Luigi Fabbri (Vida y obra)

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Luigi Fabbri

Luigi Fabbri nacio en Fabriano, el 23 de diciembre de 1877 y murió en Montevideo, Uruguay , el 23 de de junio de 1935, fue un militante anarquista italiano, escritor y educador, y durante la Primera Guerra Mundial agitador y propagandista. Padre de Luce Fabbri. Fabbri fue por largo tiempo un contribuidor prolífico a la prensa anarquista en Europa y luego en Sudamérica, co-editor de L’Agitazione, junto a Errico Malatesta. Ayudó a editar el periódico Università popolare en Milán. Primero condenado por sus actividades anarquistas a la edad de 16 en Ancona, Fabbri pasó muchos años en prisiones italianas. Fabbri fue un delegado al Congreso Internacional Anarquista llevado a cabo en Ámsterdam en 1907.

Fue el autor de: Dictadura y Revolución (Dettadura e Rivoluzione), una respuesta a la obra de Lenin El Estado y la revolución; Vida de Malatesta, traducida por Adán Wight (publicado originalmente en 1936), este libro fue publicado otra vez con el contenido ampliado en 1945. Además escribió otros libros políticos. En Uruguay se dedicó a la docencia escolar y secundaria manteniendo sus ideas. Fue el padre de la anarquista y educadora uruguaya Luce Fabbri.

Luchó en la “Semana Roja”, la huelga general de los sindicatos en 1914, por lo que se tuvo que exiliarse en Suiza, por corto tiempo. Luego de estar exiliado en Londres, viajó en un barco mercante al sur de Italia, recorrió toda la península y apareció en Génova, aclamado por la multitud como un líder revolucionario, papel que siempre se negó a asumir, por sus convicciones ideológicas libertarias. Dirigió el diario del que también Malatesta participaba, Umanitá Nova, primero en Milán y luego en Roma.

Entre 1919 y 1920, en la toma de las fábricas, los anarquistas tuvieron un papel muy importante. No obstante, su papel no fue muy importante debido al hecho de estar viviendo en Bolonia, que no era una ciudad industrial. Fabbri deseaba que los trabajadores no abandonasen las fábricas, y contribuyó con sus artículos, mientras que Malatesta fue a las fábricas en Roma, para personalmente tratar que el movimiento prosiguiera.

El movimiento había sido interrumpido por los reformistas. La central sindical mayoritaria era socialista (marxista), no era socialista revolucionaria. Por lo tanto, había divisiones en el partido socialista: estaban los maximalistas (revolucionarios) y los “legalistas”. Fabbri, a esa altura, ya era muy pesimista, y pensaba que el momento revolucionario ya había pasado, y si bien deseaba aprovechar la última oportunidad, no creía que el desenlace fuera favorable a los anarquistas.

Comenzó a tener grandes dificultades en Italia desde el ascenso al poder de Benito Mussolini en 1922, siendo arrestado dos veces. La situación de todos los anarquistas se hizo muy difícil bajo el régimen fascista. De todos modos, durante los primeros años del fascismo, la propaganda continuó aunque muy limitada: el periódico Pensiero e Volontá de Malatesta se fundó en 1924, pero poco después fue suspendido. Umanitá Nova también salía con dificultades, cuando no era prohibida.
Fabbri era profesor de escuela primaria, y continuó enseñando durante más de 4 años.En 1926 se hizo obligatorio para los docentes jurar fidelidad al régimen fascista, a los que Fabbri se negó. Cruzó la frontera hacia Francia, separándose de su familia. Su hijo y su esposa fueron a Roma a trabajar, mientras su hija permaneció en Bolonia por dos años. Luego, su mujer y su hija se reunieron con Fabbri en Francia, pero su hijo permaneció en la capital italiana, y ya nunca volvieron a verse.

Iba a ser expulsado de Francia por presión de la embajada italiana, y mientras se efectuaban los trámites diplomáticos, la policía lo detuvo en su hotel y lo depositó en la frontera con Bélgica, pasándolo clandestinamente por la frontera, para no ser detenido por las autoridades belgas, a fin de que no lo enviasen de vuelta a Francia. Una vez en Bruselas comenzó a preparar un viaje a Sudamérica, viajando en barco con su familia hasta Uruguay.

Fabbri ya había hecho colaboraciones desde Europa para el periódico anarquista La Protesta, de Buenos Aires. Se dedicó más plenamente a la actividad periodística en la región rioplatense. También trabajaba como profesor, aunque los editores de La Protesta lo ayudaban económicamente. Pero el 6 de septiembre de 1930, un golpe militar del general Uriburu terminó con el gobierno democrático de Hipólito Yrigoyen, y prohibió toda actividad obrera, y en especial persiguió a los anarquistas. La Protesta fue clausurada y destruyeron sus oficinas e imprenta. Luigi Fabbri se trasladó al Uruguay, donde vivió sus últimos años.

Bibliografía

  • Influencias burguesas en el anarquismo
  • Sindicalismo y anarquismo
  • Malatesta: su vida y su pensamiento.
  • Los comunistas y la religión
  • El último filósofo del Renacimiento: Giordano Bruno
  • Crítica Revolucionaria
  • ¿Qué es la anarquía? Anarquía y comunismo en el pensamiento de Malatesta
  • El anarquismo, la libertad, la revolución
  • Carlo Pisacane: la vida, la obra, la acción revolucionaria
  • El ideal humano
  • Cartas a una mujer sobre la anarquía
  • Dictadura y Revolución
  • La crisis del anarquismo
  • Revolución no es dictadura: La gestión directa de las bases en el socialismo
  • En el CAFE: Conversaciones sobre el anarquismo
  • Anarquismo y comunismo científico
  • Socialismo, dictadura y revolución
  • Páginas de lucha cotidiana
  • Comunismo libertario o capitalismo de Estado
  • La base ideal de la anarquía
  • Quienes somos y qué queremos
  • La función del anarquismo en la revolución
  • Guerra, patria, militarismo
  • Cuestiones Urgentes
  • El pensamiento social de Piotr Kropotkin
  • La organización obrera y la anarquía: a propósito del sindicalismo
  • La organización anarquista.

Enlaces externos

 
 

Anarquía y comunismo en el pensamiento de Luigi fabbri.

Escrito por Luigi Fabbri

ideaUn mal hábito, contra el cual es necesario reaccionar, es aquél tomado desde hace algún tiempo por los comunistas autoritarios de oponer el comunismo a la anarquía, como si las dos ideas fuesen necesariamente contradictorias; el hábito de usar estos dos términos, comunismo y anarquía, como si fuesen antagónicos entre sí, y el uno tuviese un significado opuesto al otro. (…)
No está mal recordar que fue precisamente en un congreso de las Secciones Italianas de la Primera Internacional de los trabajadores, llevado a cabo clandestinamente en los contornos de Florencia en 1876, que, bajo una propuesta motivada por Errico Malatesta, éste afirmó ser el comunismo el arreglo económico que mejor podía hacer posible una sociedad sin gobierno; y la anarquía (esto es, la ausencia de todo gobierno), como organización libre y voluntaria de las relaciones sociales, ser el medio de mejor actuación del comunismo. La una es la garantía de un efectivo realizarse de la otra y viceversa. De aquí la formulación concreta, como ideal y como movimiento de lucha, del comunismo anárquico.
Luigi Fabbri (1877-1935), fue un militante anarquista italiano, escritor y educador, y durante la Primera Guerra Mundial agitador y propagandista

Luigi Fabbri (1877-1935), fue un militante anarquista italiano, escritor y educador, y durante la Primera Guerra Mundial agitador y propagandista

Luigi Fabbri (1877-1935), fue un militante anarquista italiano, escritor y educador, y durante la Primera Guerra Mundial agitador y propagandista

(…) Los anarquistas entonces se llamaban en Italia más comúnmente socialistas; pero cuando querían precisar se llamaban, como se han llamado siempre desde aquel tiempo en adelante hasta ahora, comunistas anárquicos.

Más tarde Pietro Gori solía precisamente decir que de una sociedad, transformada por la revolución según nuestras ideas, el socialismo (comunismo) constituiría la base económica, mientras la anarquía sería el coronamiento político.

(…) Tal definición o fórmula del anarquismo -el comunismo anárquico- era aceptada en su lenguaje incluso por los otros escritores socialistas, los cuales cuando querían especificar su propio programa de reorganización social desde el punto de vista económico, hablaban no de comunismo sino de colectivismo, y se decían en efecto colectivistas.

Esto hasta el 1918; vale decir hasta que los bolcheviques rusos para diferenciarse de los socialdemócratas patriotas o reformistas, no decidieron mudar nombre, retornando a aquel de “comunistas” que se enlazaba con la tradición histórica del célebre Manifiesto de Marx y Engels de 1847, que antes de 1880 era usado en sentido autoritario y socialdemocrático exclusivamente por los socialistas alemanes. Poco a poco casi todos los socialistas adherentes a la III Internacional de Moscú han terminado por decirse comunistas, sin tener cuenta alguna del significado cambiado de la palabra, del uso mudado que se hace de la misma desde hace cuarenta años en el lenguaje popular y proletario y de las cambiadas situaciones en los partidos desde 1870 en adelante, cometiendo así un verdadero anacronismo.

(…) Los socialistas transformados en comunistas han por cierto modificando bastante su programa, respecto de aquel que había sido fijado en el Congreso del Partido de los Trabajadores en Génova, por Italia, en 1892, y en Londres, para la Internacional Socialista, en el Congreso de 1896. Pero la modificación del programa vierte total y exclusivamente sobre métodos de lucha (adopción de la violencia, desvalorización del parlamentarismo, dictadura en vez de democracia, etc.); y no se refiere al ideal de reconstrucción social, único al cual las palabras comunismo y colectivismo pueden referirse. Por lo que se refiere al programa de reorganización social, de arreglo económico de la sociedad futura, los socialistas-comunistas no lo han modificado en nada; no se han ocupado en absoluto. En realidad, bajo el nombre de comunismo está siempre el viejo programa colectivista autoritario que subsiste con, en un trasfondo lejano, muy lejano, la previsión de la desaparición del Estado que se señala a las muchedumbres en las ocasiones solemnes, para distraer su atención de la realidad de una nueva dominación, que los dictadores comunistas querrían meterles sobre el cuello en un futuro más próximo. Todo esto es fuente de equívocos y de confusión entre los trabajadores, a los cuales se les dice una cosa con palabras que les hacen creer otra. La palabra comunismo, desde los más antiguos tiempos, significa no unmétodo de lucha, y todavía menos un modo especial de razonar, sino un sistema de completa y radical reorganización social sobre la base de la comunión de los bienes, del gozo en común de los frutos del trabajo común por parte de los componentes de una sociedad humana, sin que ninguno pueda apropiarse del capital social para su exclusivo interés con exclusión o daño de otros. (… )Por comunismo siempre se ha entendido un sistema de producción y distribución de la riqueza en la sociedad socialista, cuya dirección práctica era sintetizada en la formula “de cada uno según sus fuerzas y capacidad, a cada uno según sus necesidades. La fórmula de los colectivistas era, por el contrario, “a cada uno el fruto de su trabajo” o “a cada uno según su trabajo”. No hace falta decir que estas fórmulas han de ser entendidas en sentido aproximativo, como tendencia general, y no en modo absoluto y con carácter dogmático, como de hecho fueron adoptadas durante cierto tiempo. (…)

Los neo-comunistas en cambio por “comunismo” entienden sola o prevalentemente el conjunto de algunos métodos de lucha y los criterios teóricos adoptados por ellos en la discusión y en la propaganda. Algunos se refieren al método de la violencia o terrorismo estatal, que debería imponer por la fuerza el régimen socialista; otros quieren significar con la palabra “comunismo” el complejo de teorías que van bajo el nombre de marxismo (lucha de clases, materialismo histórico, conquista del poder, dictadura proletaria, etc.); otros todavía un puro y simple método de razonamiento filosófico, como el método dialéctico. Algunos lo llaman, por eso -amontonando juntas palabras que no tienen entre ellas ningún nexo lógico- comunismo crítico, y otros comunismo científico.

Según nosotros, todos ellos están en un error; porque las ideas y los métodos de los cuales se habla arriba podrán ser condivididos y empleados también por los comunistas, y ser más o menos conciliables con el comunismo, pero por sí mismos no son el comunismo ni bastan para caracterizarlo, mientras podrían muy bien conciliarse con otros sistemas del todo diversos e inclusive contrarios al comunismo. Si quisiéramos divertirnos con juegos de palabras, podríamos afirmar que en las doctrinas de los comunistas dictatoriales hay de todo un poco, pero que lo que más falta es precisamente el comunismo. (…)

El colectivismo legalista y estatal por un lado y el comunismo anárquico y revolucionario del otro, eran las dos escuelas en que se dividía principalmente el socialismo hasta el estallido de la Revolución rusa en 1917. (…)

El disentimiento, por el contrario, no está entre anarquía y comunismo más o menos “científico”, sino entre comunismo autoritario o estatal, empujado hasta el despotismo dictatorial, y el comunismo anárquico o antiestatal con su concepción libertaria de la revolución. Que si de una contradicción en términos se debiera hablar, ésta habría que buscarla no entre el comunismo y la anarquía, que se integran al punto que el uno no es posible sin la otra, sino más bien entre comunismo y Estado. En tanto hay Estado o gobierno, no ay comunismo posible. Por lo menos su conciliación es tan difícil y tan subordinada al sacrificio de toda libertad y dignidad humana, como para suponerla imposible hoy que el espíritu de revuelta, de autonomía y de libre iniciativa está tan difundido entre las masas, hambrientas no solo de pan, sino también de libertad.

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