Entierro de DURRUTI y la prensa de la época

UnEncrypted_Página_01

Entierro de DURRUTI

UnEncrypted_opt_Página_4

UnEncrypted_opt_Página_5

UnEncrypted_opt_Página_6   UnEncrypted_opt_Página_7

UnEncrypted_opt_P_gina_8

57688

 

T_mulo_y_f_retro_de_Buenaventura_Durruti_el_l_der_anarquista_muerto_en_la_defensa_de_la_capital._Foto_Archivo_General_de_la_Administraci_n_Civil_del_Estado_A.G.A.C.E.

Féretro  de Buenaventura Durruti, el líder anarquista muerto en la defensa de la capital. Foto Archivo General de la Administración Civil del Estado A.G.A.C.E.

UnEncrypted_opt_P_gina_3

UnEncrypted_P_gina_03

 

El día 22 es trasladado a Barcelona, y es enterrado el 23 de noviembre. Su cortejo se convierte en una inmensa manifestación, según la prensa del día, se congregan más de medio millón de personas alrededor de su ataúd, cubierto con banderas rojinegras. Desde el principio fue evidente que la bala que había matado a Durruti había alcanzado también el corazón de Barcelona. Se calcula que uno de cada cuatro habitantes de la ciudad había acompañado su féretro, sin contar las masas que flanqueaban las calles, miraban por las ventanas y ocupaban los tejados e incluso los árboles de las Ramblas. Todos los partidos y organizaciones sindicales sin distinción habían convocado a sus miembros. Al lado de las banderas de los anarquistas flameaban sobre la multitud los colores de todos los grupos antifascistas de España. Era un espectáculo grandioso, imponente y extravagante; nadie había guiado, organizado ni ordenado a esas masas. Nada salía de acuerdo a lo planeado. Reinaba un caos inaudito. El comienzo del funeral había sido fijado para las diez. Ya una hora antes era imposible acercarse a la casa del Comité Regional Anarquista.
Los obreros de todas las fábricas de Barcelona se habían congregado, se entreveraban y se impedían mutuamente el paso. A las diez y media, el ataúd de Durruti, cubierto con una bandera rojinegra, salió de la casa de los anarquistas llevado en hombros por los milicianos de su columna. Las masas dieron el último saludo con el puño en alto.

Entonaron el himno anarquista “Hijos del pueblo”. Se despertó una gran emoción. Las motocicletas rugían, los coches tocaban la bocina, los oficiales de las milicias hacían señales con sus silbatos, y los portadores del féretro no podían avanzar. Los puños seguían en alto. Por último cesó la música, descendieron los puños y se volvió a escuchar el estruendo de la muchedumbre en cuyo seno, sobre los hombros de sus compañeros, reposaba Durruti.

Pasó por lo menos media hora antes que se despejara la calle para que la comitiva pudiera iniciar su marcha. Transcurrieron varias horas hasta que llegó a la plaza Cataluña, situada sólo a unos centenares de metros de allí. Los jinetes del escuadrón se abrieron paso, cada uno por su lado. Los coches cargados de coronas dieron un rodeo por las calles laterales para incorporarse por cualquier parte al cortejo fúnebre. Todos gritaban a más no poder.

No, no eran las exequias de un rey, era un sepelio organizado por el pueblo. Nadie daba órdenes, todo ocurría espontáneamente. Reinaba lo imprevisible. Era simplemente un funeral anarquista, y allí residía su majestad. Tenía aspectos extravagantes, pero nunca perdía su grandeza extraña y lúgubre. Los discursos fúnebres se pronunciaron al pie de la columna de Colón, no muy lejos del sitio donde una vez había luchado y caído a su lado el mejor amigo de Durruti.

ENTIERRO_DURRUTI

Se había dispuesto que la comitiva fúnebre se disolviera después de los discursos. Sólo algunos amigos de Durruti debían acompañar el coche fúnebre al cementerio. Pero este programa no pudo cumplirse. Las masas no se movieron de su sitio; ya habían ocupado el cementerio, y el camino hacia la tumba estaba bloqueado. Era difícil avanzar, pues, para colmo, miles de coronas habían vuelto intransitables las alamedas del cementerio.
Caía la noche. Comenzó a llover otra vez. Pronto la lluvia se hizo torrencial y el cementerio se convirtió en un pantano donde se ahogaban las coronas. A último momento se decidió postergar el sepelio. Los portadores del féretro regresaron de la tumba y condujeron su carga a la capilla ardiente. Durruti fue enterrado al día siguiente”.
y1prnghp0kqxqbzqlffh8nh0anqks06k7owl_fgjzoreln7lonrll08lactrh1y4gjpqfwqoeq18aw

http://pacosalud.blogspot.com/2010/11/entierro-de-durruti.html

“El entierro de Durruti” (1936) es un reportaje del Sindicato Único de Espectáculos Públicos. El fragmento conservado de la versión española corresponde al principio de la película y contiene una largo texto biográfico, en el que se intercalan imágenes fotográficas de Durruti así como algunos fragmentos de la serie “Aguiluchos de la FAI” en los que aparece. El material termina a los pocos segundos de iniciarse las imágenes del cortejo fúnebre que recorrió Barcelona partiendo del edificio del sindicato en Vía Layetana.
El material, conservado en el MOMA se inicia con una versión más reducida del texto biográfico, montando a continuación las imágenes de Durruti en el frente de Aragón, que proceden de “Aguiluchos de la FAI”. La multitud aguarda la salida del féretro delante del edificio central de la CNT/FAI, la locución indica que mas de 400.000 personas acompañaron y contemplaron el paso del cortejo que recorre la Plaza de Cataluña y otros puntos céntricos de la ciudad. A su vez, va señalando la presencia del President Companys, del Ministro Garcí­a Oliver y de otras personalidades. A su paso ante el consulado de los EE.UU, se señala que la bandera americana ondea a media asta. El cortejo fúnebre se despide y el ataúd, en un automóvil, sigue camino hacia el cementerio.

El entierro de Durruti

El entierro de Durruti

 

 

19361121 La Voz

19361122 El Sol

19361124 La Libertad

 

19361125 El Sol

 

19361130 La Libertad

 

 

19361201 Mi Revista (2)

 

 

19361201 Mi Revista

 

19361202 Mundo Grafico (2)      19361202 Mundo Grafico

19361206 Cronica (2)       19361206 Cronica

 

 

P_ginas_desde8305

 

Entierro de Buenaventura Durruti día a día

Una inmensa muchedumbre, presidida por el Presidente de Cataluña y representaciones de todas las clases sociales, desfila durante unas seis horas por las calles de Barcelona acompañando los restos del heroico luchador 
¡Durruti! Este bravo luchador, de dura silueta y rasgos vigorosos, de sonrisa dulce y fina y de mirada de niño, ha pasado ya a ser el símbolo glorioso, la figura legendaria surgida de las entrañas populares de esta lucha por la libertad contra la tiranía. Durruti ha encontrado la muerte trágica y gloriosa de los héroes que encarnan los grandes movimientos históricos de la clase trabajadora. Durruti -una vida agitada en indomable rebeldía- comprendió en seguida en aquella madrugada roja del 19 de julio, la profunda trascendencia de lo que se ventilaba a tiros en las calles de la ciudad y se lanzó a la lucha con un brío y un coraje incontenibles… 
Pocas horas más tarde, marchaba, al frente de una fuerte columna de combatientes, por las carreteras de Aragón. Y ha sido en Madrid, en el este Madrid inexpugnable, gloria y estimulo del proletariado del mundo y acusación terrible contra las democracias acobardadas y decrépitas, en donde una bala certera ha acabado con la vida heroica del gran luchador. 
Los restos de Durruti fueron llevados ayer a su última morada. Barcelona tributó al combatiente caído un homenaje póstumo digno de su muerte gloriosa. Los que asistieron a presenciar la impresionante comitiva que acompañaba al féretro que cerraba el cadáver de Durruti no olvidarán jamás el acto de ayer. Es difícil de describir el intenso sentimiento, la aguda manifestación de dolor que Barcelona y Cataluña toda expresó en la muerte de este soldado del pueblo. Fueron centenares de miles de hombres, mujeres e incluso niños, que durante más de seis horas desfilaron por las calles de la ciudad. Fue el lloro contenido y silencioso que vimos en los rostros curtidos de muchos combatientes y en el de muchas mujeres del pueblo. Fueron los centenares de pancartas y banderas de todos los partidos y organizaciones antifascistas. Fue el derroche de flores que cubren hoy la tumba del fiel héroe del pueblo… Fue asimismo el día desapacible y gris que ofreció un marco severo al duelo de la ciudad. 
Durruti ha muerto, pero Barcelona se ha hecho digna de su glorioso tránsito. Durruti ya no existe, pero nos deja una consigna que debemos cumplir fielmente: ¡Avanzar! ¡Hasta la victoria final! ¡Ni un paso atrás! Ni una mirada atrás. La mejor manera de vengarlo es exterminar el fascismo rápidamente, implacablemente, inexorablemente. 

HASTA LA HORA DEL ENTIERRO QUE ESTUVO DESFILANDO GENTE POR LA CAPILLA ARDIENTE 

Hasta la hora señalada para el entierro, estuvo desfilando gente por la capilla ardiente, instalada en el vestíbulo del edificio de la CNT y la FAI, sito en la Gran Via Layetana, que desde hoy, se llamará avenida Durruti, no interrumpiéndose el desfile ni aun en las horas de la madrugada. Muchos de los que desfilaron eran portadores de coronas y ramos de flores, de los que pendían lazos con los colores roji-negro, catalanes, marxistas y republicanos, ofrendas que eran depositadas en la capilla ardiente. Asimismo coches y camiones eran portadores de ellas en una cantidad numerosa. Entre los que desfilaron, figuraban afiliados a todas las organizaciones antifascistas, hombres y mujeres, éstas en bastante proporción.

EL CADÁVER FUE VELADO POR EL MINISTRO DE JUSTICIA, FAMILIARES DEL FINADO Y LOS MILICIANOS DE SU COLUMNA 

El cadáver fue velado por sus familiares, el ministro de Justicia, García Oliver, milicianos de la columna Durruti y representantes del Comité de Defensa de Madrid, que vinieron a Barcelona acompañando al cadáver, así como de la FAI y los Comités Nacional y Regional de la CNT. Ninguno de los presentes podía ocultar la emoción del momento y la pena que embargaba su ánimo. También vimos en la capilla ardiente, al jefe de columna, Antonio Ortiz; jefe de los Servicios de Orden Público de la Comisaría, Dionisio Eróles; director de Solidaridad Obrera, Jacinto Torhyo; secretario de la Junta de Seguridad Interior, Aurelio Fernáudez. 

PERSONALIDADES QUE DESFILAN ANTE EL CADÁVER 

Desfilaron por la capilla ardiente, los consejeros de la Generalidad, señores Comorera y Fàbregas; el ministro de la República, don Jaime Aguadé; el presidente del Parlamento de Cataluña, don Juan Casanovas; el alcalde de Barcelona, señor Pi y Sunyer; el primer consejero, señor Tarradellas; el cónsul general de Rusia en Barcelona, al que acompañaba el alto personal consular, y el comandante Pérez Farràs. 

POR LA VÍA LAYETANA NO SE PODÍA DAR UN PASO 

Desde las primeras horas de la mañana comenzó a afluir gente al local de los sindicatos. Grupos nutridos llevaban banderas, coronas y ramos de flores. A las nueve era materialmente imposible dar un paso por dicha vía. Los balcones y las azoteas de las casas de la Vía Layetana aparecían llenos de gente. El aspecto era imponente. Algunos de los grupos llevaban pancartas alusivas a Durruti. En una de éstas aparecía su retrato. Otra de las pancartas decía: «Durruti, los mineros de Fígols te vengarán.» 
Una de las coronas era dedicada al finado por el coronel Villalba. De ésta pendían lazos con los colores catalanes y republicanos. 

EL CONSEJO REGIONAL DE ARAGÓN, EL MINISTRO DE INDUSTRIA Y EL CONSEJERO DE SEGURIDAD INTERIOR 

Minutos antes de ponerse en marcha la comitiva estuvo en la capilla ardiente una representación del Consejo Regional de Defensa de Aragón, integrada por su presidente, Joaquín Ascaso, y Benito Pavón, que después de permanecer en la capilla ardiente fueron a reunirse con las autoridades de Cataluña. 
También desfiló ante el cadáver el médico de la Columna Durruti, doctor Santamaría.
 
Igualmente vimos en la capilla ardiente al ministro de Industria, don Juan Peiró, y al consejero de Seguridad Interior, don Artemio Aguadé. 
A las diez y diez minutos, el Presidente de la Generalidad acompañado del consejero primero, señor Tarradellas, y del jefe de los mozos de Escuadra, teniente coronel Gavari, llegaron al edificio del Comité Regional de la CNT, formándose acto seguido la Presidencia del duelo. 

AL SER SACADO EL FÉRETRO UNA GRAN EMOCIÓN SE APODERA DE LA MUCHEDUMBRE 

A las diez y cuarto fue sacado a la calle, a hombros de milicianos de la Columna Durruti, el féretro, que era muy sencillo y que estaba cubierto por una bandera de la CNT, ofrenda del grupo anarquista Los Solidarios, del que formó parte el finado en unión de Liberto Callejas, García Oliver, Vivancos, Ascaso, Aurelio Fernández y otros destacados militantes. Los más inmediatos al féretro arrojaron sobre éste gran cantidad de flores hasta cubrirlo. La salida a la calle del féretro produjo una gran emoción entre la muchedumbre. 
Seguidamente se organizó el cortejo, que fue precedido por el destacamento de motoristas de la Guardia Municipal y escuadrón de caballería mixto. 
Seguían los milicianos de las Columnas Libertad, Ascaso y Durruti y la banda de las Milicias, que al desfilar por delante de la Casa de la CNT y la FAI interpretó Los Hijos del Pueblo
A continuación iba el féretro, al que daban escolta los milicianos de la Columna Durruti y las presidencias formadas por los Comités Nacional y Regional de la CNT y el Peninsular de la FAI, entre los que iba el representante del Gobierno de la República, ministro de Justicia, García Oliver, y la de autoridades. Era integrada ésta por el Presidente de la Generalidad, don Luis Companys; cónsul general de la URSS; ministros de la República, señores Aguadé y Peiró ; consejeros de la Generalidad, señores Fàbregas, Nin, Calvet, Aguadé, Sandino, Comorera, Valdés, Closas, primer consejero señor Tarradellas; presidente del Parlamento, señor Casanovas; presidente de la Asamblea Municipal, señor Puig Elías; alcalde de Barcelona, señor Pi y Sunyer; general de la División, señor Aranguren, y comisario general de Orden Público, señor Revertes. Junta de Seguridad Interior en corporación. Detrás del féretro iba la esposa del finado, que no podía ocultar la pena que le embargaba. 
A continuación de las presidencias seguían los Comités Regionales de CNT; Banda de las Milicias de la CNT y FAI; representaciones de todos los Sindicatos únicos, con banderas y pancartas enalteciendo la figura de Durruti. Entre oirás anotaremos las más destacadas: 
«¡Venganza ! ¡Venganza! ¡ A nuestro Durruti, mártir de la Libertad!»; «Los heridos del frente a su compañero Durruti» ; «Descanse en paz nuestro querido hermano Durruti, el hombre de la FAI de sentimientos nobles y espíritu fuerte. Has dado tu vida generosamente por la causa de la Libertad. La España libre te llora y jamás te olvidará.» 
A continuación de los Sindicatos adheridos a la CNT seguían los dela UGT y entidades del Partido Socialista Unificado de Cataluña, con sus milicias y bandas de música; Milicias del POUM y una nutrida representación de este Partido; Rabassaires; Esquerra Republicana de Cataluña; Estat Català; Federals; Izquierda Republicana; Nacionalistas Vascos; Acció Catalana Republicana; representaciones de la columna Internacional y grupos internacionales de anarquistas. 
Fuerzas de aviación, de Carabineros, de la Guardia Nacional Republicana, Mozos de Escuadra, de Asalto y de Seguridad. Cerraba la comitiva la Cruz Roja. 

EL PASO DE LA COMITIVA 

A las once menos veinticinco, la comitiva se puso en marcha Vía Layetana arriba en dirección a la plaza Urquinaona. 
El aspecto de la Vía Layetana era impresionante. La gente había procurado colocarse donde pudo. Los balcones y ventanas, así como los terrados, habían sido tomados. 
Al pasar el ataúd y la Presidencia, el pueblo en absoluto silencio levantaba el puño. Durante todo el trayecto se lanzaron sobre el féretro ramos de flores. 
 
La comitiva, después de pasar por la plaza de Urquinaona y ronda de San Pedro, llegó a la plaza de Cataluña a las doce. 
El paso por las Ramblas fue todavía más lento por el enorme gentío que se había allí reunido, que había utilizado como mirador hasta las ramas de los árboles. 
Al pasar el ataúd ante el Sindicato Unico del Espectáculo, Sección de Professores de Orquesta, la banda de esta entidad, bajo la dirección del maestro Fontbernat, interpretó Los Hijos del Pueblo y una marcha fúnebre. 
Nuevamente la comitiva se paró al llegar el féretro ante el monumento a Ascaso, situado ante el CADCI. El ataúd fue llevado hasta el lugar donde cayó el desgraciado militante de la CNT y se reintegró de nuevo a la comitiva, que se puso otra vez en marcha hasta el monumento a Colón, donde miles y miles de persones lo rodeaban, cubriendo la amplia Plaza de la Paz. 

EN EL MONUMENTO A COLÓN 

Al pie del monumento a Colón, donde estaba instalado el micrófono de la radio, detuvo la comitiva, y el dirigente de la CNT, Magriñá, pronunció unas breves palabras, en que destacó el impresionante homenaje que el pueblo de Cataluña rendía a Durruti como tributo a su vida de sacrificios por la libertad de todo el proletariado.

PALABRAS DEL CÓNSUL DE RUSIA 

Seguidamente, el cónsul de Rusia pronunció, en catalán, las siguientes palabras: 
¡Estás hoy de luto, pueblo catalán! Con el corazón oprimido acompañas a la tumba lo que había de mortal en Buenaventura Durruti. Con el corazón bien abierto, con el alma henchida recibiré y engrandeceré todavía la que había de inmortal en él: la causa por la que vivió, luchó y murió Durruti. 
Recibiré y engrandeceré aún el odio implacable contra los opresores del pueblo y del amor activo de la Libertad. 
Más unidos y más fuertes que nunca en las líneas de fuego antifascistas. Por encima de los desacuerdos de los grupos y de la ambición individual, Durruti puso el interés de la lucha victoriosa. 
El nombre de Durruti va ligado a la creación de un frente único antifascista y a una disciplina consciente en el frente y en la retaguardia. 
Y por todo esto, su pérdida es tan penosa para todos los antifascistas de España y para todos los que simpatizan con su lucha heroica.
 
El pueblo de la URSS siente como vosotros la muerte de Durruti. 
En nombre de la URSS yo os digo su dolor y la certeza de nuestra victoria.
 
Salud camaradas de la lucha implacable por la libertad. ¡Muera el fascismo! 

GARCIA OLIVER 

El ministro de Justicia de la República, camarada García Oliver, pronunció profundamente emocionado el siguiente discurso: 
«Hace trece años que, junto con Fernández, con Ortiz, que ya no existe, con Pachili, con Ascaso, que también se fue para siempre, y con otros queridos compañeros que nos han dejado, formamos con Durruti el grupo anarquista, del cual en estos momentos dolorosísimos he de ostentar la representación del Gobierno de la Revolución Española. 
Con la desaparición de Durruti, los anarquistas perdemos A sentido de la organización y de la disciplina. 
En estas horas de angustia, el Gobierno de la Revolución saluda emocionado a Durruti, y a todos los que cayeron en esta lucha contra el fascismo. Saluda también a todas las mujeres que lloran la pérdida de las personas queridas y besa a la hija de Durruti, representación en este momento de todas las hijas que han perdido a su padre. Saludamos a los que en el frente luchan y lucharán hasta la victoria final.
 
Un saludo expresivo y emocionante a todos los pueblos hermanos, y especialmente al pueblo de Rusia, que nos presta su importante colaboración para la consecución de la victoria. Y al noble pueblo de Méjico y a los camaradas de todo el mundo que nos animan en esta guerra contra el enemigo 
común. 
Tenemos el testamento político Durruti y lo hemos de realizar. Hemos de considerarnos su guerra. La lucha la hemos de ganar a base de todos los esfuerzos y sacrificios. 
Si el que lucha lo hace sin interrupción, horas y días seguidos, ¿por qué no han de trabajar incansablesmente los que están en la retaguardia, poniendo en práctica el pensamiento de Durruti? ¡Este es su pensamiento y lo hemos de llevar a cabo hasta vengarlo!
Y ahora, camaradas de la columna Durruti ; mientras dure esta lucha tendréis con vosotros el espíritu del gran jefe, del gran camarada. No os desmoralicéis por esta separación corporal, ya que su recuerdo ha de vivir estrechamente con vosotros hasta la muerte. No se ha de deshacer su labor, porque sino deshonraríais el nombre que lleváis. 
Camaradas: Disciplina, sacrificio, abnegación, y la gloria será para los que sepan sacrificarse. Unámonos todos los proletarios sin excepción. En el frente han caído juntos los republicanos, los socialistas, los comunistas y los anarquistas. Juntos, pues, hemos de obtener a victoria. ¡Romper esta unidad sería mi crimen.¡ ¡Gloria a Durruti!

Discurso del Presidente Companys

Finalmente, el Presidente de Cataluña, don Luis Companys, pronunció el siguiente discurso:

«Los momentos no son de discursos, ya que el sentimiento embarga nuestro ánimo. Lo que acaban de decir los que han hablado y las últimas emocionantes palabras de García Oliver han traducido la expresión de este magno homenaje a la memoria de Duruti. Al pie de este monumento a Colón que descubrió un nuevo mundo hay todo un pueblo que con su esfuerzo y su sangre quiere forjar otro, lleno de libertad y de justicia.

¡Durruti! Desde la inmensidad del espacio puedes contemplar cómo todo un pueblo honra tu gesta. He aquí la verdadera inmortalidad, o sea el rastro que un hombre deja en el recuerdo sucesivo de las generaciones futuras.

Compañeros, en este momento intenso os recomiendo unión, disciplina, austeridad y valor.

Por un instante sentimos asomar las lágrimas a nuestros ojos. Pero, ¿por qué llorar? Es que sientes la muerte de un hombre que ha cumplido su deber y al que rendimos todos el tributo de nuestra admiración? Llora por los cobardes o los malvados. Seca tus lágrimas, alza el brazo y sigue adelante sin detenerte; el nombre de Durruti queda fijado como ejemplo. El camino que ha de recorrerse es todavía penoso y difícil, ¡Adelante, adelante!»

Terminados los discursos, la presidencia se situó en el paseo de la Aduana, donde se despidió el duelo.

El desfile comenzó a las dos menos cuarto y terminó a las cuatro menos cuarto de la tarde.

EN EL CEMENTERIO 

Ya desde mucho antes del mediodía, la muchedumbre que acudió al cementerio fue extraordinaria. Situándose todos alrededor del lugar donde había de ser sepultado el cuerpo del bravo luchador Durruti.

Se había dispuesto que, provisionalmente, Buenaventura Durruti fuese enterrado en la tumba menor número 69, situada en la Agrupación novena, de la vía de Juan Bautista, hasta la construcción de un panteón, donde además de Durruti será sepultado Ascaso. Funcionarios municipales designados por el sindicato de Funcionarios Públicos de la CNT habían cuidado de todos los trámites para que el entierro fuese realizado en el momento oportuno. Miembros del Sindicato del Ramo del Vidrio construyeron una tapa de vidrio irrompible para colocar sobre la tumba y mediante una losa con bisagras poder contemplar el cadáver, dentro de la caja, una vez ésta colocada en el interior de la tumba.

Una comisión de los antedichos funcionarios del ramo del Vidrio estaban situados al lado de la tumba, para atender convenientemente a la colocación de las dos referidas tapas. También hicieron acto de presencia, en espera de la llegada del cadáver, representaciones de las centrales dirigentes de la CNT y de la FAI, un grupo de combatientes de la columna Durruti, comisiones de todas las organizaciones sindicales y agrupaciones y partidos antifascistas, patrullas de control, y sobre lodo, como ya hemos dicho, una gran multitud que fue engrosando a medida que se acercaba la hora del entierro.

Muchas de las comisiones que llegaban ante la tumba, llevaban ramos y coronas de flores que eran colocados cerca del nicho destinado a contener los restos mortales del heroico luchador antifascista. Más tarde, la extensión de ramos y coronas cubría una enorme porción de aquel lugar.

Un grupo de militantes anarquistas «Los de ayer y los de siempre» colocó una bandera roji-negra en la parte alta de la tumba. Hacían a ésta guardia de honor milicianos con arma larga, entre los cuales estaban los de la columna Durruti.

A las cuatro menos cuarto de la tarde, el séquito fúnebre que acompañó los restos de Buenaventura Durruti hasta su última morada, llegaba el cementerio. Fueron disparados unos cañonazos por una batería de la costa, en señal de la entrada del séquito en el cementerio. A las cuatro en punto, el ataúd que contenía el cuerpo de Durruti, era bajado del coche estufa, en el cual había sido trasladado hasta la tumba.

El momento fue de gran emoción, emoción evidenciada con un silencio absoluto por la gran muchedumbre que llenaba completamente todos los alrededores de aquel lugar. Como ya hemos dicho, el pueblo allí reunido era enorme; miles y miles de personas aparecían diseminadas por todos los sitios, subiendo unas las estribaciones de la montaña y bajando otras hasta la entrada del cementerio, siendo de todo punto imposible que todo el acompañamiento llegase hasta el lugar del entierro. Por encima de aquella multitud, ondeaban gran número de banderas y pancartas. Hay que hacer constar que en aquel momento, la lluvia que se había iniciado a primeras horas de la tarde, era torrencial. A pesar del aguacero que descargó durante todo el acto del entierro el gentío en espontánea manifestación de profundo sentimiento no abandonó su lugar.

A causa de no coincidir las medidas del cuadrado que se había construido en la tumba para contener el féretro con las medidas de éste, no pudo ser bajado a la tumba. Se decidió colocar interinamente el féretro en un panteón instalado cerca del lugar donde había de ser enterrado.

Los amigos y compañeros más íntimos del bravo defensor del pueblo, desaparecido, cuidaron de trasladar el féretro y de colocarlo en el mencionado panteón. Se ha dispuesto que se hagan hoy los trabajos necesarios para que pueda ser enterrado Durruti en la tumba destinada al efecto, y cuya situación ya hemos señalado más arriba.

No fue posible atender el ruego insistente de muchas personas que pedían ver por última vez al admirado soldado de la lucha contra el fascismo. La caja no fue abierta, como solicitaba la gente, por cuanto en la forma en que está instalada se espera que podrán ser contemplados los restos del difunto.

Únicamente la compañera de Durruti entró, acompañada de otros familiares, en el interior del panteón, en donde permaneció unos momentos ante el que en vida había compartido con ella las horas de lucha, de esperanza y de felicidad.

A las cinco y media, se inició en medio de la más profunda emoción el desfile del pueblo, que fiel a su líder, abandonaba aquel lugar con una manifiesta pena y amargura, con intensa tristeza.

HONORES FÚNEBRES 

El Sindicato Musical de Cataluña tomó parte en la magna manifestación de duelo de nuestro pueblo por la muerte de su líder, Buenaventura Durruti.

Una orquesta, compuesta de cien profesores de dicho Sindicato, situada en un sitio del paso del cortejo y bajo la dirección del maestro José Fontbernat, interpretó, al pasar el cadáver del malogrado luchador, la marcha fúnebre de la Sinfonía Heroica, de Beethoven.

TODAS LAS ORGANIZACIONES COMUNISTAS HAN RENDIDO EL ULTIMO TRIBUTO AL CAMARADA DURRUTI 

Todas las organizaciones comunistas han rendido homenaje al compañero Durruti, luchador antifascista, que con su actuación y heroísmo se supo ganar la simpatía de la clase trabajadora española y la admiración del proletariado Internacional.

El número de coronas aportadas por las organizaciones comunistas es innumerable, pudiéndose destacar entre otras, las que fueron enviadas por C.C. du P.C. Français, Comités Regionales du P.C. de France des R. A., C.C. du P. C. Italien, C.C. du P.C. Allemand, Comité Antifasciste Italien, de Barcelona; Secretariado del servicio de los extranjeros del P.S.U. de C.C.C. de P.C. de Inglaterra, Brigada Internacional y el Comité Militar del Partido Socialista Unificado.

UN TELEGRAMA DE ANDRE MARTY

«Comandante jefe de la Base de las Brigadas Internacionales. -Los combatientes de las Brigadas Internacionales, trabajadores de todos los países y de todas las tendencias, saludan al luchador revolucionario Durruti, muerto gloriosamente en un combate en la defensa de Madrid. El nombre de Durruti, sinónimo de valor y acometividad, será para el pueblo de España el signo de la unidad de combate contra los bandoleros y vampiros fascistas. Para vengarlo organicemos y formemos, mejor aún, y más rápidamente las fuerzas militares del pueblo de España, unidas y disciplinadas, exaltando de esta forma la memoria de Durruti y de nuestros muertos. Ellos preparan metódicamente la victoria que, con su valentía, nos muestran el camino que va a ella. Por el conjunto de los voluntarios internacionales. – André Marty.»

Habla Buenaventura Durruti – Mitin de la CNT-FAI (1936)

 

 

Algo más sobre la muerte de Durruti

 

Colette Durruti (c) Luis Artime

Colette Durruti (c) Luis Artime

En La biblioteca fantasma, hace ya tres años, se trató de la muerte de Buenaventura Durruti y de toda la mitografía establecida en torno a ella. Hace unos días recibí un correo de alguien a quien ya puedo considerar un amigo. Se trata de Luis Artime, autor de la impresionante fotografía de Colette Durruti con la que abro esta entrada y a quien agradezco públicamente su generosidad por permitirme reproducirlo todo. De alguna forma, corrobora algunos puntos tratados en su día y complementa otras informaciones. Adjunto el archivo en pdf que tan amablemente me mandó Luis. Procede de la revista Interviu y fue publicado en 1977.

La historia empieza en la desaparecida revista Posible, en el verano del ’77. En el mes de Junio, mi compañero Pedro Costa consigue entrevistar a Antonio Bonilla Albaladejo. Este sujeto tiene un papel estelar en la escena de la muerte de Durruti. Averiguamos que, pese al historial que figura en el Gotha anarquista oficial, y lo presenta como un heroico luchador de la libertad, creemos, por los indicios, que era alguien que se movía en ese brumoso ecosistema que comparten a menudo la anarquía y la delincuencia.
Acceso al artículo en pdf (ca. 1,5 Mb)

Acceso al artículo en pdf (ca. 1,5 Mb)

Pero esto es anecdótico. El caso es que, tras su exilio por varios países -R.Dominicana sobre todo- regresa en el ’74 a Zaragoza, donde ejerce de taxista; una vez localizado en Barcelona accede a ser entrevistado, con respecto al asunto que nos ocupa. Su testimonio, que he visto reproducido en algunos sitios de la red, relata en resumen que, siendo miembro  de la columna Durruti y veterano de las colectivizaciones de Aragón, se encuentra en Octubre/Noviembre del ’36 en uno de los batallones enzarzados en la toma/defensa del Clínico, de la Ciudad Universitaria de Madrid.

Su superior jerárquico, en vista de que la “veteranía” de aquellos aguerridos anarquistas se muestra manifiestamente ineficiente, cuando enfrente tienen unas fuerza del Tercio que llevan a cabo furiosos asaltos incesantes en el sector, fuerzas  tan distintas de las que débilmente defendían los pueblos de Aragón, lo envía a buscar a Durruti para tratar de suturarlos en torno a su liderazgo, e intentar detener las cada vez más frecuentes deserciones del combate.
Toma un coche con dos compañeros y llega al chalet de la calle Miguel Angel (donde hoy está instalado el hotel del mismo nombre) y reclama ver al dirigente anarquista. No le resulta fácil, pero finalmente Durruti manda traer el Packard, y embarca en él junto con Julio Graves y el sargento Manzanas. Esta afirmación categórica eliminaría la versión según la cual en el coche viajarían dos o tres milicianos más, como se  ha declarado frecuentemente.
Conduce unos metro por delante del Packard, a fin de evitar las rutas batidas, y finalmente desembocan en la calle Reina Victoria. Allí, en una de las miradas que echan atrás para controlar que les siguen, observan que el coche de Durruti se ha detenido ante un grupo de jóvenes que, presumiblemente, habían abandonado su puesto en el combate. Aquí Bonilla es categórico en su afirmación de que son dos personas las que descienden del coche y una de ellas es Buenaventura. Están a unos cincuenta metros de la escena, cuando ven derrumbarse a uno de ellos; en ese momento Bonilla no sabe cual de los dos, y presencian como Graves da la vuelta apresuradamente, tras meter en el vehículo al herido, y parte a toda velocidad en sentido contrario.
Bonilla no los sigue en el momento. Se acerca al puesto de mando y comenta con sus jefes lo ocurrido. Estos lo envían de nuevo al puesto de mando anarquista, para averiguar porqué Durruti no ha llegado hasta el frente. Cuando Bonilla llega a este, se encuentra con Manzanas en la puerta y tiene un altercado con él en el que, según su testimonio, están a punto de sacar sus armas. Manzano le habría declarado que Durruti se había tenido que ir a una reunión del Comité. Ante la evidente falsedad de esta afirmación Bonilla empieza a sospechar lo peor y parte de nuevo hacia el Clínico.
Cuando la noticia de la muerte de Durruti llega al día siguiente, la defensa de aquel enclave empieza a tornarse imposible para los batallones anarquistas y tienen que ser reemplazados por nuevas unidades, regresando a Aragón y Barcelona los restos de la Columna.
Bonilla declara estar convencido de que la muerte del líder no responde a las causas que expresa la versión oficial, y afirma, en un primer momento, que el disparo se produjo al lado del coche, accidentalmente o de forma alevosa. Más tarde, en la conversación, irán haciéndose más patentes sus sospechas con relación a Manzanas. A este respecto, es significativo la descripción pormenorizada en la que se extiende con relación al la personalidad de sargento. Dice, por ejemplo, que este se declaraba anarquista con mucha insistencia, pese a que, más o menos, se sabía que militaba o había militado en el Partido Comunista. Por otra parte, nunca se había fiado de los suboficiales que se había entregado, saliendo del cuartel de Las Atarazanas por una puerta lateral, tras haber participado activamente en la defensa previa a su rendición.
Así mismo, hacía incapié en la imposibilidad de la hipótesis del disparo involuntario, provocado por el sub-fusil “Naranjero”que manejaba habitualmente Manzanas. En su opinión, un experto en armas y reputado tirador como él, mantendría en perfecto estado de uso el arma; sobre todo, sabiendo que el cierre de este modelo era proclive a acerrojarse accidentalmente, como consecuencia de un muelle recuperador de escasa calidad y la ausencia de un seguro de retenida. Para acreditar todas estas afirmaciones contaba la anécdota, vivida por él, de un alarde de puntería de Manzanas, cuando disparó sobre el reloj de una casa en Aragón, pretestando que no toleraba que nada le condicionase su tiempo, cuando Buenaventura le había reprochado acudir con retraso a la cita de aquella reunión.
Al final de la entrevista, Bonilla se mostraba casi absolutamente seguro de la culpabilidad del sargento Manzanas.
A partir de ahí, empezamos a tener la sensación de que se habría la posibilidad de avanzar en esta apasionante encuesta, y tras haber leído todo lo que se había escrito sobre Durruti y su trágico final, empezamos a pensar en abrir nuevas vías de investigación, buscando testimonios inéditos.
Yo colaboraba habitualmente con la CNT, en el diseño de sus carteles, y tenía bastantes amigos entre los viejos militantes. Así es que los testimonios históricos de primera mano eran realitavemte frecuentes.
Así averiguamos los datos de la viuda y, por otra parte, conseguimos que Antonio Asensio, dueño de  Zeta, nos enviase a Quimper.
Entierro de Durruti. Fuente: El Rufián Melancólico

Entierro de Durruti. Fuente: El Rufián Melancólico

Émilienne vivía sola, pero su hija Colette habitaba muy cerca, y prácticamente formaban una familia. La anciana era todo un personaje. Había participado de la creación en los años ’30 de Mujeres Libres, asociación feminista avant la lettre, y poseía una solida formación intelectual. Fumadora empedernida a sus ochenta y seis años, exhibía una salud envidiable en un cuerpo pequeño y frágil. Su hija, claramente heredera del físico de su padre, era una mujer espléndida a sus cuarenta y tantos años, con un cierto aire a Sophia Loren.

Cuando nos presentamos, descubrimos que estaban curiosamente al tanto de los acontecimientos españoles y, en concreto, de la evolución de la nueva CNT y del interés suscitado por las figura histórica de Durruti  entre la juventud. Émilienne había recibido recientemente la visita del director Jaime Camino, que recogía datos sobre el líder, con vistas a un proyecto de película a propósito del anarquismo español.
La visita duró dos días y, al segundo de ellos, decidimos separar a la madre de la hija, porque intuimos que la anciana se sentiría más a su gusto sin la presencia de Colette, quien, en cierto modo, parecía ejercer una especie de freno en sus declaraciones. Pedro Costa, al no hablar francés, y rendido por el atractivo de la hija, que sí hablaba español, me encomendó hacerme cargo del “interrogatorio” de Émilienne.
El segundo día, pues, me la llevé a una crêperie a pasar la tarde, y entre aquellos exquisitos argumentos gastronómicos y mi exhibición del escanciado de sidra, al modo asturiano, que asombró a buena parte de los parroquianos, la viuda de Durruti pareció relajarse un tanto, y me contó otra historia. La misma, pero con matices muy esclarecedores. Nada que hoy no se sepa, pero en aquel momento estábamos en 1977, y todo era nuevo.

Cuando se acabó la guerra, regresó a su antigua profesión de secretaria y me pareció entender que se había alejado un tanto de los círculos exiliados. Se dedicó a una hija que ya tenía casi nueve años y a la que no le había dedicado demasiado tiempo. Pero en la primavera de 1940 los alemanes avanzaban rápidamente y decidieron plegar sus cosas rumbo al sur. Al armisticio, sus compañeros le recomendaron embarcarse hacia Méjico. Pero las cosas se complicaron y, al final, alguien le arrebató sus plazas en el barco que salía de Marsella.

Ante la perspectiva de vivir en un país ocupado, Émilienne empezó a deshacerse de todo lo que pudiera relacionarla con el pasado reciente. Papeles, archivos, cartas y, sobre todo, la mísera herencia de su marido. Una zamarra de cuero, un cinturón con una Colt ’45, una gorra y unos prismáticos. Todo ello dentro de la somera maleta que le entregó en su día el doctor Santamaría. Todo, salvo el arma, acabó en un fogón.

Siguiendo un itinerario mental parecido al de Bonilla, a medida que íbamos hablando, la figura de Manzanas se iba haciendo más aparente, hasta la declaración final, prudente pero inequívoca, de su convicción de la culpabilidad del sargento. Creo que mantenía una especie de pugna entre su fidelidad a la disciplina de la organización y su intuición más profunda. Me contó como la zamarra que le entregó el doctor presentaba un agujero de entrada chamuscado, sin la menor sombra de duda. Creo que, aunque no lo reconoció, el doctor fue quien le indujo las primeras sospechas. No hay que olvidar que Santamaría era uno de los amigos más sinceros y fieles del líder, junto con el cura Acerete. Ambos no anarquistas.
Y eso es todo. Pudo tener una suite, cuando localizamos el domicilio de Manzanas en Cuernavaca. Pero esta vez, a Asensió no le pareció interesante la aventura. Una pena.

Mentiras completas y verdades a medias

La muerte de Durruti

Tal día como hoy, hace 82 años, en torno a la una de la tarde, caía herido de muerte en las proximidades del frente de la Ciudad Universitaria José Buenaventura Durruti Dumange (o Domingo o Dominguez según las fuentes). Tras varias horas de agonía, su vida terminaría por extinguirse en la habitación número 15 del Hotel Ritz, convertido por azares de la guerra en el Hospital de las Milicias Confederadas de Cataluña. Con él desaparecía, envuelto entre las brumas de la leyenda, una de las figuras más brillantes y significativas del anarquismo ibérico.

La carismática figura del líder anarquista siempre ha estado rodeada de una fascinante aureola, de un halo mítico que ha sido capaz de perdurar hasta nuestros días. Su vida podría considerarse como uno de los más claros y evidentes ejemplos de coherencia ideológica, de cómo alguien es capaz de dedicar toda su existencia a la enconada defensa de unos ideales, al margen de la validez que se le quiera dotar a los mismos. Su trayectoria vital nos muestra la continua lucha de un hombre que hizo de la defensa del ideal libertario y de la consecución de un mundo acorde a estos principios su objetivo aun teniendo en cuenta que no siempre empleara para ello los cauces más adecuados. Durruti fue ante todo una persona de férreas convicciones ideológicas y morales, unas convicciones que marcaron su vida de forma indeleble y al que su afán por defenderlas le llevó al extremo de entregar su vida.

Aun a pesar de la extendida creencia, el activismo anarquista de Durruti no se reduce a su breve intervención durante la Guerra Civil española —recordemos que ésta se inició en julio de 1936 y Durruti falleció en noviembre de ese mismo año—. Hasta ese trágico momento, su vida estuvo marcada por apasionantes acontecimientos que demuestran el coraje y el arrojo del anarquista así como su talante ante la vida. Tal y como definía el escritor y periodista Illya Ehrenburg, que lo conoció y convivió con él, «la vida de Durruti es imposible de narrar. Se parece demasiado a una novela de aventuras». Pero, curiosamente y a pesar de lo apasionante de su periplo vital, quizá hayan sido las circunstancias que rodearon su muerte las que más han contribuido a aumentar ese halo de leyenda que sustenta el mito.

 

SU MUERTE
En la madrugada del 18 al 19 de noviembre, en la línea del frente de la Ciudad Universitaria, los milicianos se preparan para asaltar el Hospital Clínico, en manos de las tropas moras. Tras varias escaramuzas consiguen acceder al inmueble pero durante su acción son rechazados por los destacamentos allí refugiados y se inicia un brutal combate en el interior del recinto. La lucha se lleva a cabo planta por planta, habitación por habitación, prácticamente cuerpo a cuerpo. Tras varias horas, los milicianos deciden replegarse y volver a sus posiciones iniciales. La moral de los libertarios pasa por uno de sus momentos más desalentadores. Muchos se plantean la posibilidad de abandonar su posición tras haber estado cuatro días combatiendo sin descanso, sin dormir, ateridos por el frío y prácticamente sin comer. Los mandos de la columna informan a Durruti de la difícil situación y éste decide personarse en el frente acompañado de Julio Graves, su chofer habitual, y del sargento Manzana, siendo precedidos en su recorrido por otro vehículo en el que viajan Antonio Bonilla, Lorente y Miguel Doga. Cuando se encuentra a pocas manzanas del Hospital Clínico, Durruti se topa con un grupo de milicianos que parece retirarse y abandonar sus posiciones. Ordena a Graves que detenga el vehículo y desciende con intención de amonestarlos. Tras una breve conversación con ellos, se dirige de nuevo al coche. Se escucha un disparo. Durruti se desploma con el pecho ensangrentado. Es subido al automóvil y conducido a toda velocidad al Hotel Ritz. Tras ser atendido por un equipo médico capitaneado por los doctores Bastos Ansart y Santamaríadurante doce horas en las que el herido se debatiría continuamente entre estados de semiinconsciencia, Durruti fallece en la madrugada del 20 de noviembre de 1936. Causa oficial de la muerte: hemorragia pleural causada por herida de arma de fuego.
¿QUIÉN MATÓ A DURRUTI?
Esa es la pregunta del millón y para la que, por desgracia, no existe a día de hoy una respuesta certera y satisfactoria. A falta de evidencias claras y determinantes, a lo más que podemos aspirar es a matizar las condiciones del interrogante. Mucho se ha especulado acerca de las circunstancias que rodearon la muerte de Buenaventura Durruti. Por dudar, incluso se ha puesto en tela de juicio en numerosas ocasiones hasta el lugar exacto en el que transcurrió el incidente. Hay que partir de la premisa de que, sobre el fallecimiento de Durruti, no existe ninguna certeza absoluta salvo la del hecho de su propia muerte y que por ello debemos movernos siempre en el ámbito de las hipótesis —habiéndolas por decenas—. Llegados a este punto vamos a dejar de lado aquellas teorías disparatadas, de corte efectista o de intención claramente manipuladora, tratando de exponer lo que se consideran hechos probados o, al menos, hechos que poseen la suficiente entidad testimonial y documental como para permitir arrojar mínimas dudas acerca de su verosimilitud. 

Tras los primeros instantes de confusión, una primera versión oficial apunta que un disparo realizado desde las terrazas del Hospital Clínico de Madrid, en esos instantes tomado por las fuerzas nacionales, acabó con la vida del anarquista. Diversos testimonios manifiestan que el coche en el que viajaba Durruti esa mañana iba ocupado por Graves, el chofer, en la parte delantera y viajando en la parte posterior, se encontraban el sargento Manzana y Durruti. Las declaraciones indican que el vehículo se hallaba estacionado a unos seiscientos metros del hospital cuando Durruti cayó herido, siendo ésta una distancia aceptable para un tirador avezado pero, por otro lado, diferentes testimonios sostienen que el herido presentaba en su zamarra de cuero un rastro circular de pólvora deflagrada, inequívoca señal de un disparo hecho a quemarropa. La información, por sí sola, no es más que otra hipótesis puesto que no se conserva la prenda pero, asociándola a otros detalles conocidos, nos permite argumentar con cierta solvencia la teoría de un disparo hecho a corta distancia. Por ejemplo, las heridas presentadas. Según la creencia generalizada, Durruti tenía alojada en su pecho la bala que lo había herido y que, durante su estancia en el hospital, se estudió la posibilidad de intervenirle con el fin de extraérsela pero, según ciertas fuentes —entre ellas, algunos de los médicos que lo atendieron—, la bala presentaba orificio de entrada en el espacio intercostal ubicado bajo la tetilla izquierda y orificio de salida en el centro de la espalda. Según esas mismas fuentes, es cierto que se estudió la posibilidad de intervenirle pero no para extraer la bala puesto que ésta no se hallaba alojada en el herido, sino con la intención de atajar la profusa hemorragia interna, de extrema gravedad, que éste presentaba. Por tanto, si la trayectoria presentaba orificio de entrada y de salida, es más lógico pensar en la hipótesis de un disparo hecho a quemarropa que en uno realizado a seiscientos metros de distancia. Otro detalle que avala esta teoría: en su declaración inicial, Julio Graves, el chofer, expone que momentos antes de advertir que Durruti caía herido pudo escuchar de forma clara una detonación. Este aporte puede entenderse de múltiples formas. Bien podría referirse a alguno de los disparos producidos en los alrededores —recordemos que la zona era frente de guerra— pero su testimonio nos puede dar a entender que oyó un disparo en concreto, uno que tuvo la oportunidad de escuchar lo suficientemente cercano como para prestarle mayor atención.

Si tomando como base estas deducciones, aceptamos como válida la premisa o hipótesis del disparo a corta distancia, el asunto adquiere otro cariz muy diferente al indicado por la versión oficial. Las personas más próximas a Durruti en el momento de su muerte serían: Julio Graves, el chofer; el sargento Manzana, que lo acompañaba y que descendió del vehículo junto a él y el grupo de milicianos a los que el anarquista se detuvo a reprender. Si seguimos un procedimiento de eliminación, podríamos descartar a los milicianos —una de las múltiples hipótesis existentes apunta hacia ese lado— puesto que Durruti ya había terminado de conversar con ellos y se retiraba hacia el vehículo —de hecho se estaba introduciendo en él— cuando fue alcanzado. La proximidad no parece suficiente para efectuar un disparo a quemarropa. Según otros testimonios, Julio Gravesno llegó a descender del vehículo durante el incidente, manteniéndolo en marcha en todo momento por lo que podemos deducir que, desde su posición, se hace inverosímil el que fuese de alguna manera responsable del disparo que acabó con la vida de Durruti. Nos quedan el sargento Manzana y el propio Durruti. Según algunos de los médicos que lo atendieron, profesionales acostumbrados a tratar de forma habitual a heridos en combate, la herida presentaba el aspecto de haber sido producida por una bala del calibre «9 largo» —aspecto que no se puede confirmar ni desmentir puesto que el proyectil no se conserva. Tomemos esta apreciación con la suficiente y necesaria asepsia—. La única arma que solía portar Durruti de forma habitual era un viejo Colt que ocultaba siempre bajo su zamarra. Cabría la posibilidad de un disparo accidental provocado por el propio Durruti pero la aureola de pólvora impresa en el exterior de su cazadora de cuero nos evidencia que el disparo no pudo producirse con esa arma. ¿Llevaba Durruti alguna otra arma ese día? Hay testimonios contradictorios al respecto. Algunos lo afirman, otros lo niegan. En lo que sí coinciden la mayoría de dichos testimonios es que un arma de uso muy común entre los milicianos y particularmente entre los integrantes de la columna Durruti era un subfusil de tipo Schmeisser MP-28 (conocidos popularmente como Naranjeros). Y nuevamente la fatalidad parece entrar en juego. El Naranjero era un arma muy apreciada por su potencia y robustez pero adolecía de un grave defecto de diseño: carecía de seguro de transporte por lo que, una vez montada, el más mínimo golpe provocaba su disparo accidental. Hay constancia de que el coronel López Tienda sufrió una accidente de idénticas características en la zona de la carretera de Extremadura apenas un mes antes de la muerte de Durruti. Y, curiosamente, esta arma usa balas del calibre «9 largo».

Pero no existe constancia alguna de que Durruti portase jamás un Naranjero. Todo lo más, un fusil Mauser.

Sin embargo, quien portaba de forma habitual un Naranjero era el sargento Manzana, acompañante de Durruti ese fatídico día.

Ítem más, existen testimonios que confirman el hecho de que el sargento Manzana fue herido pocos días antes del suceso y que debido a esto llevaba el brazo en cabestrillo —en las exequias de Durruti aún lo llevaba. Existen documentos gráficos al respecto—. Si ese día portaba su arma habitual y contaba con el impedimento de llevar inmovilizado el brazo, no es descabellado suponer que el arma pudo escurrírsele accidentalmente de las manos, golpear el suelo y dispararse fatalmente en el momento en que Durruti se encontraba inclinado en un ángulo cercano a los 90 grados para introducirse dentro del vehículo —recordemos la trayectoria prácticamente plana de la bala—. ¿Ocurrió así? Imposible saberlo. ¿Pudo ocurrir así? Es una conjetura, cuanto menos, factible.

Manteniendo pues esta línea hipotética, podemos concluir que todos los indicios apuntan hacia el hecho de que un desgraciado accidente, provocado por el propio Durruti o, más probablemente, por el sargento Manzana acabó con la vida del líder anarquista el 19 de noviembre de 1936.

LUCES Y SOMBRAS

Si todo se debió a un fatal accidente, ¿por qué del halo mítico creado alrededor del hecho? Existen múltiples razones que permiten explicarlo y decenas de curiosos detalles que permiten avalar cualquiera de dichas razones. En su momento, el principal error fue tratar de ocultar la verdad. ¿Por qué se decidió silenciar los auténticos detalles del suceso? Porque, en ese instante y situación, así convenía a muchos de los sectores implicados en el encubrimiento. La finalidad principal de éste sería la de evitar suspicacias que pudieran derivar en un autentico y definitivo cisma en las filas de la república. En esa época, los ánimos estaban demasiado soliviantados. Los marxistas del POUM, junto a los anarquistas de la FAI y la CNT, en continua pugna con los comunistas por sus diferentes criterios a la hora de implantar la revolución social. Algunos de los sectores más conservadores de la CNT propugnaban la idea de apartar a Durruti ya que consideraban que se estaba radicalizando en exceso y que eso perjudicaba los intereses de la revolución. Por el contrario, los sectores más extremistas de la CNT no estaban de acuerdo con dicha postura ya que veían en Durruti al autentico valedor de sus consignas. En definitiva, cualquier intento de explicar que la causa de todo había sido un desafortunado accidente no habría sido creído por ninguna de las partes; habrían aprovechado la ocasión para desatar una lluvia de acusaciones de unos contra otros que hubiera acabado desembocando en una autentica batalla campal en el seno del gobierno. Y eso no beneficiaba a nadie. Era más sencillo culpar a «una maldita bala fascista» y hacer de ello un frente común.

Por otro lado, al gobierno republicano le interesaba el encubrimiento, principalmente por dos motivos: uno, que la pérdida de un líder tan carismático a manos de un estúpido accidente hubiera provocado la desmoralización inmediata de la tropa. Era preferible echar la culpa a los rebeldes para darles a los milicianos un motivo más de odio, un motivo más para luchar. Y dos, el explicar que el accidente se produjo por la ineficacia del armamento usado, hubiese provocado, además de la propia desmoralización, una desconfianza increíble hacia su material bélico. El gobierno no podía admitir que estaban peleando con armas que si bien no eran defectuosas, eran inseguras y provocaban accidentes. En definitiva, es muy probable que la decisión de ocultar los detalles no fuese tomada con el fin de encubrir un acto ilícito sino más bien por una cuestión de interés coyuntural. Por desgracia, el exceso de cabos sueltos y testimonios contradictorios que surgieron alrededor de una mentira pobremente urdida terminarían por propagar y extender el halo mítico que a día de hoy rodea la muerte de Durruti.

En cualquier caso, conviene recordar que, como en toda disertación hipotética, nos movemos siempre en el terreno de las incertidumbres y que las planteadas en este artículo quizá no consigan más que añadir nuevos interrogantes. Sin datos contrastables no podemos negar de forma tajante que la muerte de Durruti fuese planeada, urdida y ejecutada de forma calculada al igual que no podemos despreciar el hecho de que ciertos detalles de esta historia permanecen como puntos oscuros o contradictorios de cualquier argumentación que pretenda exponerse. Por ejemplo, no podemos descartar —ni probar tampoco— de forma taxativa que el sargento Manzana efectuara un disparo intencionado y no accidental ya que nos resulta muy llamativa la circunstancia de que, una vez acabada la contienda, José Manzana se exiliara en México y que, siendo un representativo miembro anarquista, tratase de evitar todo contacto con antiguos compañeros y con el gobierno republicano en el exilio, hasta el punto de llegar a perderse su pista por completo alrededor del año 1970. O tampoco podemos negar el hecho de que José Manzana, durante el asalto a las Atarazanas del 19 de julio, se encontrara dentro del cuartel al lado de los sublevados y que posteriormente, tras ser tomadas las dependencias militares, saliera de ellas y se uniera a la causa anarquista. Son detalles que, sin acusar directamente a nadie, se hacen difíciles de encajar en cualquiera de los razonamientos, en cualquiera de las conjeturas que se planteen. Y es que, en el fondo, son esas circunstancias las que consiguen que el mito de Durruti perviva en el tiempo. Y que lo siga haciendo después de tantos años.