Joseph Déjacque (Vida y obra)

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Joseph Déjacque, nacido el 27 de diciembre de 1821 en París, fallecido en Le Kremlin-Bicêtre, Isla de Francia, Francia el 18 de noviembre de 1864, escritor anarquista francés.

Huérfano de padre, fue criado por su madre, que hacía de costurera. Frecuentó la escuela Salive el arrabal de Saint-Antoine. En 1834 entró como aprendiz y en 1839 se convirtió en dependiente en una tienda de papeles pintados. 1841 a enrolarse en la Marina de Guerra, descubriendo Oriente vez que el autoritarismo militar. De vuelta a la vida civil, en 1843 hizo de dependiente de almacén, pero su independencia de espíritu encaja mal en la autoridad patronal.

En 1847 comenzó a interesarse por las ideas socialistas, compuso poemas donde reivindicaba la destrucción de toda autoridad mediante la violencia y colaboró en el periódico obrero El Atelier , al tiempo que trabajaba de pintor en la construcción y de ‘empapelador.

La insurrección parisina de febrero de 1848 acabó con la monarquía de Luis Felipe, pero pronto la alianza de los burgueses republicanos y del proletariado obrero flaquea.

En marzo de ese año, Déjacque publicó su pieza Aux ci-devant dyanstiques, aux tartuffes de peuple et de la liberté , donde hará de portavoz de las aspiraciones obreras. Frecuentó el «Club del Atelier» y lo abandonó por militar en el “Club de la Emancipación de las Mujeres», animado por Pauline Roland, una seguidora de Pierre Leroux, y por falansterià Jeanne Deroin, y muy influenciado por pensamiento de Charles Fourier.

En abril tuvieron lugar los primeros enfrentamientos entre las fuerzas de la burguesía, que habían proclamado «La República razonable», y los obreros revolucionarios. En el paro, se inscribió el 10 de mayo de 1848 en los «Ateliers Nationaux» ( «Talleres Nacionales»), organización de origen blanquista creada a raíz de la Revolución de 1848 destina a proveer de trabajo a los obreros parisinos parados.

El 15 de mayo, la Asamblea Constituyente fue invadida por los obreros, pero los principales responsables socialistas fueron detenidos.

tumblr_inline_nsxv27cqfb1t5bxrz_400El 22 de junio, los «Atelliers Nationaux» fueron suprimidos, poniendo fin a la tentativa socialista de organización del trabajo. La insurrección obrera estalló a continuación. Los obreros ocupó, hasta el 25 de junio, la mitad de la ciudad a los gritos de «¡Viva la Revolución social!». La represión fue terrible, el Ejército Republicano usó la artillería, masacrando tres mil insurgentes. Fueron detenidos 15.000 revolucionarios y deportados a los pontones cárceles de los puertos de Cherbourg y de Brest. Déjacque será uno, y aunque no participó directamente en la insurrección, fue condenado a dos años de cárcel a los pontones de Brest.

Liberado en 1849, retornó a París y en agosto de 1851 publicó Las Lazaréennes. Fables te poesía social , que le implicará una condena de dos años de prisión por «incitación al desprecio del Gobierno» y la confiscación de la edición de 1.000 ejemplares. Pero fue liberado al día siguiente del golpe de Estado de Luis Bonaparte, exiliándose primero en Bruselas y luego en Londres, donde hizo amistad con Gustave Lefrançais con quien fundó una sociedad de apoyo mutuo obrero, «La Sociale ». Al finalizar 1851 se encuentra en la isla de Jersey, en una pequeña comunidad de proscritos franceses, donde no dejó ninguna ocasión de atacar a los republicanos, obligados a exiliarse por Bonaparte.

El 26 de julio de 1853 pronunció un discurso durante el entierro de Louise Julien, una poetisa proscrita del Belleville popular, muerta en la miseria de una tisis que cogió en prisión, tomando la palabra después de Victor Hugo, el orador designado por la asamblea general de los proscritos.

En 1854 se estableció en la colonia francesa de Nueva York (EEUU), donde publicó el folleto La pregunta révolutionnaire , resumen de sus ideas revolucionarias y de su pensamiento libertario.

En 1855 firmó el manifiesto inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT), y se estableció en Nueva Orleans, donde escribió El Humanisphère. Utopía anarchique (1857) y Béranger ave pilori (1857). Apoyó la defensa de las mujeres en una carta dirigida a Pierre Joseph Proudhon, después de que éste hubiera criticado el feminismo; es en esta carta ( Del Être-Humain Mâle te femelle. Lettre à PJ Proudhon ), escrita y publicada en 1857 en Nueva Orleans, donde usó por primera pico el neologismo «libertario».

En 1858 retornó a Nueva York, donde comenzó el 9 de junio la publicación del periódico Le Libertaire. Journal du Mouvement social , que publicó 27 números hasta el 4 de febrero de 1861. Este periódico fue el primero de carácter comunista libertario (identificable de esta forma por la línea de la comunidad de bienes, si bien está teoría económica aún no existía formalmente dentro del anarquismo) publicado en Estados Unidos. Además de criticar artículos sobre la revolución y los acontecimientos políticos de Estados Unidos y Francia, también criticó el ahorcamiento del abolicionista John Brown luego de la redada ocurrida en Harpes Ferry en Virginia, e hizo propaganda por la causa abolicionista..

 Ese mismo año, desalentado ante la posibilidad de encontrar trabajo a raíz de la derrota económica surgida a raíz de la Guerra Civil estadounidense, regresó a Europa, primero en Londres y después en Francia, gracias a la amnistía de 1860. Vivió en la miseria en el arrabal parisino de Saint-Honoré y cayó en la demencia pensando que era una nueva reencarnación de Cristo. El 22 de abril de 1864 Joseph Déjacque fue ingresado en el Hospital de Bicêtre (Le Kremlin-Bicêtre, Isla de Francia, Francia), donde murió el 18 de noviembre de 1864 a causa de una parálisis general.

¿Se puede ser anarquista sin ser feminista?

“Sed pues abierta y enteramente anarquistas, y no un cuarto, un octavo o un dieciseisavo de anarquista, del mismo modo que se es un cuarto, un octavo o un dieciseisavo de agente de cambio”

J.Déjacque a P.J. Proudhon

¿Machista, pero anarquista? Hemos podido leer en un artículo titula “La cadena o las bragas” firmado por el Grupo Libertario de Ivry las siguientes palabras a propósito de Proudhon: “Se puede ser anarquista y defender el peor de los machismos”. Es posible, pero lo que no dicen los autores del artículo es si tal declaración es legítima. Joseph Déjacque, hace más de un siglo, era más radical cuando interpelaba así a Proudhon (admirándolo, por otra parte): “No se considere anarquista o séalo hasta el final”. Me parece interesante hacer un breve viaje al siglo XIX con el fin de ver cuáles eran por entonces los vínculos entre anarquismo y feminismo. En efecto, si la misoginia de Proudhon ha constituido durante mucho tiempo un referente para la clase obrera, se olvida muy a menudo que en época se elevaron otras voces que fueron comprendidas. Joseph Déjacque o André Léo, respondiendo a las tesis inadmisibles (y no anarquistas) de Proudhon, demostraron hasta qué punto los ámbitos políticos y privados estaban indisociablemente ligados y afirmaron que no se puede uno considerar anarquista si no es feminista. Me parece importante recordar estos viejos debates de hace más de un siglo, porque si con frecuencia nos lamentamos que los anarquistas hayan sido eliminados de la historia oficial, olvidamos también decir que los anarquistas feministas forman parte de la historia del anarquismo…

Los vínculos entre feminismo y anarquismo en el siglo XIX

Si sobre la cuestión del feminismo los anarquistas del siglo XIX han estado por detrás de sus ideas revolucionarias, y si, siguiendo a Proudhon, se oyeron numerosas declaraciones antifeministas en los medios revolucionarios, anarquistas o socialistas, existe no obstante una corriente feminsta que se opone, en el seno mismo del anarquismo, a la ideología dominante. Se puede considerar que nace con Joseph Déjacqu, que se enfrenta a Proudhon en el tema de los derechos de las mujeres.

Joseph Déjacque (1821-1864) puede ser considerado discípulo de Proudhon y de Fourier. Pierre Leroux ve en él al principal representante del anarquismo en Francia. En un artículo sobre los orígenes de las teorías socialistas (1885) escribió: “Ya no es Proudhon, en efecto, el que puede representar hoy a esta secta, debido a la conclusión final (la mujer esclava de la autoridad marital) a que ha dado lugar. Hacía falta otro. El estandarte de la libertad está hoy en manos de uno de sus discípulos, de un anarquista mucho más en serio que él. Se trata de Déjacque”. En una carta dirigida a Proudhon en mayo de 1857, Déjacque demuestra cómo Proudhon, al negar los derechos de las mujeres, se muestra “igual que sus amos”. Déjacque plantea el reto esencial de la igualdad de lso sexos: una revolución que hace desaparecer una forma de alienación pero que deja subsistir otra forma de dominación no es tal. La familia que defiende Proudhon, basada en el orden patriarcal, “concede al patriarcado lo mismo que el gobierno representativo es para la mayoría absoluta”. La esclavitud de la mujer tiene consecuencias a la vez directamente políticas (hablamos aquí del principio de autoridad absoluta) y morales: del mismo modo que ningún hombre puede ser libre sin que lo sean los demás, ningún ser masculino podrá considerarse independiente mientras mantenga a las mujeres en situación de inferioridad, porque “quien ha sido amamantado por una esclava tendrá sangre de esclavo en sus venas”- Negar los derechos y la inteligencia de la mujer es reproducir lo que hacen los burgueses y aristócratas cuando niegan los derecho y la inteligencia al proletariado. Joseph Déjacque es uno de los primeros, junto a Proudhon, en reivindicar el término anarquista (tras la revolución de 1848); de origen popular y autodidacta elaboró y publicó, él solo, Le libertaire en el exilio.

Pero no fue el único, a finales del siglo XIX, que insistió en la construcción de la igualdad entre hombres y mujeres como condición del anarquismo. En la “conquista del pan” (1892), Kropotkin insiste en la alienación producida por el trabajo doméstico, y se enfrenta explícitamente a los revolucionarios que quieren la liberación del género humano sin trabajar por los derechos de la mujer. Mencionaremos igualmente a André Léo, una de las escasas feministas [francesas] cercanas al anarquismo. Ella no sólo lucha en el terreno de las leyes, sino también en el de las mentalidades. Lejos de limitarse a exigir el sufragio universal, se opone sobre todo a los revolucionarios poco consecuentes: los revolucionarios de la calle son muchas veces reaccionario en sus hogares. Ataca, por tanto, al sistema patriarcal en “La mujer y las costumbres”. En “Monarquía o libertad” escribe en respuesta a las tesis misóginas de Proudhon, donde denuncia a los llamados partidarios de la libertad que se convierten en déspotas cuando entran en sus casas, y afirma que un Estado en el que la mujer está oprimida no puede ser sino autoritario.

Este género de críticas ha sido largamente recogido en los periódicos de la época, especialmente en los de Jean Grave. La Revolté, por ejemplo, reproduce el 17 de febrero de 1889 una carta de un lector que se indigna porque “los peores revolucionarios [ciertos revolucionarios] son soberanos no sólo en el hogar y a la mesa, sino también en la cama, donde transforman a sus mujeres en prostitutas”: En Le Trimard, en 1896, el escritor anarquista Mécislas Golberg denuncia el hecho de que la mujer haya sido situada en el rango de la propiedad, e invoca a los revolucionarios: “Nosotros, seres sociales y antifamiliares, debemos ante todo hacer a la mujer consciente de su fuerza social”. Golberg va más allá al esbozar una visión radicalmente distinta de la sexualidad. A diferencia de otros colectivos poco inclinados a abordar los problemas de la vida sexual, los anarquistas consideran a menudo la liberación sexual como parte de la emancipación integral del individuo. En sus “Cartas a Alexis (historia sentimental de un pensamiento)” podemos leer, en el capítulo titulado “Del amor”, lo siguiente: “El amor es el sentimiento que una voluntad extraña nos da de nuestra propia voluntad. A menudo se produce entre personas de sexo distinto, otras veces entre gentes del mismo sexo. Eso importa poco en el fondo […] yo creo que hombre y hombre, o mujer y mujer pueden también formar una unidad. Es ridículo creer que toda división de la materia viva establece contradicciones”.

Vemos, pues, que incluso en el siglo XIX, hay suficientes anarquistas conscientes del vínculo entre política y sexualidad, que han comprendido la necesidad de un feminismo anarquista, para poder dispensar de esta tema a Proudhon.

Caroline Granier

(Le monde libertaire)

 

Del ser humano masculino y femenino

(Extractos de un carta a P. J. Proudhon)

Esta carta apareció en Les libertaires, firmada por Joseph Déjacque en mayo de 1857. Se inscribe en la polémica desencadenada por la publicación en la Revue philosophique de un artículo de Jenny d’Hericourt, “M. Proudhon et la question des femmes” (El señor Proudhon y la cuestión de las mujers) en diciembre de 1856. La carta de Proudhon a la que alude Dèjacque se publicó en esta misma revista en enero de 1857.

[…] ¿Es verdaderamente posible, célebre propagandista, que bajo su piel de león haya tanta burricie? […]

Su nerviosa y poco flexible lógica en las cuestiones de producción y consumo industriales no es más que una endeble caña sin fuerza en las cuestiones morales de la producción y consumo. Su inteligencia, viril, plena para todo lo que ha traicionado al hombre, es como si estuviera castrada para lo que trata de la mujer. Cerebro hermafrodita, su pensamiento tiene la monstruosidad del doble sexo bajo el mismo cráneo, del sexo-luz y el sexo-oscuridad, y se desarrolla y se retuerce en vano sobre sí mismo sin poder llegr a parir la verdad social […]

Cito sus palabras:

“No, señora, usted no sabe nada de su sexo; usted no conoce ni la primera palabra de la cuestión que usted y sus honorables coaligadas agitan con tanto ruido y tan poco éxito. Y si usted no la comprende; si en las ocho páginas de respuestas que da usted a mi carta hay cuarenta razonamientos falsos, eso se debe precisamente, como ya le he dicho, a su imperfección sexual. Por esta palabra, cuya exactitud no puede reprocharse, entiendo la calidad de su entendimiento, que no le permite captar la relación de las cosas si nosotros, los hombres, no se las hacemos tocar con el dedo. Hay en ustedes las mujeres, tanto en cerebro como en el vientre, cierto órgano incapaz por sí mismo de vencer su inercia innata, y que sólo el espíritu masculino puede hacer funcionar, cosa que no logra siempre. Ese es, señora, el resultado de mis observaciones directas y positivas: lo dejo a su sagacidad obstetricia y para que calcule, para su tesis, las consecuencias incalculables […]”

La emancipación o la no emancipación de la mujer, la emancipación o la no emancipación del hombre ¿qué quiere decir? ¿Es que -naturalmente- puede haber derechos para uno que no lo sean para el otro? ¿Es que el ser humano no es el mismo ser humano en plural que en singular, en femenino que en masculino? […]

Plantear la cuestión de la emancipación de la mujer a la vez que la cuestión de la emancipación del proletario, hombre-mujer o, por decir la misma cosa con otras palabras, hombre-esclavo -carne de harén o carne de taller- se comprende, y es revolucionario; pero poner esa cuestión en relación con el hombre-privilegio, ¡oh! entonces, desde el punto de vista del progreso social carece de sentido, es reaccionario. Para evitar cualquier equívoco, habría que hablar de emancipación del ser humano. En estos términos, la cuestión queda completa; plantearla de este modo es resolverla: el ser humano, en sus rotaciones de cada día, gravita de revolución en revolución hacia su ideal de perfectibilidad, la libertad […]

Su entendimiento, atormentado por las pequeñas vanidades, le hace ver la posteridad del hombre-estatua, erigido sobre el pedestal-mujer como hombre-patriarca, de pie ante la mujer-sirviente.

Escritor fustigador de las mujeres, siervo del hombre absoluto, Proudhon-Heynau, que tiene por látigo la palabra, como el verdugo croata, y parece disfrutar de todas las lubricidades de la codicia al desvestir a sus bellas víctimas sobre el papel del suplicio y flagelarlas con sus invectivas. Anarquista a medias, liberal y no libertario, exige usted el libre cambio para el algodón y otras naderías y preconiza sistemas de protección del hombre contra la mujer en la circulación de las pasiones humanas; clama contra las altos barones del capital y quiere reedificar la alta baronía del hombre sobre el vasallo mujer; filósofo con anteojos, ve al hombre por el cristal de aumento y a la mujer por el reductor; pensador afectado de miopía, no sabe distinguir más que lo que deja tuerto en el presente o en el pasado, y no puede descubrir nada de lo que está arriba o a distancia, la persepctiva del devenir: ¡es usted un inválido! […]

¡Ah! Si en este mundo hay tantas criaturas hembras abyectas y tan pocos hombres y mujeres ¿a qué recurrir? Dandin-Proudhon, ¿de qué os quejáis? Vosotros lo habéis querido…

Y no obstante, está usted provisto, lo reconozco, de formidables ataques al servicio de la Revolución. Ha llegado hasta la médula del tronco secular de la propiedad, y ha hecho volar lejos los resplandores, ha despojado de su corteza el objeto y lo ha expuesto en su desnudez a la mirada de los proletarios; ha hecho resquebrajarse y caer a su paso, del mismo modo que las ramas secas o las hojas, los impotentes rebrotes autoritarios, las teorías renovadas de los griegos del socialismo constitucional, incluida la vuestra; ha arrastrado con usted, en la carrera de fondo a través de las sinuosidades del futuro, toda la jauría de los apetitos físicos y morales. Ha hecho camino. Se lo ha hecho hacer a otros. Está cansado y querría descansar; pero las voces de la lógica están ahí y le obligan a seguir con sus deducciones revolucionarias, a seguir hacia adelante, bajo el riesgo de, si desdeña el anuncio fatal, sentir las zancadillas de los que pueden destrozarle […] En el terreno de la verdadera anarquía, de la libertad absoluta, existiría sin contradicción la diversidad entre los seres, habría personas en la sociedad de distinta edad, sexo o aptitudes: la igualdad no es la uniformidad. Y esta diversidad de todos los seres y de todos los instantes es justamente lo que hace imposible cualquier gobierno, cualquier constitución o contracción. ¿Cómo comprometerse por un año, por un día, o por una hora, cuando en una hora, un día o un año se puede pensar de forma totalmente diferente al momento en que uno se ha comprometido? Con la anarquía radical habría mujeres, como habría hombres, de mayor o menor valor relativo; habría niños como habría anacianos; pero todos indistintamente serían seres humanos y serían igual y absolutamente libres de moverse en el círculo natural de sus atracciones, libres de consumir y producir como les conviniera sin que ninguna autoridad paternal, marital o gubernamental, sin que ninguna reglamentación legal o restrictiva pudiera alcanzarles.

En una sociedad así comprendida -y debe usted comprenderla de este modo si alardea de ser anarquista- ¿qué tiene que decir sobre la inferioridad sexual de la mujer o del hombre entre los seres humanos?

Escuche, maestro Proudhon, no hable de la mujer o, antes de hablar, estúdiela; vaya a la escuela. No se considere anarquista, o séalo hasta el final. Háblenos, si quiere, de lo conocido y lo desconocido, de Dios que es el mal, de la Propiedad que es el robo. Pero cuando hable del hombre, no haga de él una divinidad autocrática, porque yo le responderé: ¡el hombre es el mal! No le atribuya un capital de inteligencia que no le pertenece por derecho de conquista, por el comercio del amor, riqueza usurera que le viene por entero de la mujer, que es el producto de su dueño; no lo engalane con los despojos de otro, porque entonces yo le responderé: ¡La propiedad es un robo! […]

Sea más fuerte que sus debilidades, más generoso que sus mezquindades; proclame la libertad, la igualdad, la fraternidad, la indivisibildad del ser humano. Diga eso: es por salud pública. Declare a la humanidad en peligro; convoque en masa al hombre y a la mujer para que rechacen fuera de las fronteras sociales los prejuicios invasores, proponga un dos y tres de septiembre contra esa alta nobleza masculina, esa aristocracia del sexo que querría llevarnos al Antiguo Régimen. Diga eso: ¡Es necesario! Dígalo con pasión, con genio, fúndalo en bronce, hágalo retumbar… y habrá logrado mérito para los demás y para usted.

Joseph Déjacque

(copiado y extraído de la edición impresa de Tierra y Libertad -marzo 2004-)

Véase también

Joseph Déjacque – Abajo los jefes (1859) / El humanisferio (1858)

“Joseph Dejacque, el autor de “El Humanisferio”, era un verdadero proletario, un obrero francés desconocido, empapelador y decorador, que salía no se sabe de dónde y que desapareció de un modo que no está esclarecido, viviendo desde 1820 a 1854, o 1867 aproximadamente, pero cuya vida desde febrero de 1848 al año 1861 es bastante conocida. La primera mitad del año 1848 está en París en un ambiente abnegado y entusiasta, pero moderado, entre cooperadores y mujeres socialistas, pero él tomó su fusil en junio, fue insurrecto de las barricadas obreras contra la burguesía, vio la masacre del pueblo vencido, fue arrastrado de prisión en prisión durante un año y salió de ellas anarquista revolucionario.
A partir de allí su voz resuena en poesías que le hacen condenar en París, en discursos (en Londres, New Jersey, New York), después en folletos (en New York y en New Orleáns); se detiene algunos años en New Orleáns, donde la corrupción social, la esclavitud de los negros lo desalientan y adquiere nuevas fuerzas al ampliar su volumen de poesías, “La Lazaréennes” (1857), y redactando su sueño del porvenir, la utopía presente, terminada en febrero de 1858, cuando lanzó un prospecto para reunir algunos suscriptores, que no encontró.
Fue entonces cuando llegó a New York, enamorado de la idea, que muestra su energía, de crear un periódico en el cual publicaría su librito, y así lo hizo. Con sus solos recursos, el dinero que ganaba con la pintura y su trabajo de empapelador, y un número restringido de suscriptores en la emigración francesa de diversos países, produjo desde el 9 de junio de 1858 al 4 de febrero de 1861, 27 números del “Libertaire”, 4 páginas de impresión cerrada, con frecuencia de tipo menudo. La utopía apareció allí desde el 9 de junio de 1858 al 10 de agosto de 1859. Volvió a Londres en 1861 y de allí partió para París, donde su rastro se pierde completamente y las noticias sobre su fin, acelerado o directamente producido por una crisis de enfermedad, son raras, contradictorias e inciertas. Pero sus escritos -a excepción de uno solo, “Béranger au pilori” (contra el sentimiento nacionalista que emanaba de las poesías del cancionero), que permanece inencontrable para mí-, quedan; incluso del “Libertaire”, tan raro, se han conservado algunas colecciones.” 

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