Auguste Vaillant (Vida y obra)

Auguste Valliant

Auguste Valliant

Auguste Valliant nacio en Mézières,  (Ardenas,) Francia el 27 de diciembre de 1861 y murio guillotinado en París, 5 de febrero de 1894). Fue un anarquista francés que se hizo conocido internacionalmente a fines del siglo XIX por ser el autor de un atentado con bomba contra la Cámara de Diputados Francesa el 9 de diciembre de 1893.

 Nacido en las Ardenas en 1861, Vaillant tuvo una infancia miserable. A los doce años ya vivía solo en París, donde posteriormente fue condenado por pequeños delitos: A los trece por tomar un tren sin boleto, y a los diecisiete años por robar comida, por lo cual pasó seis días en prisión.

Trabajó en diversos empleos manuales temporariamente en condición de aprendiz y desarrolló una pasión por la astronomía y la filosofía. Preocupado con la miseria de los habitantes pobres de París entre los que se incluía, Vaillant fue seducido por los círculos anarquistas y comenzó a frecuentar algunos de estos grupos. Se casó y vivió en medio de la pobreza con su esposa y su hija Sidonie, que luego de su muerte sería adoptada por Sébastien Faure.

Dibujo de Auguste Vaillant de perfil.

Dibujo de Auguste Vaillant de perfil.

En cierto momento de su vida decidió abandonar París para probar suerte en Argentina, en la región del Chaco, donde la realidad no se mostró menos hostil. Después de tres años en el extranjero, Vaillant retornó a Francia en donde consiguió apenas sub-empleos casuales que apenas le permitían mantener a su familia.

Vaillant se convirtió en un militante de las campañas anarquistas, y frecuentemente defendía la propaganda por el hecho, que se podría resumir como una estrategia de ataque que serviría de inspiración para otros ataques. Las olas de atentados terroristas ejecutadas por anarquistas estaban multiplicándose en Francia entre los años 1892 y 1894 por medio de la iniciativa de varios activistas, entre los que estaban Ravachol, Sante Geronimo Caserio y Émile Henry. Sus acciones intentaban atacar a la burguesía y al estado nacional, considerados por ellos como responsables por la miseria y por la crisis económica vigente, y los principales culpados por la desigualdad y explotación de las clases subalternas.

Dibujo de la reconstrucción del Atentado publicado en el Petit Parisiensi.

Ese contexto de injusticia social motivó a Auguste Vaillant a exigir venganza por la ejecución de Ravachol, guillotinado después de poner cuatro bombas en lugares públicos parisinos y en un gran restaurante. Vaillant esperaba también conseguir denunciar la represión del gobierno de Jean Casimir Perier contra trabajadores y anarquistas.

La acción de Vaillant ocurrió el 9 de diciembre de 1893. Cerca de las 16 horas, arrojó una bomba de gran impacto en la Cámara de diputados del Palacio Bourbon en una sesión presidida por Charles Dupuy. Esta era una bomba cargada de clavos y metralla que fue lanzada sobre los diputados y espectadores que asistían a las deliberaciones. Cincuenta personas fueron heridas, incluyendo el mismo Vaillant cuya nariz fue arrancada.1

Un artículo del Fígaro del 10 de diciembre de 1893, describe la escena:

La bomba fue arrojada del segundo foro público localizado a la derecha del palestrante de la Casa en la segunda galería superior, y explotó a la altura de la galería inferior, reventando en un torbellino gigantesco aquello con lo que se encontró. Muchos diputados fueron lanzados a la distancia y el abad Lemire fue arrojado al piso alcanzado por una esquirla en la parte trasera de la cabeza, abriéndole una herida profunda. Otros diputados fueron también heridos: MM de Lanjuinais, Leffet, Barão Gerard, Sazenove di Pradine, de Montalembert, Charpentier, Tréveneune. Cercados por la humareda, se refugiaron en las oficinas en busca de los primeros auxilios. Dupuy, que presidía la sesión fue alcanzado por un clavo a un costado de la cabeza.

Auguste Vaillant camina hacia la guillotina

Vaillant camina con la cabeza erguida en dirección a la guillotina. Pintura hecha sobre la foto original.

Detenido con otras veinte personas, Vaillant admitió en aquella misma noche que él era el autor de la bomba. En su juicio afirmaría que su gesto tenía la intención de herir y no de matar, y este´habría sido el motivo por el cual había rellenado la bomba con clavos y no con balas.

Antes del veredicto, Vaillant habló a los jurados de los motivos por los que recurrió a actos de violencia en favor de una nueva sociedad:


Tuve por lo menos la satisfacción de golpear esta sociedad existente, esta sociedad maldita donde cualquiera puede ver que un solo hombre gasta inútilmente lo suficiente como para alimentar centenares de familias; una sociedad infame que permite a unos pocos individuos monopolizar la riqueza social (…) regresé a Francia donde me estaba reservado el ver sufrir a mi familia terriblemente. Esta fue la última gota que rebasó el vaso de mi tristeza. Cansado de llevar esta vida de sufrimiento y cobardía, llevé esta bomba hasta aquellos que son los principales responsables por la miseria social
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Auguste Vaillant camina hacia la guillotina

Auguste Vaillant camina hacia la guillotina

Aguste Vaillant fue sentenciado a muerte. A pesar de la petición hecha a su favor por el abad Lemire, herido durante el ataque, y de la intervención de su hija Sidonie junto a la primera dama, Sadi Carnot, en ese momento presidente de la Tercera República de Francia, rehusó perdonarlo. A los 33 años de edad, el 15 de febrero de 1894 Vaillant fue guillotinado. Antes del momento final gritó:

¡Larga vida a la Anarquía! Mi muerte será vengada!

 

¿Quién fue Auguste Vaillant?El Anarquista que no quiso matar

Articulo de debate publicado en el foro anarquista de “Alasbarricadas”  (incluyo este articulo por encontrarle interesante)

Breve historia de la corriente Anarquista: “Propaganda por los hechos”

La explosión de la Cámara de Diputados, pintada por el artista Derroir.

La explosión de la Cámara de Diputados, pintada por el artista Derroir.

Un individuo, cualquier individuo, será siempre un completo desconocido. Por muchos datos que podamos tener de él, aunque poseamos miles de legajos y manuscritos en los que nos cuenten sus más vericuetos datos biográficos, nunca podremos saber quién fue realmente. Podemos conocer sus palabras y opiniones, pero en el mejor de los casos esto solo representa su dimensión social, solo demuestra lo que ese individuo quiere que conozcamos de él.

Sin embargo hay momentos mágicos en esta vida, momentos que ese corsé de apariencias puede llegar a romperse, un gesto, un acto, una idea o incluso la demostración de un deseo, pueden representar ese momento, por desgracia, es la desesperación la que suele provocarlos.

Un caso realmente paradigmático, es el de August Vaillant, este hombre nació en 1861, por lo que su madurez llegó coincidiendo justamente con la época de mayor esplendor del “Ilegalismo” Anarquista.

Para poder comprender mejor al personaje pongámonos en antecedentes de su contexto histórico, hablamos de una época convulsa y sangrienta, apasionada y también desquiciada, 1890 es el aparente punto de inflexión de esa oleada de atentados Anarquistas, que aún hoy les ocasiona cargar con la lacra de poseer el estigma de ser considerados “terroristas”.

Estudios simplistas han intentado justificar esta época como una reacción por la conmemoración del aniversario de la Revolución Francesa, achacar esto a un ataque de nostalgia parece ridículo, achacarlo a una estúpida “moda” parece aún más absurdo, como diría Luigi Fabbri esto puede ser en lo que intentó convertirlo el mundo burgués, pero en el movimiento Anarquista no se pecaba de esas cosas. Muestra de ello es que los atentados continuaron después de esta época sangrienta, el intento de “regicidio” contra Alfonso XIII, efectuado por Morral en 1906, el asesinato de Canalejas hecho por Pardiñas en 1912 y los asesinatos de Regueral y Soldevilla, adjudicados a miembros del grupo “Los Solidarios”, en los años veinte, son claras muestras de ellos (por tan solo mencionar algunos). Además también podríamos hablar de atentados bastante anteriores a la década de lo 90, como por ejemplo el realizado contra Alfonso XII (sin consecuencias mortales) por Moncasí y el intento de Passanante contra Humberto I de Italia, ocurriendo ambos en 1878.

Hemos de buscar la explicación de estos hechos en otros factores mucho más significativos y profundos, pero paremos un momento ¿buscar una explicación a lo inexplicable, no es acaso justificarlo?, lo único que se intenta con este pequeño trabajo es desenredar los mecanismos de la desesperación, así comprenderemos quizás la tesitura del individuo que pugna porque su “yo” no se desintegre. Sin dejar de considerar que todo acto de terror es deleznable, no hemos de olvidar que en estos actos el propio Anarquista fue siempre víctima de su propio atentado, ninguno sobrevivió, así podemos hablar de una expresión ya usada por Capote, y no nos equivocaremos si decimos que una bala puede matar a más de una persona.

Pero ahora centrémonos en la coyuntura de aquellos años, desde mi punto de vista han de tenerse en cuenta muchos factores, en lo que se refiere a la situación económica y social, pocas veces se encontró a una masa tan concienciada políticamente en una situación de tanta polaridad económica, el problema no eran solo los horarios de 12 a 16 horas de trabajo (tanto en el campo como en la ciudad), los sueldos de “hambre” que sometían a las familias a una situación de hambruna endémica, la numerosa mortalidad infantil por inanición o enfermedades que de otro modo hubieran sido fácilmente curables, la carestía de los alimentos, la obligada emigración hacia el Nuevo Mundo, el pauperismo como estilo de vida, la prostitución, incluyendo la infantil… a su vez la represión policial era cada vez más brutal, las exportaciones, palizas, torturas e incautaciones eran cotidianas, pero como he dicho eso no era lo peor para los “ofendidos y humillados”, lo peor era la ostentación de la riqueza por parte de la burguesía, su arrogante petulancia, su imbécil frivolidad, su insultante orgullo, su inhumana altivez, su inmensa crueldad…

En realidad por muy ciegos que seamos, debemos reconocer que son los mismos males que amordazan a nuestra sociedad, pero la diferencia es que lo sufría una masa obrera bien concienciada con su situación, una masa que escasos veinte años atrás todo lo había sido en su Comuna de París en Francia, que había derrocado el régimen Isabelino y realizado multitud de rebeliones en España, que día tras día no paraba de promulgar insurgencias en Italia, la generación que lo había vivido aun quedaba viva, y en muchos casos eran los mismos que había dado origen a la Asociación Internacional de los Trabajadores de 1864, a su vez nos encontrábamos con otra generación, eran los hijos de estos revolucionarios “derrotados”, ejecutados, encarcelados o desterrados.

Según se decía en todas partes “El tiempo de las revoluciones había pasado”, los marxistas aceptaron estas premisas, respetando los procesos históricos tal y como lo hacen, decidieron aceptar esta sentencia hasta que llegaran tiempos mejores, se aletargaron, participando en la acción política de los Estados “democráticos”, y colaborando en los parlamentos con los partidos “burgueses”, se limitaron a controlar la nueva Internacional y esperaron a momentos más propicios.

La reacción de los Anarquistas no fue igual, como decía el propio Malatesta “Todo Anarquista es en cierta medida un individualista…”, los Anarquistas se negaban a someterse a ningún proceso histórico, no aceptaban inclinarse ni ante la historia ni ante el tiempo, su individualidad no podía verse encorsetada por teorías abstractas, menos aun cuando sus corazones palpitaban más que nunca, por sus venas empezaba a correr fuego… habían tenido demasiado cerca de sus manos la ansiada Revolución Social como para renunciar ahora a ella.

El sentimiento del movimiento Anarquista captaba a la perfección el sentir popular, y así lo dejo ver en su congreso de 1881 en Londres, en la llamada “Internacional Negra” (aunque este nombre se usaría más concretamente para denominar a la Asociación Internacional del Pueblo Trabajador fundada por Johann Most, y de un cariz esencialmente “pro-violencia”), coincidiendo con la amnistía a los communards (diez años después de la Comuna, de la que aún se recordaban las deportaciones y ejecuciones hechos por los hombres de Thiers, incluso se llegó a fusilar niños), fue allí donde se recogió una frase creada por Bakunin (muerto en 1876) y se le dio contenido convirtiéndola en todo un programa, la frase pasaría a la posteridad como “La propaganda por los hechos”, la frase fue lanzada por Paul Brousse (amigo de Bakunin, y uno de esos raros casos que describe Fabbri, paradigma de esos Anarquistas que si no abogaban mayoritariamente por el “Ilegalismo”, por lo menos si eran partidarios de las acciones más “contundentes”, y que después acabarían por pasarse al posibilismo como Costa y en cierta medida Merlino, aunque este último no llegó a fundar o dirigir un partido “socialista” como harían Brousse o Costa, si llegaría a realizar varias concesiones al marxismo con el fin de establecer una entente).

Muchos de los participantes eran según Stekloff “lobos solitarios”, es decir, Anarco individualistas “violentos” (aunque eran los espías de la policía infiltrados en el Congreso quienes propondrían las iniciativas más violentas) su presencia hizo lógica la reveladora propuesta del Congreso de “prestar más atención a las ciencias técnicas y químicas”, propuesta que hace innecesario explicar que “La Propaganda por los Hechos” se impondría.

La base de esta nueva corriente era sencilla, en principio no defendía explícitamente ningún tipo de acción violenta, simplemente significaba que los tiempos de propaganda vacua, y folletos floridos habían pasado, no solo abogaba por una prensa más combativa (que en el futuro daría origen al “Le Pere Peinard” publicado por Pouget), se abogaba sobre todo por las armas del sabotaje, la huelga, y todo ese arsenal que pasaría a llamarse “acción directa”. Sin embargo la situación propició planteamientos que acabaron yendo por derroteros muy distintos, muchos empezaron a pensar que en estas manifestaciones quedaba implícito un mensaje claro, “si el tiempo de las revoluciones ha pasado es necesario provocar que vuelvan a resurgir, hemos de alentar el espíritu insurreccional, es necesario despertar al pueblo, abrirles los ojos… es necesario recurrir a la acción individual”.

Hasta un hombre tan afable como Kropotkin sintió la picadura de esta nueva corriente, de esa fecha data esta brillante frase: “Nuestra acción debe ser la rebelión permanente con la palabra, con la letra impresa, con el puñal, con el fusil, con la dinamita… Como rebeldes que somos, actuamos consecuentemente y nos servimos de todas las armas para golpear. Todo es bueno para nosotros, excepto la legalidad.”

Estos planteamientos tuvieron una rápida acogida entre los círculos individualistas, si parecía que habían vegetado durante algún tiempo, la relectura que hizo Nietzsche de la obra de Stirner y su posterior popularidad (a la que contribuiría en un futuro Mackay, que a su vez se convertiría en el nexo de unión entre los anarco individualistas americanos y europeos), el auge de movimientos antiorganizativos y atomistas (“amorfistas” como les llamaban sus detractores y como se les conocía más popularmente), y el cada vez más fluido intercambio de ideas con el Nuevo Mundo en el que existía una gran tradición Anarco individualista, proviniendo de él las ideas de Warren y Tucker (entre muchos otros como Spooner o Thoureau), fueron haciéndolos florecer.

Pero aparte del redescubrimiento de pensadores como Stirner o la influencia de Cuddon, esta claro que factores más profundos y arraigados influyeron en estos grupos y en el Anarco individualismo en general, el contexto social influyó, el factor económico también fue importante, pero además de todo esto debemos de hablar de los que pertenecían a esta corriente sin ni siquiera saberlo, es decir, la mayoría de gente que se acercaba al Anarquismo podía sentir en realidad poco interés por tal o cual teoría, es seguro que varios de los posteriores “propagandistas por los hechos” desconocían el planteamiento clásico del Anarquismo y a sus más influyentes pensadores (Vaillant y Henry fueron excepciones), es aún más cierto que la mayoría de ellos provenían de la pobreza extrema, de hogares rotos, de lo que Marx se deleitaba en llamar el “Lumpen”, si embargo esto no fue cierto en todos los casos, Henry vuelve a ser una excepción, y tantos otros se ganaban bien la vida ¿entonces cuál puede ser la explicación?

Muchos intentan encontrar en el “insurreccionalismo” campesino solo factores económicos, otros en los pensadores ilustrados, místicas cuasi-religiosas, pero la realidad es que ni los historiadores liberales, ni los historiadores marxistas consiguen encontrar una respuesta para este periodo histórico, eso es porque la respuesta no puede ser otra que el factor individual, el factor individual fue el principal determinante. Ambas escuelas desprecian o subordinan este factor, y he ahí la clave de su error.

Como ya hemos dicho muchos de los “propagandistas por los hechos”, desconocían las bases del anarco individualismo, si se les denomina como individualistas es más bien por sus “modus operandi” que por las ideas que digan procesar, muchos incluso han tenido más contacto con las ideas de los Anarquistas “sociales”, e incluso hasta relación con ellos (como el propio Vaillant) que con los individualistas, o hasta incluso muchos se han declarado Anarco colectivistas, Anarco comunistas o Anarco sindicalistas.

Así, que si se ha querido englobarlo en ese grupo es porque el deseo de encontrar una semejanza entre estas acciones y los postulados de los individualistas (por ejemplo en esa gran Revolución de individuos, desconocidos entre sí, que llegan a las mismas conclusiones aunque por distintos caminos, y desatan una Revolución de “francotiradores”, que aparentemente propugna Stirner, aunque no hay que olvidar que todo esto se realiza dentro de las organizaciones voluntarias, o Verein, de las que Stirner era firme defensor), era demasiado tentador, además en esto encontramos una velada maniobra para intentar desprestigiar al Anarco individualismo, tanto por medio de la reacción como por sus más fieros detractores dentro del movimiento. Pintadas así las cosas, el “fenómeno” no pudo englobarse solo en la doctrina individualista, es por eso por lo que prefirió llamárseles simplemente Ilegalistas.

Por lo tanto el auge del individualismo no nos proporciona una visión que englobe todas las perspectivas (ya que tanto influyó el ascenso de la propaganda por los hechos en el individualismo como viceversa, además muchas figuras dentro del individualismo eran netamente pacifistas o de verbo tranquilo, como Spooner, Cuddon, Armand, Tucker o es sus vertientes más “artísticas” Wilde), encontraremos otra pieza del rompecabezas si nos damos cuenta de la respuesta policial y gubernamental a actos ocurridos tanto anterior, como contemporáneamente al congreso de la Internacional Negra del que hacíamos mención, por ejemplos las actividades del grupo Naródnaia Volia en Rusia, que concluirían con el asesinato del zar Alejandro II, este más otros atentados a “cabezas coronadas” en otras partes del mundo, despertarían una oleada de deportaciones, ejecuciones por los medios más crueles y medios de tortura tan brutales, que cuando algún caso emerge a la luz pública, causa un estruendoso escándalo.

Personajes tales como Johann Most (que terminaría curiosamente por hacerse pacifista) calientan el ambiente con su libro “La ciencia de la estrategia revolucionaria. Manual introductorio para el uso y preparación de la nitroglicerina, dinamita, algodón pólvora, fulminato de mercurio, bombas, espoletas, venenos, etc…”. Además poco después del asesinato del zar publicó (con enormes letras rojas) en su “Freiheit” (Libertad): “¡Finalmente! Lo que se ha de lamentar de todas maneras es sólo la rareza del llamado tiranicidio. Si cada mes cayera un canalla coronado, en breve a nadie le gustaría seguir haciendo el papel de monarca”. Dieciséis meses de prisión fue la respuesta gubernamental.

Sin embargo un hecho fue un poderoso desencadenante de la ola de sangre que arrasó la década de los 90, nos encontramos en 1886 cuando dos vertientes del movimiento Anarquista se enfrentan en Estados Unidos, una la mencionada línea de Most (que se vio obligada a emigrar de Alemania), y otra la llamada “línea de Chicago” que incluía a personajes tales como Parsons y Spies, esta es la línea Anarco sindicalista. Estos últimos no se oponen a la confrontación directa contra el capital, pero creen que la utilización del terrorismo los demonizará ante la opinión pública.
Se inicia la lucha por las ocho horas máximas de trabajo, parece ser que en gran parte de la costa Este es un éxito, en Chicago, su principal promotora, acaba en tragedia. Las autoridades han encontrado más peligro en las actividades de los Anarquistas de la “línea de Chicago” que en las de Most, la gran influencia que ejercían en los obreros y el hecho de que Most cavara su propia tumba los decidió, no podía permitirse hacer concesiones como las ocho horas, y menos aun que quienes las exigieran fueran obreros carismáticos como Parsons, así que en la posterior concentración de protesta en la Plaza de Haymarket, se organizó el drama, un “agente provocador” (policía infiltrado), tiró una bomba desde una azotea, como resultado 7 policías y decenas de obreros habían muerto (la cifra se desconoce).

Esta fue la excusa perfecta para deshacerse de Parsons y compañía, en total fueron ocho detenidos, 2 cadenas perpetuas, 1 condena de 15 años y 5 penas de muertes. Spies, Fischer, Parsons y Engel, fueron ahorcados, y el quinto condenado, Lingg, se suicidó, envenenándose con un cigarrillo que contenía una sustancia química letal (fulminato de mercurio). Al funeral asistieron 25.000 obreros, y por ellos se conmemora el 1º de Mayo (increíblemente la autodenominada, y recién creada, II Internacional, expulsaba a los Anarquistas de su seno, mientras reclamaba esta fecha como “Día del Trabajador).

Es evidente que las ejecuciones de los “Mártires de Chicago” tuvieron que alterar gravemente los ánimos Revolucionarios, sin embargo el factor individual vuelve a jugar un papel importante, y no sería justo achacarlo todo a los sucesos de Mayo, porque antes de eso La Banda Negra ya mandaba anónimos a los altos financieros (1982), Clement Duval en el mismo 1886 creaba el grupo anarquista “Panteras de Batignolles” y sobre todo Ravachol ya había cometido su primer acto violento.

Aparte de todas las influencias ya analizadas, hemos de destacar como decisiva la aparición de Ravachol, sería en gran parte su tragedia personal la que desencadenaría esa oleada de atentados que supuestamente encontraría en Francia su epicentro (aunque como ya hemos dicho, muchos otros atentados se produjeron en distintos lugares y en diferentes periodos, siendo a su vez realizados por Anarquistas nacidos en diversos países, por consiguiente, cuando hablamos de Anarquismo no podemos limitarnos a unos “fenómenos esporádicos”, es todo un proceso internacional, a pesar de que ninguno de los personajes llegaran ni tan siquiera a conocerse), es curioso además notar como, aparentemente, estos primeros actos de Ravachol no tenían prácticamente nada que ver con la causa Anarquista, por lo menos en teoría. En apariencia, se producían simplemente para la manutención del propio Ravachol (aunque ciertamente esta será la hipótesis defendida por sus detractores, muchos otros datos han demostrado que repartía los beneficios entre los compañeros, para costear la propaganda y ayudar a las familias de los presos), aunque él intentaría darle posteriormente una explicación ácrata a todos sus actos (muchos conocidos Anarquistas, en concreto la mayoría de autores que escribían en “La Révolté”, se negaron en principio a aceptar que Ravachol fuera Anarquista, entre ellos Grave y Kropotkin, sobre todo por la naturaleza de sus actos, pero cuando conocieron su historia y sobre todo, cuando presenciaron su final, nadie se atrevió a quitarle ese reconocimiento).

Sin extendernos demasiado en el caso Ravachol, hemos de desarrollarlo un poco, Francois Claude Koeningstein Ravachol nació en 1859 en el seno de una familia rota (una constante que se repite en casi todos los “propagandistas por los hechos”), de forma reivindicativa prefirió llevar el apellido materno (su padre los había abandonado a él, a su madre y a sus tres hermanos cuando él tenía tan solo ocho años), siendo el hermano mayor intentó sacar adelante a su familia trabajando como ayudante de tintorero junto a su hermano, sin embargo ningún esfuerzo que hiciera conseguiría alejar la desgracia de su familia. Su hermana menor moriría, y la mayor se convertiría en madre soltera. Ninguno de los trabajos de Ravachol bastaba para alimentar a su familia, sin otra salida se dedicó a lo que el derecho burgués denomina “robar”, también a falsificar, a profanar tumbas y por último… a asesinar.

La lista de las actividades de Ravachol es realmente amplia, en primer lugar profanaría una tumba para apropiarse de las joyas del cadáver, después asesinaría a un anciano que tenía fama de avaro y a su pobre criada, también acabaría con la vida de dos ancianas prestamistas, y según Luigi Fabbri con un ermitaño (desconozco si será otra forma de referirse al anciano avaro) y por último con un tendero. Es curioso descubrir que mientras Ravachol era capaz de cometer estos horribles asesinatos, enseñaba a leer a la hijita de su casero.

Contemporáneamente a estos sucesos, la conocida Anarquista Luisa Michel sufría un atentado, mientras daba una conferencia, a manos de un anciano monje que le dispararía dos veces en la cabeza, sorprendentemente sobreviviría (aunque con un oído destrozado y una bala alojada en la cabeza), también es disuelta violentamente una manifestación en Londres en protesta por los ahorcamientos de los “Mártires de Chicago”, se produciría como resultado el llamado “Domingo Sangriento”. En el mismo 1886, Charles Gallo arroja una bomba en la Bolsa de París. En 1891 Alexander Berkman atenta contra Henry Clay Frick (director de una fábrica) para vengar la masacre de huelguistas que la policía y los “Pinkerton” (seguridad privada, que ejercía la labor de asesinos a sueldo), habían llevado a cabo por orden del tal Frick (el atentado fue fallido y le costo a Berkman 14 años de cárcel). Sin embargo, la desesperación, esta vez organizada, también estallaría por otros causes, cuando en Enero del mismo 1891, 6.000 campesinos andaluces, armados con hoces, guadañas, piedras y palos, marchan hacía Jerez con la firme intención de comenzar la Revolución al grito de “¡Viva la Anarquía!”, y con el impulso inestimable de Fermín Salvochea.

Además sería la época de mayor auge del Ilegalismo expropiador, multitud de grupos (que sin su línea agraria, parecían inspirados en el grupo de Anarquistas andaluces llamados “Los Desheredados” creado en 1882) florecían continuamente, las teorías de Antonie con su “N´importe qui” llegaría a ser un buen sustento ideológico para el Ilegalismo práctico.

Tenemos en primer lugar al ya mencionado Clement Duval y sus “Panteras de Batignolles” que después de ser capturado en uno de sus robos y de acabar golpeando al agente que lo detuvo, esgrimió la legendaria frase: “…El policía me detuvo en nombre de la ley, y yo le golpeé en nombre de la Libertad” también añadiría “Soy, pues, lógico con mis principios: no hay, pues, tal tentativa de asesinato. Ya es tiempo también de que los agentes cambien de papel: antes que perseguir a los ladrones, que prendan a los robados. Desde mi punto de vista no soy un ladrón. La naturaleza al crear al hombre le da el derecho a la existencia y este derecho, el hombre tiene el deber de ejercerlo plenamente. Si la sociedad no le suministra los medios para su supervivencia, el ser humano puede legítimamente tomar lo necesario allá donde existe lo superfluo.”

La elocuente defensa que de sus actividades hizo Duval, logró que poco se le pudiera reprochar por parte de los compañeros, y también que el Estado lo considerara un enemigo especialmente peligroso, hasta tal punto que se le condenó a pena de muerte. Sin embargo lo demencial de la condena contra un “ladrón” y las numerosas protestas, hicieron que la condena se conmutara, el dudoso honor de ser el primer ejecutado en el siglo XIX sin tener “delitos de sangre” tendría que recaer en otro Anarquista.

Otro famoso ilegalista fue Vittorio Pini, fundó en 1887 el grupo “Los Intransigentes”, llego a expropiar de 400.000 a 500.000 francos. “La Révolte” llegó a defenderlo: “Pini jamás actuó como un ladrón profesional. Es un hombre con muy pocas necesidades, que vivía sencillamente, pobremente incluso y con austeridad, Pini robaba para destinarlo a la propaganda, eso nadie lo ha negado.” Finalmente fue sentenciado a 20 años de trabajos forzados.

También hemos de destacar a Marius Jacob que en los años 90 creará el grupo “Los Trabajadores de la Noche”, Jacob estuvo más de 20 años recluido en la Isla del Diablo. Muchos años después llegaría a decir: “En el fondo el ilegalismo, considerado como acto de rebelión, es más bien cuestión de temperamento que de doctrina”.

Hemos de hacer notar además el gran conflicto ideológico que surgió en el movimiento Anarquista en cuanto a la valoración del Ilegalismo, por un lado personajes como Faure, Eliseé y Paul Reclús (aunque Nettlau diría que Eliseé Reclús se mantendría al margen) defendían a los ilegalistas, por el otro Charles Malato, Kropotkin y Jean Grave (este último representaba la línea “purista” opuesta incluso al sindicalismo) se oponían a considerarlo como necesario o deseable para el Anarquismo.

Es evidente que la miseria fue la que arrojó a Ravachol al “robo”, pero también es innegable la influencia del ilegalismo imperante en aquellos años. Y es aquí donde se desdibujan las verdaderas intenciones de Ravachol, mientras que para algunos sus actos serían una demostración orgullosa de sus principios, para otros sería un individuo que encontró en la popularidad del ilegalismo un justificante para sus actos. Entre los primeros no nos encontramos casi con ningún Anarquista, o simpatizante coherente, excepto a Octave Mirbeau (defensor de cualquier acto de violencia “Revolucionaria” y que llegaría a decir en la década de los 90: “Los Anarquistas tienen espaldas anchas: al igual que el papel, lo aguantan todo”, refiriéndose especialmente a aquellos que hacían actos que “un enemigo mortal del anarquismo no podría haber ejecutado mejor”), por lo demás la mayoría son intelectuales casi siempre burgueses, algunos blasonaban de “radicales”, otros eran decididamente reaccionarios. Por ejemplo Paul Adam que llegaría a decir de Ravachol: “Ravachol ha visto el Dolor a su alrededor; y ha exaltado el Dolor de los otros, ofreciendo el suyo en holocausto… En esta época de cinismo e ironías, ha nacido un santo” (Paul Adam acabaría convirtiéndose en nacionalista).

Entre los segundos nos encontramos con Kropotkin, Malatesta o Eliseé Reclús. Kropotkin llagaría a decir: “Ravachol no es un Revolucionario verdadero, auténtico, es más bien la variedad de “opera bufa”. Estas acciones no son el trabajo de preparación constante, diario, inmenso, aunque poco espectacular que la Revolución requiere. Para él hacen falta hombres de otro tipo. Abandonemos a los Ravachols al fin de siglo burgués del que son producto”. Malatesta por su parte escribió artículos en contra de los actos de Ravachol, a su vez Reclús (aunque no opuesto al Ilegalismo cuando de expropiaciones se trataba, lo condenaba vehementemente cuando se atentaba contra la vida de alguien) hizo lo mismo. Es evidente que esta condena casi unánime del movimiento Anarquista se debía a la naturaleza de los actos cometidos por Ravachol.

Sin embargo por ninguno de estos actos obtendría la notoriedad, ya que estos no se descubrieron hasta que fue detenido. Lo que haría que su nombre inspirara terror tan solo con ser mencionado fueron las dos bombas que hizo estallar en menos de un mes, durante el año 1892. Es precisamente el análisis de estos actos los que empiezan para muchos a despejar las dudas sobre las intenciones de Ravachol, ya que estas bombas fueron colocadas como acto de venganza por las escalofriantes torturas que sufrieron tres Anarquistas (a decir verdad, la venganza por las brutalidades gubernamentales sería la verdadera motivación de casi todos los atentados Anarquistas de aquella época).

Para definir mejor el caso hemos de explicar que estos tres Anarquistas (Descamps, Dardare y Léveille) fueron golpeados brutalmente en una manifestación por e 1º de Mayo, después aún con las heridas sangrantes, fueron despiadadamente torturados en la comisaría. Para más inri el juez Benoist condenó a dos de ellos a 3 y 5 años de cárcel respectivamente, la pena máxima permitida por los delitos que se les imputaba.

Como venganza una de las bombas de Ravachol estalló en la casa del juez. Después de que lo delatara un camarero donde Ravachol había alardeado de sus “proezas” fue detenido. Fue entonces cuando se gestó el mito de Ravachol (aunque con su muerte llegaría a consagrase definitivamente). Las frases de Ravachol contribuyeron a ello, entre ellas podemos destacar: “Robar a los ricos es un derecho de los pobres para librarse de vivir como bestias” también dijo “Morir de hambre es cobarde y degradante. Preferí ser ladrón, falsificador, asesino”. Confesó que el motivo de las bombas era vengar a los Anarquistas torturados, aunque además añadió: “Mi objetivo era aterrorizar, para obligar a la sociedad a mirar atentamente a aquellos que sufren”. Podemos decir por ello que Ravachol fue de los pocos que no rechazó el término de “terrorista”, sin embargo mientras era capaz de hacer afirmaciones como esas, o incluso otras peores que de forma no muy segura se les atribuiría, como por ejemplo: “ ¿Ven esta mano? Ha matado a tantos burgueses como dedos tiene”, a su vez también podía decir: “En cuanto a las víctimas inocentes que haya podido alcanzar, lo siento sinceramente. Lo siento tanto que mi vida se ha llenado de tristeza. Están equivocados quienes nos toman por criminales; nosotros somos los defensores de los oprimidos”.

El día antes del proceso de Ravachol el restaurante “Very” (lugar donde fue delatado y arrestado) saltaría por los aires (el periódico “Le Pere Peirnard” haría el siguiente juego de palabras: “¡Véri-fication!”). Finalmente, Ravachol, después de un tumultuoso proceso, sería condenado a muerte. Al oír la sentencia de muerte reafirmó que lo había hecho todo por “la idea Anarquista” y añadió unas palabras proféticas “Sé que seré vengado”. Fue aquí cuando se produjo el punto de inflexión, los que antes lo condenaban ahora no encontraban el valor para hacerlo, cuando un hombre se enfrentaba a la muerte con esa entereza debía poseer sentimientos sinceros. Frío y tranquilo subió a la guillotina, su actitud inmutable causó una profunda emoción, justo en los momentos antes de morir gritó una frase legendaria mil veces repetida: “¡Viva la Anarquía!”.
Como hemos dicho aquí se acabó la disensión (o por lo menos se aplazó) sobre la figura de Ravachol, esa polémica entre los que condenaban a Ravachol y los pocos (y a veces sospechosos) que lo defendían, había concluido por el momento. Esa polémica estaba muy bien representada por el conflicto entre los dos grandes periódicos del movimiento Anarquista, en Francia, en aquel momento, por un lado La Révolté creado por Kropotkin, defendía la línea “moralista”, propugnaba esos elevados ideales de Anarquismo clásico, el humanismo, la oposición a la violencia ajena a la necesaria para realizar una Revolución, en el escribían los nombres más conocidos del Anarquismo internacional. Por el otro lado el ya nombrado Le Pere Peinard, creado a su vez por Emile Pouget (el cual, a pesar de haberse convertido en un ferviente Anarco sindicalista, una vez había comprobado los pocos campos de acción que les quedaban a los Anarquistas, había creado casi sin saberlo, aunque auspiciado en gran parte por el verbo agresivo del propio Pouget, uno de los periódicos emblemáticos de los Anarco individualistas), este periódico representaba a las “nuevas” corrientes del Anarquismo, dotado de un lenguaje mucho más llano y popular, daba cabida a las ideas más beligerantes y a las posturas más combativas y provocadoras, quizás por eso tuvo una existencia mucho más corta que La Révolté.
Sin embargo el día después de la muerte de Ravachol, La Révolté se retractó por sus descalificaciones al difunto, y publicó, quizás en primera página, “¡Será Vengado!”. La mayoría de Anarquistas que aún sentían antipatía por Ravachol tuvieron que tragarse sus pensamientos (algunos no lo hicieron), el pueblo, las clases más bajas, habían elegido a su nuevo mártir. Se creó un nuevo verbo, que alcanzó gran popularidad, “Ravacholiser” era la nueva manera de llamar al asesinato, se crearon multitud de canciones callejeras en honor a Ravachol, la más famosa es “La Ravachole” que según el psicopático Lombroso sustituiría a la Marsellesa. El estribillo de dicha canción decía: “Llegará, llegará ¡Cada burgués recibirá su bomba!”.

En este caso son dos Anarquistas los que hacen distintas síntesis sobre lo ocurrido, y ambas son en gran parte ciertas, por un lado nos dice Nettlau: “Ravachol que tal vez afectado por críticas muy duras, de ilegalista se convirtió en justiciero tratando de vengar a los camaradas martirizados en 1891… Todos los actos de violencia de Ravachol a Sante Caserio, (1892 – 1894), fueron o la repercusión directa de crueldades gubernamentales, o actos de guerra social directa, y fueron comprendidos así por la opinión pública. Llevaron a persecuciones según el principio de la responsabilidad colectiva que reemplazan tan pronto a la legalidad que se nos ensalza tanto como arraigada, inquebrantable y eterna. Como Ravachol, otros ilegalistas han sabido obrar con un sentimiento eminentemente social; si no corrían el riesgo de deslizarse tanto fuera de los movimientos como se ponen voluntariamente al margen de la sociedad presente que cada cual abandona en cuanto puede”.

Por otro lado tenemos la opinión de Luigi Fabbri: “Los fenómenos Pini y Ravachol… fueron víctimas de los sofismas hijos de la propaganda al revés de los periódicos y de las calumnias burguesas”. Nos dice después que quienes crean que los medios violentos son un artículo de “fe” dentro del movimiento Anarquista y “… Excomulguen papalmente a los demás, simplemente porque éstos no sientan una soberana simpatía por Ravachol o por Emilio Henry, éstos, en verdad, son víctimas de la propaganda calumniosa de la burguesía, pues creyeron seriamente las afirmaciones de ésta cuando dijo que la anarquía era la violencia y la bomba. Desgraciadamente, de estos miopes intelectuales, tenemos aún bastantes en el ambiente anarquista.”

Después de lo expuesto continuemos con sus repercusiones, se había iniciado una nueva era, el periodo histórico que algunos han querido motejar de “La era de Ravachol”. Las organizaciones secretas se multiplicaban, cada día parecía nacer un nuevo grupo Anarquista, aunque en verdad muchas de ellas eran inventadas por la policía (intentando repetir el éxito que ya se había obtenido con la invención de la “Mano Negra” de Jerez en 1884), periódicos como Le Pere Peinard siguen ensalzando los actos de violencia, igual que hicieron con la voladura del restaurante “Very”, llegan a escribir: “Le han cortado la cabeza a Ravachol y ahora temen que caiga rodando hasta sus pies y les estalle como una bomba”. Y en efecto así sería, el miedo se apoderó de la burguesía francesa, a la eclosión de una multitud de imitadores de Ravachol se uniría un miedo casi atávico por cualquier estruendo callejero, la anécdota que narra como en un teatro el público sale despavorido al caerse parte del decorado, de forma totalmente accidental, mientras gritaban “Les Anarchistes!”, es bastante gráfica.

La epidemia de atentados seguiría extendiéndose, se reproduciría por ejemplo en España, con la bomba de Pallàs al capitán general Martínez Campos (al igual que cuando Monges atentó contra el presidente de Argentina tirándole una piedra, volvía a ser un acto individual, como eran prácticamente todos los atentados Anarquistas, siempre se mantenían completamente independientes de cualquier trama o conspiración colectiva, ni siquiera llegaban a tener colaboración alguna, por mínima que ésta fuera). A su vez la ejecución de Pallàs tendría como consecuencia la bomba arrojada por Santiago Salvador en el Liceo de Barcelona, la represión se extendía y el ansia de venganza se contagiaba.

El pueblo trabajador, sobre todo los más desheredados, se acercaban sin miedo alguno al movimiento Anarquista, especialmente y como ya hemos hecho notar anteriormente, a sus vertientes individualistas, las masas se sentían identificadas con una corriente que no exigía cuotas, ni una militancia adaptada a código alguno, tampoco adoctrinamientos o conocimientos previos algunos, en la que no había dogmas ni credos, ni tan siquiera moral, solo la voluntad y la individualidad tenían verdadero peso, y de eso hasta los más pobres tenemos. No es de extrañar, si tenemos en cuenta las palabras de Stirner, porque los más desfavorecidos abrazaron la causa individualista: “La burguesía se reconoce en su moral, estrechamente ligada a su esencia. Lo que ella exige ante todo, es que se tenga una ocupación seria, una profesión honrosa, una conducta moral.
El caballero de industria (“especulador” o quizás obrero fabril), la ramera, el ladrón, el bandido y el asesino, el jugador, el bohemio, son individuos inmorales y el burgués experimenta por esas gentes sin costumbres la más viva repulsión. Lo que les falta a todos es esa especie de derecho de domicilio en la vida que da un negocio sólido: medios de existencia seguros, rentas estables, etc.; como su vida no reposa sobre una base segura, pertenecen al clan de los individuos peligrosos, al “peligroso proletariado”: son “particulares” que no ofrecen ninguna “garantía” y “no tienen nada que perder”, ni nada que arriesgar.” Stirner también los llamaría “Los Vagabundos Intelectuales”.

Pero ahora vayamos al tema central de este trabajo, un tema que ya hemos postergado demasiado. En 1861 nacería August Vaillant, este hombre sería, según todos los trabajos contemporáneos y posteriores que se han escrito sobre este periodo histórico, un representante más de la “propaganda por los hechos” en su vertiente violenta, sin embargo sería el único que no asesinaría a nadie. Desde luego no fue el más famoso, ni mucho menos llegaría a ser tan conocido en la actualidad como Ravachol o Henry, tampoco resultaría enigmático ni paradigmático, no llegaría a ser representativo de nada, ni movimientos ni personas lo reivindican hoy, su nombre no infunde terror, tampoco admiración, y sin embargo por nadie llegó a llorar tanto el pueblo internacional como por el olvidado Vaillant.

También él proviene de un hogar roto, aunque sería más exacto hablar de que carecía de hogar, de familia, o de ningún tipo de afecto… ni siquiera había llegado al año de vida (10 meses) cuando su madre contrajo matrimonio con un nombre que se negó a ocuparse de él. Fue dado en adopción y con tan solo 12 años se encontraba vagabundeando por las calles de París, se dedicaba a cometer pequeños robos, tenía que vivir como “vacía bolsillos”, también compaginaba su actividad de carterista con la mendicidad, y eventualmente con los trabajos más inhumanos, para tan solo un niño. Vivió entre la miseria más absoluta, acosado por la policía o por el hambre, víctima de la mal nutrición, era la prueba viviente de los motivos por los que tenía que avergonzarse, ese lugar que tan arrogantemente se denominaba “occidente” (tal y como ocurre hoy día, la sociedad occidental se siente orgullosa de su supuesto desarrollo, de su progreso tecnológico, esgrimen la “civilización” como panacea de todos los males, y miran con suficiencia, al que han denominado, “tercer mundo”, mientras en sus calles la gente sigue muriendo de hambre o de soledad).

La vida no era fácil para el joven Vaillant, sin embargo, quien sabe de que manera, consiguió ir a la escuela y aprender a leer y escribir (quizá debido a la compasión de algún sacerdote), y por un momento creyó que la vida le sonreía cuando encontró trabajo como empleado. Primero trabajó en un taller como zapatero, sin que pudiera obtener lo suficiente para vivir, tuvo que ejercer la desagradable labor de “peletero” (despellejando cadáveres de animales), empleado en una tienda de comestibles, hasta que consiguió compaginar sus oficios con la posibilidad de impartir clases de francés (a pesar de sus muchas carencias, su auto didactismo lo había convertido en un “erudito”). Poco a poco fueron introduciéndose las inquietudes e ideas sociales en su cabeza, primero llegó a ser impulsor de un efímero semanario de corte socialista, llamado L´Union Socialiste, sin embargo el tibio socialismo reformista, fuera de tendencia marxista o no, no podía satisfacer a los que pasaban hambre, no encontraban consuelo en sus frías divagaciones, no hallaban explicaciones en sus conceptos abstractos, todos los desheredados eran, más tarde o más temprano, seducidos por la vitalidad Anarquista. Vaillant fue uno de ellos.

Vaillant conquistó rápidamente la confianza de sus compañeros de fatigas, fue acercándose a los círculos individualistas, pero sin mantener una actitud de ruptura con las otras tendencias, él por temperamento e ideas, mantenía una línea “conciliadora”. Fue designado secretario de la “Federación de Grupos Independientes”, por lo cual mantuvo reuniones en las que llegó a relacionarse con Sebastian Faure y Jean Grave.

Contrariamente a sus ideas contrajo matrimonio (no haberlo hecho supondría dejar en desamparó a su mujer si a él le hubiera ocurrido algo), fruto del cual nacería una niña, Sidonia. Sin embargo el matrimonio no funcionó, y él y su hija fueron abandonados por su esposa (quizás a causa de la miseria en la que vivían o por la intranquilidad que le producían las actividades de Vaillant).

Hemos de señalar que a Vaillant, a pesar de la adversidad, no se le ocurrió ni por un momento abandonar a su hija, según muchos estudios psicológicos (por ejemplo los realizados sobre los psicópatas) los individuos que han sufrido en su infancia, tienden a repetir esas pautas de comportamiento o incluso a exacerbarlas en su edad adulta, sin embargo Vaillant, a pesar de haber sido un niño que había sufrido el abandono, no repitió ni la pauta de conducta de su madre y padrastro, ni tampoco se dejó arrastrar por la oleada de abandonos que se producían cotidianamente. Una vez más ni el psicoanálisis, ni los factores ambientales dan una explicación satisfactoria, y el factor individual vuelve a jugar un importante papel.

Vaillant volvió a enamorarse, encontrando en su compañera el amor, el apoyo y la compresión que siempre le habían faltado. Seguro de poder cambiar el rumbo de su vida y quizás deslumbrado por los relatos que contaban los que emigraban al Nuevo Mundo, él (tal y como haría Malatesta) decide emigrar hacia “el granero del mundo”, la Argentina. Los relatos de superabundancia y esa contagiosa fiebre del oro, eran realmente tentadores, así que cogió a su familia y emigró hacía “el paraíso perdido”.

Sin embargo, tal y como ocurre hoy día, los “maravillosos cuentos” que incitaban a los inmigrantes a viajar a una “aventura” incierta, eran totalmente falsos, uno solo podía enriquecerse si carecía de los suficientes escrúpulos que requería ser rico, tal y como ocurría en su país de origen, tal y como ocurre hoy. Volvió de su peripecia americana tan pobre como antes, pero más desengañado. Eso sí, siempre mantuvo unida a su familia. Vaillant encajaba a la perfección con la sorprendida explicación que da Martínez Fraile (uno de los médicos que atendió a Durruti en el momento de su muerte) de la moral Anarquista: “Aunque no participo de sus ideas, debo decir que en mi vida he conocido muy pocas personas tan generosas y dispuestas al sacrificio como los Anarquistas. Tenían una moral muy especial. Por ejemplo les parecía muy mal que un hombre tuviera más de una mujer. Consideraban inmoral tener más de dos relaciones amorosas al mismo tiempo. Por otra parte, estaban totalmente en contra del matrimonio burgués…”. Parece ser que este médico quedó muy impresionado de comprobar el verdadero alcance del llamado “amor libre”, criado en un medio burgués no podía entender que el “amor libre” se fundamenta precisamente sobre la base del respeto y la confianza.

De vuelta en París, Vaillant recobró ánimos para intentar de nuevo salir adelante. Por los suburbios parisienses vagabundeaba hambriento pidiendo trabajo de un lugar a otro, de fábrica en fábrica, de taller en taller, de mesón en mesón, de casa en casa… solo obtenía negativas, postergaciones, esperanzas vacías, desaliento… su ropa se iba desasiendo poco a poco, el escaso dinero que conseguía, o algún que otro alimento que mendigaba, eran para su familia. Cuando su ropa eran meros rastrojos, las negativas y miradas indiferentes fueron convirtiéndose en desprecios y humillaciones. Terminó caminando descalzo, hasta que encontró unos chanclos rotos tirados en la basura, ni siquiera tenía dinero para unos míseros zapatos. Debe de ser en esta época de desesperación cuando (según algunos datos), se dedicó a robar y a estafar para poder mantener a su familia.

Sin embargo un rayo de luz atravesó su destino, después de mucho insistir, consiguió al fin un trabajo en una refinería de azúcar. A él, que se le partía el alma al ver a su familia desfallecer de hambre, le podía consolar decirles “no os preocupéis, ya veréis cuando cobre a fin de este mes…”. El mes acabó, Vaillant esperanzado va a recoger su salario, y de repente, sobre su mano se depositan 3 miserables francos… No es suficiente ni para mantener a una persona dos días, y con eso se pretende que mantenga a una familia. Humillado y profundamente amargado, ve a su compañera y a su hija famélicas, verlas hambrientas le decide a actuar… Llega a la horrible conclusión de que vale más muerto que vivo y decide suicidarse.

Sin embargo no quiere que su muerte sea en vano, el 8 de Diciembre de 1893 escribe una carta de despedida: “Me voy, pero no me iré en silencio, me iré con un grito de protesta, un grito de toda esta clase que exige sus derechos y un día cercano unirá los hechos a las palabras. Al menos moriré con la satisfacción de saber que he hecho lo que estaba en mi mano por apresurar el advenimiento de una nueva era”. Según el desquiciado Lombroso unas palabras muy similares diría antes de morir, así que ante la imposibilidad de saber el momento exacto de la aparición de estas palabras, o si se trata de dos mensajes diferentes o del mismo, aunque con diferentes matices, lo reproduzco a continuación: “Hace mucho que respondéis a nuestras voces con la cuerda o con la horca; no seáis ilusos; la explosión de mi bomba no es el grito del rebelde Vaillant, sino el grito de una clase que reivindica sus derechos, y que de ahora en adelante unirá los hechos a las palabras.”

Sin embargo si existe una completa seguridad de lo que hizo a continuación, Vaillant arrastrado por la miseria y la desesperación intentó que los ojos del mundo miraran hacia los despreciados y hambrientos, y además quería que el poder que los había condenado a esa inhumana condición se sintiera herido en las entrañas ¿Pero dónde estaban acaso las entrañas del poder?, ¿Quizás podían estar en los cafés y restaurantes abarrotados de burgueses? ¿Quizás lo representaba algún mandatario? Esos fueron en efecto, los principales objetivos de los atentados Anarquistas en aquella época, sin embargo parece ser que Vaillant reconoció mejor que ningún otro donde se encontraba la raíz del “mal”, comprendió mejor que nadie aquellas inmortales palabras de Bakunin: “Nosotros pretendemos destruir instituciones, no personas”, entendió que la esencia del “mal” no residía en tal o cual individuo, la esencia del “mal” residía en el poder.

Buscó cual era la representación de ese poder y encontró su objetivo perfecto en el lugar donde más hombres con poder se reúnen… sí, el Parlamento Francés fue su objetivo. Vaillant pensaba que el parlamento era la materialización de la jerarquía, allí se daban cabida todos los intereses espurios, los económicos, los legales y los morales. Los intereses de la Iglesia y el Capital se daban la mano con los tres ejes del Estado, en aquel lugar residía la enfermedad que había corrompido a la Sociedad. Sin embargo, como ya hemos dejado entre ver, ni el carácter ni la personalidad de Vaillant le predisponían a matar, él no era un individuo dispuesto a acabar con la vida de nadie, el no quería convertirse en un asesino igual que los tiranos a los que odiaba. Rechazando caer en el asesinato, metió en una única bomba (una pequeña cazuela) una mínima cantidad de pólvora verde y unos clavos. Como él mismo llegaría a decir, el hecho de que no usara otros materiales es la mejor prueba de que no quería matar a nadie (uso clavos cuando podía haber utilizado balas).

Después de despedirse de su pequeña familia (que ignoraba lo que iba a suceder), la tarde el 9 de Diciembre de 1893 sería el momento escogido por Vaillant para hacer su “propaganda por los hechos”. Sin llamar la atención, ni levantar ninguna sospecha se introduce dentro del Parlamento, se sienta tranquilamente en la galería destinada al público, y una vez empieza el debate se levanta orgulloso y con un potente grito que hace virarse a toda la cámara hacia su dirección, proclama: ¡VIVA LA ANARQUÍA!, mientras deja caer la bomba de sus manos, siendo arrojada al centro del debate.

Como Vaillant esperaba nadie resulta muerto, tan solo algunos acaban con leves heridas, su acto los deja a todos atónitos. Como una visión desaparece de escena, sin embargo su intención no es huir, y viendo que la policía no da con su paradero, esa misma mañana se entrega, con toda tranquilidad, a la policía. Pero, contrariamente a lo que podía pensarse, toda Francia, es más, prácticamente todo el Mundo entiende su acto. De todas partes provienen mensajes de admiración, apoyo y respeto, los propios diputados no se atreven a condenarlo. Una vez y se conoce la historia de Vaillant, además de su mensaje, la aceptación unánime se convierte en afecto. A diferencia del caso Ravachol, aquí no surgen disputas ni polémicas, el Movimiento Anarquista tiene una única voz cuando de Vaillant se trata, solo grita “¡Libertad para Vaillant!”, los periódicos Anarquistas más opuestos (Le Pere Peinard y La Révolté) coinciden plenamente, hasta la prensa burguesa o marxista comparte el entusiasmo, el pueblo acepta a Vaillant sin el recelo con el que terminó aceptando a Ravachol, aquí no hay aspectos tétricos o macabros, Vaillant es uno de los nuestros. No es por tanto, idolatrado o venerado, ni se hacen canciones o juegos de palabras en su honor, no se le mira con distancia o temor, en Vaillant solo hay miseria, y eso nos une a todos.

Zola, Rodin, Verlaine y Laurent Tailhade se sentirían emocionados por el acto, el último lo llevaría hasta un desvirtuado extremo cuando diría: “¿Qué importan las víctimas si el gesto es Bello?”.

Sin embargo todo esto no beneficiaría en nada a Vaillant, y muchos se aprovecharon de la coyuntura. He aquí un mártir Anarquista, que al contrario que Ravachol, a nadie crea repulsa ni antipatía, nadie podrá ponerle una pega ni a sus ideas ni a su praxis, los oportunistas se dijeron “usémoslo como gustemos” y así fue. Primero la derecha reaccionaría y antisemita encontró en el caso Vaillant su oportunidad, por aquel entonces se había producido el “Escándalo de Panamá” en el que las autoridades se habían visto implicadas en una “malversación de fondos”, los periódicos ultraderechistas no perdieron la oportunidad para encontrar nombres judíos entre los “malversadores” y relacionarlo todo con una demencial conspiración judía para “usurpar Francia” (de esta demencial escalada racista provendría el conocido caso Dreyfus). La idea de la ultra derecha era relacionar la violencia social con la mala gestión gubernamental en el asunto de Panamá, debido según sus disparatados argumentos, a que en su seno había presencia judía, el clerical y antisemita Drumont llegaría a decir: “El barro, la sangre y el oro, de Panamá al Anarquismo. Los hombres sangrientos han nacido del barro de Panamá”. Además en artículos posteriores “canonizaría” al pobre Vaillant.

A su vez la intelectualidad burguesa encontró en Vaillant una representación de sus ideales estéticos, la sangre siempre es bella cuando no la derrama uno, igual que Turgeniev usaría a Bakunin para su Rudín, o Blasco Ibañez a Salvochea, Zola usó a Vaillant (transformándolo en un ser violento) para el Salvat de su novela París.

Como hemos dicho, esto no benefició a Vaillant, el 10 de Enero de 1894 compareció ante un tribunal que le acusaba de “Intento de Asesinato”, nada más alejado a la verdad que semejante acusación, poco le hubiera importando a Vaillant cualquier acusación, todas menos esa. Para un hombre de tan profundas convicciones como las que tenía Vaillant ser acusado de “Asesino en potencia” era una grave afrenta. Tomándoselo como un insulto, protestó ante el tribunal, él no podía soportar semejante descalificación, no le importaba que lo mataran, por el contrario, era lo que buscaba, pero no por asesino. Así que con vehemencia y seguridad dijo ante la Audiencia del Sena: “No me propuse causar la muerte de nadie, lo repito. Hubiera podido llevar dos bombas en vez de una, no lo hice. Hubiera podido llenarlas con una carga más fuerte de pólvora verde, no lo hice. Hubiera podido emplear un explosivo más terrible, como la nitroglicerina, pero no lo hice, podía haber llenado el recipiente de balas. Pero solo utilicé clavos… ¿Creéis que hago estas declaraciones para salvarme de la guillotina? ¡Os equivocáis! De haber pensado que vosotros pudierais abrigar esta idea, hubiera preferido no responderos y cruzarme de brazos. Pero, ¡maldita sea! ¡No puedo declarar, sin embargo, que me propuse matar!.

El tiempo que pasó en la cárcel esperando el día del juicio, también está repleto de frases reivindicativas y emotivas, como por ejemplo, esta que hemos conseguido traducir, data aparentemente de cuando al poco de ser encerrado le preguntaron “¿Porqué lo hiciste?, y él respondió: “La sociedad me ha forzado a hacerlo. Yo vivía en una situación miserable. Tenía hambre. Pero yo no me arrepiento de nada: me burlo. Pero esto da igual, yo estoy contento y me hará bien la guillotina. Yo volvería a hacer lo que hice hace ocho días.”

Sin embargo a pesar del convencimiento de Vaillant, parecía imposible que fuera condenado a muerte, nunca un individuo que no hubiera matado a nadie había sido condenado a muerte en todo el siglo XIX (que se supiera), sin embargo lo imposible, para asombro del pueblo que sereno y tranquilo esperaba una pena leve, se convirtió en realidad. Una vez va a concluir el juicio solo queda leer la sentencia, la expectación es máxima, Vaillant increíblemente tranquilo y sosegado… es entonces cuando los cinco jueces contraviniendo cualquier protocolo, hasta para casos excepcionales, dictaminan con voz severa la terrible: “Pena de Muerte”.

El pueblo es un clamor, Vaillant por el contrario sigue igual de imperturbable. El ha recibido el horrible honor de ser el primer ejecutado del siglo XIX sin haber cometido ningún “delito de sangre”. Sorprendentemente se ordena y se pretende que el juicio, el veredicto y la sentencia se cumplan en un mismo día. Obviamente no se quería dar tiempo a que existiera una reacción popular, se pretendía coger desprevenidos a todos los partidarios de Vaillant evitando así cualquier tipo de intervención… Sin embargo y a pesar de que casi no hay tiempo para maniobrar, 70 diputados, entre ellos muchos de los que fueron heridos por la bomba de Vaillant, escribieron al presidente Sadi Carnot para que comutara la pena. Cientos de peticiones de gracia llegaban de todas partes, el pueblo se manifestaba y organizaba tumultos, todo el mundo gritaba “¡No Matéis a Vaillant!”.

Sin embargo, nada consiguió ablandar el corazón de Sadi Carnot, desoyó toda las peticiones de clemencia, ningún Estado podía permitirse ser amenazado, y menos por un Anarquista tan querido como Vaillant. Jules Breton un diputado socialista llegó a decir: “Si Carnot se pronuncia fríamente sobre la muerte de Vaillant, ni un solo hombre en Francia se afligirá por él si un día cae víctima de una bomba”, estas palabras serían proféticas. Al no querer firmar el indulto de Vaillant, Carnot firmaba a su vez su propia sentencia de muerte.

Durante los meses que preceden a su ejecución Vaillant rezuma serenidad, pide a los compañeros y al pueblo en general que no pidan más el indulto, él no quiere clemencia. Vaillant desea morir, pide una y otra vez comparecer ante la guillotina, viendo la reacción popular ya puede descansar tranquilo, esto demuestra que su gesto tenía sentido, que su vida tuvo sentido y que su muerte tendrá que tenerla.

El 5 de Febrero de 1894 Vaillant, que contaba 33 años de edad, subió al patíbulo (en alguna publicación leí extrañado que fue fusilado, pero eso me parece realmente imposible ya que el fusilamiento estaba reservado para los militares, mientras que a los presos comunes se les aplicaba la guillotina), tan tranquilo, apacible y sereno como lo había estado durante estas últimas semanas, con su gesto firme, casi parecía esbozar una sonrisa, la guillotina lo esperaba. Subió la escalerilla, llegó ante ella, miró a su alrededor y rompiendo el silencio sepulcral, dijo la misma frase que cuando arrojó la bomba, esa frase ya convertida en emblema, tantas veces repetida, antes y después de él: ¡MUERA LA SOCIEDAD BURGUESA! ¡VIVA LA ANARQUÍA!.

La discreta tumba de Vaillant fue visitada por cientos de personas, las multitudes lloraban por un hombre que ni siquiera habían conocido, pero que sentían como suyo, compañero de sufrimientos, compartían su dolor por el hambre y la miseria, compartieron su alegría por la bomba arrojada a los opresores, y aunque siguieron compartiendo la felicidad de ese “gesto memorable”, no podían compartir su júbilo el día que la guillotina segó su vida, aunque en honor de la verdad puede que lo matara, pero desde luego no lo silenció. Muchos pretendieron que Vaillant el hombre, se convirtiera en una “Leyenda”, pero ocurriera lo que ocurriera no siempre fue para mejor.

Los “intelectuales” burgueses volvieron a intentar hacer fortuna con el cadáver de Vaillant, todos fueran de derecha o izquierda querían rebuscar en los bolsillos del muerto, cada uno reclamaba para sí una porción del cadáver. Como señala muy bien Fabbri, personajes como el ya citado Drumont o el poeta nacionalista Francisco Coppée harían verdaderas elegías sobre Vaillant, los intentos de “beatificación” fueron tales como los que demuestra el propio Coppée: “Después de haber leído los particulares de la decapitación de Vaillant, he quedado pensativo… A pesar mío, ha surgido ante mi espíritu, bruscamente, otro espectáculo. He visto un grupo de hombres y de mujeres apretujándose unos contra otros, en medio del cerco, bajo las miradas de las multitudes, mientras de todas las gradas del inmenso anfiteatro surgía rugiente este grito formidable: ¡ad leones! y cerca del grupo los beluarios abrían la jaula de las fieras. ¡Oh, perdonadme, sublimes cristianos de la era de las persecuciones; vosotros que moristeis por afirmar vuestra fe de dulzura, de sacrificio y de bondad; perdonadme que os recuerde ante estos otros hombres tétricos de nuestro tiempo! ¡Pero en los ojos del Anarquista camino de la guillotina brilla ¡oh dolor! la misma llama de intrépida locura que iluminó vuestros ojos!”

En cuantos a los escritores de “izquierda” la mayoría de ellos acabarían por usarlo tanto como los reaccionarios, cuando no se daba el caso de que se pasaran directamente a sus filas, como el propio Tailhade, que después de simpatizar con el Anarquismo, se pasaría al bando “pro-militarista”. El caso más sangrante, en cuanto a la utilización de la izquierda, es el del socialista Lombroso, este paranoico doctor intentaría buscar el patrón para definir al “asesino nato”, además de unos absurdos y aberrantes argumentos fisonomistas, frenológicos y biológicos, el esperpento llegará a su máxima expresión cuando determina que enfermedades como la epilepsia, el usar tatuajes o el portar el cromosoma XYY (el que aún hoy se llama cromosoma de Lombroso o incluso cromosoma “criminal”) eran signos evidentes de que uno era un asesino despiadado.

En el “libelo” “Los Anarquistas”, Lombroso utiliza a varios Anarquistas para sus estúpidas hipótesis, sin embargo se nota que el caso de Vaillant le desconcierta, tanto él como a la mayoría de la sociedad burguesa.
Vaillant no se presta a ser un estereotipo de Anarquista que pueda ser odiado, pocos se atreven a criticarlo, él da un ejemplo de Anarquista que no puede ser caricaturizado o distorsionado de ninguna manera, su acto ofrece una pauta difícilmente condenable, su convicción y actitud moral es intachable.

Por ello quizás, Lombroso se afanaría tanto en intentar ridiculizarlo, repetimos aquí como muestra de sus deleznables despropósitos el siguiente fragmento dedicado a Vaillant: “Vamos a estudiar ahora, entre los histéricos, el caso más recientemente sucedido: el de Vaillant. Al contrario de Pini y Ravachol, Vaillant no tenía ningún rasgo de criminal en la fisonomía, como no lo tenía Henry, salvo, sin embargo, las orejas exageradamente grandes y en forma de asa; pero Vaillant era histérico, y esto está probado por su gran sensibilidad hipnótica, tan extraordinaria, que le hace caer en una profunda catalepsia apenas alguien le mira con fijeza. El odio natural de los partidos, y la tendencia de los procuradores a recargar las tintas, le han pintado como un vulgar malhechor; mas para mí es un hombre desequilibrado, con algunos levísimos indicios de criminalidad en la infancia y en la juventud, pero que es más bien un apasionado fanático que un nato delincuente. En cuanto a herencia, no conozco más que su origen inmediato: es hijo de un amor culpable y de padres degenerados y viciosos. Otra causa modificativa de su carácter es el infortunio, que le ha perseguido, y lo infeliz de su vida. Educado en la estrechez y hasta en la miseria, tuvo más tarde que sacar del oficio de zapatero lo preciso para vivir, y se hizo desde entonces un révolté. Después abandonó el taller de zapatería, y fue sucesivamente peletero, courtier d´épicerie, y maestro de francés. Siempre estuvo pobre, y fue impulsado a obrar por la miseria, o a lo menos por la desproporción entre su situación y la que ambicionaba; entre su estado y la muerte, prefería ésta. La gran movilidad y la inestabilidad propias de los histéricos se demuestran en Vaillant, lo mismo por los frecuentes cambios de oficio, que por la variación operada en sus convicciones. Estuvo educado por sacerdotes, y de fanático religioso tornóse fanático socialista. Más tarde, cuando no pudo formar entre los socialistas, convirtióse al anarquismo. Mas lo que en él domina, sobre todo, es su vanidad. El grafólogo que mire su firma se convence al punto de que la vanidad, el orgullo y aún la indomable energía, son las notas dominantes de su carácter; su gran T y su escritura ascendente son elocuentes pruebas de ello. Sin esperanza de reformar el mundo con un libro, cree poderlo cambiar con una bomba arrojada en el Parlamento, y antes del golpe corre a retratarse, y distribuye los retratos allí donde puede, y apenas lo arrestan, está anhelando que los periódicos reproduzcan su fisonomía. Siempre fue exagerada y apasionadamente altruista…”

Solo podemos añadir que su argumentación es decididamente
aberrante.

Por su parte la sociedad burguesa vivía atemorizada de forma aún más paranoica que en los días de Ravachol, la anécdota sobre la “espantada” en el teatro, ahora se reproducía en la calle con el mínimo ruido. A pesar de que Vaillant había cambiado la perspectiva que se tenía del “propagandista por los hechos”, la ejecución del propio Vaillant, despertó una tormenta de sangre que ni la muerte de Ravachol había desatado.

La ejecución de Ravachol atrajo a los imitadores, pero la personalidad bondadosa de Vaillant y su capacidad para inmolarse sin haber derramado sangre ajena, provocó unas ansias de venganza entre muchos Anarquistas solo comparable al deseo de sacrificarse.

Una serie de explosiones consecutivas se desarrollaron durante casi todo lo que quedaba de año 94. El Anarquista belga, Pauwel murió al estallarle una bomba que portaba en el bolsillo, después de descubrirse que había cometido dos atentados más. A su vez un atentado en el elegante y elitista restaurante “Foyot”, hizo que el literato Tailhade (el mismo que con toda frialdad dijo que “las víctimas no importaban si el gesto era bello”) perdía un ojo con la explosión de una bomba (quizás por eso se convirtió en militarista).

Pero los dos casos más relevantes son los de Emile Henry y Santo Caserio, ambos actuaron para vengar el asesinato de Vaillant. Aunque Henry ya había sido sospechoso de colocar una bomba que había sido la causante de la muerte de 5 policías en 1892, sin embargo nada pudo demostrarse. Lo que si es cierto, según su propia declaración, es que la noticia de la ejecución de Vaillant fue lo que lo empujó a actuar. Contrariamente a otros casos de “propagandistas por el hecho” Henry no provenía de una familia de clase “baja”, aunque si poseían antecedentes “insurreccionales”, su padre había sido un general, Fortune Henry, condenado a muerte por participar en la Comuna (aunque aparentemente conseguiría huir) y su hermano, también llamado Fortune, era un propagandista libertario. Henry sería de todos los “propagandistas por los hechos” uno de los más familiarizados con las ideas Anarquistas (junto a Vaillant y Berkman), aunque según sus propias palabras, tan solo era Anarquista desde 1891. A pesar de ser un profundo conocedor del pensamiento Ácrata, sería rechazado por los Anarquistas de igual manera que lo había sido Ravachol, por la naturaleza de sus actos.

El 12 de Febrero de 1894 (tan solo siete días después del asesinato de Vaillant) Henry pone una bomba en el “Café Terminus” ocasionando un muerto. Henry repetiría el mismo proceso de “martirología” que se produjo con Ravachol, primero temidos, después despreciados, a continuación perdonados, y por último admirados, si eran comparados con Jesús debía ser más bien por el desarrollo de los acontecimientos. Sus actos se ganaban


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Así como el Individuo busca la Justicia en la Igualdad, la Sociedad aspira al Orden en la Anarquía.

Última edición por Godwin el 14 Mar 2006, 12:15, editado 3 veces en total

Referencias

  1. New York Times del 11 de diciembre de 1893
  2. The History of Terrorism: From Antiquity to Al Qaeda, Por Gérard Chaliand, Arnaud Blin, Edward Schneider, Kathryn Pulver, Jesse Browner, Traducido por Edward Schneider, Kathryn Pulver, Jesse Browner Colaborador Gérard Chaliand, Arnaud Blin, Publicado por University of California Press, 2007,ISBN 0-520-24709-4, 9780520247093, 474 páginas. página 128.
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