Muerte de Sacco y Vanzetti

300px-sacvanNicola Sacco  nacio el 22 de abril de 1891 y fue ejecutado 23 de agosto de 1927 y Bartolomeo Vanzetti  nacio el 11 de junio de 1888 y fue electrocutado el 23 de agosto de 1927.

Eran dos inmigrantes italianos, trabajadores y anarquistas, que fueron juzgados, sentenciados y ejecutados por electrocución el 23 de agosto de 1927 en Massachusetts por el presunto robo a mano armada y asesinato de dos personas en 1920 en South Braintree, Massachusetts.

Su controvertido juicio atrajo una enorme atención internacional, con críticos acusando al fiscal y al Juez Webster Thayer de conducta impropia, y de permitir que sentimientos antiitalianos, antiinmigrantes y antianarquistas predispusieran al jurado. Algunos prominentes estadounidenses, tales como Felix Frankfurter (en) y Upton Sinclairapoyaron públicamente a los comités ciudadanos de Sacco y Vanzetti en una oposición no exitosa al veredicto. Las ejecuciones de Sacco y Vanzetti generaron protestas masivas en Nueva York, Londres, Ámsterdam y Tokio, huelgas a través de Sudamérica y disturbios en París, Ginebra, Alemania y Johannesburgo.

Desde su muerte, se ha dicho que esta fue debido a su ideología anarquista y que fueron injustamente ejecutados. Las investigaciones siguieron en las décadas de 1930 y 1940. La publicación de las cartas de ambos con elocuentes declaraciones de inocencia han acrecentado la creencia de que son inocentes, sin embargo, algunas pruebas balísticas y algunas declaraciones incriminatorias por sus conocidos han nublado el caso. En 1977, el gobernador de Massachusetts, Michael Dukakis, hizo una declaración diciendo que Sacco y Vanzetti fueron injustamente enjuiciados y encarcelados y que “cualquier desgracia debería ser para siempre borrada de sus nombres”.

Sacco y Vanzetti fueron acusados por los asesinatos de Frederick Parmenter, un encargado de la nómina gubernamental y Alessandro Berardelli, un vigilante de seguridad y del robo de US$ 15.776,51 de la Slater-Morrill Show Company, en Pearl Street en South Braintree, Massachusetts durante la tarde del 15 de abril de 1920. Los dos hombres fueron arrestados en Buffalo, Nueva York el 5 de mayo de 1920.1

Sacco era un zapatero nacido en Torremaggiore, Foggia que emigró a los Estados Unidos a los diecisiete años.2 Vanzetti era un pescador nacido en Villafalletto, Cuneo que llegó a los Estados Unidos a los veinte años.3 Se dice que el juez en el caso, Webster Thayer, le dijo al jurado: “Este hombre, (Vanzetti) aunque no haya en realidad cometido ninguno de los crímenes que se le atribuyen, es sin duda culpable, porque es un enemigo de nuestras instituciones”.4 No hay registro de este comentario en la transcripción completa del juicio.

Lo que es seguro es que los dos hombres eran seguidores de Luigi Galleani, un anarquista italiano, que abogaba por la violencia revolucionaria, incluyendo la detonación de bombas y el asesinato. Galleani publicó Cronaca Sovversiva (Crónica Subversiva), un periódico que promovía la revolución violenta, así como un manual explícito para la fabricación de bombas (La Salute è in voi!) que era ampliamente distribuido entre sus seguidores. En ese momento, los anarquistas italianos estaban a la cabeza en la lista de los enemigos peligrosos del gobierno, y habían sido identificados como sospechosos en varios bombazos violentos e intentos de homicidio (incluso uno de envenenamiento masivo), que iban desde el intento de asesinato por parte de Alexander Berkman en 1892 de Henry Clay Frick en medio de la huelga de Homestead, Pittsburgh, cuando este contrató pistoleros para asesinar y amedrentar a los huelguistas, (de hecho, Alexander Berkman era un inmigrante ruso; había cumplido una sentencia de 13 años por el intento de asesinato y después fue deportado a su país).5 Cronaca Sovversiva fue suprimido en julio de 1918, y Galleani con ocho de sus asociados más cercanos fueron deportados el 24 de junio de 1919. La mayor parte de los Galleanistas que quedaron evitaron ser arrestados entrando en inactividad o actuando en secreto.

Sin embargo, alrededor de sesenta militantes se consideraban implicados en una guerra de clases que requería represalias. Por tres años, libraron una campaña intermitente de terrorismo dirigido a políticos, jueces y otros oficiales federales y locales, especialmente aquellos que habían apoyado la deportación de extranjeros radicales. El más importante, de entre la docena o más de actos terroristas que los Galleanistas cometieron o que se sospecha cometieron, fue la detonación de una bomba en el hogar del Fiscal General A. Mitchell Palmer el 2 de junio de 1919. En aquel incidente, un Galleanista, Carlo Valdinoci (un asociado de Sacco y Vanzetti), resultó muerto cuando la bomba dirigida al fiscal Palmer explotó en sus manos mientras la colocaba. Un panfleto incendiario encontrado en la escena de esta y otras detonaciones a media noche el mismo día estaba firmado: “Los Luchadores Anarquistas”.

Sacco y Vanzetti habían estado involucrados hasta cierto grado en la campaña de ataques con bombas, aunque sus roles no se han podido determinar con exactitud[cita requerida]. Este hecho explica mucho sobre sus actividades y comportamiento sospechoso la noche de su arresto, el 5 de mayo de 1920. Dos días antes habían sabido que un compañero llamado Andrea Salsedo había sido tirado desde una ventana de la Oficina de Investigación en Park Row, Nueva York, resultando muerto[cita requerida]. En su momento se especuló si Salsedo fue empujado por la ventana o si se cayó durante un intento de obtener información mientras era sostenido por los tobillos fuera de la ventana, una conocida técnica de interrogatorio de “tercer grado”.

Roberto Elia, otro Galleanista que se encontraba bajo arresto, fue liberado y testificó que Salsedo estaba desesperado y se suicidó pensando que era la única manera de evitar traicionar a otros Galleanistas. En su libro de 1965, Protest: Sacco-Vanzetti and the Intellectuals, pp.75-76, 80, David Felix apoya esta idea. Él había entrevistado a muchos de los participantes en el caso Sacco-Vanzetti, pero la verdad sobre Salsedo, cuya muerte pudo haber causado acciones más violentas por parte de sus compañeros, tal vez nunca se sabrá. Salsedo trabajaba en una imprenta de Brooklyn que agentes federales habían relacionado con el panfleto de “Los Luchadores Anarquistas”. Los Galleanistas sabían que Salsedo había sido retenido por varias semanas y que había sido golpeado, y podían intuir que Salsedo y su camarada Roberto Elia habían hecho importantes revelaciones sobre la bomba puesta el 2 de junio de 1919, lo que sería confirmado después por el fiscal general Palmer.

Los Galleanistas se dieron cuenta que tendrían que realizar sus planes en secreto y deshacerse de toda prueba incriminadora. Sacco y Vanzetti fueron encontrados manteniendo correspondencia con varios Galleanistas, y una de las cartas a Sacco específicamente lo prevenía para que destruyera todo el correo después de leer la carta.6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16

Sospechas de la policía en relación al robo en South Braintree y sobre otro en South Bridgewater se centraban en los italianos anarquistas locales, aunque en realidad pocas pruebas sugerían una conexión entre los crímenes y el movimiento, una teoría era que habían cometido los robos para obtener fondos para su campaña de bombardeos. Sin embargo, el 16 de abril, un día después de los asesinatos y robos, el jefe de la policía local Michael E. Stewart fue llamado por el Servicio Federal de Inmigración (FIS por sus siglas en inglés) sobre el anarquista italiano Ferrucio Coacci, quien había sido arrestado por ellos dos años antes. Por fomentar la deposición violenta del gobierno, Coacci iba a ser deportado. Coacci seguía logrando posponer esto, hasta el 15 de abril de 1920, el día de los eventos en Braintree. Para justificar su ausencia, llamó al FIS con la excusa que su esposa se había enfermado. Se le pidió a Stewart que investigara esto, y envió a dos policías el 16 de abril. Pronto descubrieron que Coacci estaba mintiendo y que su esposa gozaba de buena salud, pero fueron sorprendidos cuando se mostró feliz de ser arrestado para deportación inmediata. Coacci insistió en esto, y fue liberado de culpa después de que su coartada -su tarjeta de entradas y salidas- demostrase que había trabajado el 15 de abril, fue deportado el 18 de abril. Detenido a su llegada a Italia, sus maletasas fueron inspeccionadas pero la policía no pudo encontrar nada.

Stewart comenzó a sospechar y el 20 de abril visitó la residencia Coacci, encontrando a “Mike Boda” -alias de Mario Buda- alquilando la casa. Argumentando que no le agradaba Coacci, dijo que la esposa de éste también se había ido rápidamente. Buda admitió fácilmente que tenía una española automática calibre 32 cuando le preguntaron si tenía un arma, teniendo el diagrama de una Savage automática también -tal como la que se había usado en el robo y asesinato. El garaje vacío despertó interés, ya que gracias a las marcas de las ruedas se sabía que dos coches habían estado ahí. Buda dijo que tenía un Oakland 1914, y que estaba en ese momento en la tienda. Un Buick y otro coche más pequeño habían sido usados, aparentemente, durante el crimen. Stewart no tenía jurisdicción o causa probable para arrestar a Buda, y se fue. Descubriendo que Coacci había trabajado para ambas plantas robadas, regresó con la policía de Bridgewater pero Buda había desaparecido con sus posesiones y muebles, para aparecer más tarde en 1928 en Italia diciendo que había escapado de los Estados Unidos.

La policía organizó una redada en el garaje Johnson donde estaban los vehículos, diciéndole a los propietarios que los llamaran cuando alguien fuera a recoger un Oakland 1914. “Mike” Buda llegó con tres hombres, después identificados como Sacco y Vanzetti junto con otro hombre llamado Riccardo Orciani y realizando una llamada a la policía. Sin embargo, los hombres desaparecieron, presintiendo la trampa. Boda escapó en una motocicleta con Orciani mientras que los desafortunados Sacco y Vanzetti fueron seguidos en un tranvía y finalmente arrestados. Ambos tenían pistolas con ellos, junto con literatura anarquista y Vanzetti llevaba obuses, como los que se habían usado en el crimen. Sacco tenía una Colt automática calibre 32 como la del diagrama y Vanzetti un revolver calibre 38 que decía llevar por protección; la fiscalía dijo que era el arma que le habían quitado al guardia muerto. Era el 5 de mayo de 1920.

En intentos aparentes para evitar la deportación como anarquistas, mintieron a la policía, esas mentiras saldrían a la luz más adelante durante su caso. Se ha especulado que Coacci estuvo en la escena del crimen, y por ello estaba ansioso de ser deportado y escapar al proceso judicial. Buda y el hombre desconocido desaparecieron, dejando a sus camaradas para sufrir. Vanzetti fue juzgado por el robo de South Bridgewater, Sacco logró demostrar con una tarjeta de entrada y salida que había estado en el trabajo todo el día. El juez fue Webster Thayer, quien criticó al jurado por declarar inocente a un anarquista llamado Sergei Zabraff en un juicio que había presidido dos meses antes. El abogado de Vanzetti fue James Vahey, un distinguido abogado jurista de Boston y dos veces candidato a gobernador de Massachusetts. Aunque Vahey y Vanzetti presentaron dieciséis testigos -italianos de Plymouth que aseguraron haberle comprado anguilas para la temporada navideña- como pescadero no tenía tarjeta de entrada y salida. Los jurados fueron convencidos por varios testigos que identificaron a Vanzetti en la escena del intento de robo y por los obuses que portaba cuando fue arrestado cinco meses después del crimen de Bridgewater. Vanzetti estaba furioso con su abogado quien, según él, “me vendió por treinta monedas de oro como Judas vendió a Jesucristo”. Vanzetti también dijo que su abogado lo había convencido de no testificar a su favor temiendo que sus políticas anarquistas condicionaran al jurado. Se piensa que la ausencia del testimonio de Vanzetti contribuyó a convencer al jurado de su culpabilidad. Declarado culpable de un crimen que ningún historiador piensa que cometió, Vanzetti fue sentenciado por el Juez Thayer a cumplir de 12-15 años en la cárcel, la máxima sentencia permitida.

El segundo juicio

Sacco y Vanzetti

 Más tarde Sacco y Vanzetti fueron juzgados por homicidio en Dedham,Massachusetts por los asesinatos de South Braintreee, con Webster Thayer ejerciendo de nuevo como presidente (Thayer pidió ser asignado al caso). Conscientes de la reputación de los galleanistas de construir bombas de dinamita de extraordinario poder, las autoridades de Massachusetts tomaron medidas para defenderse de un posible ataque con bombas. Unos trabajadores cubrieron el tribunal de Dedham, donde el juicio tendría lugar, con placas aislantes de hierro (pintados de manera que combinaran con los de madera del resto del edificio) y pesadas puertas correderas de acero que protegerían esa sección del tribunal en el caso de un ataque con bombas. Cada día del juicio, Sacco y Vanzetti eran escoltados dentro y fuera de la sala con una guardia fuertemente armada.

Vanzetti declaró de nuevo que había estado vendiendo pescado en el momento en que Braintree era robada. Sacco decía que había estado en Boston para obtener un nuevo pasaporte del consulado italiano. Según su versión, habría almorzado con algunos amigos en la parte norte de Boston, los cuales testificaron a su favor. Antes del juicio, el abogado de Sacco, Fred Moore, intentó por todos los medios contactar al empleado del consulado con el cual Sacco decía haber hablado en la tarde del crimen. Un amigo de Moore lo encontró en Italia. El empleado dijo que recordaba a Sacco por la fotografía inusualmente grande que presentó. El empleado también recordaba la fecha — 15 de abril de 1920. El amigo de Moore intentó que el empleado regresara a Estados Unidos para testificar, pero estando enfermo, rehusó. Lo que pudo haber sido una coartada por un empleado respetable fue reducido a un testimonio escrito que fue leído en voz alta en la corte y rápidamente cuestionado por la fiscalía, la cual argumentó que la visita de Sacco al consulado no podía establecerse con seguridad. También mencionaron que los compañeros con los que almorzó eran anarquistas.

Una buena parte del juicio se basó en pruebas materiales, principalmente balas, pistolas y una gorra. Los testigos de la fiscalía declararon que la bala de calibre 32 que había matado a Berardelli era de una marca tan obsoleta que las únicas balas similares que se podían encontrar para hacer comparaciones eran las encontradas en los bolsillos de Sacco.[cita requerida] Sin embargo la prueba balística, que fue presentada con exhaustivo detalle, era equívoca. Katzmann, después de prometer en un inicio que no intentaría relacionar ninguna bala fatal con el arma de Sacco, cambió de parecer después de que la defensa preparara pruebas de tiro con el arma. Sacco, asegurando no tener nada que ocultar, permitió que su arma fuera probada, con expertos de ambos lados presentes, durante la segunda semana del juicio. La fiscalía relacionó las balas disparadas por la pistola con aquellas tomadas de uno de los guardias asesinados. En la corte, dos expertos de la fiscalía juraron que una de las balas fatales, rápidamente llamada bala III, coincidía con las de la prueba. Dos expertos de la defensa dijeron que no.[cita requerida] Años más tarde, los abogados de la defensa sugerirían que la bala fatal había sido sustituida por la fiscalía. Haciendo notar que los testigos juraban que uno de los ladrones vaciaba su arma en Berardelli, preguntaron como es que sólo una de las cuatro balas encontradas en el fallecido podía venir del arma de Sacco.

Más dudas aún rodeaban al arma de Vanzetti. Ya que todas las balas encontradas en la escena eran calibre 32 y el arma de Vanzetti era del 38, no había pruebas directas que relacionaran el arma de Vanzetti con la escena del crimen.17 La fiscalía argumentaba que había pertenecido originalmente al guardia asesinado y que había sido robada durante el robo. Nadie testificó ver a alguien tomar el arma, pero el guardia, quien llevaba $15,776.51 en efectivo en las calles, no tenía su arma cuando fue encontrado muerto. La fiscalía rastreó el arma hasta una zapatería en Boston donde el guardia la había tirado unas semanas antes del homicidio. La defensa fue capaz de generar dudas al demostrar que en dicha zapatería nadie había recogido el arma y que la viuda del guardia le había dicho a un amigo que tal vez no hubiera sido asesinado si hubiera recuperado su arma. Sin embargo, el jurado creyó la versión de la fiscalía.

La pieza final de prueba material de la fiscalía era una gorra que decían había pertenecido a Sacco. Éste se probó la gorra en la corte y, de acuerdo con dos artistas de dos periódicos que publicaron ilustraciones al día siguiente, era demasiado pequeña. Pero Katzmann insistió en que la gorra le quedaba bien a Sacco y continuó refiriéndose a ella como suya.

La controversia que siguió desacreditaba a los testigos de la fiscalía que identificaban a Sacco en la escena del crimen. Primero, una bibliotecaria llamada Mary Splaine, precisamente describía a Sacco como al hombre que vio disparando desde el auto en fuga. Sin embargo el interrogatorio de la defensa reveló que Splain se había negado a identificar a Sacco en el interrogatorio previo y que había visto al auto en fuga a media calle de distancia. Mientras que algunos otros señalaban a Sacco o a Vanzetti como los hombres que habían visto en la escena del crimen, muchos más testigos, tanto de la fiscalía como de la defensa se negaron a hacerlo.

Después de deliberar durante sólo tres horas y hacer una pausa para cenar, el jurado regresó con el veredicto de culpables. Las personas que apoyaban a Sacco y Vanzetti insistían en que habían sido condenados por sus ideas anarquistas, sin embargo cada miembro del jurado aseguró que el anarquismo no había tenido un papel en la decisión. El asesinato en primer grado en Massachusetts era un crimen capital. Sacco y Vanzetti estaban destinados a la silla eléctrica a menos que la defensa pudiera encontrar nuevas pruebas.

Las apelaciones, protestas y negaciones continuaron durante los seis años siguientes. Mientras la fiscalía defendía el veredicto, la defensa, guiada por el abogado radical Fred Moore, revelaba muchas razones para dudar. Tres testigos clave de la fiscalía admitieron haber sido coaccionados para identificar a Sacco en la escena del crimen. Pero cuando fueron confrontados con el fiscal Katzman, todos cambiaron de nuevo su historia, negando cualquier coerción. En 1924, la controversia continuó cuando se descubrió que alguien había cambiado el tambor del arma de Sacco por el de otra Colt automática usada para la comparación.18 Otras apelaciones se centraban en el líder del jurado y en el experto en balística de la fiscalía. En 1923, la defensa interpuso un acta notarial de un amigo del líder del jurado en la que juraba que antes del juicio, éste había dicho de Sacco y Vanzetti, “Malditos sean, ¡deberían ahorcarlos de cualquier manera!” El mismo año, un capitán de policía del estado se retractó de su testimonio en el juicio que relacionaba el arma de Sacco con la bala fatal. El Capitán William Proctor dijo que nunca intentó implicar la conexión y que en repetidas ocasiones le dijo a Katzmann que no existía tal conexión pero que la fiscalía había dirigido el interrogatorio del juicio de manera que ocultaba su opinión.

Aumentando la creciente convicción de que Sacco y Vanzetti merecían un nuevo juicio estaba la conducta del juez Webster Thayer. Durante el juicio, muchos habían notado que Thayer parecía despreciar al abogado de la defensa Fred Moore. Thayer frecuentemente le negaba las mociones a Moore, diciéndole al abogado californiano como se aplicaba la ley en Massachusetts. En al menos dos ocasiones en la corte, Thayer explotó contra él. Una vez le dijo a los sorprendidos periodistas que “¡Ningún anarquista de pelo largo de California llevaría la corte!” Según testigos que más tarde firmaron actas notariales, Thayer también reprendió a miembros de sus exclusivos clubes, llamando a Sacco y a Vanzetti “¡Bolsheviki!” y diciendo que “los castigaría bien y adecuadamente”. Siguiendo el veredicto, el reportero del Boston Globe, Frank Sibley, que había cubierto el juicio, escribió una protesta al fiscal general de Massachusetts condenando el favoritismo de Thayer. En 1924, después de haber negado las cinco peticiones de un nuevo juicio, Thayer confrontó a un abogado de Massachusetts en su alma mater, Dartmouth. “¿Vio lo que hice con esos bastardos anarquistas el otro día?” dijo el juez. “¡Creo que eso los detendrá un poco! ¡Que vayan a la Corte Suprema ahora y que vean lo que les pueden sacar!” El arranque permaneció en secreto hasta 1927 cuando su publicación aumentó la sospecha de que Sacco y Vanzetti no habían recibido un juicio justo.

Por su parte, Sacco y Vanzetti parecían por momentos desafiantes o desesperados. En la edición deProtesta Umana de junio de 1926 publicada por su Comité de Defensa, llevaba un artículo firmado por Sacco y Vanzetti en el que apelaban por represalias por parte de sus colegas. En una referencia al manual de fabricación de bombas de Luigi Galleani (titulado La Salute è in voi!), el artículo concluía:Recuerden, La Salute è in voi!. Sin embargo, ambos, Sacco y Vanzetti escribieron docenas de cartas expresando su sincera inocencia. Sacco, en su rara prosa, y Vanzetti en su elocuente pero minado inglés, insistían en que habían sido entrampados porque eran anarquistas. Seguidores, historiadores y otros que siguen convencidos de su inocencia, señalan a estas cartas como prueba. Cuando las cartas fueron publicadas después de sus ejecuciones, el periodista Walter Lippman escribió: “Si Sacco y Vanzetti era bandidos profesionales, entonces los historiadores y biógrafos que intenten deducir su carácter de documentos personales podrían de una vez evitarlo. A través de cada prueba que conozco para juzgar el carácter, estas son cartas de hombres inocentes”.

Ni Sacco ni Vanzetti tenían antecedentes penales, pero eran conocidos por las autoridades como militantes radicales y adherentes de Luigi Galleani quien se había visto envuelto en el movimiento anarquista, huelgas, agitación política, y propaganda contra la guerra. Sacco y Vanzetti clamaban ser víctimas del prejuicio social y político y ambos decían ser sentenciados injustamente por el crimen del cual se les acusaba. Sin embargo, no intentaron distanciarse de sus compañeros anarquistas ni de su creencia en la violencia como un arma legítima contra el gobierno. Como Vanzetti dijo en su último discurso al Juez Webster Thayer:

No le desearía a un perro o a una serpiente, a la criatura más baja y desafortunada de la tierra — no le desearía a ninguno de ellos lo que he sufrido por cosas de las que no soy culpable. Pero mi convicción es que he sufrido por cosas de las que soy culpable. Estoy sufriendo porque soy un radical, y sí soy un radical; he sufrido porque soy italiano, y sí soy italiano… Si me pudieran ejecutar dos veces, y si pudiera renacer dos veces, viviría de nuevo todo lo que ya he vivido“. (Vanzetti habló el 19 de abril de 1927, en Dedham, Massachusetts, donde su caso estaba siendo llevado en el tribunal del Condado de Norfolk, Massachusetts.1)
 

Protesta por la libertad de Sacco y Vanzetti en Londres, 1921

Muchos socialistas intelectuales, incluyendo Dorothy Parker, Edna St. Vincent Millay, Bertrand Russell, John Dos Passos, Upton Sinclair, George Bernard Shaw y H. G. Wells, hicieron campaña en pro de un nuevo juicio, pero no tuvieron éxito. El afamado abogado y futuro juez de la Corte Suprema,Felix Frankfurter también abogó por un nuevo juicio para ambos hombres, escribiendo una fuerte crítica del juez Thayer la cual, cuando publicada en el Atlantic Monthl y en 1927, fue ampliamente leída.

Mientras, en la prisión de Dedham, Sacco conoció a un convicto portugués llamado Celestino Madeiros. Más tarde, en 1925, Madeiros dijo haber cometido el crimen del cual Sacco era acusado. Madeiros, cuya vaga confesión contenía muchas anomalías, llevó a los abogados de la defensa hasta una banda de la que muchos piensan que cometieron los asesinatos de Braintree. Antes de abril de 1920, el líder de una banda, Joe Morelli y sus hombres habían robado zapatos de algunas fábricas en Massachusetts, incluyendo las dos en Braintree donde ocurrieron los asesinatos . Morelli, descubrieron los investigadores, tenía un asombroso parecido con Sacco, tan asombroso que muchos testigos de ambas partes identificaron erróneamente su foto como la foto de Sacco. Cuando fue interrogado en 1925, Morelli negó cualquier involucramiento pero seis años después, se dice que se lo confesó a un abogado de Nueva York. Y en 1973, aparecieron más pruebas contra la banda de Morelli cuando las memorias de un gángster citaban al hermano de Joe como el culpable en los asesinatos de Braintree. Sin embargo, la apelación para un nuevo juicio basado en la confesión de Madeiros fue negada por el juez Thayer. Las siguientes apelaciones a la Suprema Corte Judicial de Massachusetts también fueron negadas.

El 8 de abril de 1927, con sus apelaciones agotadas, Sacco y Vanzetti fueron finalmente sentenciados a muerte en la silla eléctrica. Una protesta mundial surgió entonces, y el gobernador Alvin T. Fuller finalmente accedió a posponer las ejecuciones y a establecer un comité para reconsiderar el caso. Para entonces, el examen de armas había mejorado considerablemente, y se sabía que una pistola automática podía ser relacionada por diferentes métodos si ambas, balas y arma, eran recuperadas de la escena (como en el caso de Sacco). Las pistolas automáticas podían ser relacionadas por marcas únicas en la bala, por las marcas de disparo en el arma, o por marcas únicas del inyector y el extractor en el casquillo. El comité formado para revisar el caso usó los servicios de Calvin Goddard en 1927, quien había trabajado con Charles Waite en la Oficina de balística forense en Nueva York. Goddard era un verdadero experto en armas, entrenado en balística y ciencia forense.

Goddard usó el recientemente inventado método de Philip Gravelle para la comparación por microscopio y helixómetro, para inspeccionar los tambores, y examinar la Colt 0.32 de Sacco, la bala que mató a Berardello y los casquillos recuperados de la escena del crimen. En presencia de expertos de la defensa, disparó una bala del arma de Sacco a una madeja de algodón y después puso el casquillo en el microscopio de comparación junto a los casquillos encontrados en la escena. Más adelante, las analizó cuidadosamente. Los primeros dos casquillos del robo no coincidieron con la pistola de Sacco, pero la tercera sí. Incluso el experto de la defensa afirmó que dos cartuchos habían sido disparados por la misma pistola. El segundo experto original de la defensa también confirmó esto. Otros testigos de las pruebas, incluyendo el asistente del abogado de Sacco, Herbert Ehrmann y un reportero del Boston Herald no estaban convencidos. Tampoco lo estaba el nuevo líder de los abogados, William Thompson, quien consideró que el arma de Sacco estaba “tan alterado por el desuso y el tiempo que dejaban a los experimentos totalmente sin valor”. Después de las pruebas, Thompson invitó al gobernador Goddard a sus oficinas donde el experto admitió que había considerado a Sacco culpable aún antes de llegar a Dedham, y había aceptado el caso principalmente para atraer más trabajo de balística. Goddard no opinó sobre si la “Bala III” había sido sustituida pero concordó con Thompson en que las marcas eran diferentes de aquellas en las otras balas. Muchos críticos modernos que sostienen que Sacco, por lo menos, era culpable, citan las pruebas de Goddard. Otros que insisten en su inocencia notan las dudas que Thompson tenía.

Monumento a Sacco e Vanzetti,Carrara.

A pesar de grandes protestas y huelgas en todo el mundo, Celestino Madeiros, Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti fueron ejecutados en la silla eléctrica el 23 de agosto de 1927. La ejecución provocó disturbios en Londres y Alemania. La Embajada de los Estados Unidos en París fue rodeada por manifestantes y la fachada del Moulin Rouge fue dañada. Ambos Sacco y Vanzetti se negaron a recibir a un sacerdote pero se dirigieron tranquila y orgullosamente a sus muertes. Las palabras finales de Sacco fueron “Viva la anarquía!” y “Adiós,mia madre“. Vanzetti, en sus últimos momentos, amablemente dio las gracias a los guardias con un apretón de manos por su amable trato, leyó una declaración proclamando su inocencia y finalmente dijo, “Deseo perdonar a algunas personas por lo que me están haciendo ahora a mi”.

Sus compañeros galleanistas no tomaron la noticia de las ejecuciones con ecuanimidad. Uno o más seguidores de Galleani, especialmente Mario Buda, eran sospechosos de ser los perpetradores del infame y mortal atentado de Wall Street de 1920 después de que los dos hombres fueron inicialmente apresados. En el funeral de la calle Hanover, una corona anunciaba Aspettando l’ora di vendetta(Esperando la hora de la venganza). En 1921, una granada enviada al embajador estadounidense en París explotó, hiriendo a su valet. Otras bombas que fueron enviadas a las embajadas de Estados Unidos fueron interceptadas. En 1926, la casa de Samuel Johnson, el hermano del hombre que había llamado a la policía la noche del arresto de Sacco y Vanzetti (Simon Johnson), fue destruida por una bomba.

Siguiendo la sentencia de Sacco y Vanzetti en 1927, un paquete bomba dirigido al gobernador Fuller fue interceptado en la oficina postal de Boston. Tres meses más tarde, explotaron bombas en el metro de Nueva York, en una iglesia de Philadelphia y en el hogar del alcalde de Baltimore. Uno de los jurados en el juicio de Dedham perdió su casa en una explosión a la media noche. Menos de un año después de las ejecuciones, una bomba destruyó el frente del hogar del ejecutor Robert Elliott. Ya en 1932, el juez Thayer fue víctima de un intento de asesinato cuando su hogar fue destruido en una explosión. Después del atentado, Thayer vivió permanentemente en su club en Boston, protegido las 24 horas del día hasta su muerte, ocurrida el 18 de abril de 1933, a los 75 años, a causa de una embolia cerebral.

Muchos historiadores, especialmente historiadores legales, han concluido que la persecución y juicio de Sacco y Vanzetti, así como sus consecuencias constituyeron un abierto desprecio por las libertades civiles y políticas, especialmente la decisión de Thayer de negar las apelaciones. El Juez Webster Thayer, quien presidió el caso, describió a los dos como “bastardos anarquistas”[cita requerida].

Ambos hombres habían huido a México y cambiado sus nombres para evadir alistarse en el ejército, requisito para solicitar la ciudadanía, un hecho usado contra ellos por el fiscal en su juicio por homicidio. Esta implicación de culpa por la comisión de actos no relacionados, es una de las críticas hechas contra el juicio. Aquellos que apoyan a Sacco y Vanzetti argumentarían más tarde que los hombres solamente habían escapado del país para evitar la persecución y registrarse en el ejército, mientras sus críticos dijeron que fue para evitar la detección y arresto por actividades militantes y de sedición en los Estados Unidos. Pero otros anarquistas que huyeron con ellos revelaron la razón probable en un libro de 1953:

Varios anarquistas italianos dejaron los Estados Unidos y fueron a México. Algunos han sugerido que lo hicieron por cobardía. Nada podría ser más falso. La idea de ir a México surgió en las mentes de varios camaradas que estaban alarmados por la idea de que, quedándose en los Estados Unidos, serían retenidos por la fuerza y no podrían regresar a Europa, donde la revolución que había iniciado en Rusia ese febrero prometía extenderse por todo el continente.19

Algunos críticos sentían que las autoridades y los jurados estaban influenciados por un fuerte prejuicio anti-italiano y contra los inmigrantes presente en la sociedad contemporánea de la época, especialmente en Nueva Inglaterra. Moore comparó las oportunidades de un italiano para conseguir un juicio justo en Boston con las que tenía una persona de color en el sur estadounidense. Contra los cargos de racismo y prejuicio racial, otros señalan que ambos hombres eran conocidos miembros anarquistas de una organización militante, miembros de una organización que había llevado a cabo una campaña violenta de bombardeo e intentos de asesinato, actos condenados por la comunidad italo-americana y americanos de todos los orígenes raciales. Sin embargo también es cierto que sus creencias anarquistas también fueron utilizadas en su contra, violando la Primera Enmienda. De hecho no había ningún lazo conocido entre los anarquistas y los robos, algo que los expertos de la Oficina Federal de Investigación señalaron.

Otros creen que el gobierno estaba realmente juzgando a Sacco y a Vanzetti por los robos y asesinatos como una conveniente excusa para detener sus actividades militantes como Galleanistas, cuyas campañas de bombardeo en la época se presentaban como una amenaza letal, tanto para el gobierno y para muchos estadounidenses. Enfrentados con un grupo secreto cuyos miembros resistían la interrogación y creyeron en su causa, los oficiales federales y locales usando tácticas de aplicación de la ley convencionales, habían fracasado en sus esfuerzos por identificar a todos los miembros del grupo o en reunir suficientes pruebas para un proceso.

Hoy, su caso es visto como uno de los primeros ejemplos del uso de protestas y movimientos masivos para tratar de liberar a las personas sentenciadas.20 El caso Sacco-Vanzetti evidencio las políticas norteamericanas para acabar con las voces de oposición, ya que quedó evidenciado que estos dos hombres fueron implicados en un crimen que jamás cometieron, pero todo se trataba nada más de “darle un golpe a los anarquistas”.

En el 2005, una carta de 1929 de Upton Sinclair a su abogado John Beardsley, Esq., fue publicada (habiendo sido encontrada en una bodega de subastas diez años antes) en la que Sinclair revelaba que, en la época en la que escribía su libro Boston, le habían dicho que ambos hombres eran culpables. Algunos años después del juicio, Sinclair se vio con el abogado de Sacco y Vanzetti, Fred Moore.

Sinclair reveló que después de las ejecuciones, él había hablado con Moore en un hotel de Denver. “Solo en un cuarto de hotel con Fred, le rogué que me dijera toda la verdad, …Él me dijo entonces que los hombres eran culpables, y me dijo a detalle como había construido un par de coartadas para ellos. …Me encontré con el problema ético más difícil de mi vida hasta ese punto, había venido a Boston con el anuncio de que iba a escribir la verdad sobre el caso“. Sinclair además dijo que era “completamente ignorante sobre el caso, habiendo aceptado la propaganda de la defensa completamente.21 Una serie de documentos adicionales en los archivos de Sinclair en la Universidad de Indiana muestran el conflicto ético que lo confrontaba.22

En enero del 2006, más del texto en la carta de Beardsley se volvió público, revelando algunas dudas sobre la conclusión de que Sinclair creyó la declaración de Moore: “Me di cuenta de ciertos hechos sobre Fred Moore. Había escuchado que había usado drogas. Sabía que había dejado el comité de defensa después de la pelea más amarga. …Moore admitió que aquellos hombres, nunca admitieron su culpa con él; y comencé a preguntarme si su actitud presente y sus conclusiones podrían no ser el resultado del producto de sus errores. Sinclair también había hablado con la ex-esposa de Moore quien le aseguró que su esposo nunca había expresado dudas sobre la inocencia de sus clientes ni durante el caso o las consecuencias.

Si Sinclair no le hubiera dado alguna credibilidad a las declaraciones de Moore, no hubiera sido “el problema ético más difícil de [su] vida“. Por otro lado, la posición pública de Sinclair fue consistente en afirmar la inocencia de Sacco y Vanzetti. Ambos, la declaración de Moore y el escepticismo de Sinclair fueron mencionados en una biografía de 1975 de Upton Sinclair, a pesar de los alegatos de que la carta era ya sea un desarrollo nuevo u “original”. En contraste a la posición equivoca de Moore, William Thompson, el abogado corporativo que defendió a Sacco y a Vanzetti desde 1924 hasta sus muertes, nunca dudó de su inocencia.

Sacco y Vanzetti: Condenados a muerte por pobres, inmigrantes y anarquistas

Cincuenta años después de la ejecución de los inmigrantes italianos Sacco y Vanzetti, el gobernador Dukakis de Massachusetts instauró un panel para juzgar la justicia de dicho proceso, y la conclusión fue que a ninguno de estos dos hombres se les siguió un proceso justo. Esto levantó en Boston una tormenta menor. John M. Cabot, embajador estadunidense retirado, envió una carta donde declaraba su “gran indignación” y apuntaba que la sentencia de muerte fue ratificada por el gobernador Fuller luego que “tres de los más distinguidos y respetados ciudadanos hicieran una revisión especial del caso: el presidente Lowell, de Harvard; el presidente Stratton, del MIT, y el juez retirado Grant”.

Esos tres “distinguidos y respetados ciudadanos” fueron vistos de modo muy distinto por Heywood Broun, quien en su columna de New York World escribió inmediatamente después que los invitados distinguidos del gobernador rindieran su informe. Y decía: “No cualquier prisionero tiene a un presidente de Harvard University que le prenda el interruptor de corriente… si esto es un linchamiento, por lo menos el vendedor de pescado y su amigo el obrero podrán sentirse ungidos en el alma pues morirán a manos de hombres con trajes de etiqueta y togas académicas”. Heywood Broun, uno de los más distinguidos periodistas del siglo XX, no duró mucho como columnista de New York World.

En el 50 aniversario de la ejecución, el New York Times informó que “los planes del alcalde Beame de proclamar el martes siguiente como el ‘día de Sacco y Vanzetti’ fueron cancelados en un esfuerzo por evitar controversias, dijo un vocero de la municipalidad ayer”.

Debe haber buenas razones para que un caso de 50 años de antigüedad, hoy ya de 80 años, levante tantas emociones. Sugiero que esto ocurre porque hablar de Sacco y Vanzetti inevitablemente remueve asuntos que nos perturban hoy: nuestro sistema de justicia, la relación entre la guerra y las libertades civiles, y lo más preocupante de todo: las ideas del anarquismo: la obliteración de las fronteras nacionales y como tal de la guerra, la eliminación de la pobreza y la creación de una democracia plena.

El caso de Sacco y Vanzetti revela, en los más descarnados términos, que las nobles palabras inscritas en los frontispicios de nuestras cortes “igualdad de justicia ante la ley”, siempre han sido una mentira. Esos dos hombres, el vendedor de pescado y el zapatero, no lograron obtener justicia en el sistema estadunidense, porque la justicia no se imparte igual para el pobre que para el rico, para el oriundo que para el nacido en otros países, para el ortodoxo que para el radical, para el blanco o la persona de color. Y aunque la injusticia se juegue hoy de maneras más sutiles y de modos más intrincados que en las crudas circunstancias que rodearon el caso de Sacco y Vanzetti, su esencia permanece.

En su proceso la inequidad fue flagrante. Se les acusaba de robo y asesinato, pero en la cabeza y en la conducta del fiscal acusador, del juez y del jurado, lo importante de ambos era, como lo puso Upton Sinclair en su notable novelaBoston, que eran wops, bachiches (es decir “italos mugrosos”), extranjeros, trabajadores pobres, radicales.

He aquí una muestra del interrogatorio policiaco.

Policía: ¿Eres ciudadano?

Sacco: No.

Policía: ¿Eres comunista?

Sacco: No.

Policía ¿Anarquista?

Sacco: No.

Policía ¿Crees en el gobierno de nosotros?

Sacco: Sí. Algunas cuestiones me gustan de modo diferente.

¿Qué tenían que ver estas cuestiones con el robo de una fábrica de zapatos en South Braintree, Massachusetts, y con los disparos que recibieron el pagador de la fábrica y un guardia?

Sacco mentía, por supuesto. No, no soy comunista. No, no soy anarquista. ¿Por qué le mintió a la policía? ¿Por qué habría de mentirle un judío a la Gestapo? ¿Por qué habría de mentir un negro en Sudáfrica a sus interrogadores? ¿Por qué necesitaba mentir un disidente en la Unión Soviética a la policía secreta? Porque saben que no existe la justicia para ellos.

¿Alguna vez ha habido justicia en el sistema estadunidense para los pobres, las personas de color, los radicales? Cuando los ocho anarquistas de Chicago fueron sentenciados a muerte en 1886 tras el motín de Haymarket (un motín policiaco, por cierto), no fue porque existiera alguna prueba de conexión entre ellos y la bomba que alguien arrojó en medio de la policía, no había ni un jirón de evidencia. Los condenaron por ser los líderes del movimiento anarquista de Chicago.

Cuando Eugene Debs y otros mil fueron enviados a prisión durante la Primera Guerra Mundial, de acuerdo con la Ley de Espionaje, ¿fue porque eran culpables de espionaje? Eso es muy dudoso. Eran socialistas que hablaban en voz alta contra la guerra. Cuando se emitió la sentencia de diez años para Debs, el magistrado de la Suprema Corte, Oliver Wendell Holmes, quiso dejar muy claro que Debs debía ir a prisión: Y citó un discurso de Debs: “La clase de los patrones siempre ha declarado las guerras, y la clase sometida siempre ha peleado en las batallas”.

Holmes, muy admirado como uno de los grandes juristas liberales, dejó claro los límites del liberalismo, las fronteras que le fijaba el nacionalismo vindicativo. Después de agotadas todas las apelaciones de Sacco y Vanzetti, el caso llegó ante el propio Holmes, en la Suprema Corte, quien se rehusó a revisar el caso, y dejó que el veredicto quedara en pie.

En nuestro tiempo, Ethel y Julius Rosenberg fueron enviados a la silla eléctrica. ¿Fue porque eran culpables, más allá de cualquier duda razonable, de pasarle secretos atómicos a la Unión Soviética? ¿O fue porque eran comunistas, como dejó claro el fiscal con la aprobación del juez? ¿No fue también porque el país estaba en medio de una histeria anticomunista, cuando los comunistas tomaban el poder en China, había guerra en Corea, y el peso de todo eso había que imputárselo a dos comunistas estadunidenses?

¿Por qué fue sentenciado en California a diez años de prisión George Jackson, por un robo de 70 dólares, y luego fue asesinado a tiros por los guardias? ¿No fue porque era pobre, negro y radical?

¿Puede hoy un musulmán, en la atmósfera de “guerra contra el terror” confiar en una justicia equitativa ante la ley? ¿Por qué sacó la policía de su carro a mi vecino del piso de arriba, si no había violado ningún reglamento de tránsito y luego fue cuestionado y humillado? ¿Acaso fue porque es un brasileño de piel morena que podría parecer un musulmán de Medio Oriente?

¿Por qué los dos millones de personas en las cárceles y prisiones estadunidenses, y los seis millones que están bajo fianza, vigilancia o libertad condicional son fuera de toda proporción gente de color o pobres? Un estudio muestra que 70 por ciento de la gente que está recluida en las prisiones de Nueva York proviene de siete barrios de la ciudad conocidos como zonas de pobreza y desesperación.

La injusticia de clase corta transversalmente todas las décadas, todos los siglos de nuestra historia. En medio del caso de Sacco y Vanzetti, en el poblado de Milton, Massachusetts, un hombre rico le disparó a otro que recogía leña en su propiedad y lo mató. Pasó ocho días en la cárcel, luego se le dejó salir con fianza, y no fue procesado. Una ley para los ricos, una ley para los pobres; esa es una característica persistente de nuestro sistema de justicia.

Pero ser pobres no fue el crimen principal de Sacco y Vanzetti. Eran italianos, inmigrantes, anarquistas. No habían pasado siquiera dos años desde el fin de la Primera Guerra Mundial. Habían protestado contra la guerra, se habían negado al reclutamiento. Vieron cómo crecía la histeria contra los radicales y los extranjeros, observaron las redadas que emprendían los agentes del procurador general Palmer, del Departamento de Justicia, que irrumpían en mitad de la noche a los hogares sin órdenes judiciales, mantenían a las personas incomunicada y las golpeaban con garrotes y cachiporras.

En Boston 500 fueron arrestados, los encadenaron y marcharon con ellos por las calles. Luigi Galleani, editor del periódico anarquista Cronaca Sovversiva, al cual estaban suscritos Sacco y Vanzetti, fue detenido y deportado de inmediato.

Había ocurrido algo más aterrador. Un compañero de Sacco y Vanzetti, también anarquista, un tipógrafo llamado Andrea Salsedo, que vivía en Nueva York, fue secuestrado por agentes de la FBI (uso el término “secuestrado” para describir la abducción ilegal de una persona), y se le mantuvo en las oficinas del piso 14 del Park Row Building. No se le permitió hablar con su familia, ni con sus amigos o abogados, y fue interrogado y golpeado, según otro prisionero. Durante la octava semana de su encierro, el 3 de mayo de 1920, el cuerpo de Salsedo, aplastado y desfigurado hasta quedar hecho un amasijo, fue encontrado sobre el pavimento cercano al Park Row Building, y la FBI anunció que Salsedo se había suicidado brincando de la ventana del piso 14, justo del cuarto donde lo tenían retenido. Esto ocurrió tan sólo dos días antes de que Sacco y Vanzetti fueran arrestados.

Hoy sabemos, como resultado de los informes del Congreso en 1975, de un programa de contrainteligencia de la FBI conocido como Cointelpro (Counter Intelligence Program) en el cual los agentes de dicha dependencia irrumpían en casas y oficinas, implantaban micrófonos ilegalmente, se involucraban en actos de violencia hasta el punto del asesinato y en 1969 colaboraron con la policía de Chicago en el asesinato de dos líderes de los Panteras Negras. La FBI y la CIA han violado la ley una y otra vez. No hay castigo para ellos.

Hay muy pocas razones que nos hagan tener fe en que las libertades civiles en Estados Unidos puedan protegerse en la atmósfera de histeria que siguió al 11 de septiembre de 2001 y que continúa hasta el día de hoy. En el país ha habido redadas de inmigrantes, detenciones indefinidas, deportaciones y espionaje doméstico no autorizado. En el extranjero se cometen matanzas extrajudiciales, tortura, bombardeos, guerra y ocupaciones militares.

Así también, el proceso contra Sacco y Vanzetti comenzó inmediatamente después del Memorial Day, año y medio después de que terminara la orgía de muerte y patriotismo que fue la Primera Guerra Mundial, mientras los periódicos seguían vibrando con el redoble de los tambores y la retórica jingoísta.

Doce días después de comenzado el juicio, la prensa informó que los cuerpos de tres soldados habían sido transferidos de los campos de batalla en Francia a la ciudad de Brockton, y que toda la población había salido a celebrar una ceremonia patriótica. Todo esto se hallaba en los periódicos que el jurado podía leer.

Sacco fue interrogado por el fiscal Katzmann:

Pregunta: ¿Amó usted a este país durante la última semana de mayo de 1917?

Sacco: Eso es muy difícil de expresar en una sola palabra, señor Katzmann.

Pregunta: Son dos las palabras que puede usted usar, señor Sacco, sí o no. ¿Cuál es la palabra?

Sacco: Sí.

Pregunta: Y para poder mostrarle su amor a este país, Estados Unidos de América, cuando estaba a punto de llamarlo para que se hiciera usted soldado, ¿se fue usted corriendo a México?

Al principio del juicio, el juez Thayer (que hablando con un conocido con el que jugaba al golf se refirió a los acusados como “esos anarquistas mal nacidos”) dijo al jurado: “Los conmino a que brinden este servicio, al que se les ha llamado a que presten aquí, con el mismo espíritu de patriotismo, coraje y devoción al deber como el que exhibieron nuestros muchachos, nuestros soldados, del otro lado de los mares”.

Las emociones evocadas por una bomba que estalló en la casa del procurador general Palmer durante el tiempo de la guerra –al igual que las emociones desatadas por la violencia del 11 de septiembre– crearon una atmósfera de ansiedad en la cual las libertades civiles se pusieron en entredicho.

Sacco y Vanzetti entendieron que cualquier argumento legal que sus abogados pudieran haber invocado no prevalecería contra la realidad de una injusticia de clase. Sacco dijo a la corte, al escuchar la sentencia: “Sé que la sentencia será entre dos clases, la de los oprimidos y la de los ricos… Es por eso que estoy aquí ahora, en el banquillo de los acusados, por pertenecer a la clase de los oprimidos”.

Tal punto de vista parece dogmático, simplista. No todas las decisiones en las cortes pueden explicarse así. Pero, a falta de una teoría que encaje en todos los casos, el punto de vista simple, fuerte de Sacco, es con seguridad una mejor guía para entender el sistema legal que aquel que asume que hay una competencia entre iguales basada en una búsqueda objetiva por averiguar la verdad.

Vanzetti sabía que los argumentos legales no los salvarían. A menos que un millón de estadunidenses se organizaran, él y su amigo Sacco morirían. Palabras no, lucha. Apelaciones no, exigencias. Peticiones al gobernador no, toma de fábricas. No se trataba de lubricar la maquinaria de un supuesto sistema legal justo para que funcionara mejor, sino de una huelga general que detuviera la maquinaria.

Tal cosa nunca ocurrió. Miles se manifestaron, marcharon, protestaron, no sólo en Nueva York, Boston, Chicago y San Francisco; también en Londres, París, Buenos Aires y Sudáfrica. No fue suficiente. La noche de su ejecución, miles se manifestaron en Charlestown, pero un enorme contingente de policías los mantuvo alejados de la prisión. Fueron arrestados muchos manifestantes. Las ametralladoras estaban emplazadas en las azoteas y los reflectores barrían el escenario.

Una gran multitud se juntó en Union Square el 23 de agosto de 1927. Unos minutos antes de la medianoche, las luces de la prisión se atenuaron en el momento en que los dos hombres fueron electrocutados. El New York World describió la escena: “La multitud respondió con un sollozo gigante. Las mujeres se desmayaron en 15 o 20 lugares. Otras, sobrecogidas, se tumbaron en las banquetas y hundieron la cabeza entre los brazos. Los hombres se apoyaban en los hombros de otros hombres y lloraban”.

Su crimen máximo era su anarquismo, una idea que aún hoy nos desconcierta como un relámpago debido a su verdad esencial: todos somos uno, las fronteras nacionales, los odios nacionales deben desaparecer, la guerra es intolerable, los frutos de la tierra deben compartirse, y mediante la lucha organizada contra la autoridad, puede advenir un mundo así.

Lo que nos llega a hoy del caso de Sacco y Vanzetti no es sólo la tragedia, también nos llega la inspiración. Su inglés no era perfecto, pero cuando hablaban se volvía una especie de poesía. Vanzetti dijo de su amigo: “Sacco es un corazón, una fe, un carácter, un hombre; un hombre que ama la naturaleza y a la humanidad. Un hombre que lo dio todo, que lo sacrifica todo a la causa de la libertad y a su amor a la humanidad: el dinero, el descanso, la ambición mundana, su propia esposa, sus niños, él mismo y su propia vida… Ah, sí, puede que sea yo más ingenioso y más parlanchín que él, pero muchas, muchas veces, al escuchar cómo resuena en su voz valerosa una fe sublime, al considerar su sacrificio supremo, al recordar su heroísmo, me he sentido pequeño, pequeño en presencia de su grandeza, y me he sentido empujado a no dejar que me invadan las lágrimas, a dominar el corazón que se me agolpa en la garganta para no llorar ante él; ante este hombre al que se le llama capo , asesino y maldito”.

Lo peor de todo es que fueran anarquistas, lo que significaba que tenían alguna loca noción de democracia plena donde no existiría la extranjería ni la pobreza, y que pensaran que sin esas provocaciones la guerra entre las naciones terminaría para siempre. Pero para que esto ocurriera los ricos debían ser combatidos y sus riquezas confiscadas. Esa idea anarquista es un crimen mucho peor que robar una nómina y por eso hasta el día de hoy Sacco y Vanzetti no pueden ser recordados sin gran ansiedad.

Sacco escribió esto a su hijo Dante: “Así que, hijo, en vez de llorar, sé fuerte, de modo que seas capaz de consolar a tu madre… llévala a una larga caminata por el campo en silencio, junten flores silvestres aquí y allá, descansen a la sombra de los árboles… pero recuerda siempre, Dante, en este juego de la felicidad no te sirvas a ti mismo únicamente… ayuda a los perseguidos y a las víctimas, porque son ellos tus mejores amigos… en esta lucha de vida hallarás más amor y serás amado”.

Sí, fue su anarquismo, su amor por la humanidad, lo que los condenó. Cuando Vanzetti fue arrestado, tenía en el bolsillo un volante que anunciaba una reunión que debía ocurrir cinco días más tarde. Es un volante que podría distribuirse hoy, en todo el mundo, de modo tan apropiado como el día de su arresto. Decía: “Han combatido en todas las guerras. Han trabajado para todos los capitalistas. Han recorrido todos los países. ¿Han cosechado los frutos de sus fatigas, el premio de sus victorias? ¿Acaso el pasado les da consuelo? ¿El presente les sonríe? ¿El futuro les promete cualquier cosa? ¿Han encontrado un pedazo de tierra donde puedan vivir como seres humanos y morir como seres humanos?

Sobre esas cuestiones, sobre estos argumentos de la lucha por la existencia, Bartolomeo Vanzetti hablará en esa reunión”.

Ese encuentro nunca tuvo lugar. Pero su espíritu existe hoy en la gente que cree y que ama y que lucha en todo el mundo.

Véase también

Referencias

  1. Volver arriba Collins, Rick, The Patriot Ledger, 5 de mayo de 2005
  2. Volver arriba The New York Times, 5 de marzo de 1922.
  3. Volver arriba ibid.
  4. Volver arriba Boyer, Richards, Labor’s Untold Story, United Front: San Francisco, 1955.
  5. Volver arriba Ver Prison Memoirs of an Anarchist, porAlexander Berkman
  6. Volver arriba “Sacco and Vanzetti: The Men, The Murders, and the Judgment of Mankind” (2007), un libro por el escritor Bruce Watson
  7. Volver arriba The Enduring Meaning of Bartolomeo Vanzetti and Nicola Sacco Within the Italian American Experience, un sitio dedicado al caso de Sacco y Vanzetti, por el estudioso del caso Neil Proto
  8. Volver arriba The Legacy of Sacco and Vanzetti, un artículo de Crime Library sobre el caso
  9. Volver arriba The Murder of Sacco and Vanzetti, un ensayo escrito por el Movimiento por la Solidaridad de los Trabajadores
  10. Volver arriba Sacco-Vanzetti Case, un ensayo por Robert D’Attilio
  11. Volver arriba Sacco and Vanzetti Documentary; El sitio del primer filme documental por Peter Miller sobre el caso de Sacco y Vanzetti
  12. Volver arriba Sacco e Vanzetti; la página de IMDb para el filme
  13. Volver arriba The Trial of Sacco and Vanzetti; un análisis detallado del caso por Douglas Linder
  14. Volver arriba Memorial de Sacco y Vanzetti
  15. Volver arriba Carta de Vanzetti a su hijo (en rumano)
  16. Volver arriba Plain Words Texto completo del documento Galleanista
  17. Volver arriba Russell, Francis (junio de 1962). «Sacco Guilty, Vanzetti Innocent?». American Heritage 13 (4): 111. «About the gun found on Vanzetti there is too much uncertainty to come to any conclusion. Being of .38 caliber, it was obviously not used at South Braintree, where all the bullets fired were .32’s».
  18. Volver arriba Russell, Francis (junio de 1962). «Sacco Guilty, Vanzetti Innocent?». American Heritage 13 (4): 107. «At the conclusion of the investigation Thayer passed no judgment as to who had switched the barrels but merely noted that the rusty barrel in the new pistol had come from Sacco’s Colt.»
  19. Volver arriba Un Trentennio di Attivita Anarchica (1914-1945) (Treinta Años de Actividades Anarquistas) Cesena, Italia, 1953
  20. Volver arriba GOLDBERG, Jonah. Los Pies de Barro de los Santos Liberales.
  21. Volver arriba Upton Sinclair at Boston, CBC 2006-01-28.
  22. Volver arriba *Pasco, Jean (24 de diciembre de 2005).Sinclair Letter Turns Out to Be Another Exposé: Note found by an O.C. man says The Jungle author got the lowdown on Sacco and Vanzetti.Los Angeles Times.

Enlaces externos

 

 

Documental de Sacco y Vanzetti de Peter Miller, En Español.

 

Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti eran dos inmigrantes italianos, que fueron acusados de haber asesinado a un pagador y sereno de una fábrica de zapatos de South Braintree, Massachusetts, el 15 de abril de 1920. El proceso judicial causó un escándalo internacional y generó protestas en Europa y Latinoamérica, debido a las escasas e insuficientes pruebas.
Pese a los pedidos de clemencia de todo el mundo, incluido el Papa, la condena se mantuvo inalterable y los acusados fueron ejecutados en la silla eléctrica el 23 de agosto de 1927.
Antes de morir, Nicola Sacco se volvió hacia los testigos y gritó: ¡Viva la anarquía!
En 1977 Estados Unidos reconoció oficialmente el error procesal, las instancias del juicio fueron revisadas y finalmente fueron exonerados el 23 de agosto de 1977 por el entonces gobernador de Massachusetts, Michael Dukakis y proclamó su total y absoluta inocencia. No hacía falta: Sacco y Vanzetti habitaban en la memoria de los pueblos como símbolo y bandera de todo movimiento de liberación y del anarquismo internacional. Los pueblos no creen en las historias oficiales.

Aunque Sacco y Vanzetti hubieran cometido realmente aquel delito, no terminarían en la silla eléctrica por ello, sino por su condición de ANARQUISTAS, EXTRANJEROS Y POBRES.

Horacio Sacco
“¡No hay justicia para los pobres en América!
…¡Oh, compañeros míos, continuad vuestra gran batalla! ¡Luchad por la gran causa de la libertad y de la justicia para todos! ¡Este horror debe terminar! Mi muerte ayudará a la gran causa de la humanidad. Muero como mueren todos los anarquistas, altivamente, protestando hasta lo último contra la injusticia…Por eso muero y estoy orguloso de ello! No palidezco ni me avergüenzo de nada; mi espíritu es todavía fuerte. Voy a la muerte con una canción en los labios y una esperanza en mi corazón, que no será destruída…” Nicola Sacco

Fueron acusados de crímenes que no cometieron y condenados por un juez que despreciaba a inmigrantes y anarquistas.
En 1925, un asesino condenado confesó su participación en esos dos crímenes por los que acusaba a Sacco y Vanzetti: el asesinato del cajero Frederick Parmenter y su guardia Alessandro Berardelli, ocurrido durante un robo en una fábrica de calzado en el pueblo de South Braintree, en el estado de Massachusetts, en 1920.
Sin embargo, todos los intentos de reabrir el juicio contra los anarquistas fracasaron, incluido un pedido de clemencia del Papa Pío XI para que no se los ejecutara.
El zapatero Sacco nació en la ciudad italiana de Torremaggiore, el 22 de abril de 1891, y luego emigró a los Estados Unidos cuando tenía 17 años. Vanzetti era oriundo de Villafalleto, en el Piamonte, donde nació en 1888. Ambos llegaron a Estados Unidos en 1908.

“Si no hubiera sido por estas cosas, yo podría haber vivido mi vida hablando en las esquinas…”, dice Vanzetti, según el reportero Philip D. Strong, quien lo visitó en prisión en mayo de 1927, poco antes de que fuera ejecutado junto a Sacco, de acuerdo al periodista estadounidense Douglas Linder.

“Yo podría haber muerto, sin marcas, sin saberlo. Ahora no somos un fracaso. Esta es nuestra carrera y nuestro triunfo. Nunca en toda nuestra vida podríamos haber realizado los trabajos para la tolerancia, la justicia, la comprensión del hombre por el hombre, como ahora lo hacemos por accidente (…) señaló el pescador Vanzetti.
Ambos fueron considerados “mártires”
Las crónicas de la época señalan que el juicio se inició el 14 de julio de 1921, en una atmósfera antirracial y antianarquista, y que finalmente, el 23 de agosto de 1927, fueron ejecutados por electrocución.

En una carta enviada a su hijo desde la Prisión Estatal de Charlestown, el 18 de agosto de 1927, Sacco señala: “(…) recuerda siempre, Dante, que en el juego de la felicidad no tienes que usarlo para tí solo, sino mirar un paso detrás de tí, ayudar a los débiles que piden ayuda, ayudar a los perseguidos, a las víctimas, que son tus mejores amigos”.
“(Ellos) son los camaradas que luchan y caen, como cayeron ayer tu padre y Bartolo por la conquista de la alegría, de la libertad para todos y para los trabajadores pobres. En esta lucha por la vida encontrarás más amor y serás amado”, dice Nicola.

El día de la ejecución de Sacco y Vanzetti se realizó un paro general en la Argentina decretado por las centrales obreras.

En la década del 70, en plena lucha en contra de la Guerra de Vietnam, la cantante estadounidense Joan Baez, ex esposa de Bob Dylan, escribió una canción que volvió a sacar de las sombras el proceso contra Sacco y Vanzetti.
Una de sus estrofas decía: “Querido padre, sí, soy un prisionero. No te sientas avergonzado de contar mi crimen…”.

Sacco y Vanzetti símbolos de lucha por Justicia y libertad. Homenaje, himno.

Testamento de Nicola Sacco a su hijo Dante.

Los Anarquistas Sacco y Vanzetti 23 de agosto de 1927