Emma Goldman (Vida y obra)


Emma Goldman nació el 27 de junio de 1869 y  murió el 14 de mayo de 1940 en Toronto y está enterrada en Chicago. Nacio en el seno de una familia judía de Kaunas en Lituania, que regentaba un pequeño hotel. Durante el periodo de represión política que siguió al asesinato de Alejandro II y cuando contaba 13 años, se trasladó con su familia a San Petersburgo.

Célebre anarquista de origen lituano conocida por sus escritos y sus manifiestos radicales, libertarios y feministas, fue una de las pioneras en la lucha por la emancipación de la mujer.

Emigró a los Estados Unidos con una hermanastra tras el enfrentamiento con su padre que pretendía casarla a los 15 años. El ahorcamiento de cuatro anarquistas (Mártires de Chicago) a consecuencia del motín de Haymarket, animó a la joven Emma Goldman a unirse al movimiento anarquista y convertirse, a sus 20 años, en una auténtica revolucionaria. En esa época se casó con un emigrante ruso. El matrimonio apenas duró 10 meses, Emma se separó y se fue a New York. Continuó legalmente casada para conservar su ciudadanía americana.

En New York conoce y convive con Alexander Berkman y pasa a ser la principal dirigente del movimiento anarquista de los Estados Unidos. Su apoyo a Berkman en la tentativa de asesinato de Henry Clay Frick la hizo todavía más impopular frente a las autoridades americanas. Berkman fue encarcelado durante varios años.

Emma fue encarcelada, asimismo, en 1893 en la penitenciaria de las islas Blackwell. Públicamente instigó a los obreros en paro a Pedid trabajo, si no os lo dan, pedid pan, y si no os dan ni pan ni trabajo, coged el pan. Esta cita es un resumen del principio de expropiación preconizada por los anarco-comunistas como Piotr Kropotkin. Voltairine De Cleyre salió en defensa de Emma Goldman en una conferencia dada tras su apresamiento (In defense of Emma Goldman). Mientras permaneció en prisión, Goldman, desarrolló un profundo interés por la educación de los niñxs, empeño en el que se involucró años más tarde.

Junto con nueve personas más fue de nuevo arrestada el 10 de septiembre de 1901 por participar en el complot de asesinato contra el Presidente William McKinley. Uno de ellos, León Czolgosz le había disparado pocos días antes. Emma, le conoció semanas más tarde y se vio con él una sola vez, al ser arrestada dijo: ¿Tengo yo la culpa de que un loco haga una mala interpretación de mis palabras?

El 11 de febrero de 1916 es detenida y encarcelada de nuevo por la distribución de un manifiesto en favor de la contracepción. Durante varios años, y cada vez que daba una conferencia, esperaba ser arrestada, por eso iba siempre pertrechada con un buen libro. En 1917, y por tercera vez, es encarcelada de nuevo junto con Alexander Berkman por conspirar contra la ley que obligaba al servicio militar en los Estados Unidos. Hizo públicas sus profundas convicciones pacifistas durante la Primera Guerra Mundial y criticó el conflicto por considerarlo un acto de imperialismo. Dos años después fue deportada a Rusia. Durante la audiencia en la que se trataba de su expulsión, J. Edgar Hoover, que era el presidente de la misma, calificó a Emma como una de las mujeres más peligrosas de América.

Residió en la URSS con A. Berkman y participó en la sublevación anarquista de Kronstad. Apoyó a los bolcheviques en contra de la división entre anarquistas y comunistas, hecho que se produjo durante la primera Internacional. La represión política, la burocracia y los trabajos forzados que siguieron a la Revolución rusa contribuyeron, en gran medida, a cambiar las ideas de Goldman sobre la manera de utilizar la violencia, excepción hecha de la autodefensa.

Disconforme con el autoritarismo soviético, se instaló definitivamente en Canadá. En 1936, Goldman colaboró con el gobierno español republicano en Londres y Madrid durante la Guerra Civil española. Cabe destacar el vehemente artículo que escribió sobre el conocido anarquista español Buenaventura Durruti titulado Durruti is Dead, Yet Living.

Emma Goldman murió el 14 de mayo de 1940 en Toronto y está enterrada en Chicago.

El estado soviético

Desde que la noche de la masacre de los huelguistas de Chicago en 1887, la hizo ver con claridad donde estarían sus ideales políticos y sociales para el resto de su vida, algo que de forma casi idéntica le sucedería a Voltairine de Cleyre, Emma Goldman se convirtió en la pensadora para la cual las causas humanísticas siempre tendrían la prioridad. Como la anarquista norteamericana también, para la emigrada rusa la causa del pueblo cubano en 1898 por ejemplo, era motivo de la mayor movilización imaginable. Desplegando una energía asombrosa Goldman recorrió varias ciudades de los Estados Unidos, para denunciar la política imperialista del gobierno de este país con relación a la guerra que tenía lugar en la isla del Caribe; y para recoger fondos que les permitieran a los luchadores cubanos continuar hasta el final por la causa de su independencia.

De la misma forma haría con el asunto de la revolución rusa. Antes de volver a su patria, donde estuvo entre los años 1920 y 1921, la causa de los bolcheviques había logrado aglutinar un importante apoyo entre los circulos políticos, sociales e intelectuales de la izquierda radical emigrada norteamericana. Y en militantes del calibre de Goldman, a pesar de la enorme repugnancia que les producían los desplantes estatistas inspirados en el marxismo de los bolcheviques, la revolución rusa había encontrado a fieros y responsables defensores de la causa del proletariado.

Para Goldman, Lenin y Trotsky, eran solamente dos políticos obsesionados con el control de la maquinaria del estado, y la revolución rusa no era necesariamente la revolución bolchevique. Esta diferenciación, que a simple vista suena como muy convencional y oportunista, era fundamental para entender las eventuales críticas que la anarquista rusa le haría a los procesos que estaban sucediéndose en su país desde julio de 1917.

Entre 1905 y 1917, los cambios sociales y políticos que se acumulaban en la vida cotidiana de los rusos, habían sido motivo de estudio concienzudo por parte de los anarquistas propios y extranjeros. Sin embargo, los acontecimientos que se precipitarían entre julio y octubre de 1917, convertirían a los anarquistas en muchas ocasiones, en observadores críticos y distantes de algo que realmente no compartían en su totalidad.

El proyecto revolucionario que pensaban construir los bolcheviques estaba sustentado en una rara fórmula, en la cual los ingredientes tomados del marxismo, de incuestionable procedencia occidental y judeo-cristiana, hacían un explosivo collage con el inveterado despotismo oriental, de una cultura heredera de las más duras tradiciones bizantinas. Para los rusos el enfoque mesiánico de los cambios que tenían que operarse en su sociedad estaba indisolublemente atado a la invocatoria infalible de un líder iluminado, que los rescataría de las garras de los explotadores y opresores, mal enquistados en la venerable tradición zarista, la cual se remontaba a unos trescientos años, y que durante el mismo período de tiempo, había recibido las bendiciones y buenaventuranza del cristianismo ortodoxo.

De tal manera que entre 1880 y 1920, los pensamientos liberal, populista y anarquista rusos se encontraron con que sus sólidas raíces europeo-occidentales, no tenían un terreno bien abonado para que sus utopías y sus vigilias oníricas se expresaran en el ideario que autores como Chernichevsky, Tolstoi, o Dostoievsky, ya habían vislumbrado como necesario en Rusia, para que se acercamiento a Occidente tuviera sentido.

La llegada de los bolcheviques al poder es perfectamente armoniosa con esa tradición, absolutamente rusa e irrepetible en ninguna otra parte, pero al mismo tiempo la contradice en sus esencias de mayor especie occidental. Es esta paradoja, la que una autora como Goldman trata de dilucidarnos cuando nos establece la diferencia entre revolución rusa y revolución bolchevique. De gran poder explicativo, la misma le sirvió mucho también a un historiador de la eminencia de Edward Hallett Carr, para construir su obra monumental sobre la Rusia soviética. En ella, como en los trabajos de Goldman, hay una gran preocupación por rescatar los cambios que se operaron en la cotidianidad de los rusos con el proceso revolucionario, que a simple vista pareciera haber sido catastrófico, pero que en realidad dejó muchas cosas viejas intactas. Emma Goldman apuntaba con gran sabiduría que la historia la construyen los hombres y mujeres con sus luchas cotidianas, sus frustraciones, sus pasiones y sus esperanzas más recónditas, y no los historiadores con sus vicios, prejuicios y distorsiones, propios de una disciplina humanística sujeta al riesgo de que la realidad siempre le resulte más rica que todo su aparataje pseudocientífico.

Pues bien, eso fue precisamente lo que ella regresó a buscar a Rusia: la frescura de la utopía, aceitada con la fuerza de la esperanza de una cotidianidad construida con el dolor y el sufrimiento. Ya ella había probado, como diría su amiga Voltairine de Cleyre, que estaba construida con la madera de los luchadores tenaces y testarudos. Pero el choque que se llevó la dejaría marcada por el resto de su vida. La utopía bolchevique era simplemente una farsa burocrática.

Con una sorprendente visión y un agudo sentido de la realidad política, la mujer ya se había acercado a la verdadera naturaleza del estado soviético. Antes que Trotsky, se atrevería a denunciar la textura burocrática, represiva e intolerante de las principales instituciones soviéticas. Es más, algunos de sus vaticinios hoy se han cumplido a cabalidad. Por eso la relectura de Goldman se impone como un requisito para una mejor y más rica comprensión de lo que hoy está sucediendo en la vieja Unión Soviética. Pero donde es más aleccionadora su enorme potencia visionaria, es precisamente en el asunto del papel jugado por las mujeres en la construcción de este tipo de sueños. Sus enseñanzas a ese respecto siguen teniendo una vigencia iluminadora.

La “mujer nueva”

Emma Goldman amó a muchos hombres. A lo largo de su prolífica vida tuvo muchos amantes y siempre supo expresarse de ellos con gratitud y gentileza. Pero eso no implicó nunca que dejara de tener hacia ellos, una actitud maternal, la que no siempre fue bien recibida por algunos de sus compañeros de lucha o de alcoba. Por eso es tan fácil sostener que el feminismo de Emma Goldman está totalmente articulado a su visión de la vida. Nunca fue una pose política o una mascarada liberadora, que promoviera la defensa de algunos valores y a otros los dejara como estaban.

Cuando critica al estado soviético lo hace de forma integral, no por partes. Y esas críticas por ejemplo incluyen la condición de la mujer, de la familia, del matrimonio, del amor libre y de los niños. Todos aspectos ligeramente modificados por los bolcheviques, quienes a veces encontraron muy duro desprenderse de la plataforma dejada por los Zares en lo que respecta a las relaciones de pareja, a las condiciones de género y a la discriminación de las minorías, como los homosexuales, a los que Lenin y los suyos persiguieron de una forma feroz.

Emma Goldman reflexionó mucho sobre la “mujer nueva”, y algunas de sus afirmaciones no fueron muy bien recibidas; tal vez mal comprendidas, debido a lo avanzado de sus propuestas, que ni los mismos miembros de su comunidad religiosa, los judíos, entendían o aceptaban por completo. Para un grueso importante de la intelectualidad migrante norteamericana de los años veinte y treinta, la revolución rusa representaba un avance tangible hacia los ideales por los que habían luchado muchos años. Sobre todo por las mujeres, dicha revolución fue recibida con mucho calor y expectativas.

Pero los afanes de Emma Goldman sobre el papel que las mujeres deberían jugar en la construcción de la nueva sociedad serán muy difíciles de ponderar en su justa medida, si nos desprendemos del contexto en el que ella tuvo que vivir y pelear. Es más, algunas de sus ideas críticas sobre los fracasos de la revolución bolchevique para devolverles la libertad a las mujeres son el producto, no tanto de sus intensas y profundas lecturas, como de su experiencia personal. Su padre, Abraham Goldman, quiso casarla a la edad de quince años, y en esa ocasión su rechazo rotundo al intento sentó el precedente de lo que sería la vida de Emma, repleta de luchas y controversias por defender los derechos de la mujer a involucrarse con quien realmente amara.

Emma Goldman es una pensadora visionaria y de una considerable potencia premonintoria, pues muchas de sus ideas y de sus propuestas de los años veintes y treintas serían todavía motivo de discusión y conflicto en los años ochentas y noventas. Para ella era imposible una sociedad libre y verdaderamente humana, si el estado iba a seguir en control de los aspectos fundamentales del desarrollo de una persona. Sobre todo cuando se trataba de las mujeres. A este respecto podemos agrupar las ideas de Goldman en tres grandes temas:

  • El matrimonio.
  • Los niños.
  • El aborto.

Siempre creyó que el matrimonio era una desgracia, no sólo para las mujeres sino también para los hombres. Para ella, no existía ninguna relación posible entre el matrimonio y el amor. Su razonamiento partía de la base de que aquella institución estaba concebida para sacrificar a las mujeres en el altar de la maternidad, y para estrangular toda posibilidad de independencia y de creatividad personal en ellas. El matrimonio había sido ideado por los dos grandes monstruos de la sociedad contemporánea: el estado y la religión. Solamente cuando los hombres y las mujeres entendieran al fin que una pareja debía unirse con el único propósito de crecer juntos en todos los terrenos posibles, sería posible remontar los objetivos sordidos para los cuales la sociedad burguesa había inventado el matrimonio.

El cuido de la prole y las atenciones a la perentoriedad sexual de la pareja, en este caso del varón, parecían ser los fundamentos sobre los cuales reposaba la idea del matrimonio. La reproducción de la fuerza de trabajo, de los soldados y de los empleados que necesitaba la maquinaria estatal, hacían que la labor maternal de la mujer adquiriera un sentido casi heroico. En este caso, el matrimonio estaba más que justificado. Sobre todo cuando la religión encontraba en los instintos naturales de los seres humanos algo asqueroso y repugnante. A la mujer en particular, le estaba vedado el disfrute pleno de su cuerpo, pues no le pertenecía ni a su compañero, ya que en última instancia quien decidía el propósito de la maternidad era el estado. El varón por su lado, era cómplice con el estado de la expoliación que se hacía con el cuerpo de la mujer. En este asunto la conspiración no podía ser más completa. El aborto, de esta manera, tendría que ser prohibido de forma rotunda, pues contradecía los basamentos éticos de la tradición judeo-crisitiana, los cuales indicaban que el propósito esencial para el cual las mujeres habían venido al mundo era para ser madres.

En muchas ocasiones Emma Goldman tuvo que ser sacada de los salones de conferencias y de algunos “mitines” acompañada por la policía, pues sus puntos de vista resultaban intolerables para la “sociedad puritana” como ella la llamaba. Promover y defender el aborto, significaba indicarle al estado burgués que el cuerpo le pertenecía a las mujeres y que podían hacer con él lo que les viniera en gana. Era decirle al pueblo culto y civilizado que traer hijos al mundo, educarlos y atenderlos como verdaderos seres humanos, implicaba sustancialmente la toma de una decisión consciente y responsible por parte de la pareja o de la persona interesada en dicho proyecto, no del estado o de alguna iglesia que predicara la maternidad como una función al servicio de la sociedad civil.

Cuando Emma Goldman habló de la “mujer nueva”, siempre nos invitó a ver más allá de lo que nos tienen acostumbrados los procedimientos convencionales para analizar y comprender el papel la mujer en la sociedad civil. Ella creía que la lucha por la liberación del amor, los sentimientos y las emociones, pasaba por la destrucción del estado. Su lucha incondicional por la más absoluta y total libertad, en materia de derechos civiles, sexuales, culturales y personales llegó a veces a profundidades que muchos intelectuales anarquistas de la época no lograron comprender en su totalidad.

Con frecuencia se opuso a que las mujeres se entregaran tanto en la conquista del derecho a votar. La dedicación y la pasión que se había puesto en esta batalla, decía ella, no era proporcional a los resultados que se esperaba obtener. Las sufragistas le parecían damas de la buena sociedad creyendo que con la obtención del voto, podrían superar a los hombres y mejorar la sociedad y la civilización ahí donde ellos habían fallado tan estrepitosamente durante los últimos dos mil quinientos años. Las obsesiones parlamentaristas le parecían ridículas e inútiles, ya procedieran de hombres o mujeres por igual.

El sufragismo le parecía estéril si con él no venía una modificación sustancial en el sitio ocupado por las mujeres en la sociedad burguesa. El voto sólo les permitiría hermanarse con los hombres en la explotación salarial de que éstos eran víctimas, sin cambiar o eliminar en el fondo la verdadera raíz de aquella: la sociedad capitalista y el estado burgués. La emancipación de las mujeres en estos casos evocaba para Emma Goldman, un ajuste en la situación civil que dejaba intactas la humillación, la mercantilización y la opresión de que habían sido objeto por siglos. El voto no cambiaba para nada dicho panorama.

En la nueva sociedad que soñaban Emma Goldman y muchos otros anarquistas como ella, la mujer nueva sería capaz de tomar sus propias decisiones, concernieran éstas a su vida personal o civil. Sus elecciones sexuales vendrían motivadas por una perfecta salud espiritual y física donde sólo fueran válidos el amor y el placer. La maternidad en este caso, sería también una elección libremente escogida. Ni el estado ni la religión decidirían sobre un asunto que pertenecería a la más absoluta y responsible libertad personal.

La labor de propagandista y de promotora de los derechos civiles y personales de las mujeres, llevó a Emma Goldman a viajar mucho. Sus frecuentes viajes a Europa y a todo lo largo y ancho de los Estados Unidos, le granjearon una fama útil pero muy peligrosa al mismo tiempo. Entre 1906 y 1918 la editorial, la revista y el boletín Mother Earth (Madre Tierra), encargadas de distribuir material impreso, y de promover los principios más preciados del anarquismo, fue blanco constante del acoso y la irrespetuosa actitud de la policía norteamericana. Incautación regular de algunos de los números publicados, encarcelamiento de Emma y otros miembros del personal, así como las amenazas permanentes de deportación fueron los recursos utilizados por una policía corrupta y feroz, que siempre encontró en estos notables luchadores a idealistas dispuestos a todo con tal de hacerse oir.

Esa mojigatería política y cultural estuvieron disciplinadamente bajo el fuego de la mordacidad analítica de Emma Goldman y sus compañeros. Sus agudas críticas al patriotismo, al puritanismo, a la persecución de las minorías, y a la subestimación de las luchas civiles de las mujeres por razones sexuales, la convirtieron en una figura atractiva y relevante pero muy peligrosa del escenario político norteamericano de la primera parte de este siglo. La tragedia de la emancipación de la mujer moderna, decía Emma Goldman, radicaba en que ahora ella podía escoger su profesión, su horario de trabajo, y finalmente sus condiciones de explotación. Con triste ironía podía notarse que, después de una larga jornada de trabajo en la fábrica, en la oficina o en la mina, la mujer emancipada tenía que continuar sus labores en la casa, donde la esperaban sus hijos, su marido, sus hermanos y todos aquellos que argumentaban y defendían el derecho de la mujer a la libre contratación del trabajo, a la huelga y a la jornada laboral de ocho horas.

Pero el proceso emancipatorio estaba incompleto si sólo se aspiraba a la liberación de los tiranos externos. No eran éstos en realidad los verdaderos opresores. La inhibición interna, los prejuicios, la moralidad tiesa y una religiosidad vacua y represiva, hacían que las mujeres tuvieran serios problemas para integrarse realmente en la construcción de un proyecto de liberación en que ellas mismas fueran sujetos y objetos del mismo.

Para Emma Goldman las mujeres eran más propensas a las supercherías morales y políticas de la sociedad burguesa, repleta de fetiches institucionales y espirituales que les impedían tomar en sus propias manos el proceso de su liberación interna. Por eso le parecía un insulto que se las hiciera creer que con el voto ganarían el derecho a la libertad y a la igualdad en las luchas civiles con los hombres. Si la propiedad era un robo, las mujeres no eran dueñas de sus propios cuerpos; si la religión buscaba dominar la mente humana, las mujeres eran los seres humanos más religiosos; si el gobierno pretendía controlar la conducta de las personas, las mujeres eran muy fáciles de manipular. En todo caso, la mayor aspiración de los anarquistas era devolverles a las mujeres el control sobre su propio cuerpo, su alma y su voluntad, cosa que también era el gran sueño de los varones que creían en la posibilidad de una sociedad donde las iniciativas, las esperanzas y los proyectos no tuvieran que pasar por la aprobación de una oficina de censura.

Pues bien, el feminismo de Emma Goldman se curtió en las luchas callejeras, en las prisiones y en los debates cotidianos contra hombres y mujeres también, que la vieron como un monstruo de la conspiración o como un ángel de la liberación. Ninguno de los dos enfoques es cierto. Pero sí estamos tratando con una mujer que tenía perfecta claridad sobre los objetivos políticos, culturales e ideológicos por los que estaba combatiendo. Tanto así como para atreverse a hablar de amor libre, en una sociedad y en un momento donde este tipo de consideraciones sólo podían ser hechas por varones, y no precisamente en su sano juicio.

El amor libre

El amor libre que predica Emma Goldman no es igual al amor promiscuo. Lo más natural que tiene un ser humano es su sexualidad, por eso todo tipo de organización social es anti-natural, porque la naturaleza no conoce de organizaciones para darle paso a los mecanismos auto-reproductivos más fluidos y perfectos que el hombre pueda imaginar. Toda institución diseñada para controlar la espontaneidad de la naturaleza está condenada al fracaso o a la destrucción de la naturaleza misma. Y en esa dirección no hay nada más libre que el amor.

La propuesta del amor libre hecha por los anarquistas tiene que ver particularmente con la más sencilla, y al mismo tiempo la más complicada de las escogencias que hace cualquier ser humano en cualquier parte del mundo, en todo momento; nos referimos a la pareja con quien desea unirse, o al amigo o amiga con quien quisiera compartir sus más profundos y acendrados ensueños.

Curiosamente, en las relaciones que Emma Goldman tuvo con algunos de sus camaradas de lucha, las peleas y desacuerdos por celos amargaban el posible proyecto de vida que pudiera haber construido con ellos. A Johan Most lo agredió en público con un látigo, en un arrebato de cólera, porque el dirigente alemán se había dedicado desde su revista a difamar a Alexander Berkman, compañero de Emma en prisión, acusado de conspiración para asesinar a un empresario cuyos guardaespaldas habían ultimado a tiros a nueve trabajadores en huelga.

Berkman sería condenado a veintidos años de prisión que, con sus veintiún años de edad, iban a representar lo mejor de su vida en el encierro de una asquerosa prisión de Pennsylvania. Sólo cumplió catorce de la condena, pero esta reducción de la pena se le debía en gran parte a la extraordinaria labor que Emma Goldman había hecho en todos los sectores sociales y políticos de los Estados Unidos, para lograr tal propósito. Llegó a impartir a veces hasta 150 conferencias en un año, para recaudar fondos y pagar abogados, sobornos y otras regalías que le permitieran a su compañero salir antes de lo planeado.

La pasión con que Emma Goldman conducía sus relaciones personales casi siempre terminaban en fuertes altercados. Most, desde el momento en que ella le indicó claramente que no quería nada con él, reaccionó de una forma en absoluto incoherente con sus creencias anarquistas, supuestamente apoyadas en la tolerancia y jamás en la clásica posesión burguesa que tanto criticaba. Los celos que Most llegó a sentir por Berkman lo llevaron al extremo de acusarlo de incompetente para el terrorismo individual, una acusación que en los medios políticos anarquistas de la época, era en extremo insultante.

La amistad, la solidaridad, el compañerismo, la lealtad y una total entrega a la causa de la redención de los seres humanos, de su muchas veces inconsciente opresión constituían algunos de los ingredientes de esa seductora forma de vida que los anarquistas como Emma Goldman llamaban amor libre. En prisión, en la isla de Blackwell’s Island, donde estuvo encerrada cerca de un año por incitación a la violencia, Emma logró hacerse de una gran cantidad de amigas y amigos, como el Dr. White, un noble personaje que la introdujo en los asuntos de la enfermería, actividad para la cual Emma dedicaría una parte importante de su vida.

Pero fueron las prisioneras, mujeres humilladas y explotadas de una manera atroz por un sistema penitenciario primitivo y devastador, quienes terminarían siendo sus mejores compañeras de encierro. Puesta al frente de los talleres de costura de la prisión y a cargo de la enfermería, la prisionera Emma Goldman tuvo enfrentamientos serios con los administradores de aquella, sobre todo cuando se le exigía la sobrexplotación de sus compañeras. Siempre que se negó terminó en el calabozo, un lugar apestoso e inmundo donde Emma irremisiblemente empeoraría de su reumatismo.

Estaba visto que su experiencia en la prisión, le haría valorar con mucha más claridad la enorme importancia de las prisiones para el sistema burgués. El amor libre, el amor que se da sin ataduras, al amigo, al compañero, al amante, sin convencionalismos o limitaciones de ninguna especie, tenía que saltar por encima de cualquier tipo de encierro. Por eso le resultaban detestables las prisiones, como a Piotr Kropotkin, a quien logró entrevistar en unas dos o tres ocasiones, interesada en el balance que pudiera haber hecho el viejo y brillante pensador ruso sobre la revolución bolchevique y el futuro que les esperaba a los anarquistas como él en la Rusia del mañana.

Toda forma de rebeldía había encontrado siempre un destino siniestro: el hospital para enfermos mentales o la prisión, como nos indicaba Foucault. Y tratándose de mujeres el asunto había sido aún más represivo, puesto que la hoguera, el potro o el descuartizamiento público, habían sido los instrumentos con que el poder fálico destruía sus intentos de emancipación.

El amor libre, como lo entendían Emma y sus camaradas, tenía que ser una fuerza, un conjunto de acciones mediante las cuales las personas involucradas fueran capaces de liberarse mutuamente, jamás podía ser una actitud contemplativa, solo reflexiva y racionalista. Para que en realidad terminara siendo una fuerza incontrolable, el amor libre debería ser libre amor, es decir un sentimiento, una emoción capaz de remover todos los obstáculos imaginables que se pudieran poner en su camino, como hubiera hecho Emma para apoyar en todo momento, en las buenas y en las malas, a su entrañable compañero Sasha Berkman.

Resulta entonces muy difícil entender eso que Emma llamaba amor libre, si nos limitamos a definirlo únicamente a partir de sus aristas sexuales o pasionales. Ella confiesa con mucha insistencia, en su correspondencia, en sus discursos y en algunos de sus ensayos, la urgencia de que el amor libre sea visto de esa manera y no de otra. Es decir que, para Emma Goldman el amor libre no se expresa sólo a través de la cantidad de amantes que una persona pueda haber tenido en su vida, sino en virtud de la riqueza emocional, que esa persona en particular, a la que se le han dado todos nuestros sueños y esperanzas, es capaz de producir en el proyecto general de nuestra existencia.

Era el amor por Sasha, y su triste condición de presidiario joven, el que hacía que Emma viera a sus compañeras de prisión, como hermanas sufrientes y valiosas en la lucha por la vida. La misma que le hizo aceptar con tolerancia y sentido de la creatividad anarquista, su amistad con el capellán de la cárcel donde estaba. Porque se requería creatividad acercarse a un cura católico con un mayor grado de vulnerabilidad, que a los rabinos con los que tuvo contacto. Esa vulnerabilidad poderosa fue la que hizo que Emma, en muchas ocasiones, no negara explícitamente la existencia del Dios católico, y manifestara sistemáticamente un ateísmo ambiguo, más parecido a un cierto tipo de agnosticismo escolástico que a una incredulidad absoluta. Por eso a veces, uno la ve más cerca de Tolstoi que de Bakunin.

La duda sistemática, de fuerte sabor ilustrado, hace que el anarquismo de Emma incruste sus raíces en las ideas de una pensadora como Mary Wollstonecraft, madre de Mary Shelley, creadora del emblemático personaje del monstruo de Frankenstein, y una de las pioneras (la primera Mary no la segunda) en atreverse a hablar del amor libre, de la solidaridad, de la amistad, y del profundo respeto por el ser humano que la Ilustración francesa promovería en su momento.

La rebelión que trajo consigo el aflojamiento de las amarras sexuales impuestas sobre las mujeres de la burguesía, no fue el producto de un gesto patibulario incoherente y sin dirección. La rebeldía sexual era un instrumento muy efectivo para que, al recuperar el control de su propio cuerpo, las mujeres le hicieran ver al mundo la posibilidad de acercarse a los otros sin manipulación y mercantilización de las emociones más valiosas de que son portadores los seres humanos. Las distintas dimensiones del amor libre, emergían así entonces, con una claridad positiva, puesto que reducir el amor a la simple humedad de un acto sexual, era quitarle todo su poder expresivo a un poema, una canción o un estrechamiento de manos. No olvidemos que durante la era victoriana, las mujeres tenían todos estos ingredientes debidamente reglamentados, para que la disciplina social, el buen gusto y las buenas maneras no se perdieran. Recordemos que a las mujeres se les decía hasta cómo debían sentarse, qué hablar y cuáles silencios eran oportunos. Entonces, la rebeldía sexual en este caso no fue sólo una recuperación del cuerpo, fue también una conquista del espacio de privacidad, de vida íntima y libertad individual a que todo ser humano tiene derecho. Que las mujeres de la burguesía victoriana hubieran iniciado este proceso, es sólo el resultado de que su condición económica, social, política y cultural lo hacía rápidamente posible, sin que por ello las mujeres de las clases trabajadoras, más conservadoras, religiosas y explotadas, hubieran tenido una participación de menor beligerancia e impacto.

El puritanismo, la moralidad gazmoña, y la estupidez clerical parecían ser las más odiadas amarras que una idealista y una rebelde como Emma quería deshacer, sobre todo cuando eran las mujeres las que más atadas estaban por ellas. Escribió, conferenció activamente, y participó en cuanto mitin le fue posible para combatir un conjunto de valores que sólo beneficiaban a unos pocos, y dejaban a la gran mayoría en el más absoluto desamparo espirtual y material.

La santurronería de la burguesía norteamericana de la época era para Emma Goldman, uno de los dispositivos más esenciales para comprender el falso recato que desplegaban algunas instituciones, como la Iglesia Católica, en lo que concernía a las posibilidades reales de que las mujeres participaran activamente en la vida política de ese país, los Estados Unidos. Emma consideraba que el fetichismo al que eran propensas particularmente las mujeres, las hacía más vulnerables al menú ideológico que se les quería vender, pero entre 1887 y 1936 ella probó que era factible otro tipo de acercamiento a la combatividad que eran capaces de desplegar las mujeres, cuando se trataba de brindar solidaridad y verdadero apoyo a causas que les eran entrañables. El trabajo que ella u otras, como Tina Modotti, realizaron en favor de la causa republicana durante la guerra civil española, seguirá siendo un ejemplo profundo de lo que es el amor sin ataduras.

La beligerancia organizativa de los anarquistas en aquella guerra es un capítulo espléndido de la historia del siglo XX, puesto que en ella las mujeres desarrollaron un nivel de compromiso y de entrega realmente excepcional. Resultará a todas luces imposible realizar un balance justo de dicha guerra sin mencionar la contribución hecha por las mujeres en todos los terrenos: como diplomáticas, intelectuales, activistas, en la labor de agitación y en las trincheras propiamente dichas.

El amor libre en definitiva probó ser, según nos lo enseñó Emma Goldman, en la práctica y en la teoría, un instrumento eficacísimo para el acercamiento de los hombres y de las mujeres que comparten un mismo ideal: la libertad más absoluta, sin cortapisas de ninguna especie. Junto a ello, Emma probó también que no es posible la solidaridad si ésta no tiene además dimensiones internacionalistas, por eso sus reflexiones y sus acciones contra el imperialismo y el patrioterismo alcanzaron igualmente alturas de gran relevancia práctica para el quehacer de los anarquistas.

Los totalitarismos

El anti-autoritarismo de Emma Goldman es antes que nada un internacionalismo. Eso significa que la causa por la libertad, donde quiera que ésta estuviera sujeta a represión, iría a estar por encima de cualquier otra consideración de orden teórico o político.

A todo lo largo de su vida, Emma Goldman entró y salió de varias prisiones, no sólo en los Estados Unidos, sino también en otras partes de Europa y Canadá. Sorprendente que fuera víctima de un trato así, porque los motivos recurrentes de sus encarcelamientos eran algo que hoy podría pasar por ridículo en algunos países. En otros, Emma seguiría encontrándose a gusto como luchadora. Su valiente defensa de los derechos de las minorías, como los homosexuales, a quienes ella llamaba “el sexo intermedio”, le ocasionaron serios problemas con las autoridades y el moralismo rancio y acartonado de sociedades como la británica.

Hubo años en que Emma Goldman, como decíamos atrás, llegó a impartir hasta 150 conferencias en cuestión de meses, a más de 50.000 personas, en 27 ciudades de 25 estados distintos de la unión americana, pero siempre encontró oposición, el abucheo irrespetuoso de algunas bandas de saboteadores que se mezclaban con los asistentes para estropear sus conferencias, el cierre y la denegación de los permisos para utilizar las salas y salones concedidos a otro tipo de conferencistas, y finalmente hasta el asalto de la policía, al extremo que había que sacarla en hombros de guardaespaldas, para impedir que fuera agredida.

Las multas, las fianzas, y la perenne tirantez con las autoridades de migración del Gobierno de los Estados Unidos, que insistía en considerarla una “ciudadana extranjera indeseable”, marcaron la vida de Emma Goldman hasta en sus más mínimos detalles. Si hay alguien que hubiera desarrollado un buen criterio sobre las prisiones en aquel país fue precisamente esta mujer, que se atrevió en varias ocasiones a disertar sobre el derecho al aborto, a las distintas formas de contracepción, y sobre el derecho al placer sexual que tienen las mujeres, en una sociedad que consideraba imposible que una dama hablara sobre este tipo de asuntos, difílmente aceptables aún entre varones. El destino de las mujeres estaba sellado por su capacidad de reproducción, lo que impedía que el sexo fuera para ellas otra cosa más que traer hijos al mundo.

Pero algunos consideraban que tales materias eran controversiales en la sociedad norteamericana, donde una burguesía fuerte y vigorosa se daba el lujo de decirle a la gente lo que debía pensar, sentir y hacer con su vida privada y pública. El puritanismo y la moralidad de campanario le pertenecían al capitalismo y resultaba inimaginable que el mismo tipo de mojigatería se diera en la sociedad socialista que se trataba de construir en la Unión Soviética.

Esta es una de las cuestiones que más problemas le produjo a Emma Goldman. Todo anarquista consciente y riguroso con su forma de pensar, desde figuras venerables como William Godwin y su compañera Mary Wollstonecraft, ha partido de la base de que la autoridad y el autoritarismo son los responsables de tantos males en la sociedad contemporánea. En la sociedad capitalista el poder y la riqueza configuran una alianza perjudicial para el desposeído. Pero en la sociedad socialista, supuestamente diseñada para servir al último, el autoritarismo tiene mayor arraigo puesto que se basa en el mito de que si el proyecto de clase está al servicio del pobre, es irracional que éste critique lo que ha sido concebido para atenderlo y protegerlo.

Las sociedades totalitarias, en las que el autoritarismo es la forma más visible de la intolerancia, tienen el problema de que construyen una mitología sobre su perfección y eficiencia absolutas, pero sus ideólogos son los que menos creen en esa clase de mitos. Cuando Lenin, Trotsky, Stalin y el resto de los bolcheviques se decidieron a darles un nuevo proyecto de utopía a los trabajadores de la vieja Rusia, creyeron y cultivaron el mismo hasta el momento en que los obreros y campesinos se volvieron demasiado exigentes y terminaron cuestionando la legitimidad, no sólo ideológica, sino también política y social de tal proyecto.

Esa clase de asuntos le encantaban a Emma Goldman, pues ella creía que la polémica con los bolcheviques sólo tenía sentido si los resultados beneficiaban a la larga a todos los trabajadores rusos y no sólo a aquellos ligados con la burocracia del partido. El ataque contra los anarquistas, y las muestras de independencia intelectual y política de algunas mujeres vinculadas muy estrechamente con el proceso revolucionario, tales como Angelica Balabanov, Alejandra Kollontai o Nadezhda K., la compañera de Lenin, estorbaron de forma notable la labor política e intelectual de hombres como Trotsky o Stalin, debido a su independencia de criterio y a su imaginación analítica.

En su peregrinar por Europa, luego de que tuviera serios problemas con las autoridades bolcheviques en Rusia, Emma Goldman tuvo que enfrentar también el sarcasmo y las críticas feroces de los sindicatos y de los partidos de izquierda británicos, alemanes y franceses, que veían en el proceso revolucionario ruso una esperanza para la clase trabajadora toda.

En el fondo de toda esta cuestión hay un aspecto que debe ser debidamente enfatizado, y es que Emma Goldman nunca dejó de creer en las posibilidades y objetivos reales de la revolución rusa, a pesar de su actitud crítica y distante. Como toda buena revolucionaria creyó en las motivaciones iniciales de dicho proceso, pero su actitud se volvió prudente y cautelosa una vez que, después de 1921, los bolcheviques empezaron a mostrar su intransigencia con las críticas y las constantes demandas por el envío a prisión de sus oponentes. En definitiva, un hombre como Trotsky, tan decidido a destruir el viejo y bien consolidado movimiento anarquista ruso, enfrentaría a la larga las consecuencias de sus propias estrategias de lucha, al caer en manos de uno de los peores tiranos de que tenga memoria la historia política occidental.

Emma Goldman, desde lo más profundo de su fe en la libertad individual, ya veía, de forma bastante temprana, los pasos de gigante que el burocratismo bolchevique estaba dando desde 1922. Pero las críticas de ella no se dirigían solamente al peligro que el progresivo estatismo representaba en Rusia, sino también a lo que estaba sucediendo en Italia y Alemania. Sus nociones del individualismo libertario reposaban en gran medida en la inspirada obra de autores norteamericanos como Thoreau, Emerson y Whitman, por lo que el centralismo autoritario le resultaba a todas luces insoportable, no tanto por la violencia con la que estaba cambiando la situación en Rusia, después de tantas esperanzas puestas en la revolución, sino porque, también el proceso que tenía lugar en Italia y Alemania, indicaba claramente hacia donde se dirigía la civilización occidental.

Nunca se detuvo a hacer distinciones entre autoritarismo y totalitarismo, como nos indicaba Joyce Antler, porque habría que esperar hasta después de la segunda guerra mundial para que la brutalidad de estas expresiones políticas se manifestara en toda su amplitud, pero ya tuvo intuiciones brillantes cuando en su polémica con Trotsky inevitablemente tuvo que rozar el problema del futuro del individuo en Occidente.

La guerra civil española, sobre la cual Emma escribió con mucho sentido de la responsabilidad, a pesar de los serios problemas que tenía con el idioma, le permitió darse cuenta de los límites reales de la utopía anarquista, aunque con frecuencia, encontramos en algunos de sus escritos un acercamiento discreto y precavido a la idea de utopía en general. Pero el asunto es que, la guerra civil española la puso frente a frente con el problema de la relación entre individualismo y corporativismo en un posible proyecto de sociedad basado en los ideales del anarquismo. El tema ha sido motivo de enconadas discusiones y debates en el mundo intelectual libertario hasta el presente. Incluso teóricos del calibre de Castioriadis jamás se atrevieron a intentar darle una respuesta definitiva a un problema que, si somos rigurosos, se remonta a los escritos originales de Proudhon con el afán de sistematizar la herencia anarquista de la revolución francesa.

En el totalitarismo entonces, Emma veía algo más que un conjunto de expresiones mal articuladas de distintos autoritarismos, visión que no llegó a completar en su análisis de la revolución rusa. Pero la participación de los anarquistas en la guerra civil española, la hizo pensar en las posibilidades del individuo y de la organización con fines eminentemente de ayuda mutua. Sin el apoyo de las brigadas internacionales el autoritarismo franquista en España se hubiera instalado en el poder mucho antes de lo que tenía previsto la historia. Esto lo comprendió muy bien Emma y desde sus reflexiones tempraneras sobre el burocratismo excesivo de la revolución rusa, ya preveía el daño que puede causar a la libertad individual una maquinaria burocrática especialmente diseñada para estrujar cualquier expresión de iniciativa personal que trate de sacudirse los controles de la misma. Con posterioridad hombres como Trotksy, que por una triste ironía moriría asesinado por un agente estalinista en México el mismo año que Emma, le darían a ésta, sin reconocérsela, la razón de su análisis sobre el estrecho contacto entre autoritarismo y totalitarismo para entender el desarrollo del pensamiento político occidental. Sin embargo, a pesar de sus cálidas intuiciones teóricas, Emma fue antes que nada, un gran testimonio sobre lo que la práctica le tiene reservado a los intelectuales y activistas de pefil libertario. Más todavía cuando se trata de mujeres. En este caso, Emma hizo lo que muchos anarquistas varones no hubieran podido: correrles el velo a las mujeres de su ceguera sobre el papel que debían jugar en la sociedad, y sobre todo, hacerles ver que en un régimen autoritario ellas son doblemente oprimidas. Por eso, sostenía, la mujer tiene una propensión natural hacia el anarquismo.

ARTICULOS

1906: La tragedia de la emancipacion de la mujer

1910: Matrimonio y amor

1910: Anarquismo: lo que significa realmente

1910: Francisco Ferrer y la Escuela Moderna

1910: La prostitucion

1910: La hipocresia del puritanismo

1910: El sufragio femenino

1910: Minorias versus mayorias

1910: California

1931: El Primero de Mayo en Petrogrado

1937: Conversando con Emma Goldman (Entrevista de Domenico Ludovici)

Cine

Fue encarnada por la actriz Maureen Stapleton en la película Rojos de Warren Beatty, mereciendo un Premio Oscar como mejor actriz de reparto.

Véase también

Enlaces externos

 

 

El amor libre de la anarquista Emma Goldman

Por Edmundo Fayanás Escuer

“Para que la mujer llegue a su verdadera emancipación debe dejar de lado las ridículas nociones de “ser amada” y “estar comprometida”. 

“Para que la mujer llegue a su verdadera emancipación debe dejar de lado las ridículas nociones de “ser amada”, “estar comprometida”.

Nace en la ciudad lituana de Kaunas, el 27 de junio de 1869, en el seno de una familia, que regentaba un hotel en la ciudad. Lituania en aquellos momentos formaba parte del Imperio ruso, que estaba sumergido en una época de gran represión política, terminando la misma, con el asesinato del zar Alejandro II.

Recibió una educación de fuertes raíces eslavas y alemanas. Cuando Emma tenía trece años se trasladó con su familia a la ciudad de San Petersburgo, donde trabajó en distintas fábricas textiles

En ella permaneció apenas dos años, pues emigró a Estados Unidos, porque tuvo un fuerte enfrentamiento con su padre que pretendía casarla con sólo quince años. Su padre Abraham Goldman quiso casarla sin su consentimiento, su rechazo fue rotundo y muestra el inicio de su vida, llena de luchas y controversias por defender los derechos de la mujer a involucrarse con quien realmente amara.

Le acompañó su hermanastra Helena, que fue siempre un apoyo emocional decisivo en el resto de su vida.

Ya en Estados Unidos, empieza trabajando como obrera textil. Cuando tenía veinte años se produce la revuelta de Haymarket donde son ahorcados cuatro anarquistas. Este hecho anima a Emma a unirse al movimiento anarquista, convirtiéndose en una activa revolucionaria. Teniendo veinte años se casó con un emigrante ruso pero este matrimonio apenas duró diez meses, separándose. Se trasladó a la ciudad de Nueva York. No se divorció para así poder conservar su ciudadanía norteamericana.

En Nueva York conoce a Alexander Berkman que era un notable anarquista norteamericano. Berkman participó en el intento de asesinato del empresario Henry Clay Frick y Emma lo apoyó, lo que provocó que las autoridades norteamericanas no le tuvieran simpatía. Berkman permaneció en la cárcel varios años.

Familia de Emma en San Petersburgo en el año 1882

Familia de Emma en San Petersburgo en el año 1882

En el año 1893, Emma fue encarcelada en la isla de Blackwell por instigar a los obreros a la huelga “pedid trabajo, si no os lo dan, pedid pan, y si no os dan ni pan ni trabajo, coged el pan”. La activista norteamericana Voltairine de Cleyre salió en defensa de Emma Goldman por su apresamiento.    Durante el mismo Emma mostró un gran interés por la educación de la juventud, que después desarrollaría a lo largo de su vida.

La causa del pueblo cubano, le llamó profundamente su atención y desplegó una gran energía recorriendo diversas ciudades norteamericanas denunciando la política imperialista del gobierno de los Estados Unidos con relación a Cuba y su guerra con España. Recogió fondos para la causa cubana

Nuevamente es apresada junto a otros nueve anarquistas, el diez de septiembre de 1901, al ser acusada de participar en el complot para el asesinato del presidente William Mckinley. A su detención respondió ¿tengo yo la culpa de que un loco haga una mala interpretación de mis palabras?

Desde 1906 a 1917 participa activamente en la revista Mother Earth “Madre Tierra” que tenía una tirada mensual. Por sus escritos fue  blanco constante de acoso. Esta revista sufrió bastantes incautaciones, con el encarcelamiento de Emma y otros miembros de la misma, así como la amenaza constante de deportación

En el año 1910 publicó “Anarquismo y otros ensayos

El once de febrero de 1916, Emma es nuevamente detenida y encarcelada por la distribución de un manifiesto a favor de la anticoncepción.

Siempre creyó, que el matrimonio era una desgracia, no sólo para las mujeres sino también para los hombres. Para ella, no existía ninguna relación posible entre el matrimonio y el amor. Su razonamiento partía de la base, de que aquella institución estaba concebida para sacrificar a las mujeres en el altar de la maternidad, y para estrangular toda posibilidad de independencia y de creatividad en ellas.

El matrimonio había sido ideado por los dos grandes monstruos de la sociedad contemporánea; el Estado y la religión. Solamente cuando los hombres y las mujeres entendieran al final que una pareja debía unirse con el único propósito de crecer juntos en todos los terrenos posibles, sería posible remontar los objetivos sórdidos para los cuales la sociedad burguesa había inventado el matrimonio.

En muchas conferencias de Emma, tuvo que ser sacada por la policía, pues sus puntos de vista resultaban intolerables para la sociedad puritana norteamericana. Promover y defender el aborto, significaba indicarle al estado burgués que el cuerpo le pertenecía a las mujeres y que podían hacer con él lo que le viniera en gana.

Era decirle al pueblo culto y civilizado que traer hijos al mundo, educarlos y atenderlos como verdaderos seres humanos, implicaba sustancialmente la toma de una decisión consciente y responsable por parte de la pareja o de las personas interesadas en dicho proyecto, no del Estado o de alguna iglesia que predicara la maternidad como un función de servicio a la sociedad civil.

Madre Tierra fue la revista que  se convirtió en un hogar de activistas radicales y librepensadores literarias alrededor de los EE.UU.

Cuando Emma habla de la mujer nueva, nos invita a ver más allá de lo que nos tienen acostumbrados  las convenciones vigentes, para así poder analizar el papel de la mujer en la sociedad civil. Creía que la lucha por la  liberación del amor, los sentimientos y las emociones, pasaba por la destrucción del Estado. Su lucha incondicional por la más absoluta y total libertad, en materia de derechos civiles, sexuales, culturales y personales llegó a veces a profundidades que muchos intelectuales anarquistas de la época, no lograron comprender en su totalidad.

La mujer nueva sería capaz de tomar sus propias decisiones, concernieran éstas a su vida personal o civil. Sus elecciones sexuales vendrían motivadas por una perfecta salud espiritual y física, donde sólo son válidos el amor y el placer. La maternidad sería también una elección libremente escogida. Ni el Estado ni la religión decidirían sobre un asunto que pertenecería a la más absoluta y responsable libertad personal.

Sorprendentemente se opuso a que las mujeres se entregaran a la conquista del derecho al voto. La dedicación y pasión que se había puesto en esta batalla decía ella, no era proporcional a los resultados que se esperaba obtener. Las sufragistas le parecían damas de buena sociedad. Creyendo que en la obtención del voto, podrían superar a los hombres, mejorar la sociedad y la civilización, ahí donde ellos habían fracasado.

El feminismo de Emma se curtió en las luchas callejeras, en las prisiones y en los debates cotidianos contra hombres y mujeres también, que la vieron como un monstruo de la conspiración o como un ángel de la liberación. Era una mujer que tenía perfecta claridad sobre los objetivos políticos, culturales e ideológicos por los que estaba combatiendo. Se atrevió a hablar del amor libre, en una sociedad y en un momento donde este tipo de consideraciones sólo podían ser hechas por varones.

La propuesta de amor libre hecha por los anarquistas, tiene que ver particularmente con la elección de pareja con quien unirse, o al amigo o amiga con quien quisiera compartir sus más profundos y acendrados ensueños.

El amor libre tenía que ser una fuerza, un conjunto de acciones, mediante las cuales, las personas involucradas fueran capaces de liberarse mutuamente, jamás podía ser una actitud contemplativa, solo reflexiva y racionalista.

La rebeldía sexual era un instrumento muy efectivo para que, al recuperar el control del propio cuerpo, las mujeres le hicieran ver al mundo la posibilidad de acercarse a los otros sin manipulación y mercantilización de las emociones más valiosas de que son portadores los seres humanos. Las distintas dimensiones del amor libre, emergían así entonces, con una claridad positiva, puesto que reducir el amor a la simple humedad de un acto sexual, era quitarle todo su poder expresivo.

El amor libre probó ser en la práctica, y en la teoría un instrumento eficaz para el acercamiento de los hombres y de las mujeres que comparten un mismo ideal: la libertad más absoluta, sin cortapisas de ninguna especie.

Emma Goldman y Alexander Berkman

Emma Goldman y Alexander Berkman

En su vida personal no fue muy afortunada con el amor, pues tuvo peleas y desacuerdos con compañeros anarquistas, debido a los celos que amargaban el posible proyecto de vida que pudiera construir con ellos. La pasión con que Emma conducía sus relaciones personales, solían terminar con problemas. Sirva como ejemplo, cuando al compañero anarquista Most que estaba enamorado de ella, sin embargo  Emma le dijo que no quería nada con él, reaccionó de forma completamente incoherente con sus creencias anarquistas, supuestamente apoyadas en la tolerancia y jamás en la clásica posesión burguesa que tanto criticaba.

Su defensa de los derechos de las minorías, como de los homosexuales, a quienes llamaba “el sexo intermedio”, le ocasionaron serios problemas con las autoridades y el moralismo rancio de las sociedades occidentales

Nuevamente es detenida en 1917 por cuestionar la ley que obligaba al servicio militar obligatorio. Fue muy crítica con la I Guerra Mundial, a la cual la consideró fruto del imperialismo imperante en la época.   Además se declaró profundamente pacifista.

Como consecuencia de esta detención fue juzgada, presidiendo el tribunal Edgar Hoover que acabó dirigiendo el FBI, que era profundamente anticomunista y que fue el que desató la represión a los artistas en Hollywood. La sentencia significó la expulsión del país. Fue deportada a Rusia en el año 1919. Hoover declaró que Emma Godman era una de las mujeres más peligrosas de América.

Antes de volver a Rusia, la causa de los bolcheviques había logrado aglutinar un importante apoyo entre los círculos políticos, sociales e intelectuales de la izquierda radical emigrada norteamericana.

Permaneció  en la Unión Soviética entre los años 1920 y 1922. Participó en la sublevación anarquista de Krosntadt. Al principio apoyó  la política comunista pero enseguida se volvió crítica. De esta época son sus dos obras: “Mi desilusión con Rusia” y “Mi posterior desilusión con Rusia”.

Emma analiza los cambios que se operaron en la cotidianidad de los rusos con el proceso revolucionario, que a simple vista pareciera haber sido catastrófico, pero en realidad, dejó muchas cosas viejas intactas. Ella buscaba la frescura de la utopía, unida con la fuerza de la esperanza de una cotidianidad construida con el dolor y el sufrimiento.

Cuando critica al estado soviético lo hace de forma integral. Analiza las consecuencias  para la familia, el papel de la mujer, el matrimonio, el amor libre y la educación de los hijos. Todos estos aspectos fueron ligeramente modificados por los soviéticos, quienes a veces encontraron grandes resistencias para desprenderse  de la antigüedad, en lo que respecta a las relaciones de pareja, a las condiciones de género y a la discriminación de las minorías, como los homosexuales, a los que Lenin persiguió de una forma feroz.

En su largo viaje por Europa, después de su salida de Rusia, tuvo que hacer frente a fuertes críticas y al sarcasmo de mucha parte de la izquierda europea, que veían en el proceso revolucionario, una esperanza para la clase trabajadora del mundo. Emma se dio cuenta enseguida del peligro que el burocratismo significaba para la revolución. Sus críticas se dirigían no solo al proceso revolucionario ruso, sino también en  todo lo que estaba sucediendo en Italia y Alemania.

Reflexionó mucho sobre el papel de la mujer nueva y algunas de sus reflexiones levantaron gran escándalo, debido a lo avanzado de sus ideas.

Para una parte importante de la intelectualidad norteamericana de los años veinte y treinta, la revolución rusa representaba un avance muy importante en los ideales por los que habían luchado muchos años. Las mujeres recibieron con gran entusiasmo y expectativas tal revolución.

Entre los años 1922 y 1928 se dedicó a escribir uno de los libros más importantes “Viviendo mi vida”, sin el cual difícilmente comprenderíamos algunas de sus preocupaciones

Salió de Rusia y se instaló definitivamente en Canadá.

Emma escribió mucho sobre la guerra civil española (1936-1939) con gran sentido de la responsabilidad, pues a pesar de no dominar el castellano, la experiencia republican le permitió darse cuenta de los límites reales de la utopía anarquista. La guerra civil la puso frente afrente con el problema de la relación entre individualismo y corporativismo en un posible proyecto de sociedad basado en los ideales del anarquismo.

La participación de los anarquistas en la guerra civil española, la hizo pensar en las posibilidades del individuo y de la organización con fines eminentemente de ayuda mutua. Sin el apoyo de las brigadas internacionales, el dictador Franco se hubiera instalado en el poder mucho antes de lo que finalmente sucedió.

En el año 1936, colaboró con el gobierno de la II República española, tanto desde Londres como desde Madrid, participó en la guerra civil. Destaca un artículo suyo sobre el anarquista español Buenaventura Durruti “Durruti está muerto, todavía vive”.

Muere en Toronto (Canadá), el 14 de mayo de 1940. Canadá fue su lugar de residencia durante sus últimos años de vida. Acabó siendo enterrada en Chicago, en el mismo cementerio donde están enterrados los asesinados de Haymarket de 1887.

La tumba de Goldman en Illinois, cerca de las de los anarquistas ejecutados por  en Haymarket. La fecha en la piedra es incorrecta.

La tumba de Goldman en Illinois, cerca de las de los anarquistas ejecutados por  en Haymarket. La fecha en la piedra es incorrecta.

Su primer lugar de enterramiento fue Canadá, pues el gobierno de estados Unidos no permitió que fuera enterrada en el país, al considerarla una mujer peligrosa. Posteriormente es, cuando es trasladada y enterrada en Chicago. Su legado a las mujeres occidentales fue una inyección de orgullo y claridad de objetivos. Apegada a la tradición anarquista de fomentar y proteger la más absoluta tolerancia y libertad en la palabras y las acciones, los esquemas de pensamiento del más radical de los feminismos siempre tendrá algo que decir, cuando se trata de rebelarse contra cualquier expresión autoritaria e irrespetuosa de las libertades individuales.

Es fundamental recuperar la historia  de la mujer y más como la de Emma, para que la sensibilidad y la capacidad de soñar no se nos vaya de la mano de la globalización, que  entre otras cosas, aspira a que el individuo, por lo que tanto luchó una mujer como ella, termine percibido únicamente como una máquina de consumo.

 

 

La mujer más peligrosa de América

Emma Goldman asustaba a enemigos y correligionarios por su espíritu libre

Eugenia  Coppel
Madrid

 

“Si no puedo bailar, no quiero estar en su revolución”, dijo alguna vez la anarquista Emma Goldman, sin imaginar que aquella frase se convertiría en un eslogan feminista de los años 70. Por sus apasionados discursos políticos, la inmigrante judía ya era conocida en los círculos intelectuales de fines del siglo XIX en Nueva York. Pero como a cualquier veinteañera, también le gustaba bailar. En alguna fiesta, uno de sus camaradas le recriminó por hacer movimientos indignos de su doctrina revolucionaria. La chica se enfureció: “Estaba harta de que me arrojaran continuamente la Causa a la cara. Yo no creía que una Causa que defendía un hermoso ideal, el anarquismo -la liberación y la libertad frente a las convenciones y los prejuicios- negara la vida y la alegría”, recuerda Goldman en ‘Viviendo mi vida‘, la autobiografía recién traducida al español por la editorial Capitan Swing.

Así entendió Goldman la lucha anarquista que la acompañó siempre: “El derecho a la autoexpresión y a todas las cosas hermosas y radiantes”. Su ideología se basaba en un exaltado optimismo hacia la naturaleza humana y en una profunda desconfianza hacia la autoridad. ‘Emma la Roja‘, como era llamada en la prensa de aquellos días, fue una activista radical que se asignó la misión de despertar a las masas. Recorrió Estados Unidos para manifestarse públicamente en contra del Estado, el capital y el militarismo, y a favor de los derechos de los trabajadores, el uso de anticonceptivos y el amor libre. Sus convicciones fueron consideradas peligrosas en un país puritano, encaminado a convertirse en la potencia económica mundial, y cuyo orden social podía verse amenazado por las crecientes revueltas obreras y la influencia comunista del exterior. Goldman no se detuvo a pesar de las numerosas advertencias. Su empresa vital la llevó a pasar distintos periodos en la cárcel y a ser expulsada del país que había sido su hogar durante 34 años.

Goldman aparece como personaje secundario en la película ‘Rojos’ (1981). La actriz que le dio vida, Maureen Stapleton, se llevó uno de los tres premios Oscar que recibió la cinta escrita, dirigida y protagonizada por Warren Beatty. Ahí se refleja la amistad entre la anarquista y el periodista John Reed (Beatty), autor de la célebre crónica sobre la Revolución de Octubre, ‘Diez días que estremecieron al mundo‘. Se frecuentaban en Nueva York y se encontraron de nuevo en la recién creada Unión Soviética. Goldman había llegado a Rusia tras ser expulsada de Estados Unidos, con la esperanza de ver materializado al fin su sueño revolucionario. Pero no tardó en darse cuenta, tras apenas dos años, de las enormes contradicciones y las injusticias cometidas por el régimen bolchevique. En diciembre de 1921 partió a Francia, y al poco tiempo reconoció que había cometido un error al apoyar al Gobierno soviético.

En su momento se involucró en la Guerra Civil en España, país que visitó en tres ocasiones. “La resistencia que opuso el pueblo español al fascismo y la vanguardia de sus organizaciones obreras reavivaron sus esperanzas de un posible triunfo de la libertad”, escribiría la sindicalista catalana Lola Iturbe tras conocer a Goldman en 1938. “Su sonrisa era triste. Su mirada penetrante, escrutadora, buscando la verdad de su interlocutor”, añadía Iturbe, cuyas palabras se recogen en el prólogo de ‘La palabra como arma’, otro de los libros firmados por la anarquista.

Pero ni su relación con España ni su estancia en la URSS, y tampoco su deportación, están narradas en el primer volumen de su autobiografía. “Publicar ambos volúmenes a la vez podía hacer demasiado pesada la carga de material de lectura”, señala Daniel Moreno, editor de Capitan Swing, quien espera imprimir la segunda parte de la obra el próximo año. Para Moreno, conocer la vida de Goldman significa profundizar en una parte crucial de la historia del siglo XX a través de una enorme red de activistas sociales: “Emma fue pionera en la lucha de muchas cosas que hoy damos por sentadas en Occidente, como el control de la natalidad y una jornada laboral digna“.

‘Viviendo mi vida’ se publicó originalmente en 1931. Goldman se había instalado en Saint-Tropez, Francia, donde se vio forzada a la inactividad. “Descubrí con gran desconcierto que la vejez, lejos de ofrecer sabiduría, madurez y sosiego, suele ser fuente de senilidad, estrechez de miras y rencores. No podía arriesgarme a esa calamidad y empecé a pensar seriamente en escribir mi vida”, narra en la introducción de sus memorias. También explica que logró terminar aquella tarea gracias a la ayuda de decenas amigos con los que había mantenido una relación epistolar. Y al apoyo de la coleccionista Peggy Guggenheim, quien fuera su principal mecenas.

Goldman nació en 1869 en Kaunas (Lituania) pero su fugaz infancia transcurrió en San Petersburgo. Un padre severo y la pobreza de la Rusia zarista la obligaron a trabajar en una fábrica textil desde los 13 años. Por eso, no dudó cuando se presentó la oportunidad de emigrar a América con su hermana Helena. Las dos jóvenes desembarcaron en Nueva York en 1886, con la expectativa de libertad que prometía la nueva tierra. Y se instalaron en Rochester, donde ya vivía la mayor de las tres. La necesidad las arrojó muy pronto de regreso a la vida obrera.

Emma se casó movida por una ilusión adolescente, pero puso fin a su único matrimonio 10 meses después. “Si alguna vez vuelvo a amar a un hombre me entregaré a él sin que nos una un rabino ni la ley”, se prometió a sí misma. “Y cuando ese amor muera, me marcharé sin pedir permiso”. El relato de su autobiografía comienza entonces: divorciada a los 20 años, y recién llegada a la ciudad de Nueva York con una pequeña maleta, su máquina de coser y cinco dólares.

La joven ya tenía claro que su nuevo objetivo sería luchar contra la injusticia y la explotación. Había seguido en la prensa los acontecimientos desencadenados a partir del 1 de mayo de 1886, en Chicago, cuando 300.000 trabajadores se pusieron en huelga para exigir una jornada laboral de ocho horas. El 4 de mayo, durante una concentración, explotó una bomba en la plaza de Haymarket por la que ocho jóvenes anarquistas fueron acusados y cinco de ellos ejecutados en la horca. Aquel fue el hecho decisivo que catapultó a Goldman a la acción: “Tenía la clara sensación de que algo nuevo y maravilloso había nacido en mi alma. Un gran ideal, una fe ardiente, la decisión de dedicar mi vida a la memoria de mis camaradas mártires”.

En su primer día en Nueva York, Goldman conoció a los dos hombres que marcaron su trayectoria. El primero, Johann Most, era editor del periódico anarquista alemán Die Freiheit y un prolífico orador que animó a la joven a seguir sus pasos. El segundo, Alexander Berkman -Sasha, como lo llamaba ella con cariño- fue uno de sus tantos amantes y el más fiel de sus camaradas.

En 1892, Berkman cometió “el primer acto terrorista de América” -según su propia descripción- y lo debió pagar con 14 años de encierro. Una huelga masiva en Homestead (Pennsylvania) terminó con una masacre indiscriminada de los trabajadores del acero. Y el joven inmigrante ruso creyó que era el momento para hacer estallar la revolución. Ansiaba decirle al mundo que el proletariado de América tenía quien le vengara, y estaba dispuesto a sacrificar su vida por la causa. Con el apoyo de Goldman, planeó un atentado contra Henry Clay Frick, presidente de la Carnegie Steel Company. Sasha logró llegar hasta su oficina y dispararle dos veces en el pecho, pero no consiguió matarlo.

Emma Goldman durante un mitin político celebrado en 1916 en la Union Square de Nueva York .

Emma Goldman durante un mitin político celebrado en 1916 en la Union Square de Nueva York .

Goldman se entregó por completo a su actividad de agitadora pública: “Mi odio por las condiciones que obligaban a los idealistas a cometer actos de violencia me hizo gritar con acordes apasionados la nobleza de Sasha, su naturaleza desprendida, su consagración al pueblo“. Los periódicos se preguntaban: “¿Por cuánto tiempo se le permitiría continuar a esa peligrosa mujer poseída por la furia?“. Y la policía no tardó en actuar. En 1893, después de encabezar una marcha de mil personas portando una bandera roja, la joven fue arrestada por incitar a la revuelta y condenada a pasar un año en prisión.

En su autobiografía, Goldman reconoce que la penitenciaría de la isla de Blackwell fue su mejor escuela. No sólo pudo leer a los teóricos que más influenciaron su pensamiento, como Emerson, Thoreau, Whitman y Nietzsche. También realizó prácticas como enfermera, un oficio al que se dedicó en los distintos momentos en que su libertad volvía a verse amenazada. Goldman abrazó una nueva causa a raíz de aquella actividad. Después de ejercer de comadrona con las obreras comenzó a defender el derecho al control de la natalidad. “Me impresionaba la ciega y fiera lucha de las mujeres de los pobres contra los frecuentes embarazos. La mayoría de ellas vivía en un continuo terror de la concepción”, recuerda.

La defensa de la emancipación femenina la llevó a emprender otro recorrido por el país, en el que también predicó su doctrina del amor libre: “Exijo la independencia de la mujer, su derecho a mantenerse a sí misma, vivir para ella, amar a quien le plazca, o a tantos como le plazca. Exijo libertad para ambos sexos, libertad en la acción, en el amor, en la maternidad“, clamaba en los mítines. Sus reivindicaciones eran escandalosas incluso para los más progresistas, y la volvieron a llevar a prisión. Hablar en público sobre sexo y anticonceptivos era considerada una actividad ilegal en 1916.

Goldman fundó la revista de política y literatura Mother Earth, a la que se incorporó como editor Alexander Berkman al recuperar su libertad. Juntos participaron más tarde en una lucha activa contra la entrada de Estados Unidos en la guerra europea. Pero en 1918 fue aprobada la Ley de Sedición, que establecía multas y penas de cárcel para aquel que se manifestara contra el Gobierno. Ambos fueron arrestados y deportados un año después. “América ha entrado en la guerra para hacer del mundo una democracia más segura, pero primero debe asegurar una democracia segura en América”, declaró la anarquista antes de partir.

Aunque no volvieron a involucrarse sentimentalmente, Goldman y Berkman continuaron su vida juntos: primero en la URSS y más tarde en Saint-Tropez. Allí se suicidó Berkman en 1936. Goldman se involucró en nuevas luchas, entre ellas la Guerra Civil española. Murió en Toronto en 1940. Un derrame cerebral fue lo único que la pudo callar.

Emma Goldman en España

La Guerra Civil española fue la última esperanza libertaria para Emma Goldman. Tras defender la libertad en Estados Unidos y la URSS, la anarquista dedicó sus últimos años a apoyar a los sindicalistas en su lucha contra el fascismo. «España no era para ella un país desconocido», explica el editor Daniel Moreno. «Su internacionalismo anarquista la había llevado desde muy joven a querer conocer la situación en el resto del mundo. En EEUU estuvo en constante relación con los emigrantes españoles y participó activamente en diversas campañas contra la política represiva de los gobiernos de la monarquía de Alfonso XIII, en concreto a raíz de las brutales torturas a los presos de Montjuïc en 1897, y de la ejecución del pedagogo Ferrer y Guardia tras la Semana Trágica de Barcelona de 1909». Goldman estuvo tres veces en España durante la guerra. Visitó los Urales y conoció a la anarquista española Federica Montseny, así como a otras figuras destacadas de la CNT. Entre ellos, Josep Peirats Valls, autor del libro Emma Goldman: anarquista de ambos mundos (La Linterna Sorda, 2011).

 

Emma Goldman, la mujer más peligrosa de América

Conocida como Emma la Roja, la ‘anarco-agitadora’ más temida de la puritana América de finales del siglo XIX, sembró el terror en las huestes de Hoover convirtiéndose en un hito de la historia del feminismo.

Emma Goldman durante un mitin político celebrado en 1916 en la Union Square de Nueva York (Propias)

Emma Goldman durante un mitin político celebrado en 1916 en la Union Square de Nueva York (Propias)

Teresa  Amiguet.

Viviendo mi vida. Bajo este título Emma Goldman escribía entre 1922 y 1928 su autobiografía. El mensaje implícito del mismo es significativo, ya que si algo hizo ‘Emma la Roja’ fue vivir su vida.

Nacida en el seno de una familia judía el 27 de junio de 1869 en Kaunas (Lituania), donde sus padres regentaban un hotel, había crecido en San Petersburgo, ciudad a la que los Goldman se habían trasladado cuando Emma tenía 13 años. A tan temprana edad la precaria situación familiar le obligó a trabajar en una fábrica textil.

Espoleada por su padre a casarse con tan solo 15 años, Emma toma la determinación de emigrar a América con su hermanastra Helena. En 1886 las dos jóvenes expectantes, arriban al puerto de Nueva York, la tierra prometida, y se instalan en Rochester. Emma, ligera de equipaje lleva solo una pequeña maleta, su máquina de coser y la friolera de cinco dólares.

En la Gran Manzana pronto descubre que el sueño americano no es tal y se ve obligada a retomar sus orígenes laborales, volviendo a trabajar como obrera textil. En América, Emma sucumbe a la pasión amorosa, y a los 20 años perdidamente enamorada, contrae matrimonio con un emigrante ruso. Diez meses después se percata de que la unión ad eternum no es para ella. Hábil, decide no divorciarse a fin de conservar su ciudadanía norteamericana.

Emma empero no lo tenía fácil, era mujer, emigrante y joven. Tenía solo 20 años era de origen ruso, judía, divorciada y recién llegada a Nueva York. Estas premisas no eran un buen pasaporte pero sería su ideología la que marcaría su trayectoria. Sus objetivos vitales, luchar contra la injusticia y la explotación marcarían su vida.

La espoleta de su devenir luchador serán los acontecimientos acaecidos la jornada del 1 de mayo de 1886 en Chicago. Aquella infausta fecha, 300.000 trabajadores se declararán en huelga exigiendo una jornada laboral de ocho horas. Tres días después estallará una bomba durante una concentración en la plaza de Haymarket. Ocho jóvenes anarquistas serán acusados, cinco de ellos perecerán en la horca.

La magnitud del hecho impactará a la joven, nacía una revolucionaria.

En 1892, en Nueva York  Emma ha conocido ya a los dos hombres que marcarán su trayectoria, Johann Mosta, editor del diario anarquista alemán Die Freiheit y Alexander Berkman, uno de sus amantes y el más fiel de sus camaradas.

Berkman, anarquista combativo y prolífico orador, la conciencia de su vocación y Emma toma la determinación de entregar su vida a la Causa en cuerpo y alma. Convertida en una agitadora pública solivianta a la prensa que le dedica inmisericordes máximas: ‘¿Por cuánto tiempo se le permitiría continuar a esa peligrosa mujer poseída por la furia?’ Emma es detenida en 1893 tras encabezar una marcha de un millar de personas portando una bandera roja y es condenada a pasar un año en prisión.

La penitenciaría de la isla de Blackell, empero se convierte en su escuela. Allí Nietzsche, Whitman, Thoreau, teórico de la desobediencia civil, o Emerson comparten su cabecera. En reclusión Emma se toma la revancha y además de adquirir conocimientos intelectuales se forma como comadrona. Es entonces cuando toma plena conciencia de la situación de la mujer en la sociedad que le ha tocado vivir. Emma decide tomar partido de la condición de su sexo y se convierte en acérrima defensora de la emancipación femenina. Empieza a predicar su doctrina del amor libre, y exige la libertad para ambos sexos, en el amor y en la maternidad.

La puritana sociedad norteamericana la tacha de escandalosa, debemos considerar que hablar en público sobre sexo y anticonceptivos se considera una actividad ilegal en 1916. Y al año siguiente, es detenida nuevamente por cuestionar la ley que obliga al servicio militar obligatorio, es entonces cuando Edgar Hoover, director del FBI, la expulsa del país, bautizándola como ‘la mujer más peligrosa de Estados Unidos’, etiqueta que la acompañará de por vida.

Emma se afinca de nuevo en Rusia donde permanece entre 1920 y 1922, y participa en la sublevación anarquista de Kronsdat. Apoya en principio la política comunista pero pronto se vuelve crítica. En esta época escribe dos de sus obras más significativas: Mi desilusión con Rusia y Mi posterior desilusión con Rusia. Sobran comentarios.

Tras defender la libertad en Estados Unidos y la URSS, dedica sus últimos años a apoyar a los sindicalistas en su lucha contra el fascismo.

Así a los 67 años en 1936 Emma irreductible, visita tres veces España, colaborando con el gobierno de la II República tanto desde Londres como desde Madrid llegando a confraternizar con la también anarquista Federica Montseny y dedicando un artículo a Buenaventura Durruti; ‘Durruti está muerto, todavía vive’,

La anarquista más combativa y guerrera  del pasado siglo, dejó una huella imbatible en la historia del feminismo, el eslogan más ‘cañero’ de la década de los 70 da fe de ello: ‘Si no puedo bailar, no quiero estar en su revolución’. ‘Emma la Roja’,  incombustible.

Emma Goldman: la mujer sin miedo

La revuelta de Haymarket marcó su vida y la llevó a emprender el camino libertario

Sus ideas sobre maternidad, sexualidad y matrimonio revolucionaron la moral de la época

Se interesó por la organización de la resistencia durante la Guerra Civil en España. Incluso estuvo en el campo de batalla, en el frente de Aragón, en donde pudo charlar con Buenaventura Durruti

Hablar de Emma Goldman es hablar de Libertad. Con mayúsculas. Es hablar de anticoncepción, de amor libre, de antimilitarismo, de maternidad consciente, de asociación y huelga… Para quién no la conozca, fue una mujer que vivió acorde a sus ideas, siempre. De origen judío, nació en junio de 1869 en Kaunas (Lituania), pero se marcharía junto con su familia a San Petersburgo en busca de un futuro mejor. La pequeña Emma tuvo que ponerse a trabajar poco antes de cumplir los 13 años para ayudar en la economía familiar. Siempre tuvo una relación hostil y seca con su padre, un hombre de moral rígida que pretendía casar a su hija a los 15 años, y hacerla vivir a expensas del marido de turno, para atenderlo y como no, ser una madre prolífica. Las expectativas de futuro que tenía su padre para ella la aterraban. Se opuso férreamente a que Emma estudiase pero no lo consiguió. Se enfrentó varias veces a su padre para que la dejara marchar a América junto a su hermana Helena, y de esta manera zafarse del futuro nada prometedor que le esperaba. Cuenta la propia Emma en su autobiografía que, tras amenazar con tirarse al río Neva, su padre cedió. Así fue como a finales de 1885, Helena y Emma dejaban atrás San Petersburgo para enrolarse hacia la tierra prometida.

¿El sueño americano?

Al llegar a EE.UU, se instalaron en casa de una hermana que vivía allí hacía pocos años, en Rochester, en el Estado de Nueva York. La vida allí no iba a ser tan fácil como podrían intuir. Pronto, Helena y Emma, tuvieron que buscar un trabajo para poder costearse de alguna forma el alojamiento en casa de su hermana Lena, que estaba embarazada y la cual no podía hacer frente, junto con su marido, a los gastos de sus dos hermanas más pequeñas. Así, Emma entraría a trabajar en una fábrica de ropa, en donde estaría trabajando de sol a sol, con apenas media hora de descanso, en unas condiciones durísimas, hasta tal punto que no podían levantarse para ir al baño sin permiso. Esto la agotaba profundamente, le consumía la energía y la agónica rutina le ahogaba cada vez más. Decidió dejar el trabajo tras presentarse en las elegantísimas oficinas de la tienda de ropa para la que trabajaba cosiendo a deshora, para pedir un aumento de sueldo al dueño, el cual no tomó en consideración las palabras de la trabajadora. Esto llevó a Emma a buscar otro trabajo, y lo encontró relativamente rápido. Éste era mucho mejor que el anterior, no existía un régimen marcial en el taller y le permitía más tiempo de descanso. Ahí conoció a Jacob Kershner, un muchacho ruso que vivía en Rochester hacía algunos años. Emma se refugió en él y desde un primer momento se sintió atraída, no sabiendo muy bien si por soledad o por amor. Al cabo de unos meses, el resto de la familia Goldman abandonó San Petersburgo para ponerle fin a los sobornos y al ahogo económico que eso conllevaba, pues el padre de Emma estaba harto de pagar para que los dejaran estar ahí por el mero hecho de ser judíos. Con su familia allí, las dos hermanas se mudaron con sus padres y sus hermanos pequeños. Poco después, Jacob también iría a vivir a casa de los Goldman, y con el paso del tiempo, le pediría a Emma matrimonio. Tras muchos intentos, la joven Emma acepta casarse. Su vida de casada dura apenas 10 meses. La chispa se apagó pronto, pues lo que antes le interesaba de Jacob ya había perdido todo el sentido y se había visto envuelta en una vida que detestaba y que por supuesto, no quería vivir. Luchó durante un tiempo hasta que finalmente consiguió el divorcio. Emma se marchó de Rochester a New Haven, en Connecticut, para iniciar una nueva vida. Sin embargo, en algunos meses tuvo que volver a Rochester. Era evidente que viviendo en el mismo barrio que Jacob se encontraría con él. Y así fue. Él la perseguía día tras día, suplicándole que volviera con él, mostrándose arrepentido, jurando que nada sería como antes. Para sorpresa de muchos y para disgusto de su hermana Helena, Emma volvió con él y se volvieron a casar. Todo lo que él le había prometido fue una burda mentira, y esta vez, sin peticiones ni rodeos, Emma lo abandonó para siempre. Así, sin poder contar con nadie de su familia, salvo con Helena, decide marcharse a Nueva York en agosto de 1889.

Haymarket

El 1 de mayo de 1886 comenzó una jornada de protesta por las condiciones laborales en los EE.UU. A las reivindicaciones se sumaron miles de obreros y obreras, y se sucedían las huelgas por todo el país. Se luchaba por la instauración de 8 horas laborales. El día 2 de mayo, hubo una reunión de trabajadores y trabajadoras de la McCormick Harvester Company por el despido de más de 1.000 empleados y empleadas. La policía irrumpió en ella de manera desmedida, asesinando a varios trabajadores. Esto supuso la convocatoria masiva el 4 de mayo en la plaza de Haymarket para protestar contra los abusos de la policía y de la patronal. En plena efervescencia obrera, se sucedieron los mítines durante todo el día, transcurriendo una jornada de lucha obrera pacífica y bastante reivindicativa. Chicago era un grito, era protesta, era el centro de la lucha. Al final del día, la gente estaba dispersa en toda la plaza, apenas quedaban 200 asistentes de los miles que se habían concentrado allí durante todo el día. Alguien da la orden de dispersar lo que había sido hasta entonces una concentración pacífica, y la policía comenzó a cargar. En cuestión de segundos, sonó un estruendo, que alteró la situación de represión que se estaba llevando a cabo en la plaza. La policía empezó a disparar y hubo muertos y heridos entre sus filas, causados presuntamente por sus propios tiros. Otros dicen que fue la bomba lanzada por alguien -que a día de hoy se desconoce-, quien mató a varios policías. Lo cierto, es que se detuvo a ocho anarquistas acusados de lo sucedido aquel día. George Engel, Samuel Fielden, Adolf Fischer, Louis Lingg, Michael Schwab, Albert Parsons, Oscar Neebe y August Spies. Todos ellos condenados por un acto que presuntamente no cometieron, tras un juicio bien montado, con un jurado compuesto por hombres de negocio y un pariente de uno de los policías muertos. Todo esto salió a la luz años más tarde. El día había llegado. El 11 de noviembre de 1887 ahorcaron a George Engel, Adolf Fischer, August Spies y Albert Parsons. Louis Lingg amaneció muerto en su celda, a Michael Schwab y a Samuel Fielden los amnistiaron, y a Oscar Neebe lo condenaron a 15 años de prisión. Desde entonces, estos hombres han sido considerados como los Mártires de Chicago, siendo la referencia de la reivindicación obrera internacional.

Emma Goldman y Alexander Berkman

Emma Goldman y Alexander Berkman

Las secuelas del viernes negro

La ejecución de los 4 anarquistas aquel 11 de noviembre de 1887 había dejado una profunda huella en la joven Emma. Fue un viernes. Un viernes negro. Emma había estado leyendo durante meses sobre anarquismo y todo lo que se publicaba acerca de los hombres condenados de Haymarket. Se había empapado de la esencia libertaria y consideraba que el asesinato impune de aquellos cuatro anarquistas no debía quedar así, más aún, sabiendo que no se juzgaba a cuatro hombres, si no que se estaba juzgando al Anarquismo. Los medios de comunicación jugaron de nuevo un papel crucial en la criminalización de los y las anarquistas, demonizando cualquier acto o idea libertaria. Era considerado terrorismo. Crearon confusión y miedo entorno al anarquismo. Emma se había propuesto defender aquellas ideas que le cautivaron el alma y le calaron profundamente hasta el final de sus días. Quería un mundo libre, libre de las manos de un sistema que ahogaba a la clase trabajadora y encumbraba a aquellos que habían nacido en cuna de oro.

Estando ya en Nueva York conoció a Johan Most, director de la revista anarquista ‘Die Freiheit’, por quién sentía gran admiración, y a un joven muchacho, Alexander Berkman, a quien llamaría cariñosamente Sasha. Berkman y Emma fueron grandes compañeros, camaradas, amigos, amantes. Sus primeros pasos dentro del movimiento anarquista los dio con él, aprendió de su carácter rígido y su ferviente devoción por la Causa. Divergía con Sasha en la percepción de que había que deshacerse de muchas cosas si querías estar dentro del movimiento. De la belleza por ejemplo, de las cosas hermosas de la vida. Emma se repetía a sí misma cómo poder desprenderse de esos anhelos para ser una “buena revolucionaria”. Con el tiempo lo comprendería. Tras el atentado que emprendió Sasha contra Henry Clay Frick, presidente de la Carnegie Steel Company, todo cambió. Esta tentativa de homicidio llevó a Sasha a la cárcel. Pretendía dar un golpe en la mesa para vengar el asesinato de aquellos obreros de una fábrica de acero, en donde Frick tuvo que ver. A partir de entonces, la carrera de Emma comenzaba. Daba mítines, charlas, arengaba a las masas. Fue considerada la mujer más peligrosa de América. Estuvo detenida en varias ocasiones, eso le sirvió para curtirse y para seguir formándose, pues tenía mucho tiempo libre para leer. Finalmente, fue deportada. Vivió en la URSS junto con Sasha, aunque acabaría por desilusionarse y cuestionar el régimen soviético por su postura anti autoritarista. Se instalaría en varios países, y visitaría muchos de ellos para dar mítines y charlas, siempre desde su visión libertaria. El mundo necesitaba oírla.

La mujer más peligrosa

Desde su infancia, Emma se había enfrentado a cualquier norma que le impusiesen. Fue una mujer adelantada a su época, aún sin tener los conocimientos que más tarde adquiriría. Habló del amor libre. Ella preguntaba: “¿Acaso el amor puede ser otra cosa más que libre?”. Emma sostenía que no había fuerza en el mundo para someter al amor, ni dinero para comprarlo, ni golpes para amedrentarlo. Su firme oposición al matrimonio la hacían distanciarse del marcado pensamiento marital de aquella época. “El amor, el elemento más fuerte y profundo de toda vida, presagio de esperanzas, de alegría, de éxtasis; el amor que desafía a todas las leyes, a todas las convenciones; el amor, el más libre, el más poderoso modelador del destino humano, ¿cómo puede esa fuerza todopoderosa ser sinónimo del pobre engendro del Estado y de la Iglesia que es el matrimonio?”, cuestiona Emma en su escrito ‘Matrimonio y amor’. Ella conocía de primera mano la experiencia aciaga del matrimonio. No podía entender el trato desigual del hombre con respecto a la mujer, su omisión como ser humano, de sus inquietudes y sentimientos. Entendía que el matrimonio convertía en un mero parásito a la mujer, y la condenaba a una vida dedicada a cuestiones banales, al cuidado de los hijos y del marido. Goldman criticaba duramente la figura social de la mujer, reprimida en deseos, en sexualidad. Reivindicaba la decisión de cada mujer de ser madre o no, y por supuesto, renegaba de la intromisión del Estado en algo que consideraba íntimo. Fue su incansable labor para empoderar a las mujeres lo que la hizo un referente dentro del feminismo. Emma sacó adelante la revista Mother Earth, contando con su amigo Sasha como editor, la cual le permitió divulgar todos esos pensamientos que le asaltaban desde el anarquismo.

El reducto anarquista en España

Emma estaba al tanto de todo lo que acontecía en España desde el estallido de la Guerra Civil. Recibió emocionada la invitación para ir a Barcelona donde la recibieron con una inmensa alegría. Era todo un mito. Alabó el trabajo que se estaba llevando acabo y sentía que allí estaba la semilla de la Revolución que podría gestarse. Se interesó por la organización de la resistencia. Incluso estuvo en el campo de batalla, en el frente de Aragón, en donde pudo charlar con Buenaventura Durruti. Había quedado maravillada de las historias que le llegaban sobre él y su Columna. Goldman no era partidaria de la disciplina castrense, y en su texto Durruti ha muerto, pero está vivo todavía, muestra cómo Durruti explica la manera con la que lleva a cabo su labor en el Frente: “He sido un anarquista toda mi vida –replicó–, y espero seguir siéndolo. Me parecería realmente  triste que tuviese que convertirme en un general y gobernar a los hombres con la disciplina castrense. Han venido a mí voluntariamente, están preparados para entregar sus vidas a la lucha antifascista. Creo, como siempre he creído, en la libertad. La libertad que descansa en el sentido de responsabilidad. Creo que la disciplina es indispensable pero tiene que ser una disciplina interior motivada por un propósito común y un fuerte sentimiento de camaradería”, afirmó Durruti.

Mi querida Emma

Emma Goldman fue una mujer que vivió acorde a unos ideales, a una fe inamovible que la llevó a ser la mujer más odiada y más temida por los poderes. Fue alguien molesto que hablaba incendiariamente, despertando conciencias de quienes aún permanecían dormidos por el somnífero del capital, del “nuevo mundo” de unos pocos que viven a costa de unos muchos; fue la daga que se clavó en el corazón de un sistema que no contempla la libertad del individuo, que lo explota y lo discrimina  y que te marca de por vida si no caes en su juego. Fue una valiente, una soñadora, una visionaria. Tuvo el coraje para sembrar la semilla de las dudas, de las cuestiones para cambiar una rutina social que acostumbraba tener a las mujeres como espectadoras de las decisiones políticas y sociales. Se enfrentó a una moral establecida, para reivindicar el derecho de las mujeres a vivir una sexualidad plena y a conciencia, entendiendo que la maternidad no era el fin en la vida de una mujer. Emma sabía que existía un mundo oculto para ellas, y lo cuestionaba, y sabía que su discurso visceral contra el orden establecido escocía a los principales beneficiados de esa desigualdad latente. El temor que le pudieran tener iba más allá de bombas y disparos. Porque el peor atentado para un sistema que te anula es el acto de despertar conciencias. Es remover la indignación de la masa que mantiene a unos pocos privilegiados. Es cerrarles el grifo a quienes permiten que el pueblo se muera de sed. Sin duda, lo peligroso de esta mujer era su palabra. Que eso no lo dude nadie. Como diría ella misma, su fin “era la sagrada causa de los pueblos oprimidos y explotados”. Y así fue, hasta que su palabra se detuvo un 14 de mayo 1940.

Emma Goldman: Una mujer sumamente peligrosa (V.O.S.).

 

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