Sofía De La Fuente – La idea de propiedad: una refutación al liberalismo de Locke desde el anarquismo de Proudhon.

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Resulta común en nuestros días escuchar toda clase de opiniones con respecto al anarquismo. La mayoría de éstas suelen transitar por el malaventurado camino de la desinformación: por un lado encontramos una masa importante de gente despotricando contra el anarquismo, basada en lo que la televisión y la prensa tradicional se han encargado de propalar para proteger la estabilidad del sistema neoliberal; y por otro lado hallamos un grupo considerable de personas que en nombre del anarquismo hace uso de la violencia y el atropello colectivo, sustentando la imagen expuesta por los medios, y creando así un círculo interminable y absurdo, donde finalmente ni los primeros ni los segundos tienen idea de lo que originalmente conforma el ideario anarquista. El estigma social producto de estos errores ha de ser erradicado en primer lugar mediante la información, y en segundo lugar, por supuesto, mediante el ejemplo, llevando un estilo de vida basado -en la mayor medida de lo posible- en la autogestión e independencia del sistema, optando por economías más solidarias y sustentables. Este trabajo se propone ser un aporte a la primera de estas labores, haciendo un análisis comparativo entre la teoría de la propiedad según John Locke, considerado gestor del liberalismo, y lo que podríamos llamar su antagonista: Pierre Joseph Proudhon, el anarquista que afirmó con lucidez que la propiedad es robo.

El primero que usó el término “anarquista” para autodefinirse, fue P.J. Proudhon. En palabras de Ángel Capelleti, él fue “el que le dio un contenido (al anarquismo); más aún, el primero que elaboró una filosofía social y política y una interpretación de la cultura y de la historia que con propiedad puede denominarse “anarquismo”, aunque más tarde prefiriera sustituir este término negativo por otros de significado positivo (mutualismo, democracia industrial, etc)(1). Proveniente de una familia de campesinos y artesanos, es uno de los pocos, si no el único, de los grandes ideólogos ligados al socialismo, que podemos llamar de origen obrero, y cabe destacar que este brillante francés aprendió de manera casi absolutamente autodidacta, tanto de filosofía, como de economía y política. Proudhon se hizo ampliamente conocido tras la publicación de su tercera obra ¿Qué es la propiedad?, aparecida en 1840. En ella, el autor comienza con la polémica afirmación de que la propiedad es robo, y declara su intención de subsanar el error universal, a saber, el de creer que la propiedad privada es un derecho absoluto, puesta al lado de la libertad, la igualdad y la seguridad. Para esto es necesario alterar las costumbres, reformar los fundamentos de nuestra sociedad, y esto se logrará mediante la educación: el hombre ha nacido ignorante, por tanto requiere instrucción progresiva hacia el correcto uso de la razón. Tan tajante es al proponer esta reformulación de principios, que critica hasta la Revolución Francesa, la “gloriosa revolución francesa”, arguyendo que con ella no se ha logrado revolución propiamente tal. De monarquía a democracia hay progreso, dirá, pero no revolución, pues no se realiza el paso fundamental que para ello sería preciso: el de la soberanía de la voluntad hacia la soberanía de la razón. En un Estado monárquico, la soberanía reside en la voluntad del rey; en el Estado democrático de una república, la soberanía reside en la voluntad del pueblo. Pero para que un Estado sea verdaderamente justo, igualitario, y garante de los derechos y la dignidad de sus ciudadanos, lo que debe reinar es la razón, no la voluntad. Y la justa razón, cuando no se halla obstaculizada por las pasiones e intereses personales, llevará necesariamente a la conclusión de que la propiedad privada constituye una usurpación del derecho primordial a la vida. Proudhon se dedica en ¿Qué es la propiedad? a refutar las teorías que hasta el momento habían querido justificarla, como por ejemplo la ocupación, el consentimiento universal, o el trabajo. Este último, el trabajo, constituye probablemente el argumento de mayor fuerza con que se había intentado fundamentar el derecho de propiedad, como sucede en el caso de Locke. Para Proudhon sucede justamente lo contrario: la necesidad del trabajo para subsistir será precisamente aquello por lo cual la tierra no puede jamás ser apropiada. Es simple: para poder vivir se necesitan ciertas cosas, las más básicas de ellas: el alimento, el agua, el aire, la luz del sol. Si alguien se apropia de ellas, negando al resto de los hombres el acceso a las mismas, por tanto es claro que estos hombres no podrán vivir. Si para vivir necesito alimento, y para producir mi alimento necesito un pedazo de tierra donde cultivarlo, es evidente que si no existe un pedazo de tierra del que yo pueda hacer uso, entonces no podré vivir. Del mismo modo, si alguien se apropia del río donde yo he de pescar para alimentarme, quedaré desprovisto de sustento. Dice Proudhon:
“Reconocer el derecho de propiedad territorial es renunciar al trabajo, puesto que es abdicar al medio para realizarle, es transigir sobre un derecho natural y despojarse de la cualidad de hombre”(2).

El trabajo como justificación de la Propiedad según Locke.

John Locke fue un filósofo inglés, considerado padre del empirismo y del liberalismo moderno. En 1690 publicó el Segundo Tratado sobre el gobierno civil, donde quedan sentadas las bases de lo que sería el núcleo del pensamiento liberal posterior. En el capítulo 5 de dicha obra, Locke intenta dar una explicación del origen del derecho a la propiedad. Según Locke, en estado de naturaleza, todo es dado a los hombres de manera común: la tierra y todos sus recursos son de propiedad comunal de la humanidad. Ahora bien, la ley natural de la razón hace forzoso que cada hombre busque su preservación, y para ello ha de tomar como propia parte de los bienes que pertenecen a todos. Para apropiarse de estos bienes, el hombre ha de hacer uso de lo primero que le es propio: su persona y su trabajo. Ha de trabajar sobre estos bienes que se encuentran en estado de naturaleza, pues para que un pedazo de tierra produzca trigo, hay que labrarla, sembrarla y cosecharla; para alimentarse de un animal hay que cazarlo; incluso para alimentarse de bellotas, hay que darse el trabajo de recogerlas del árbol. Una vez que el hombre ha puesto su trabajo sobre la naturaleza, aquello sobre lo que ha trabajado es modificado, y contiene por tanto un valor agregado al que tenía originalmente. Tanto así, que el valor de las cosas estaría dado por el trabajo que sobre ellas ha sido realizado, siendo, por ejemplo, un pedazo de tierra sin labrar ni cultivar, un bien de escaso valor. Este trabajo realizado por el hombre sobre la naturaleza, sería el fundamento del derecho de propiedad: “Toda porción de tierra que un hombre labre, plante, mejore, cultive y haga que produzca frutos para su uso, será propiedad suya”(3). Pero esta apropiación por medio del trabajo no es, según Locke, -o no lo era en las primeras sociedades- un derecho ilimitado, sino que cada hombre solo tendrá derecho a apropiarse de la porción de tierra que es capaz de abarcar con su trabajo, y a tener en posesión solo la cantidad de provisiones suficientes para que pueda utilizarlas antes de que éstas se echen a perder. Es decir que un hombre no puede acumular para sí y los suyos más productos de los que alcanza a consumir antes de que éstos se deterioren, en palabras de Locke:
“si los frutos de la tierra se corrompían, o si la carne de venado se echaba a perder antes de que él pudiera consumirla, ello constituía una ofensa contra la ley común de la naturaleza. Pues el hombre sólo tenía derecho a aquello que podía serle útil y beneficioso para su vida” (4).
De este modo, si alguien contase con algún excedente, habría tenido que regalarlo o intercambiarlo por otros bienes no perecederos, como semillas, por ejemplo.
Así habrían funcionado en un comienzo las primeras sociedades, sin perjuicio de nadie, pues el trozo de tierra que un hombre podría abarcar y que sería suficiente para la satisfacción de sus necesidades, jamás sería tan grande que dejara sin derecho a lo mismo a los demás. Mientras dejara lo que en inglés se dice “as much and as good” para los demás, había de ser este un derecho legítimo y justo.
Hasta este punto, la teoría lockeana de la propiedad parece bastante sensata, e incluso perfectamente conciliable con un pensamiento anarquista como el de Proudhon, si no al menos no contradictorio con este último. Sin embargo, después de plantear este estado originario de derecho común de los hombres, Locke introduce el uso del dinero. Por acuerdo común, los hombres habrían convenido en dar al dinero el mismo valor que determinados bienes, incluida la tierra. Y si inicialmente, y por ley de la naturaleza, el hombre no podía acumular cosas perecibles que se arruinaran antes de que pudiera hacer uso de ellas, posteriormente por la invención del dinero habría sido posible la acumulación de bienes no perecibles, como la tierra o el dinero mismo. Y como los distintos grados de laboriosidad permitían que los hombres adquiriesen posesiones en proporciones diferentes, el dinero les dio la oportunidad de conservar dichas posesiones y seguir aumentándolas. De este modo, quedaría justificada la desigualdad según Locke. Pero resulta curiosa la manera en que Locke presenta ambas ideas. En primer lugar, defiende como justa solo la apropiación de aquello que el hombre pueda abarcar con su trabajo, sin perjudicar a nadie con esta medida, y luego sucede que considera igualmente legítima la apropiación de los medios por intercambio de dinero. Pongámonos en la situación de que existe un hombre que ha tenido mejores condiciones para producir, sea por su estado físico, por las condiciones climáticas del espacio en que habita, por ser la tierra más fértil, etcétera, y al mismo tiempo, existe otro, que ha tenido malas condiciones una temporada, sea porque ha estado enfermo y no ha podido producir suficiente, o porque ha habido sequía, etcétera. El segundo hombre, existiendo el dinero para poner un valor a todo lo que existe, se verá obligado a vender lo único que le pertenece, su fuerza de trabajo, y trabajará, para poder comer hoy, la tierra en que mañana otro cosechará sus frutos y se hará dueño de ellos, por ser dueño de la tierra que decidió explotar. Y esos mismos frutos, el dueño de la tierra los venderá por dinero, y con ese dinero adquirirá más tierras y así ilimitadamente, hasta que toda la tierra sea poseída por unos cuantos, y otros muchos se vean forzados a vender su fuerza de trabajo a cambio de dinero para subsistir, a falta de tierra para trabajar en su propio beneficio. Tal como sucede en la sociedad capitalista. El planteamiento de Locke resulta claramente contradictorio, si en un comienzo habla en nombre de la justicia, y de la igualdad de derecho en que se hallan los hombres naturalmente para hacer uso de los recursos que han sido puestos por Dios a su disposición, es evidente que la posterior introducción del dinero, y su consecuente justificación de la acumulación de riquezas es imposible de ser considerada justa. De las premisas planteadas en un comienzo, es imposible obtener la conclusión que se plantea en un final. En el caso de Proudhon, en cambio, sucede todo lo contrario. Partiendo de premisas similares a las de Locke, la conclusión a la que llega Proudhon es totalmente opuesta, y parece ser la más razonable y válida.

Proudhon: El derecho al trabajo hace injustificable el derecho a la propiedad

Para Proudhon, como dijimos anteriormente, la cosa sucede justamente al revés. El ser humano tiene necesidad, y por lo tanto derecho, a trabajar, y por lo mismo debe garantizarse que toda la tierra y los medios para producir el sustento de la humanidad, permanezcan como propiedad común de la misma. En el capítulo 3 de ¿Qué es la propiedad? plantea

“¿Qué hay de común entre el trabajo impuesto por deber natural y la apropiación de las cosas comunes? ¿Ignoras que el dominio de la tierra, como el del aire y de la luz, no puede prescribir nunca?”(5).
Según Proudhon el trabajo por sí mismo no otorga ninguna facultad de apropiación sobre las cosas de la naturaleza: el trabajador puede hacer suyos los frutos de su cosecha pero no la tierra donde cultivó. Del mismo modo, habría que pensar en que el pescador no se hace dueño del río donde pescó por el hecho de estar obteniendo su sustento de allí, como tampoco el cazador se adjudica la propiedad de los montes o los campos donde ha ido a cazar. La propiedad del producto no supone la propiedad del medio para producirlo. Proudhon reconoce la diferencia entre la posesión y la propiedad: la posesión es legítima, en cuanto es necesario hacer posesión o uso de los medios que la naturaleza ofrece para vivir y para desarrollarse, pero es esta misma condición la que hace ilegítima la propiedad, en cuanto que una vez apropiados los medios, impiden el disfrute que de ellos tienen derecho a hacer todos los seres humanos. Además porque una vez aceptada la propiedad, se acepta la herencia, y entonces aquéllos que en un comienzo se apropiaron de las tierras, dejarán para su descendencia eternamente el beneficio de los recursos, y aquellos que quedaron desposeídos en el principio, serán condenados para el resto de la historia a vender su trabajo. Proudhon llega incluso más allá, diciendo que ni siquiera el fruto del trabajo del hombre debiera ser aceptado como propiedad individual del que lo produjo, sino que para la vida en sociedad, finalmente todos los productos del trabajo individual, deberán ser de propiedad colectiva, de modo que todos se beneficien de ellos. Por esta razón es que se le ha llamado mutualismo a esta propuesta de organización, pues se basa en la cooperación mutua de sus integrantes. En el caso de que unos individuos resultasen más productivos que otros, como es natural que suceda, estos tendrán más tiempo libre, para dedicarse a lo que quisieran, a recrearse, a cultivar su intelecto, a desarrollar las artes, o cualquier otra cosa que alimentase su espíritu, pero no para acumular más riqueza de la necesaria para vivir y desarrollarse en libertad. Proudhon define al hombre libre como aquel que está en el uso de su razón y de sus facultades, que no obra cegado por la pasión ni obligado o impedido por el miedo, ni arrastrado por el error. Solo bajo esa definición, es que concibe el justo comercio, como un intercambio de valores iguales, que existe solo entre hombres libres. Y en una sociedad donde los hombres desempeñarán distintas funciones según sus propios intereses y aptitudes, el intercambio será justo y propiciará la satisfacción de las distintas necesidades humanas: pues el hombre aislado no puede atender más que a una pequeña parte de sus necesidades, he ahí por qué ha de vivir en colaboración con otros, en condición de reciprocidad constante. Todo su poder reside en la sociedad y en la combinación inteligente del esfuerzo de cada uno.

A modo de conclusión, podemos observar que ambos autores otorgan considerable valor al trabajo, y a lo que en materia de propiedad se deriva de éste. Sin embargo, llegan a conclusiones totalmente diferentes. En el caso de Locke, el trabajo justifica la apropiación, y el dinero la acumulación ilimitada por sobre lo que el mismo Locke había definido como “límite de la propiedad, sentado por la ley de la naturaleza”. Desde su punto de vista, la sociedad acaba constituyéndose en un intercambio sumamente egoísta, donde por observancia de los propios intereses y la codiciosa carrera por acumular, terminan unos sometidos al poder de otros; unos, dominados por la ambición, provistos de excesiva riqueza, que no necesitan, otros, con apenas las necesidades básicas cubiertas, sin acceso a muchas de las cosas que hoy en día, y desde siempre, han debido ser consideradas como derechos que la vida en sociedad debía proveer, como por ejemplo, la educación. En el caso de Proudhon, en cambio, el trabajo que hace posible la vida, es el fundamento que debe garantizar la libertad de la tierra y en general de todos los medios de producción que la naturaleza ha puesto al alcance del hombre, sin que venga nadie a decir que tiene “derecho” sobre lo que pertenece a la humanidad entera. En Proudhon está planteada la posibilidad de una sociedad mutualista, donde todos trabajan para el beneficio de todos, y donde ninguno pretende poseer más en perjuicio del resto, ni vivir a costa del trabajo ajeno. Una perspectiva como ésta ha de remplazar los viejos paradigmas liberales, cuyas falencias y desventajas son evidentes hace tiempo.

Referencias.

1. Ángel Cappelletti, La ideología anarquista. Segunda parte, capítulo 4.
2. Proudhon, ¿Qué es la propiedad?, capítulo 3, 2.
3. John Locke, Segundo Tratado sobre el gobierno civil, capítulo 5, 32.
4. John Locke, Segundo Tratado sobre el gobierno civil, capítulo 5, 37.
5. Proudhon, ¿Qué es la propiedad?, capítulo 3, 1.

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