brecha, la resistencia fue decreciendo notablemente.

Unas horas después entrábamos en Guadalajara.

Los rebeldes que pudieron escapar corrían por aquellas lomas con dirección a Sigü̈enza. Guadalajara volvía a ser de España.

Bien entrada la noche regresamos de nuevo a Madrid.

Al día siguiente cuando el Comité Nacional pretendió incautarse de una imprenta para sacar nuestro órgano CNT, se encontró con que todas las imprentas de Madrid habían sido incautadas por republicanos, socialistas, Partido Sindicalista y Partido Comunista. En todas ellas, estos partidos habían puesto milicianos con fusil.

Es decir, que en tanto los hombres de la CNT de Madrid, desde el último afiliado hasta el secretario general del Comité Nacional, habían estado pegando tiros, los demás no se habían preocupado sino de hacer «su Revolución» en la retaguardia.

Publicado en Polémica, n.º 22-25, julio 1986

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