Cipriano Mera Sanz (Vida y obra)

Cipriano Mera Sanz

Cipriano Mera Sanz

Cipriano Mera Sanz nacio en Madrid, 4 de noviembre de 1897  y murió en Saint-Cloud, (Francia), el 24 de octubre de 1975.

Fue un conocido anarcosindicalista español que participó de forma destacada en la Guerra Civil Española, especialmente en las batallas de Madrid y Guadalajara.

Cipriano Mera fue albañil de profesión, empezó a trabajar a los once años. Militó en la CNT, de cuyo sindicato de la construcción en Madrid fue secretario en 1931. En diciembre de 1933 se unió a Buenaventura Durruti para fundar el Comité Revolucionario de Zaragoza. Como consecuencia, fue arrestado y llevado a prisión en Burgos.

En el verano de 1936, la huelga de la construcción había paralizado a más de 100.000 trabajadores. A principios de julio, Cipriano Mera es encarcelado nuevamente junto con otros delegados del Comité de Huelga de la construcción. La huelga de la construcción proseguía el 18 de julio, al estallar la guerra civil.

Al día siguiente, Mera es liberado de la Cárcel Modelo de Madrid, y tras participar en la derrota de los sublevados del Cuartel de la Montaña de Madrid, rápidamente organiza, junto a David Antona, una columna anarquista que se une a la del teniente coronel republicano Ildefonso Puigdendolas, que el 21 de julio tomaría Alcalá de Henares y al día siguiente la ciudad de Guadalajara. La columna anarquista de Mera se separó entonces hacia Sacedón y la provincia de Cuenca, ocupando la capital provincial, que se hallaba sublevada y en manos de la Guardia Civil. Sus soldados le apodaron El Viejo, porque tenía 40 años y mandaba sobre milicianos jóvenes.

Más tarde, tras la creación del Ejército Popular Republicano, la columna de Mera se transformó en la 14ª División, de la que fue nombrado comandante. Esta división intervino fundamentalmente en la defensa de Madrid, en noviembre de 1936, y en la Batalla de Guadalajara, en marzo de 1937, que ganó a los italianos del CTV. Fue jefe del IV Cuerpo de Ejército.

En 1938, ya ascendido a teniente coronel, emplazó su cuartel general en Alcohete (Guadalajara), lugar cercano a la villa de Horche y desde donde protegía todo el sector oriental de la capital.

Apoyó el golpe de Estado del coronel Segismundo Casado el 5 de marzo de 1939 y la formación del Consejo Nacional de Defensa, en protesta de la hegemonía estalinista en el alto mando. Aunque el gobierno de Negrín abandona España al día siguiente, la situación del recién formado Consejo es crítica en Madrid durante los días 7, 8 y 9, ante la reacción de parte de los tres Cuerpos del Ejército (integrados por oficiales, soldados y milicianos comunistas) que defienden la capital. Pero entonces Mera lanzó su IV Cuerpo de Ejército desde Guadalajara y logró salvar al Consejo después de una serie de encarnizados combates por las carreteras de acceso y las mismas calles de Madrid. Hay quienes piensan que la derrota de las tropas comunistas, afligidas por la huida del gobierno y de los dirigentes del PCE, permitió al bando franquista entrar fácilmente en Madrid, encarcelando y fusilando a muchos republicanos.

Ocupado Madrid por los franquistas, Mera se traslada a Valencia, exiliándose más tarde en Orán, donde fue internado en un campo de concentración. Una vez liberado, marcha al Marruecos francés, donde se gana la vida como peón de la construcción. Tras la caída de Francia en manos de los nazis, las autoridades franquistas solicitan la entrega de los refugiados españoles en territorio francés. En febrero de 1942, Cipriano Mera es entregado por el Gobierno de Vichy a las autoridades franquistas. Condenado a muerte, la pena le fue conmutada por 30 años de prisión.

Tras un indulto en 1946 se exilió en Francia, donde retornó al activismo anarquista y trabajó como albañil hasta su muerte, menos de un mes antes que la del dictador Francisco Franco, el 24 de octubre de 1975 en un hospital de Saint-Cloud, en Isla de Francia.

Obra.

Escribió un libro de memorias titulado: “Guerra, exilio y cárcel de un anarcosindicalista”.

Referencias.

Bibliografía.

Enlaces externos.

Cipriano Mera: El albañil que no quiso ser general

Su único sueño durante la contienda civil fue el de volver a su profesión de albañil. Miaja siempre lo promocionó a los máximos rangos operativos cuando se constituyó el ejército Popular. Contribuyó al fin de la guerra al fundar la Junta de Defensa con Casado y Besteiro frente a Negrín.

Cipriano MeraCipriano Mera Nacio en Madrid, 4 de noviembre de 1897 y murió en Saint-Cloud, departamento de Altos del Sena, en la región de la Isla de Francia, en Francia.el 24 de octubre de 1975,

Es el último de los grandes anarquistas españoles del siglo XX y uno de los pocos que conserva íntegro el espíritu del anarquismo del XIX. Pocos hombres como él se atuvieron tan estrictamente a los principios libertarios y pocos, por no decir ninguno. Tuvieron tantas ocasiones de vulnerarlos. A diferencia de Durruti, los Ascaso o la propia Federica Montseny, Cipriano Mera es el prototipo de militante obrero que, por su valor personal nacido del orgullo y de la dignidad en carne viva de los desheredados y por una inteligencia natural que en él suplía la falta de estudios, fue capaz de convertirse en uno de los grandes jefes militares del Ejército Popular de la República, al frente de la 14 División, que con las de Líster y El Campesino fueron las grandes fuerzas de choque a lo largo de la guerra, y después, del IV Cuerpo de Ejército.

Si sus hazañas no fueron cantadas por la prensa internacional, si su nombre no alcanzó la popularidad de los otros jefes militares fue por una y única razón: su militancia anarquista y su animadversión a los comunistas, dueños de la propaganda.

Sin embargo, su división, ya que no tuvo capacidad para ganar la guerra, sí tuvo en su mano terminarla. Y la terminó al fundar la Junta de Defensa con Casado y Besteiro frente a Negrín.

Sus hombres decidieron los cruentos combates que libraron los comunistas contra el resto de los partidos y sindicatos del Frente Popular.

Tres años antes, el 18 de julio de 1936, nadie hubiera dicho que aquel albañil madrileño que estaba en la cárcel por los disturbios producidos en la Huelga de la construcción y que odiaba cualquier rango o privilegio iba a convertirse en el hombre que terminaría militarmente con al resistencia republicana. Aunque, en rigor, Mera nunca dejó de combatir a Franco, ni durante la guerra ni en su largo exilio, tampoco aceptó el vasallaje, ni siquiera la compañía del comunismo estalinista. Y su único sueño, durante la contienda civil, fue el de volver a su profesión de albañíl, desdeñando los honores morales y materiales que la revolución le brindó.
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Y es que Mera nuca quiso ser más que albañil. Desde su nacimiento en Madrid, en 1897, siguió los pasos de su padre, obrero de la construcción y militante de la Asociación de Albañiles El Trabajo, de UGT.

A los 11 años, con una mínima instrucción, empezó a trabajar ayudando en las obras y, cuando no había trabajo, haciendo de cazador furtivo, tarea en la que su padre era un experto. Seguramente esa astucia del furtivo, esa forma de comprender el acecho, la caza y la huida fueron su auténtica escuela militar, porque la guerra Civil española fue en cierto modo una forma de caza al margen de toda ley. Y en esto, Mera, llevaba mucho aprendido.

Su propio aspecto, seco, enjuto, con la cara tajada a conciencia por el viento y los ojos escondidos entre una frente noble y unas arrugas insomnes, es el de un cazador. Y su boca, dibujada o cortada sobre los dientes fuertes y una mandíbula como un puño, también revela algo del hembra pasada, presente o futura de quien caza por necesidad. Es un rostro de campesino español de cualquier siglo llegado a Madrid cuando Pío Baroja escribía La Busca.

Pero en ese rostro no hay ingenuidad sino determinación, no hay temor sino violencia contenida, no hay sometimiento ancestral sino voluntad de destrucción, de revolución. Su bautismo anarquista se produce al entrar en contacto con grupos violentos como el que perpetró el asesinato del presidente del gobierno Eduardo Dato. No fue, pues, Mera, uno de aquellos anarquistas naturistas y vegetarianos que leían La Revista Blanca y creían en el futuro del esperanto. Era, fue, desde que dejó la UGT para abrazar el anarcosindicalismo, un hombre de acción que no rehuía ni la clandestinidad ni la violencia.

Participó en diversas conjuras contra Primo de rivera, todas fallidas, pero al caer la dictadura, su prestigio, que había pasado intacto de la UGT a la CNT, lo convirtió en presidente del Ramo de la construcción de Madrid.

Detrás del andamio, seco, con Durruti y otros, formó parte de las milicias o grupos de choque que, con el nombre de Grupos de Defensa Confederal, hacían a la luz del día lo que la FAI remataba por la noche.

Desde 1933 es miembro del Comité Revolucionario que tantos quebraderos de cabeza produjo a la República. Y esa política violenta, revolucionaria, que le lleva a la cárcel, empieza a devorar al albañil que nunca quiso dejar de ser.

En 1936, era uno de los dirigentes del Comité de Huelga de la construcción, y como tal fue encarcelado por las luchas entre piquetes y entre los propios sindicatos obreros. Fue encarcelado y de la cárcel le sacó el fracaso de la rebelión en Madrid. No obstante, la Huelga de la Construcción es un caso asombroso, por no decir patológico, de las reivindicaciones sindicales porque, proclamada bastante antes del 18 de julio, terminó bastante después, como si no pasara nada. Es una ilustración de lo que entendían por apoliticismo muchos dirigentes libertarios de entonces.

Apenas fuera de la cárcel, Cipriano Mera se enrola voluntario como miliciano raso, pero al poco tiempo, por los avatares de la lucha, comienza a ascender vertiginosamente en la organización de las milicias populares. Siempre mandando unidades anarquistas, en la primavera del 37 tiene ya a su mando una división, la 14. Semejante carrera, sin ser militar como Galán, sin tener estudios como Manuel Tagüeña, sin haber pasado por ninguna academia militar soviética, como Líster o Modesto, es sólo comparable a la de Valentín González. Porque aunque el cargo máximo en aquellas tropas equivalía a general de División. ¡En menos de un año y por méritos de guerra!

En realidad, el mérito esencial de Mera, el primero de ellos, fue el de comprender que las milicias obreras sólo serían operativas si adquirían la estructura, la formación y, sobre todo, la disciplina, del ejército regular. En eso, pasados los primeros escarceos, en que las milicias anarquistas se desbandaban con facilidad, hasta Durruti empezaba a estar de acuerdo. Pero la muerte de Durruti -que los anarquistas, incluido Mera, siguen sin explicar- le dejó como única figura militar de la CNT. Esto fue muy apreciado por Miaja que, aunque temía sus «albañiladas», como dio en llamar a su sentido del orgullo y del mando, especialmente en defensa del débil, le apreció siempre y lo promocionó a los máximos rangos operativos cuando se constituyo el ejército Popular. La amplia base cenetista, en la que se refugió también el POUM, fue la cantera miliciana de la que Mera, con su jefe de Estado Mayor Verardini, extrajo una de las mejores divisiones: la 14.

En unas memorias publicadas por Ruedo Ibérico en 1976 y amputadas de casi cualquier referencia personal sólo al final aparece su compañera de toda la vida, Teresa, sus dos hijos y sus padres, un núcleo que se mantuvo siempre unido, especialmente en la adversidad- Mera da detalles muy sustanciosos acerca de las trampas que los jefes militares le hacían a la superioridad -por ejemplo, Líster nunca tomó Brunete, El Campesino no tomó Brihuega en la batalla de Guadalajara y de las acechanzas que padeció a manos de los comunistas por ser el único jefe miliciano con prestigio que no pertenecía al Partido. Llegaron incluso a intentar asesinarle en un atentado del que Modesto, jefe del V Cuerpo de Ejército y superior suyo, no quiso dar cuenta a Miaja y Prieto. La cosa estuvo a punto de acabar a tiro limpio entre los dos, pero Mera se salió con la suya. Quizás por eso no volvieron a intentarlo. Pero las maniobras contra él, especialmente después de mayo del 37, se recrudecieron. Tras detener a su jefe de Estado Mayor, siempre por intrigas comunistas, estuvieron apunto de fusilar a Mika Etchébehere, una argentina afín al POUM que vino voluntaria a la guerra de España y donde por méritos de guerra alcanzó el grado de capitán Mika sí nos ha dejado unas excelentes aunque poco conocidas memorias de guerra.

A los dos los salvó del paredón Mera poniendo la pistola encima de la mesa. Convencido de que Negrín era un simple agente soviético y que con el PCE era imposible continuar la guerra, dio el paso decisivo de la Junta de Defensa. Pero antes propuso a Casado varias iniciativas: secuestrar a Negrín para obligarlo a negociar con Franco o presentarse con él en Burgos aunque los fusilasen a todos, coger miles de rehenes y cercar de dinamita las minas de Almadén para negociar directamente con los nacionales o romper todos los frentes e iniciar una guerra de guerrillas tras todas las líneas enemigas. Ninguna de estas iniciativas prosperó y así acabó todo. Pudo escapar por Valencia a Oran y comenzó un largo peregrinar por prisiones francesas del Norte de África, sin aceptar la ayuda de Negrín ni de Prieto. Se evadió varias veces y estuvo en Casablanca, como Viktor Laszlo, esperando un pasaje para América que nunca llegaba. Lo que llegó fue su deportación a España, su juicio y condena a muerte y los largos meses en Porlier viendo las sacas y esperando su turno . Se negó a pedir el indulto pero, aun así, salió de la cárcel y tras unos escarceos conspirativos con los generales monárquicos, que le parecieron repelentes, pasó a Francia para reorganizar la CNT, Allí se ganó siempre la vida trabajando. Después de su segunda expatriación, siguió militando en la CNT y cumplió cuantas funciones le fueron encomendadas, sin dejar por ello de trabajar en su duro oficio de albañil hasta que sus fuerzas, a los 72 años de edad, se lo impidieron. Miembro de la Federación local (CNT) de París, fue uno de los fundadores de Frente Libertario. Ya en curso la impresión de este libro  murió en Saint Cloud en 1975, Ya en curso la impresión de este libro, falleció en Saint-Cloud el 24 de octubre de 1975 y recibió sepultura en el cementerio de Boulogne-sur-Seine,  26 días antes de Franco. A su muerte, sólo tenía la pensión de albañil.

Obra literaria

  • Escribió sus memorias en una autobiografía, Testimonio de dos guerras.
  • Para conocer a Tagüeña también son interesantes las memorias de su esposa, Carmen Parga, Antes que sea tarde, publicado en 1996.

Mandos militares

Precedido por:
Teniente Coronel
Enrique Fernández-Heredia Larrañaga
Comandante de la
3ª División

Agosto de 193716 de abrilde 1938
Sucedido por:
Mayor de milicias
Esteban Cabezas Morente
Precedido por:
Nueva creación
Comandante del
XV Cuerpo de Ejército

16 de abril de 19389 de febrero de 1939
Sucedido por:
Unidad disuelta

Enlaces externos

 

Los confederales, los comunistas y Largo Caballero. Cipriano Mera

<<Mi Diario de campaña se perdió cuando el 29 de marzo de 1939 tuve que abandonar España. En un campo de concentración del norte de Africa redacté parte de estos apuntes; otros fueron escritos en la cárcel, de nuevo en España. Más tarde conseguí recuperar dicho Diario, conservado por manos amigas. A sí pude completar estas notas sobre la guerra civil, en las que se refieren hechos en los que fui actor o escenas por mí presenciadas, a losque algunas veces les faltan fechas y detalles que los hagan aún más precisos. Pero, al menos, servirán para restablecer la verdad en muchos casos y dejar al mismo tiempo constancia de una serie de episodios importantes de nuestra contienda.
 
Al ofrecer, en fin, al lector estas impresiones debo expresar mi sincero reconocimiento hacia los compañeros de lucha que me aportaron, ya en el destierro, algunos datos complementarios para dar cima al trabajo, y de manera especial a Manuel Fabra por su perseverante empeño en la confección del libro.>>
 Antes de seguir adelante debo dejar constancia de un caso sorprendente de los primeros meses de lucha, y que luego, al repetirse, había de revelar uno de los aspectos másbochornosos de nuestra guerra. En una ocasión, de acuerdo con el teniente coronel del Rosal, Francisco Galán y yo convenimos efectuar un ataque con objeto de asegurar nuestra situación de manera eficaz. Dos columnas (Del Rosal y Galán) deberían operar  simultáneamente, según el plan establecido. Del Rosal dio la orden, y, a la hora fijada (las siete de la mañana) nuestras fuerzas se pusieron en movimiento. Ya en el fragor del combate, sin posibilidad alguna de retener la iniciativa tomada, nos percatamos que los hombres de Galán no se movían de su sitio, dejándonos así en situación comprometida. A pesar de todo hicimos un buen número de prisioneros y logramos situar nuestras trincheras a un kilómetro y medio del lugar de partida, delante del frente ocupado por la columna Galán. No cabe duda que el resultado hubiese sido más importante si este último hubiera cumplido con el compromiso contraído. Y como quiera que nada justificaba semejante actitud, al preguntarme qué razón podía tener Galán para dejarnos solos frente al enemigo, hube de concluir que el único motivo era que él obedecía al Partido Comunista y nosotros éramos de la CNT.
Para el Partido Comunista el aniquilamiento de la CNT, o al menos el desprestigio de sus fuerzas, era un objetivo de igual valor, por no decir superior, que el de combatir a lossublevados. Su insidiosa propaganda tendió constantemente a aislar a las formaciones confederales, no considerándolas como combatientes de una misma causa. Así pues,independientemente de la distancia que ideológicamente nos separaba a comunistas y anarquistas, hube de llegar con gran pena a la conclusión de que aquel premeditado abandono de nuestras fuerzas en el combate constituía el primer acto de traición que pudo luego comprobarse a lo largo de la guerra en el campo antifascista.
Tan desatendidos nos encontrábamos en ese mismo frente, que, en otra ocasión, el compañero Val y yo decidimos visitar a Largo Caballero, ministro de la Guerra, para exponerle la situación. Nuestra columna carecía de lo más indispensable; necesitábamos quinientos fusiles y la escasa munición de que disponíamos era, sencillamente, la que habíamos conquistado al enemigo. No teníamos tampoco material de zapadores para consolidar nuestras fortificaciones. En cambio, a otras columnas no les faltaba ni lo uno ni lo otro.
Le dijimos a Largo Caballero que nuestras fuerzas no eran otra cosa que las del pueblo y merecían ser atendidas en idénticas condiciones que todas las demás. La respuesta del presidente del Consejo de ministros y ministro de la Guerra fue que él ignoraba todo eso, pero añadió que, según sus informes, nosotros vivíamos algo fuera de la ley. Le invitamos a que hiciera una visita a nuestro frente y se cerciorara de la realidad, con la seguridad por nuestra parte de que saldría convencido de que nuestras milicias no se comportaban de manera distinta a las otras, sino frecuentemente mucho mejor. Entonces nos prometió quevisitaría nuestras fuerzas y, efectivamente, a los pocos días, sin previo aviso, se personó en nuestro sector. Estuvo conversando con nosotros, particularmente con el teniente coronel del Rosal al que felicitó, haciendo extensivo este cumplido a todas las fuerzas. Volviéndose hacia mí, Largo Caballero dijo:

– Te recomiendo, Mera, seáis más obedientes y tratéis de acatar mejor la disciplina.
Le repliqué que si bien no observábamos una disciplina cuartelera practicábamos conscientemente una autodisciplina que no eran capaces de igualar los militares. Y así terminó la visita. Nuestras unidades continuaron siendo abastecidas con las mismas dificultades que anteriormente, es decir, con cuentagotas.

Fuente:
Cipriano Mera, guerra exilio y cárcel de un anarcosindicalista.
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