Jean-Marie Guyau Tuillerie (Vida y obra)

jean-marie_guyau-1Jean-Marie Guyau Tuillerie nacio en Laval, Mayenne el  28 de octubre de 1854 y murió en Menton, Alpes-Marítimos, 31 de marzo de 1888 fue un filósofo y poeta francés. Sus obras están impregnadas por el vitalismo e insisten en la felicidad de una vida compartida con los demás.

Nació en Laval, departamento de Mayenne, en la región de Países del Loira. Cuando cumplió tres años de edad, su madre decidió emigrar a París.

El entorno en que se crió fue muy provechoso para su crecimiento intelectual. Su madre fue Augustine Tuillerie, la autora, bajo el seudónimo de G. Bruno, en referencia a Giordano Bruno, de Le Tour de France par deux enfants, publicado en 1877, y diversos libros sobre educación. Su padrastro, Alfred Fouillée, fue un filósofo de la corriente del positivismo espiritualista, gracias a quien se formó en filosofía desde muy joven. Su esposa publicó, bajo el seudónimo de Pierre Ulric, cartas románticas para la juventud. Su hijo fue el filósofo Augustin Guyau.

Se licenció en Letras a la edad de 17 años, y fue un gran aficionado a las obras de Victor Hugo, Corneille, Musset, Epicuro, Epicteto, Platón, Herbert Spencer y Kant. Tradujo al francés el Ενκειριδιον (Manual) de Epicteto.

A los 19 años escribe una memoria (de más de 1300 páginas) Memoire sur la Morale utilitaire depuis Epicure jusqu’à l’Ecole anglaise en 1873, galardonada por la Academia Francesa de Ciencias Morales y Políticas en el año 1874, que más tarde sería publicada en dos volúmenes: La moral de Epicuro (1878) y La moral inglesa contemporánea (1879). Éste premio le permitió ganar una cátedra de filosofía en el Liceo Condorcet, cuando contaba con 20 años, donde escribió trabajos didácticos.

Al poco tiempo de comenzada esta labor sufre los primeros síntomas de una tuberculosis, acudiendo al sur de Francia para buscar un clima más favorable, primero instalándose en la costa atlántica (Pau y luego Biarritz), y luego quedándose definitivamente frente al mar Mediterráneo (primero en Niza y finalmente en Menton), donde permaneció hasta su temprana muerte a la edad de 33 años. Fue durante ese período de retiro donde escribió numerosos trabajos filosóficos y gran cantidad de poesía.

Su obra principal, Esbozo de una moral sin obligación ni sanción (Esquisse d’une morale sans obligation ni sanction), publicada en 1884, parece haber impresionado mucho (y probablemente influido) en el pensamiento de Nietzsche, citando a Guyau en los márgenes de sus anotaciones y citando extensamente observaciones de éste trabajo, sobre irreligión y en su Ecce homo. También influyó mucho el pensamiento de Piotr Kropotkin en su escrito La moral anarquista.

Jean Marie Guyau, fue un potente pensador que, pese a su prematura muerte, fue ampliamente conocido y valorado entre los ambientes libertarios de principios del siglo XX. Guyau, ciertamente, no era un militante de bandería alguna, pero a él se refiere Pedro Kropotkin en su obra “La moral anarquista” en los siguientes términos:

“Pertenece a ese joven filósofo, Guyau -a ese pensador anarquista sin saberlo-, haber indicado el verdadero origen de tal valor y de tal abnegación (-se refiere a la fuerza moral-), independiente de toda fuerza mística, independiente de todos esos cálculos mercantiles, bizarramente imaginados por los utilitarios de la escuela inglesa”.

Allá donde las filosofías kantiana, positivista y evolucionista se han estrellado, la filosofía anarquista ha encontrado el verdadero camino.

Su origen, ha dicho Guyau, es el sentimiento de la propia fuerza, es la vida que se desborda, que busca esparcirse. `Sentir interiormente lo que uno es capaz de hacer es tener conciencia de lo que se ha dicho el deber de hacer´.

Así pues, Guyau, un anarquista sin saberlo, inspira muchas de las principales páginas de la obra ética kropotkiniana. En él se apoya también el mismo Ferrer i Guardia  cuando, para defender la coeducación de los sexos afirma:

“El autor de la Religión del Porvenir – y tengamos aquí en cuenta que el título real del libro de Guyau al que se refiere fue “La irreligión del porvenir”, título que probablemente Ferrer no cita fielmente para no atraerse aún más las iras eclesiásticas- refiriéndose a la mujer en el asunto indicado, dice: `El espíritu conservador puede aplicarse a la verdad como al error; todo depende de lo que se dé para conservarse. Si se instruye a la mujer en ideas filosóficas y científicas, su fuerza conservadora servirá en bien, no en el mal de las ideas progresivas´”.

Así pues, dejemos sentado que Guyau tuvo su influencia en algunos de los más importantes pensadores libertarios de principios de siglo. Pero, ¿qué era lo que defendía Guyau?, ¿qué proponía? Lo cierto es que, increíblemente poco editado en la actualidad en nuestro país, su filosofía vitalista, que le permitió en su época ser tildado de “el Nietzsche bueno”, mantiene una potencia impactante que no debe ser desestimada.

Como puede leerse en su “Esbozo de una moral sin obligación ni sanción”, Guayu mantuvo que la génesis del imperativo moral no tenía un origen sobrenatural, no descendía sobre el hombre desde las alturas de una revelación divina o desde la abstracción de una Idea con mayúsculas, desde fuera de él. Era la misma condición del fenómeno vida, su propia potencia desbordante, su propia abundancia, el hecho de que sólo crece gastándose, esparciéndose, lo que daba al hombre una triple fecundidad que le permitía actuar más allá de su propia supervivencia inmediata (nutrición y acrecentamiento son los dos aspectos básicos del ser vivo): una fecundidad intelectual que le lleva a imaginar y desarrollar explicaciones del mundo; una fecundidad del sentimiento y la emoción que hace que tengamos “más lágrimas de las que hacen falta para nuestros propios sufrimientos, más goces en reserva de los que justifica nuestra propia felicidad”; y una fecundidad de la voluntad que lleva al hombre a actuar, construir, producir, modificar el mundo con su propia capacidad de trabajo.

Fecundidad, pues, abundancia de energía que es necesario, imprescindible stricto sensu, que se gaste para que el organismo crezca con armonía. Esa es la esencia de la vida. Y ese es el fundamento natural, no divino, de la moralidad misma. Si pensar es, necesariamente, hacer. Si no hay oposición entre ambos términos “en un organismo sano”, cada uno hace lo que puede, y lo hace porque puede hacerlo. Cada uno se marca el ideal apropiado a su propia potencia, expresión de su propia abundancia. Cada uno, en definitiva, debe hacer todo lo que puede hacer, precisamente porque puede hacerlo. No hay un bien y un mal predeterminados. Es la propia tensión de la vida, en el ascenso que permite, la que impone de qué es capaz cada cual y, por lo tanto, cual es su deber moral. Deber sin más sanción, por otra parte, que la propia expansión de la energía vital del individuo.

Una ética esencialmente vital y solar. Voluntad, potencia, despliegue de la fuerza, conceptos caros a su contemporáneo Friedrich Nietzsche. Pero Guyau es el Nietzsche “bueno”. Si para Nietzsche la mayor expresión de la abundancia de vida es el dominio, para Guyau es la comunión con el resto del universo, la generosidad es la marca de una energía acrecentada. Regalarse es expresión de una potencia superior. Una oposición menos marcada de lo que pueda pensarse, no en vano Guyau también ve a la lucha, al afán de superación y al amor al riesgo como expansiones de la fuerza vital, y el propio Nietzsche, aunque despreció la compasión, no dejó nunca de hablar de la “virtud que hace regalos”. Coincidencias que no son tan aleatorias: Nietzsche tenía, según se cuenta, el “Esbozo” en su mesa de trabajo, profusamente subrayado y anotado con glosas laudatorias y feroces críticas.

Y, por supuesto, si se habla de moral, también lo hace de educación. Guyau le dedicará un libro que se publicará tras su muerte: “La educación y la herencia”. Su definición de la enseñanza es clara y diáfana:

“Investigación de los medios de formar el mayor número posible de individuos en plena salud, de facultades físicas o morales tan desenvueltas como sea dable, capaces por lo mismo de continuar el progreso de la humanidad”.

Hablamos, en definitiva, de una pedagogía que sea capaz “de adaptar a las generaciones nuevas a las condiciones de vida más intensa y más fecunda para el individuo y para la especie”. Todo ello con un triple fin:

“Primero, desenvolver armoniosamente en el individuo humano todas las capacidades propias de la especie humana y útiles a la especie, según su importancia; segundo, desenvolver más particularmente en el individuo las capacidades que parecen serle especiales hasta donde no dañen el equilibrio general del organismo; tercero, contener y someter los instintos y tendencias susceptibles de perturbar este equilibrio.”

Una defensa, en resumen, de una educación integral, racional y antiautoritaria que, aunque con sus claroscuros –como algunas de sus posiciones respecto a la mujer- le harán figurar en el popular “Breviario educativo libertario” de Tina Tomossi, por derecho propio.

Así pues, Guyau, el filósofo de la fecundidad de la existencia, de la vida que se desborda, lo fue también de una educación humanista fundamentada en una ética de la propia potencia. Pese a que murió muy joven, leer a Guyau es deleitarse con la expresión de una personalidad poderosa.

Bibliografía

  • Essai sur la morale littéraire, París, 1873.
  • Première année de lecture courante, París, 1875.
  • Morale d’Epicure, París, 1878.
  • Morale anglaise contemporaine, París, 1879.
  • Vers d’un philosophe, París, 1881.
  • Problèmes de l’esrhérique contemporaine, París, 1884.
  • Esquisse d’une morale sans obligation ni sanction, París, 1884.
  • Irréligion de l’avenir, París, 1886.
  • Education et Heredite. Étude sociologique, París, 1902.
  • El arte desde el punto de vista sociológico, París, 1902.
  • Hoeges, Dirk. Literatur und Evolution. Studien zur französischen Literaturkritik im 19. Jahrhundert. Taine – Brunetière – Hennequin – Guyau, Carl Winter Universitätsverlag, Heidelberg, 1980, ISBN 3-533-02857-7.

Enlaces externos

 

Jean Marie Guyau: la vida que se desborda

Jean Marie Guyau (1834-1888), fue un potente pensador que, pese a su prematura muerte, fue ampliamente conocido y valorado entre los ambientes libertarios de principios del siglo XX. Guyau, ciertamente, no era un militante de bandería alguna, pero a él se refiere Pedro Kropotkin en su obra “La moral anarquista” en los siguientes términos:

“Pertenece a ese joven filósofo, Guyau -a ese pensador anarquista sin saberlo-, haber indicado el verdadero origen de tal valor y de tal abnegación (-se refiere a la fuerza moral-), independiente de toda fuerza mística, independiente de todos esos cálculos mercantiles, bizarramente imaginados por los utilitarios de la escuela inglesa”.

Allá donde las filosofías kantiana, positivista y evolucionista se han estrellado, la filosofía anarquista ha encontrado el verdadero camino.

Su origen, ha dicho Guyau, es el sentimiento de la propia fuerza, es la vida que se desborda, que busca esparcirse. `Sentir interiormente lo que uno es capaz de hacer es tener conciencia de lo que se ha dicho el deber de hacer´.

Así pues, Guyau, un anarquista sin saberlo, inspira muchas de las principales páginas de la obra ética kropotkiniana. En él se apoya también el mismo Ferrer i Guardia  cuando, para defender la coeducación de los sexos afirma:

“El autor de la Religión del Porvenir – y tengamos aquí en cuenta que el título real del libro de Guyau al que se refiere fue “La irreligión del porvenir”, título que probablemente Ferrer no cita fielmente para no atraerse aún más las iras eclesiásticas- refiriéndose a la mujer en el asunto indicado, dice: `El espíritu conservador puede aplicarse a la verdad como al error; todo depende de lo que se dé para conservarse. Si se instruye a la mujer en ideas filosóficas y científicas, su fuerza conservadora servirá en bien, no en el mal de las ideas progresivas´”.

Así pues, dejemos sentado que Guyau tuvo su influencia en algunos de los más importantes pensadores libertarios de principios de siglo. Pero, ¿qué era lo que defendía Guyau?, ¿qué proponía? Lo cierto es que, increíblemente poco editado en la actualidad en nuestro país, su filosofía vitalista, que le permitió en su época ser tildado de “el Nietzsche bueno”, mantiene una potencia impactante que no debe ser desestimada.

Como puede leerse en su “Esbozo de una moral sin obligación ni sanción”, Guayu mantuvo que la génesis del imperativo moral no tenía un origen sobrenatural, no descendía sobre el hombre desde las alturas de una revelación divina o desde la abstracción de una Idea con mayúsculas, desde fuera de él. Era la misma condición del fenómeno vida, su propia potencia desbordante, su propia abundancia, el hecho de que sólo crece gastándose, esparciéndose, lo que daba al hombre una triple fecundidad que le permitía actuar más allá de su propia supervivencia inmediata (nutrición y acrecentamiento son los dos aspectos básicos del ser vivo): una fecundidad intelectual que le lleva a imaginar y desarrollar explicaciones del mundo; una fecundidad del sentimiento y la emoción que hace que tengamos “más lágrimas de las que hacen falta para nuestros propios sufrimientos, más goces en reserva de los que justifica nuestra propia felicidad”; y una fecundidad de la voluntad que lleva al hombre a actuar, construir, producir, modificar el mundo con su propia capacidad de trabajo.

Fecundidad, pues, abundancia de energía que es necesario, imprescindible stricto sensu, que se gaste para que el organismo crezca con armonía. Esa es la esencia de la vida. Y ese es el fundamento natural, no divino, de la moralidad misma. Si pensar es, necesariamente, hacer. Si no hay oposición entre ambos términos “en un organismo sano”, cada uno hace lo que puede, y lo hace porque puede hacerlo. Cada uno se marca el ideal apropiado a su propia potencia, expresión de su propia abundancia. Cada uno, en definitiva, debe hacer todo lo que puede hacer, precisamente porque puede hacerlo. No hay un bien y un mal predeterminados. Es la propia tensión de la vida, en el ascenso que permite, la que impone de qué es capaz cada cual y, por lo tanto, cual es su deber moral. Deber sin más sanción, por otra parte, que la propia expansión de la energía vital del individuo.

Una ética esencialmente vital y solar. Voluntad, potencia, despliegue de la fuerza, conceptos caros a su contemporáneo Friedrich Nietzsche. Pero Guyau es el Nietzsche “bueno”. Si para Nietzsche la mayor expresión de la abundancia de vida es el dominio, para Guyau es la comunión con el resto del universo, la generosidad es la marca de una energía acrecentada. Regalarse es expresión de una potencia superior. Una oposición menos marcada de lo que pueda pensarse, no en vano Guyau también ve a la lucha, al afán de superación y al amor al riesgo como expansiones de la fuerza vital, y el propio Nietzsche, aunque despreció la compasión, no dejó nunca de hablar de la “virtud que hace regalos”. Coincidencias que no son tan aleatorias: Nietzsche tenía, según se cuenta, el “Esbozo” en su mesa de trabajo, profusamente subrayado y anotado con glosas laudatorias y feroces críticas.

Y, por supuesto, si se habla de moral, también lo hace de educación. Guyau le dedicará un libro que se publicará tras su muerte: “La educación y la herencia”. Su definición de la enseñanza es clara y diáfana:

“Investigación de los medios de formar el mayor número posible de individuos en plena salud, de facultades físicas o morales tan desenvueltas como sea dable, capaces por lo mismo de continuar el progreso de la humanidad”.

Hablamos, en definitiva, de una pedagogía que sea capaz “de adaptar a las generaciones nuevas a las condiciones de vida más intensa y más fecunda para el individuo y para la especie”. Todo ello con un triple fin:

“Primero, desenvolver armoniosamente en el individuo humano todas las capacidades propias de la especie humana y útiles a la especie, según su importancia; segundo, desenvolver más particularmente en el individuo las capacidades que parecen serle especiales hasta donde no dañen el equilibrio general del organismo; tercero, contener y someter los instintos y tendencias susceptibles de perturbar este equilibrio.”Resultado de imagen de Jean-Marie Guyau Tuilerie

Una defensa, en resumen, de una educación integral, racional y antiautoritaria que, aunque con sus claroscuros –como algunas de sus posiciones respecto a la mujer- le harán figurar en el popular “Breviario educativo libertario” de Tina Tomossi, por derecho propio.

Así pues, Guyau, el filósofo de la fecundidad de la existencia, de la vida que se desborda, lo fue también de una educación humanista fundamentada en una ética de la propia potencia. Pese a que murió muy joven, leer a Guyau es deleitarse con la expresión de una personalidad poderosa.

José Luis Carretero Miramar.
(Publicado en el periódico Contramarcha).

 

Jean Marie Guyau

De todos los filósofos franceses del último tercio del siglo pasado el que más poderosamente contribuyó a transformar el pensamiento europeo fue, sin duda, Juan María Guyau. Nadie como él influyó tan decisivamente en el resurgimiento de las ideas éticas con su fórmula, tan conocida, de la Moral sin obligación ni sanción. Al fallecer en 1888, victima de traidora enfermedad, perdió la nación vecina al más original y –¿por qué no decirlo?– al más amable de sus egregios especuladores.

Juan María Guyau había nacido en Laval en 1854, hijo de una escritora muy notable que, bajo el seudónimo de G. Bruno, publicó libros de educación muy estimables y que denotan un espíritu femenino cultivado y exquisito. Esta dama dirigió a Guyau en sus primeros pasos, y más tarde el eminente polígrafo Alfredo Fouillée, su deudo, que fue para él como un segundo padre y el más experto guía de su formación intelectual. A los 19 años la Academia de Ciencias Morales de París, le premió la monografía intitulada Memoire sur la Morale utilitaire depuis Epicure jusqu’à l’Ecole anglaise (1873). Al año siguiente, en virtud de los merecimientos y del renombre que había conquistado, se le confió un curso de Filosofía en el Liceo Condorcet; pero Guyau, que a causa de su intensa vida de estudio se hallaba delicado de salud, por consejo de los médicos hubo de abandonar la función docente e invernar, también por prescripción facultativa, en Pau y Biarritz. Pero el padecimiento iba minando lentamente su organismo, hasta obligarle a trasladarse a Niza y, por último, a Mentón, en busca de un clima templado que prestase alivio a su pertinaz dolencia. [60] Desgraciadamente, ni las brisas marinas ni la solícita asistencia medica pudieron conservar aquella existencia preciosa, y en los primeros días de la primavera de 1888, en 31 de Marzo, apenas cumplidos los 33 años, bajó el insigne filósofo al sepulcro, dejando escritas un importante número de obras que han inmortalizado su memoria y que todavía durante algunos lustros servirán de faro luminoso a los espíritus libres.

Guyau era un filósofo profundo, dotado de cualidades preeminentes y de un criterio amplio y uniforme a un tiempo. Siendo el creador de un sistema perfectamente delineado, era, no obstante, uno de los espíritus más abiertos y comprensivos, no solo de Francia, sino de Europa entera. Su concepción monista podría sintetizarse afirmando que tendía a conciliar la Filosofía racionalista con los descubrimientos científicos. Por otra parte, de todos sus libros fluyen una intensa piedad y un gran amor a los humildes. Pero no se crea por esto que Guyau sentía devoción por la caridad, pues consideraba este sentimiento depresivo para el que otorga la dádiva y humillante para quien la recibe. Su concepto filosófico basábase en la solidaridad moral que otro insigne filósofo francés, H. Marion, acertó a sintetizar en un libro admirable.

El pensamiento del infortunado publicista podría definirse diciendo que fue un producto sincrético en el que se ensamblaban el más elevado idealismo espiritualista y el transformismo darwiniano. Y así vemos que Guyau logró compaginar toda su inspiración poética y su predilección por las obras de Platón, Epicteto, Marco Aurelio, Séneca, Descartes y Espinosa con las inducciones de los experimentalitas más famosos: Darwin, Huxley, Delboeuf, Beaunis, Ribot, Haeckel, Wundt, &c., sin que jamás rechazase ninguna de las audacias de los filósofos biologistas. La movilidad psicológica de este eximio tratadista se patentizó al descubrirse la poesía que alentaba en las soluciones consideradas como más inauditas, el fondo de belleza que había en ellas latente. Un ejemplo de esta ductilidad psíquica nos lo ofrece su libro Vers d’un philosophe (1881).

En España, a pesar de haber sido traducidos casi todos los libros de Guyau, se le conoce superficialmente. Hecha excepción del estudio que le dedicó Adolfo Posada en su libro Ideas pedagógicas modernas y de algún artículo de Martínez Ruiz (Azorín) y antes que ellos alguna alusión de [61] Leopoldo Alas y González Serrano; nadie había consagrado a Guyau la detenida atención que merecen el hombre y su obra. Guyau, que era una altísima mentalidad y un crítico de una capacidad sintética asombrosa, puede ser comparado a Renan, tanto por su serenidad de juicio como por la elevación con que siempre ejerció su función de crítico.

La preocupación, la idea motriz de toda la obra de Guyau fue su afán por la indagación científica, pues tenía una fe racional arraigadísima en que los trabajos de investigación ensamblando los experimentos de laboratorio con la especulación, habían de acercarle a la verdad. El principio dominante en su Filosofía era su creencia en que el proceso evolutivo es sucesivo y que su progresión lleva a la armonía. De ahí su entusiasmo, pocas veces igualado, por la virtualidad en la cultura, cuyo contenido es tan vasto que puede considerarse como la vida misma.

Guyau, no había vivido jamás confinado ni era, por lo tanto, un intelectualista puro, ya que sentía de un modo vehementísimo la atracción que ejercen las muchedumbres respecto a las individualidades. De ahí su concepto social del fenómeno artístico y literario, que expuso maravillosamente en su conocidísimo libro L’art au point de vue sociologique (1889) que puede reputarse como uno de los ensayos más notables que se han escrito en los últimos treinta años acerca de la socialización de la inspiración humana. Este libro es uno de los grandes aciertos de Guyau y el solo, aunque no hubiera escrito ningún otro, le habría conquistado uno de los primeros lugares en la historia del pensamiento del siglo XIX. En L’Art au point de vue sociologique columbró Guyau la inmensa importancia que había de revestir la Sociología científica para descubrir los secretos del proceso de la Civilización. El ilustre pensador francés consideraba que en el siglo XX sería posible que el factor colectivo llevase a cabo la misión trascendentalísima que le incumbe y así podernos explicar un gran número de fenómenos inconocidos y que incluso podría ser interpretada a la luz de la Sociología –que diría Stein– la realidad misma.

Su libro L’irréligion de l’Avenir (1887) es la tentativa más genial que se ha hecho para estudiar lo que significan los credos confesionales y, en mi sentir, jamás un pensador ha logrado por modo tan admirable fundir la severidad de la indagación realista, en lo histórico y en [62] lo biológico, con el sentimiento poético y la profundidad y la elevación filosófica y metafísica.

Education et Hérédité (1889) es uno de los mejores libros pedagógicos que ha producido la mente francesa y en él, desarrolló Guyau su concepto fundamental de que la educación ha de tender a que a cada instante el individuo pueda desenvolver su actividad en todos los órdenes con la mayor intensidad y expansión posibles.

La Morale de Epicure (1878), su primer ensayo, fue una promesa de lo que había de ser el gran filósofo. En este libro se advierte ya la tendencia de Guyau hacia el sincretismo, su amplia visión de los problemas éticos y su profundo sentido de las doctrinas más encontradas para hallar, apartando lo antagónico, un punto de vista común.

En Esquise d’une morale sans obligation ni sanction (1879), Les problèmes de l’Esthétique contemporaine (1884) y La Génèse de l’Idée du temps (1890), revelan también una gran penetración psicológica, pero no alcanzaron el valor de los antes citados. Lo más sobresaliente de la obra entera de Guyau es su juicio de que las religiones fundadas en los dogmas, los mitos y los ritos están condenadas a desaparecer indefectiblemente. En L’irrèligion de L’Avenir, puso de manifiesto las grandes concepciones en que habrán de canalizar las corrientes del espíritu humano a medida que un anhelo sincero de perfección ocupe el lugar que ahora está reservado al temor a los castigos de ultratumba.

«Cuando la conciencia –dice Guyau– se haya libertado de las preocupaciones y nuestros actos se adecuen a la norma moral, la Muerte no nos infundirá el terror que todavía nos causa, sino que la consideraremos como el término natural de la existencia.»

En todos los libros del egregio filósofo se advierte un pensamiento robusto, cultivadísimo, que lo abarca todo. A su temperamento delicado y expansivo repugnábale la crítica puramente objetiva, quizás por lo que esta tiene de adusta, fría y severa. Como escritor, fue Guyau un prosista claro, fácil y elegante; que tenía un gran poder persuasivo. De ahí que hasta los temas más áridos, tratados por él resulten asequibles y amenos. Sin proponérselo, ejerce en el ánimo del lector un positivo influjo, atrayendo su atención, de suerte que en los pasajes más culminantes parece como que nos sintamos colaboradores en su obra. [63] Así se comprende el éxito inmenso, no superado por ningún filósofo de nuestra época, que alcanzaron sus libros. A pesar de haber transcurrido más de un cuarto de siglo desde que fueron escritos, no han envejecido y en la actualidad se leen con la misma fruición que cuando aparecieron. De L’irréligion de l’Avenir se han publicado trece ediciones; de L’Art au point de vue sociologique, nueve; otras tantas de la Esquise d’une Morale, y de Education et Hérédité, once, sin contar el sinnúmero de ediciones que se han hecho en distintas lenguas europeas.

Quienes aspiren a conocer a fondo la personalidad de Jean M. Guyau, hallarán en el libro de Alfredo Fouillée La Morale, l’Art et la Réligion d’aprés Guyau (1889) un estudio completo de la obra y la vida del malogrado filósofo.

José Luis Carretero Miramar.
(Publicado en el periódico Contramarcha).
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